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Junkie

Una imprescindible dosis de comedia negra

Junkie Póster

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  • Título original: Junkie
  • Nacionalidad: Estados Unidos | Año: 2012
  • Director: Adam Mason
  • Guión: Adam Mason, Simon Boyes
  • Intérpretes: Robert LaSardo, Daniel Louis Rivas, Tess Panzer, Andrew Howard
  • Argumento: Danny decide dejar las drogas para disgusto de su hermano, que lo lleverá de una experiencia salvaje a otra para recordarle lo especial que puede llegar a ser el mundo de un yonkie.

85 |100

Estrellas: 4

Junkie Grande Reseña

Quiero agradecer públicamente a Adam Mason poner a nuestra disposición, de forma privada, su última película, incluso aun sin terminar. De hecho, he sido de los primeros privilegiados en visionar una copia en crudo. Aunque faltaba buena parte del “score” ambiental, para nada ha adulterado la experiencia – las partes ya grabadas son geniales, y los temas que complementan los títulos de crédito una delicia, que comparto a gusto personal –. También me gustaría destacar que resulta imprescindible complementar la lectura de esta reseña con la entrevista que realizamos recientemente a su autor (AQUÍ).
Así pues, y ya que se trata de una primicia, espero que me disculpéis por ser algo moroso con los detalles arguméntales de la misma. Contiene una importante dosis de sorpresas que ni os debéis perder ni deben ser arruinadas por cualquier gilipollas…

Danny y Nicky dos hermanos adictos a casi todo. Danny decide dejar las drogas, no puede más. Nicky no lo ve claro y continua empujando a su hermano hacia la espiral de autodestrucción que caracteriza a la casa en que viven. La locura empieza a adueñarse de los habitantes de la casa. Los bizarros personajes acompañan a Danny en su enfrentamiento con los demonios de su interior. Una lucha que no puede acabar bien, ¿o sí?

Persiguiendo al Dragón

Junkie es una película notable a todas luces, una obra indivisible de su autor y la visión del mundo que éste posee. En este caso concreto sería Adam Mason, un cineasta de sobra conocido por estos lares y cuyas obras anteriores – Blood River, La Sentencia del Diablo, Pig, Broken o Luster – han sido parte integral de Almas Oscuras casi desde nuestro arranque. Así, la última obra del director británico luce un claro crecimiento a nivel técnico y personal, dando como resultado su película más compacta, mejor planificada y, quizás, más irreverente si cabe. Junkie es una bomba psicológica controlada, sabe dónde golpea, cómo y porqué. Desde el preciso instante en que arrancan los títulos de crédito – notas y papelajos que adornan/ensucian unas decadentes habitaciones – ya sabes que estás ante algo especial y diferente.

Una verdadera experiencia al borde de la navaja, estéticamente hablando, revestida de comedia negra capaz de tratar con amoralidad y falta de prejuicios el mundo particular de un grupo de personajes, que no personas, girando alrededor de su adición a las drogas y como éstas los conducen al abismo. ¿Qué estas funcionan como una alegoría de la malsana dualidad que caracteriza a los humanos? Sí, pero queda lejos de usar un discurso intelectual o aleccionador, dejando que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones morales, sin renunciar al más puro entretenimiento.

Los referentes más conocidos y directos, aunque salvando una clara distancia temporal, argumental e ideológica, serían Trainspotting y Fear and Loathing in Las Vegas. Relacionar nominalmente a Junkie con las cintas mencionadas no es banal: las tres son comedias con una fuerte dosis de acidez, falta de moralidad y un humor que funciona. Pero su verdadero “parentesco” radica fundamentalmente en la inteligente caracterización de los personajes…

Esta mierda es buena

No estamos ante los típicos peones de la imaginación del guionista – como no, para la ocasión vuelve a firmar el majestuoso tándem Mason/Boyes –, y tampoco son un cúmulo de frases planas y tópicas. Los personajes de Junkie destilan una humanidad retorcida y exagerada que da pie a ese humor tan negro que asusta.

Danny (Daniel L. Rivas) representa al adicto que hace tiempo que no encuentra sentido en el consumo, mientras que su hermano Nicky (Robert Lasardo) es un drogata que goza y se estimula cuanto más metido anda con el asunto. Semejante dupla es la que lleva de la mano al espectador a través de un sin fin de experiencias delirantes que siempre vienen subrayadas por geniales secundarios como Otto (Tomas Boykin), un camello pasado de rosca, o Papá (Andrew Howard), el supuesto padre de los “muchachos”.

Estos personajes, sacados de un sueño febril, se concentran en una casa que ejerce de metáfora de la lucha interna desgarrando a Danny. Porque cada pequeña pieza, personaje o habitación, especialmente Sonja (interpretada muy intensamente por Tess Panzer), son parte fundamental de esta fábula macabra, porque queridos amigos, Junkie es un anti-cuento de hadas. Una obra de teatro con unas capa de complejidad progresiva que, semejando una cebolla, acaba revelando un corazón dramático…

Más allá de la idea base de la historia, se va desgranando algo más complejo que no tiene nada que ver con la comedia negra. Poco a poco, y sin darnos cuenta nos adentramos en algo más triste y que carece de cualquier viso de humor. Y, sin embargo, esa parte de comedia es fundamental para el desarrollo de la tragedia. Una tragedia que trata descarnadamente acerca del ser humano: tú, yo, ese hombre desahuciado que duerme en un cajero. ¿Os parece complicado o contradictorio? Bueno, ya sabéis que las drogas alteran fuertemente la percepción…

¿Quién clava la aguja?

Ahora bien, la calidad de Junkie – que es mucha –, la densidad de sus diálogos – que es puro placer –, la sangrante belleza visual de los momentos más surrealistas – que es intensa –, no podría existir sin el equipo detrás de la película.

Los actores simplemente están soberbios (¡gran Lasardo!), una fotografía enfermiza y rugosa que sintetiza como por arte de magia los clásicos estados alterados de las sustancias psicotrópicas. Se agradece que Mason y Boyes se tomen a la ligera, con cierto cachondeo, las escenas más truculentas; de lo contrario no creo que hubiese podido soportar la claustrofobia puntual de Junkie. La iluminación crepuscular es también clave para la presencia tan devastadora de toda cinta… y no quiero ni imaginar cual podría ser el resultado final con el “score” completado.

Decididamente, existe un trabajo de planificación de fondo que no puede ser desdeñando. La película funciona como un reloj y tanto Mason como sus chicos, han puesto sus amplios conocimientos al servicio de contar una historia.

El principal, casi único handicap de Junkie, vendría a ser la intensidad del retrato presentado acerca de los demonios que anidan en el corazón del hombre: aquellos que no los hayan “enfrentado”, probablemente, verán un discurso falto de sentido. A su vez, aquellos que rechacen las drogas ya solo de nombre – y quede claro que ni Almas Oscuras ni Junkie apologizan a favor de su consumo – se van a ver soliviantados simplemente de base. Hace falta una mente abierta para disfrutar de todas las paranoias que vamos a contemplar. De todos modos, dado el ajustado metraje, creo que debería ser de obligado visionado para cualquier segmento del público… pero ya sabéis que inquisidores hay donde menos te lo esperas (¿nadie se acuerda de la gran Drugstore Cowboy?)

Bajón

Es tanto lo que ofrece Junkie, tanta locura concentrada y controlada, que fácilmente sentiremos una sensación de vacío tanto al final de la película como en los escasos momentos de calma. Probablemente se trate de algo pretendido. ¿Es un discurso alucinado o una experiencia alucinante? Pues yo diría que ambas cosas. Lo que tengo claro es que se trata de un producto muy digno que, pese a ser casi puramente una comedia cínica y despiadada, transgrede géneros y cobra personalidad propia: ¿su género? Una cinta “Mason”, y puede que una de las más honestas, brutal y divertida de todas. Un chute que nos invita a coquetear con la autodestrucción, siempre de manera imaginaria.¡Solo di sí!

Lo mejor: La fotografía, la iluminación, los actores, los diálogos, planificación de escenas, el guión... y la música ambiental si hubiera!

Lo peor: Al tratar sobre un tema tan controvertido de forma amoral y extrema puede no ser del gusto de todo el público. Tiene momentos tan intensos que luego, otras escenas más calmadas casi dan bajón… ¡como cualquier droga!

Bloodbath at the House of Death

Un baño relajante

Bloodbath Revival Poster

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  • Título original: Bloodbath at the House of Death
  • Nacionalidad: Reino Unido | Año: 1984
  • Director: Ray Cameron
  • Guión: Ray Cameron, Barry Cryer
  • Intérpretes: Kenny Everett, Vincent Price, Pamela Stephenson
  • Argumento: Unos científicos investigan posibles sucesos paranormales en una vieja mansión. La secta satánica de Vincent Price los espera.

69 |100

Estrellas: 3

Bloodbath Grande

El Dr. Lukas Mandeville, bastante neurótico y falto de una pierna, encabeza un grupo de seis científicos que emprende la investigación de la mansión Headstone. Sus estudios se centran en las posibles causas de la masacre acaecida años antes. Dieciocho invitados fueron asesinados en una sola noche y se cree que terribles fenómenos paranormales asolan la propiedad, o incluso extraterrestres. Ajenos a la secta satánica que se oculta tras los imponente muros del caserón, Lukas y sus ayudantes emprenden una investigación que puede llevarles a enfrentarse directamente con el Príncipe de las Tinieblas.

No quiero engañar a nadie, Bloodbath at the House of Death – cinta que, si no me equivoco, ni siquiera fue doblada al español y mucho menos estrenada en España – es una parodia en toda regla, una comedia británica que apela al absurdo y a la exageración para provocar unas sanas risas en el espectador. Todo a costa del cine de terror, en concreto a costa de las películas sobre sectas satánicas que proliferaron durante las décadas de los sesenta y setenta; eso sí, asumiendo un prisma netamente británico, siendo el tratamiento humorístico bastante flemático. Así mismo, Bloodbath no renuncia a reírse de la propia tradición gótica de las islas, aquella que instaurase la mítica Hammer o la no menos interesante Amicus: tenemos una noche tormentosa ubicada en un caserón encantado con fantasmas adictos al sexo, un grupo de investigadores psíquicos que acoge todos los personajes típicos del género y una secta satánica sacada de los peores sueños alucinógenos de un hippie. Alejada de otras comedias de la época y que también tenían en su punto de mira el cine de terror (Pandemonium, Student Bodies, El gato y el canario…), encontramos una producción elegante que pierde intensidad porque renuncia al humor puramente gamberro y que tan bien funciona en este medio, como ya demostró Scary Movie o la más reciente Black Dynamite (otra imprescindible).

No obstante, y pese a los obvios encantos de una producción de este tipo, existió durante el año de su estreno una competencia feroz nacida del tremendo taquillazo que supuso Aterriza como puedas (1980). Una competencia cuya intensidad dejó en la cuneta a Bloodbath. El subgénero de la parodia de género vivía unos momentos de saturación que reíros de la reciente fiebre de las “movies”. No en vano 1984 vería el estreno de una de las mejores comedias de todos los tiempos: Top Secret. Jim Abrahams y los hermanos Zucker fueron los cachondos detrás de los clásicos nombrados y muchas otras de las cintas que han dejado grandes gags para la posteridad, por ejemplo Made in USA, Agárralo como Puedas, Hot Shots o Por favor maten a mi mujer. Como podéis ver, parece evidente que Bloodbath fracasó comercialmente porque los norteamericanos acaparaban todo el pastel del mercado, además de otras dificultades propias – problemas en el rodaje, con las localizaciones, etcétera – que pasarían por alargarme demasiado. Aunque sería injusto ignorar que el estilo desprendido por Bloodbath bebe directamente de Aterriza como puedas, sin el trabajo previo del genio cómico que fue Abrahams (hoy en día bastante acabado), no hubiese existido la cinta que hoy nos ocupa. Sin lugar a dudas, Bloodbath nació, creció y se olvidó siempre a la sombra de sus hermanas norteamericanas. Una verdadera pena, porque pese a ser evidentemente menos graciosa – y en esto algo tiene que ver el humor inglés –, no acaba de ser muy conocida para el aficionado de habla hispana.

A un servidor le gustaría reivindicarla y recomendarla por varios motivos:

A: La presencia de un grande entre los grandes. No sé cómo diablos se embarcó Vincent Price en una producción de estas características, pero encarna al líder de la secta satánica con un histrionismo y una burla constante hacía sus papeles más atormentados (i.e. La Caida de la Casa Usher) que bien merece un visionado Bloodbath aunque solo sea por ver al maestro declamando. ¡Qué estilo! ¡Qué método! ¡Qué bigotito! ¡Qué túnica más chula! ¿Y lo mejor? Resulta rabiosamente gracioso en cada una de sus intervenciones. Pero es que nuestro hombre tenía la lección bien aprendida, solo hace falta disfrutarlo en la entretenida Matar o no matar, este es el problema (1973).

B: Los gags, las burlas, funcionan a un nivel aceptable.. Buena parte de culpa la tiene su estrella principal, Kenny Everett . Malogrado actor cómico, nacido en el Reino Unido, cuyo deseo de saltar a la gran pantalla se quedó en este mero intento. A pesar de ser, aun a día de hoy, muy querido por sus compatriotas, merced a su trabajo en diferentes series de televisión de los setenta. Como si de una maldición real pesase sobre esta cinta, tampoco prosperó el deseo de éxito por parte de su director y guionista: Ray Cameron, cineasta que nunca volvió a ver ningún otro de sus trabajo proyectado en salas de cine.

Pues bien, Bloodbath consigue hacer reír al espectador, aun siendo cierto que el nivel cómico no es muy descacharrante. Quitando las intervenciones de Price, existen algunas escenas más acertadas que otras, pero insisto en el buen nivel general. Cierto que algunos chistes se quedan un poco desangelados, precisamente aquellos que refieren a la cultura popular más moderna, aunque nada por lo que rasgarse las vestiduras. Ahora, si queréis salir de dudas bien merece una hora y media de vuestro tiempo. Sin embargo, no olvidemos que estamos ante una película de sin sentidos, abstenerse aquellos que solo entiendan la comedia en su faceta más coherente.

C: El diseño de producción ha sido bastante cuidado: decorados, banda sonora, vestuario e, incluso, efectos especiales. Se evidencia un presupuesto ajustado, pero dada su atmósfera de continuo sketch, se trata de algo que no debería molestar al espectador. Al revés, se respira un aire ochentero muy casposo que hará las delicias de los amantes de aquella época. En definitiva, Bloodbath posee unas características técnicas nada desdeñables. Ray Cameron se muestra solvente y bastante capaz a la hora de transmitir los momentos más hilarantes.

D: Una importante dosis de horror. A diferencia de otras parodias, se produce en Bloodbath un inquietante, extraño e inesperado giro durante su último tercio. Sin desvelaros ningún apunte argumental, incidir en esta agradecida vuelta de tuerca. La frágil seriedad con que se trata alguna escena escalofriante es digna de alabanza, puede que no sepamos si sus responsables están completamente de broma, pero cuando un baño comienza a sudar sangre algo malo está pasando, se produce una turbadora pérdida de control. Solo se trata de una franja de diez-quince minutos, pero todo adquiere una patina acongojante incapaz de dejar indiferente al público. Un lustre que demuestra mucho conocimiento del medio por parte de sus responsables y que aúpa a Bloodbath hasta la posición de “pequeña película de culto” por meritos propios.

Resumiendo, no os perdáis Bloodbath. Tendremos que pasar por el consabido peaje de los subtítulos, pero asistiremos a alguna actuación memorable (la de Price), unos chistes inofensivos pero graciosos, un ritmo dinámico que se ve potenciado por las pinceladas finales de horror – un horror 100% sobrenatural – y, a nivel global, un entretenimiento perfectamente digno que está a años luz de otras parodias actuales con mucho más público (¿Vampires Suck era una comedia?).

Lo mejor: Vincent Price y una interesante dosis de horror.

Lo peor: Algunas veces no casa bien el despelote tipo "Aterriza como puedas" y el flemático humor inglés.

Deadball

¡Despelote "made in Japan"!

Deadball Póster

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  • Título original: Deddobôru
  • Nacionalidad: Japón | Año: 2011
  • Director: Yûdai Yamaguchi
  • Guión: Yûdai Yamaguchi, Keita Tokaji
  • Intérpretes: Tak Sakaguchi, Junichi Gamou, Miho Harita
  • Argumento: Jûbei descubrió trágicamente su poder de destrucción jugando al baseball, cuando mató por accidente a su padre. Ahora, tendrá que recurrir a su odiado poder para limpiar una prisión llena de despiadados jugadores.

69 |100

Estrellas: 3

deadball Grande

Jûbei tiene súper poderes. En un futuro diatópico el joven muchacho se convierte en terrorista tras matar accidentalmente a su padre, mientras practicaban un poquito de béisbol. Las habilidades marciales de Jûbei lo llevan a ser uno de los criminales más buscados por el dictatorial estado, y a todo cerdo le llega su San Martín. Una vez capturado, le proponen a nuestro héroe canjear su condena por infiltrarse en una liga de béisbol entre prisiones. Entre la espada y la pared, y con la esperanza de encontrar a su hermano también preso, accede a participar por mucho que odie usar sus poderes en el traumático deporte. Una vez en la cárcel/campo de concentración se da cuenta de que la liga esconde algo más. Su equipo rival, Las Dalias Negras, le enseñaran que el béisbol no está reñido con la masacre, como el se obstina en creer.

Deadball es uno de los más recientes splatters, de la factoría Sushi Typhoon, productora nipona independiente aglutinando a varios directores como Yoshihiro Nishimura, Noboru Iguchi o incluso el polémico Sion Sono. Una empresa que nació con la voluntad de conseguir una libertad creativa que pudiese dar salida a su visión netamente pop del terror. Una visión compartida por muchos artistas orientales – muy interesante sería repasar la carrera del creador de videojuegos Suda 51, cuyo estilo corre paralelo al de la Sushi Typhoon – , donde lo visual sirve de vehículo de entretenimiento renunciando a profundas reflexiones morales o filosofía zen, en este caso se trata de epatar el ojo del espectador.

Estamos ante una largometraje que viene a demostrar cierta evolución dentro del estilo que tan fuerte está pegando en Japón como fuera de sus fronteras. Como ya sabréis, estas salvajadas gores saltaron a la palestra más mediática gracias al éxito de obras alucinantes como Tokio Gore Police y Machine Girl, aunque todos sabemos que otras locuras ya cimentaron el auge de mezclar sangre a raudales con humor psicotrópico. Sin ir más lejos, podéis disfrutar de una obra primigenia como Hausu (1977) que ya instaurará las bases de este estilo. Pero aun podríamos ir más lejos, ¿quién podría ser el padre espiritual de los “absurdo + terror”? Pues sí, solo puede ser Lloyd Kauffman, la mente pensante (¿?) tras la conocida Troma. Y es que cada día veo más similitudes entre los trabajos de Nishimura & Cia. y las bizarradas expuestas en las sagas del Vengador Tóxico o Mutantes en la Universidad. Todo un delirio visual que traslada el comic (en el caso de Estados Unidos) y el manga (en el caso de Japón) al celuloide. Es más, no concibo enfrentarse a cintas del pelaje de Deadball sin saber apreciar la narrativa a través de viñetas.

Dichas similitudes engloban tanto el acercamiento fantástico de los argumentos (por llamar de alguna forma a las ideas que justifican hora y media de litros de amputaciones, descomposiciones y mutaciones) como su parte más cómica. Llamar cine de terror a Deadball, Robo Geisha o Mutant Girl Squad resulta ciertamente aventurado. Seamos sinceros, de ser puristas, ¿englobaríais dentro del género de terror películas como Braindead o Zombieland? Pese a lo que me gustaron, un servidor no se atrevería; y en el caso que hoy nos ocupa, la distancia es aún mayor. El exagerado elemento “gamberro” hermana escamosamente a la Sushi Typhoon con Troma. Olvidad la seriedad y sumergiros en una serie de escenas inconexas donde la empatía da paso a la carcajada, al disparate continuo cuya única justificación es el puro entretenimiento.

Entonces, ¿ante que estamos cuando venos Deadball? Sin lugar a dudas ante una parodia en toda regla. Las referencias internas y externas se multiplican a través de unos personajes imposibles que perpetran atrocidades y tonterías varias, hiladas por los pelos. Una desestructuración que muchos consideraran nefasta, multitud de amigos blasfeman ante los splatters orientales. Aducen que no consiguen centrarse ni divertirse con los sinsentidos de los que bebe su humor sinvergüenza, la falta de argumento los enerva hasta límites insospechados. Probablemente porque, cuando acuden a una comedia gore nipona, creen que van a visionar otra cosa; o simplemente porque son incapaces de apagar el interruptor cerebral y sumirse en una plácido estado de “encefalograma plano”. Así, resulta imposible analizar Deadball fuera de su contexto. Se trata de otra locura más que viene a sumarse a Helldriver, Alien Vs. Ninja o Cold Fish – la que más se aleja del paquete básico – y solo comparándola con sus hermanas podemos juzgarla.

La verdad que si en un adjetivo tuviésemos que resumir a Deadball este sería “divertida”, pero a puñados. Cuando unas líneas más arriba hablaba de evolución, me refería a la capacidad para desarrollar un humor más universal y lo bien que se ha plasmado. En esta ocasión, lo paródico no solo se limita a esos clásicos personajes incongruentes que siempre ofrece Japón, el séptimo arte se convierte en vector directo de la parodia y, así, tenemos momentos maravillosamente surrealistas como la presencia de un Na’vi (esos híbridos entre pitufo y Pocahontas que aburrían hasta a las ovejas en Avatar), un protagonista que imita soberbiamente al personaje de Clint Eastwood en tantos y tantos spaghetti westerns o el homenaje nada disimulado – y mucho menos justificado – a Herbest West. Otras escenas o momentos referenciales tendréis que descubrirlos por vosotros mismos, pero ya os adelanto que para una noche de amigotes y cerveza, Deadball se erigiría como gran triunfadora.

A esta gran calidad en cuanto a la parodia, debemos añadirle otros detalles igual de sugerentes y extraídos de la pura realidad: el béisbol y el drama carcelario.

En cuanto a la parte de drama carcelario, me parece interesante destacarla porque promueve algún momento desagradable e hilarante a partes iguales, que bien podría haber sido extraído de una versión no expurgada de La Historia de Ricky (¿a cuántos miles de personas les habré recomendado esta obra maestra del gore psicodélico y casposo?). De nuevo el guión de Yamaguchi – firmado junto al autor de comedias Keita Tokaji – muestra unos signos de madurez alarmante en cuanto a esto del humor de sal gruesa, por muy incongruente que resulte tal estamento cuando refiere a inspecciones rectales.

Con respecto al deporte norteamericano por excelencia, comentar que en la carrera del director de Deadball, Yudai Yamaguchi, ya se puede percibir cierta obsesión por eso de batear pelotas, y la muestra más evidente sería su largometraje Battlefiled Basseball (2003), que viene a ser otro splatter (menos gracioso y sangriento) bastante recomendable. Es más, en la citada cinta de 2003 ya encontramos un personaje llamado Jûbei e interpretado igualmente por Tak Sakaguchi; aunque no me atrevería a decir que Deadball sea una secuela en toda regla. Pero también en su obra más conocida como guionista, la imprescindible Versus (2000), o en su otra locura cyber-gore, Meatball Machine (2005), ya se pueden apreciar pinceladas muy propias del béisbol.

Obviamente, como sucede con casi todos los directores que acoge la Sushi Typhoon, la carrera previa de sus autores marca la tendencia de sus nuevas producciones. Así, pese a restarle frescura a sus obras, crean un estilo continuista que satisfará a los aficionados que supieron apreciar los trabajos anteriores. Quizás ese problema de frescura sea el más patente y molesto de Deadball, no solo dentro de la propia trayectoria de su director, también dentro de la comparación con su entorno. A veces, parece que visto uno de los splatters nombrados ya los hayamos visto todos, y como cualquier partido del Real Madrid contra el Barça, sean solo los pequeños detalles los que marquen el resultado. Y efectivamente, así es. Dentro de las películas del “estilo Sushi Typhoon” – que englobaría incluso a las no referidas a esta productora – encontramos los mismos patrones, solo que más o menos calidad en sus distintos apartados. Por lo menos con Deadball nos encontramos, probablemente, con una de las propuestas más divertidas dentro del estilo en estos últimos años. ¡Ya tenemos la primera carrera! Aunque su condición de propuesta intrascendente la condene al olvido pasado poco tiempo, los pequeños detalles siempre serán divertidas anécdotas que contar en reuniones de cinéfilos desfasados – como el equipo rival de Jûbei, las despampanantes Dalias Negras capaces de disparar la líbido a pesar de su visceral agresividad –.

Así pues tenemos una película paródica muy divertida y bien pensada, ¿pero dónde quedan el resto de componentes del largometraje?

Honestamente a buen nivel. Sin olvidar que estas producciones no gozan con un presupuesto muy elevado, la estética es cuidada al detalle pese a transmitirse a través de planos bastante cerrados o efectos especiales que, en algunos casos, andan cogidos por los pelos. Pero aquí entramos en el mismo terreno que cuando comparamos su sentido del humor con otras producciones hermanadas, el estilo visual sigue las pautas de dichas obras y, a veces, se hace pesado contemplar los mismos planteamientos y pautas una y otra vez. Pese a parodiar sus propios orígenes – la burla final a los “giga monstruos biomecánicos” que suelen marcar la apoteósica conclusión de la chorreante representación –, no dejan de resultar aburridos los escenarios y situaciones comunes (al menos si uno ha visto un par de cintas del estilo). Aun con estos comentarios, no creáis que no goza de una iluminación eficiente o una fotografía resultona: la Sushi Typhon cuenta con mucha experiencia a todos los niveles técnicos y Deadball entra sola por el ojo, tanto por sus juegos de cámara como por sus efectos especiales (mejores o peores, pero acordes con la presentación manga de la obra).

Otro factor que habría que destacar, para el éxito de Deadball como comedia, sería la actuación de Tak Sakaguchi, absoluto protagonista que borda el papel inspirado en Clint Eastwood y desborda socarronería, comiéndose la pantalla – y dejando a sus compañeros de reparto bastantes escalones por debajo –. También se salva, dentro de la idiosincrasia nipona al respecto de la actuación, una divertida Mari Hocino interpretando un simpático papel travestido que navega entre lo patético y lo falsamente tierno. ¿El resto del elenco? Superficial, aunque se nota continuamente lo bien que lo pasaron durante el rodaje.

En definitiva, una obrita muy divertida – todo un desparrame poder verla con mucha gente aficionada al mismo estilo desinhibido – que satisfará a los amantes de la “locura nipona”, pero que dejará frío al resto del público, que ande en busca de algo más serio y, sobre todo, terror. Película para ver sin pretensiones y que muestra buenos estándares de calidad. Ahora bien, incluso los muy adictos al splatter, sed conscientes de que no existe un guión solidó sustentando la trama y que su condición absurda la condena a unas buenas risas – que ya es un logro –, pero nada más.

Lo mejor: Su desenfadado y gamberro humor. La actuación de Tak Sakaguchi.

Lo peor: Su propia condición de producto intrascendente.

Chop

El karma es un hijo de perra

Chop Póster

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  • Título original: Chop
  • Nacionalidad: Estados Unidos | Año: 2011
  • Director: Trent Haaga
  • Guión: Trent Haaga, Adam Minarovich
  • Intérpretes: Tanishaa Mukherji Billy Bakshi Malaya Manson Trent Haaga Timothy Muskatell
  • Argumento: Lance ira perdiendo todos los miembros del cuerpo si no consigue recordar que lo une al psicópata que parece haberse obsesionado con él.

68 |100

Estrellas: 3

Chop Reseña

Lance tiene un encuentro bastante extraño, y dramático, con un desconocido que parece conocerle. Esa misteriosa persona está dispuesta a destruir pedazo a pedazo la vida de Lance, si este no recuerda lo que hizo en el pasado. Por el camino, los miembros amputados de Lance servirán de rastro de miguitas de pan, señalando el ayer de un hombre, que tal vez se merezca todos los males que descarguen sobre él.

Hoy me gustaría extenderme menos de lo habitual a la hora de hablaros sobre Chop, así que disculpadme por mi brevedad o celebradlo en el caso de creer que siempre meto unos rollos de aupa – precisamente lo que cree un servidor –. Pero, ¿por qué intentar ser más conciso, ¿tienes prisa? ¿sale tu vuelo a las Islas Caimán y Scarlet Johansson te espera en la puerta de embarque? Pues no, Sacrlet que tenga paciencia, así lo haremos esta noche con la pasión común tras una pelea de enamorados. No, la clave radica únicamente en la idiosincrasia de Chop. Como si de una película de Hitchcock se tratase, entrar en detalles con ella es hacerle un flaco favor: por mucho que lo intentase acabaría destripándola más de la cuenta. Aquí se trata solo de recomendarla sin ambages, y dejar que cada uno saque sus propias conclusiones. Aun así intentaré explicaros que se esconde tras la interesante portada de Chop.

Estamos ante una cinta que basa su potencial en la caracterización y desarrollo de sus personajes, así como en los soberbios giros de un guión sólido y bien expuesto. Por eso, todo lo que pueda contaros corre el riesgo de arruinaros las divertidas sorpresas que esconde su sencillo pero simpático argumento. Con el motor de un thriller de venganzas y la carrocería de una comedia (algo) disparatada, se erige como adalid del cine independiente en cuanto a libertad narrativa.

Probablemente, dada su jugosa forma de enfocar un tema manido, ha sido elegida por uno de los portales norteamericanos más importantes dentro del género fantástico; ni más ni menos que Bloody Disgusting ha iniciado la distribución con Chop de proyectos underground dentro de su sello “Selects”. Así, el actor de serie b (Killjoy, Someone’s knocking at the door, Sutures, Terror Firmer), Trent Haaga (también guionista de Deadgirl), debuta tras las cámaras con el desparpajo propio de un tipo que conoce el medio donde se mueve. Demuestra la capacidad de, con pocos medios, centrarse en interesar estéticamente al espectador a partir de un libreto, obra y gracia del también underground – pero menos conocido – Adam Minarovich, el cuál basa su eficacia en la habilidad para incrementar la intriga y la tensión gota a gota. Por si fuera poco, a la vez nos saca unas sonrisas por el camino, merced a unas interpretaciones histriónicas y unos personajes que navegan entre lo entrañable y lo esperpéntico, pero, sobre todo, realistas dentro del marco de ficción propuesto, muy cercano éste al comic.

Encontraréis muchos claroscuros dentro de los diálogos y la evolución que cada protagonista tiene dentro del metraje. La clave vendría a ser la inteligencia (casi me atrevería a decir “emocional”) con que se ha abordado la realización del largometraje. Lejos de querer abarcar más de la cuenta – muchas veces gran pecado del cine de bajo presupuesto –, la historia se centra en la ambigua, y misteriosa, relación que se establece entre las dos únicas estrellas de la película, Lance y su acosador: existe una química extraña, una compenetración que empuja al público a diversas emociones donde los roles no están tan claros, lo absurdo se dosifica en pro de unas dosis de humor bien distribuidas y los sentimientos encontrados logran emerger de la pantalla. Todo apoyado por unos secundarios que también transitan esta nebulosa gris, donde nada es lo que parece y un simple paso te lleva hasta el abismo de la locura y lo ridículo. Así se despliegan los momentos más surrealistas, con una serie de “personajillos” salidos de los peores suburbios norteamericanos, los cuáles cimentan los momentos álgidos y más divertidos del metraje (los detectives, los primos, las prostitutas…).

Y todo por cuatro duros y mucha voluntad por parte del elenco, al menos eso vemos reflejado en las comprometidas actuaciones. Sobre todo las de sus actores principales: Timothy Muskatell (Sutures, Someone’s knocking at the door, Deadgirl) y Will Keenan (Terror Firmer, Tromeo y Julieta). Solitos justifican de sobra el peso que recae sobre ellos y, por ejemplo, Keenan (Lance) es capaz de parecer patético y frágil, ganándose nuestro apoyo, para ir poco a poco convirtiéndose en un ser aun más patético y repugnante, ganándose así nuestro desprecio… evolución perceptiva que se asemeja mucho a las relaciones sociales del día a día.

Como principal pega de ese presupuesto ajustado, aunque también vendría a ser otra muestra de inteligencia, tenemos un gore visual casi inexistente. Algo que duele tras la engañosa publicidad que la propia Bloody Disgusting realiza. Pero no me entendáis mal, existe el gore psicológico que toda historia de venganza extrema necesita; sin embargo, fuera de plano porque resulta evidente la falta de un equipo técnico capaz de mostrar esa violencia (no) gráfica que se nos plantea. Aunque para un servidor casi llega a realzar el encanto minimalista característico de todo proyecto “indie”. Eso sí, puede inducir la decepción a algún fanático de la sangre y de las tripas. No obstante, creo que se trata de un mal menor habida cuenta de la calidad mostrada en otros aspectos. Si nos fijamos en el montaje, veremos un trabajo titánico de fondo, entre el delirio, la psicotrópico y lo decididamente cómico, se nos pasa nuestra hora y media de rigor volando. Somos capaces de ignorar la molesta música – el segundo fallo técnico, aunque se puede tratar de una cuestión de gustos más bien – y lo pasamos en grande viendo como la cámara plasma el desconcierto de un Lance sometido a esa cadena de torturas macabras y, quizás suene enfermizo, tremendamente graciosas.

Entonces, si tan entretenida es, si tantos aciertos contiene, si el guión satisface como pocos, ¿por qué has castigado tanto su nota? El final, la horrible y decepcionante conclusión parece poco más que una chiquillada. Y no entraré en detalles por el peligro de arruinaros la sorpresa, pero un servidor se sintió tremendamente estafado. ¿Por qué crear una atmósfera de intriga y humor tan sugerente para terminar de una forma tan pobre? No lo entiendo, puedo asumir que cuando hilas correctamente el suspense sea duro detonarlo de forma correcta, sin embargo, ese final es una tomadura de pelo. Lo que no quita para convertir el resto del metraje en una experiencia muy satisfactoria e indicada para aficionados al terror que, con miles de películas a su espalda, quieran sentirse cómplices de una cercana historia de humor negro, de una producción que se toma a broma y en serio a partes iguales: ¡el equilibrio perfecto!

Lo mejor: La actuación de los dos antagonistas principales.

Lo peor: El desenlace, no está a la altura del guión previamente desarrollado.

Chillerama

Una broma interna muy larga

Chillerama Grande

Es la noche de cierre del último drive-in de Norteamérica. El mágico lugar donde miles de parejas han intimado dentro de su coche, bajo la atenta mirada plateada de la pantalla. Cecil B. Kauffman, su viejo y desquiciado gerente, ha planeado terminar con su negocio a lo grande, la traca final, cuatro películas prohibidas durante años y que solo ahora verán la luz para escándalo de los escasos asistentes a esa última noche. Horror y humor se dan la mano para homenajear una forma única de entender el cine, sombras y engaños para verter sangre y esperma sobre los encandilados ojos de los espectadores.

Hoy me gustaría hablaros un poquito – atención a la tremenda chapa que suele seguir estas palabras – sobre Chillerama. Una de las antologías de terror de hornada reciente más esperada por los aficionados a la serie B. Cuatro cortometrajes que intentan rendir tributo al cine con que sus directores alimentaron su pasión por el séptimo arte y, más en concreto, el género del terror, independientemente de su pelaje, credo o contenido. Puro espectáculo de entretenimiento medido a través de los ojos de cuatro cineastas modernos con cierto bagaje en esto del retro-cine, con habilidad para entreverar sus obras con un sabor deudor de décadas pasadas. Una mezcla que nace de la falta de prejuicios, el descaro, el gamberrismo y el humor más chusco, con la intención de pasar un buen rato, tanto creando el producto como vendiéndolo (los caretles y artwork no tienen desperdicio, la verdad). Pero aquí radica el primer y más grave escollo de Chillerama: ¿dónde queda el público? Los ojos externos que intentan disfrutar, divertirse con la creación artística de otros. Pues para ser sinceros, el espectador pasa a un triste segundo o tercer plano en cuanto a lo que esta antología nos ofrece.

Santa's Slay

¡El Papá Noel del wrestling!

Santa's Slay Póster

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  • Título original: Santa's Slay
  • Nacionalidad: Canadá/USA | Año: 2005
  • Director: David Steiman
  • Guión: David Steiman
  • Intérpretes: Bill Goldberg, Douglas Smith, Emilie de Ravin
  • Argumento: Santa Claus es un demonio ancestral que en lugar de regalos reparte ostias como panes...

60 |100

Estrellas: 3

Santas Slay Grande

Santa Claus no es el viejo barbudo y gordinflón cuya bondad define el almibarado espíritu navideño. No señor, las leyendas, las tradiciones y todo lo que os contaron vuestros padres son una vil mentira. Santa es el sulfuroso hijo del mismísimo diablo, la semilla de Satán, y una progenie con muy malas pulgas. Famoso en remotas épocas por su ira y capacidad para la destrucción, hizo imposible la paz de la humanidad con sus masacres, hasta que un buen ángel descendió a la tierra para retarle con un juego, que por supuesto ganaron los buenos. Así, fue castigado al exilio durante 1.000 años, hasta el Día de Navidad de… esperad que mire el calendario… ¡oh! Precisamente hasta este mismo día. ¡¡¡Preparaos porque este año Santa ha dejado los regalos en el Polo Norte y ha llenado su zurrón de mamporros, patadas voladoras y llaves de lucha libre!!!

Estamos ante una película de terror tratando el tema navideño con bastante humor y falta de prejuicios, con una curiosa mezcla de candidez adolescente y ánimo gamberro que transgrede la barrera del cine juvenil lo suficiente como para encajar en las degeneradas miras de los “ghoules” y vampiresas de Almas Oscuras. Una de esas películas que vienen a la mente cuando hablamos de recomendar películas de horror (con muchas comillas) centradas en una temática estacional tan escasa dentro de nuestro género favorito. No obstante, no esperéis la seriedad o la calidad de obritas como Rare Exports o la intensidad terrorífica de producciones despiadadas y crueles como Noche de Paz, Noche de Muerte o Navidades Negras; en absoluto, estamos ante una cinta muy ligera y humilde, cuyo acabado al estilo telefilm no intenta ocultar nunca lo poco en serio que se toma a sí misma. En cierta medida podríamos considerarla cercana a Sint, por su base argumental y por lo poco serio de su desarrollo, aunque desde luego la acidez es la estrella de la cinta holandesa frente a lo inocua que finalmente resulta esta co-producción Canadá/USA.

¿Pero como podría ser de otra manera? Si dirigieseis o escribieseis el guión de una película protagonizada por una rutilante estrella del wrestling norteamericano, ¿de qué forma la enfocaríais? Seriamente seguro que no. Por lo que tenemos desde el minuto número uno, una comedia en toda regla cuya mayor inspiración se trata del capítulo de Navidad de la segunda temporada de Futuraza, donde conocemos a un Santa Claus Robot cuyo único placer es la destrucción de los “niños malos”, que para el son todos los habitantes del planeta. Pero esta vez, en lugar de un robot, el maligno Santa Claus es interpretado por Goldberg, el cuál allá a principios del Siglo XXI se dedicaba a darse mamporros junto a The Rock, Steve Austin y compañía… ¡mayor motivo para el buen humor!

El arranque marca la pauta del escaso metraje (poco más de setenta minutos que aclaran el origen televisivo de la obra) de forma definitiva, y haciendo uso de una buena dosis de acidez que pese a diluirse en el núcleo de la cinta, nunca deja de estar presente y supone uno de los grandes atractivos de Santa’s Slay (“La Matanza de Santa”, para el público de habla hispana): Una repelente familia llena de niños malcriados que encabeza un patriarca pasado de rosca, un divertido cameo del genial James Caan, y caniche incluido, contemplan atónitos la visita anual de Santa. Pero estas Navidades, el repartidor de regalos se encarga de asesinarlos al más puro estilo vikingo y con una suerte de creatividad macabra que pone en alerta todos nuestros sentidos. Una escena introductoria de muchos quilates y que sirve para establecer el resto los parámetros alrededor de los que orbita toda la historia.

La película a nivel argumental no puede presumir de profundidad ni de brillantez, Santa pulula a diestro y siniestro, sin sentido alguno, cargándose jocosamente – y usando acertadamente la presencia física de Goldberg, su interprete – a todo aquel se cruza en su camino. Legendaria será ya la escena situada en un local de “streaptease”, donde tampoco se escatima en pechos siliconados y luchas propias de un capítulo de Texas Ranger. ¿Por qué aparece por ahí nuestro armario de color rojo con patas? Pues porque es divertido, no existe otro leitmotiv. Y sinceramente, aburridos de tantas películas navideñas con mensaje, me parece un enfoque acertado por parte de su director y guionista David Steiman. Cineasta que no ha realizado ningún otro trabajo reseñable más allá de asistente de dirección de productos mainstream del calibre de Hora Punta 2… sinceramente, realiza más películas propias David, al menos el público te lo agradecerá.

La parte más floja de Santa’s Slay, y que por desgracia ve aumentado su peso especifico a pasos agigantados durante el metraje, sería el protagonismo de un par de chavales, los típicos adolescentes norteamericanos. En su descarga he de señalar que no son tan pesados y cargantes como los personajes de otras películas de corte similar. Es más, en Gremlins (probablemente la mejor película fantástica con la Navidad como telón de fondo y cuya influencia en la que hoy nos ocupa no es nada despreciable) siempre me pareció que Billy pedía a gritos una somanta de sopapos que calentasen sus pánfilas mejillas. Con todo, es cierto que cuando Santa’s Slay se centra en los personajes jóvenes, y el repelente abuelo de uno de ellos – mezcla imposible de Doc “Back to Future” y un ángel –, la película pierde enteros y gracia. Afortunadamente, y dado el ajustado metraje, la situación no se descompensa tanto, y Santa/Goldberg retiene suficiente protagonismo y carisma – de alabar es la actuación de la estrella de la lucha libre – para entretener al espectador adulto.

No quiero engañar a nadie, estamos ante un producto bastante descafeinado. Donde lo explicito no abunda, pero lo implícito no me parece apropiado para menores de edad. Ya hemos hablado de desnudos, muertes en primer plano, lenguaje grosero y violencia a paletadas – incluso una breve apología al uso de armas muy al estilo norteamericano –, pero no olvidemos que Santa Claus es un demonio, y sus tropelías pueden traumatizar a más de un infante. Sin embargo se produce una curiosa mezcla con el cine adolescente, más bien pensad en la serie de “Pesadillas” del prolífico R.L. Stine, que a más de uno tirará para atrás, por ello solo recomendaría Santa’s Slay a espectadores con la mente muy abierta. Bueno, como ya os comentaba, la cinta dentro de un contexto navideño (por ejemplo un día de Navidad como éste) me parece bastante simpática, que por su falta de pretensiones merece ser revisitada y disfrutada. También a su favor hay que decir bien alto que contiene un acabado técnico que ya quisiera para ella cualquier serie B de mediano presupuesto. La selección musical desvela una planificación cuidadosa y complementa un estilo fotográfico muy luminoso, festivo y dinámico. Un engalanamiento técnico que permite olvidarnos de los momentos dulces, del amor juvenil – por supuesto, ¿qué os creíais? ¡Es Navidad! – y de la fantasía de todo a cien, para centrarnos en las despiadadas intervenciones de Santa Claus.

Una humilde película que invita a la simpatía y al entretenimiento fugaz de una noche como ésta, donde la televisión es capaz de causar más daño que los enormes puños del nuevo campeóóóón de la WWF: Santaaaaaaaaa…. ¡¡Claus!! [gritos enfebrecidos]

Lo mejor: En fechas como las que vivimos resulta un divertimento adolescente/gamberro único. Goldberg se sale como Santa Claus demoníaco.

Lo peor: Ligera, muy ligera. Verla sin el espíritu adolescente "on" es tirarse a la piscina sin agua.

Burke and Hare

Cadáveres fresquitos al mejor postor

Photobucket

Photobucket La primera vez que oi hablar de este proyecto se me pusieron los pelos como escarpias: el grandísimo John Landis iba a adaptar las andanzas de los famosos WilliamBurke y William Hare, o los “Crímenes de West Port” al cine con los no menos grandes Simon Pegg y Andy Serkis (sin olvidarnos de secundarios de super lujo del nivel de Tom Wilkinson, Tim Curry e Isla Fisher)como protagonistas…mama, es una fórmula quimérica que no puede salir mal de ninguna de las maneras, y menos aún si la plasmas con un (negrísimo) sentido del humor. Que es una de las marcas de la casa del señor Landis, no solo en sus comedias sino también en esa pequeña joya que fue Un Hombre Lobo Americano en Londres (esta se merece un Horror Revival pero ya!!…ummm, ya tengo deberes). Y aunque la película ya ha sido estrenada, y se puede encontrar fácilmente, aquí, en el tercer mundo de los estrenos cinematográficos relevantes, hemos tenido que esperar a que los buenos chicos del Festival de Sitges la hayan incluido en su sección oficial para poder verla. Para un servidor junto con ATTACK THE BLOCK y la nueva de Shunji Iwai, VAMPIRE, es uno de los platos fuertes del festival.

PhotobucketComo comentabamos antes la película está basada en las “andanzas” de estos dos piezas, William Burke y William Hare, que a mediados del siglo XIX se dedicaban a la lucrativa tarea de surtir de cadáveres fresquitos a las facultades de Medicina, algo muy común por entonces (os recomiendo este libro para saber más del tema). Lo normal era desenterrar los cadáveres de gente, digamos de los estratos sociales más bajos, al poco de haber fallecido y entregarlos fresquitos a algún doctor sin demasiados escrúpulos. Pero los “Williams” fueron un paso más allá. Pronto la demanda y los beneficios fueron tan lucrativos que, ya puestos, por qué no provocar ellos mismos los cadáveres?. Así que de desenterradores profesionales pasaron a convertirse en asesinos en serie (se habla de entre 14 y 16 muertes confirmadas, ahora las reales…).

Con estos mimbres bien se podría haber hecho una película muy siniestra, oscura y desasosegante; lo que no hubiera estado nada mal, con algo de necrofilia incluido, pero Landis ha apostado por la comedia negrísima y creo que el resultado puede ser un ejercicio de cachondeo y mala leche sublime. Por último comentar que la película viene avalada, como no podía ser de otra manera, de los renovados Ealing Studios, maestros del humor británico más irreverente desde 1902!!.

Tucker & Dale vs Evil

Cariño, no es lo que parece

Tucker and Dale vs. Evil

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  • Título original: Tucker & Dale Vs. Evil
  • Nacionalidad: Canadá | Año: 2010
  • Director: Eli Craig
  • Guión: Morgan Jurgenson, Eli Craig
  • Intérpretes: Tyler Labine, Alan Tudyk, Katrina Bowden
  • Argumento: Dos tiernos lugareños se disponen a pasar unos días de vacaciones en una cabaña en el bosque cuando un grupo de universitarios se cruza en su camino tomándolos por dos psicópatas asesinos.

65 |100

Estrellas: 4

Tucker and Dale vs. Evil

Dos anotaciones antes de empezar. Primera, la versión de la película a la que he tenido acceso como la mayoría de vosotros es un workprint inacabado al que le faltan la mayor parte de efectos de post-producción; en cristiano, gran parte de lo que conlleva el contacto de algo punzante/cortante con el cuerpo no se ve, por lo que la valoración técnica brillará por su ausencia. Segunda, es posible que el subconsciente me traicione y caiga en la tentación de echar mano de la apetitosa palabrería de Bob Rock en este texto posterior a un intercambio de opiniones que tuvimos sobre la película. Así que, por si acaso, dadle también de antemano cierto crédito al muchacho por esta reseña.

Si me llegáis a preguntar hace varios meses qué película ansiaba ver por encima de todas las cosas, por una copia de la cual no hubiera dudado en vender a mi familia en el mercado negro, la respuesta habría sido clara y contundente: Tucker & Dale vs Evil. En mayúsculas, negrita, subrayado de dos líneas rosa fosforescente y signos de exclamación infinitos. Las expectativas tras el visionado del tráiler promocional (eufemismo para ‘aberrante resumen con spoilers’) eran tan altas que mi mente no concebía la idea de tolerar que adjetivos como ‘aburrida’ o ‘decepcionante’ tuvieran cabida en estas líneas. Condenada desde un principio por un exceso desbordante de mi propia exigencia me dispuse a gozar con la ópera prima de Eli Craig como si no hubiera un mañana. 89 minutos después, una sensación de coitus interruptus recorría todo mi ser. Pese a los intentos de deshacerme de ella aferrándome a las interpretaciones, a un par de muertes inspiradas y a un planteamiento altamente seductor, la insatisfacción le ganó el pulso al conformismo: mierda, creo que no me ha gustado.

En pleno proceso de aceptación, me formulé dos preguntas clave. ¿Es Tucker & Dale vs. Evil un propuesta narrativamente divertida y astuta que destaca por encima de sus congéneres? Sí, lo es. Ahora bien, ¿consigue Tucker & Dale vs. Evil cumplir durante todo el metraje las altas expectativas impuestas en los primeros compases de guión? No, no lo consigue.

Es duro, pero tienes que seguir adelante – me dije. La producción en la que había depositado todas mis esperanzas, para la que ya tenía preparado un perímetro de seguridad en la estantería de DVD’s, aquella de la que todos hablan maravillas, que recibe premios en todos los festivales de género, cuyo poster contiene golosos destacados periodísticos del estilo “Funny as hell” by Financial Times. Aquella película, a mí me había decepcionado. ¿Y por qué? – os preguntareis. Si tras el tedioso manifiesto emocional que os acabo de describir queréis seguir leyendo, os daré varias razones.

La simpleza del planteamiento de la historia equivale al número de slashers ochenteros que hayan desfilado ante vuestros ojos en el periplo de fidelidad al género. Me pondrá 300 kilos de universitarios cachondos en road trip veraniego hacia un bosque al Oeste de Virginia, 100 litros de sangre y vísceras varias desparramadas por el set y un número considerable de decisiones incoherentes. Tucker y Dale son dos bonachones sureños entusiasmados con la idea de pasar unos días de relax y vacaciones en una cabaña que han adquirido en lo profundo del bosque. En su camino al destino deseado, se cruzan con un grupo de jóvenes estudiantes que les toman por temibles asesinos en serie perturbados tras un primer acercamiento frustrado al grupo del bueno de Dale, seducido por los encantos de la bella Allison (Katrina Bowden). Satisfechamente instalados en una choza lúgubre y sucia, los dos amigos salen a dar un paseo en barca coincidiendo con un refrescante chapuzón de los chicos en el lago. Asustada al descubrir a los lugareños observando su cuerpo semidesnudo, Allison cae al agua golpeándose fuertemente la cabeza. Dale acude raudo y veloz a su rescate e intenta llamar la atención de sus amigos para que les ayuden. Pero la escena es interpretada por los chicos como un secuestro que pone la vida de Allison en peligro e inicia una guerra desesperada por la supervivencia en una sucesión de accidentes y malentendidos con fatídico resultado.

La parodia del terror suele gustar a los enamorados del género porque pone en evidencia el bombardeo de artimañas que aceptamos sin rechistar película tras película al firmar un pacto narrativo, nos pone en evidencia a nosotros mismos en su alto grado de auto-consciencia. Wes Craven y Kevin Williamson decidieron aprovecharse de eso hace 15 años cuando dieron vida a la mejor parodia (que no comedia) del cine de terror contemporáneo con Scream. El nacimiento del llamado ‘teen horror’, que sirvió de espejo a coetáneos como Sé lo que hicisteis el último verano, Cherry Falls, Comportamiento perturbado y demás joyas del estilo. Todas aquellas eran conscientes de las convenciones del género y jugaban con ellas sin pudor, pero no eran cómicas. Una deliciosa cadena de manidos clichés reelaborados hasta la extenuación, pero no hacían gracia. No estamos hablando aquí tampoco de clásicos setenteros u ochenteros rodados con seriedad absoluta que con la perspectiva de los años resultan cómicos. Hay otro registro de películas que parten directamente de la comedia, la sitúan en una supuesta situación terrorífica y desmitifican con más o menos sátira el imaginario colectivo del horror. Desde la saga absolutamente plana de Scary Movie, que consisten en simples ciclos de sketches unidos por un hilo conductor sostenido con pinzas, hasta producciones que miran de cerca la mezcla de géneros con satisfactorio resultado. Véase a Shaun of the Dead en la cúspide, seguida de Zombieland, The Cottage, Doghouse, Severance, Black Sheep, etc.* La película de Eli Craig se encuadra en este último grupo, aunque por méritos propios, sus características hacen que se aleje de cualquier cosa parecida hasta la fecha.

Tucker & Dale vs. Evil propone el cambio de rol de sus personajes fruto de la confusión y la paranoia, convierte a dos seres adorables en dementes sádicos y peligrosos a ojos de unos zagales de encefalograma plano. Pero lo más interesante de la película no es la visión temible de la pareja protagonista, sino sus consecuencias inesperadas, que sumergen a los muchachos en una espiral absurda de suicidios hilarantes. Ahí es donde brilla el guión, el problema es que lo hace en dos ocasiones puntuales, la de la trituradora de madera y, si me apuráis, la de la rama punzante estratégicamente colocada en el camino. Las demás muertes son tan simples que parecen sacadas de un capítulo de Tom y Jerry.

El planteamiento inicial es muy apetecible y las secuencias se suceden con bastante ritmo y originalidad como para mantenernos enganchados, pero a mitad del segundo acto la cinta empieza a cavar su propia tumba. Craig y Jurgenson cometen tres pecados capitales: uno, dotar de repente a unos personajes que tomábamos por estúpidos de la inteligencia suficiente para discernir que lo que está sucediendo es consecuencia de un malentendido, destripando por completo la gracia de la película. El segundo error va unido a la línea romántica entre Allison y Dale, que de tan inofensiva me da ganas de chutarme una sobredosis de insulina. No hay mala leche, no hay ingenio, por no haber no hay ni sexo. ¿Qué es esto, Farmacia de guardia? Dadle esta historia a Judd Apatow y saca secuencias incómodas de dos árboles y una cuerda al más puro estilo McGiver. Pasamos de un puñado de escenas más propias del gamberrismo de Destino final a un desarrollo soporífero, repetitivo y alarmantemente falto de ideas y sorpresa. El culmen de decepción se produce en el giro narrativo que convierte a uno de los chicos en el malo perturbado de la historia. En ese instante muere lo que quedaba de coherencia y parodia y se abandona al tópico sin medida para terminar en un final tan blando como utópico. La escena de la bolera parece el rodaje de un videoclip de Justin Bieber.

No deja de ser interesante la manera de plasmar un mensaje que habla de la falta de comunicación, del pensamiento alarmista y de los prejuicios, y que a su vez, sirve de homenaje a grandes clásicos como Posesión infernal, Viernes 13 o La matanza de Texas (la escena de las abejas y la sierra mecánica es otro punto a favor), con unas dosis de gore realmente suculentas. Pero no sé vosotros, yo es que simplemente esperaba (por las pistas del tráiler) una sucesión de malentendidos y situaciones absurdas que fueran aumentando el sinsentido paulatinamente hasta culminar en el final más estúpido de la historia. De hecho, puestos a reír con la confusión, me parece más ingeniosa desde la perspectiva de Tucker y Dale, convencidos que están ante un grupo de suicidas en potencia, que la contraria.

¿Estoy siendo muy destroyer? Pensad en mí como una esposa despechada e insatisfecha que le recrimina a su marido la falta de emoción en su relación. La película es un acierto en cuanto al elenco interpretativo, todo sea dicho. Pero con elenco me limito a los dos protagonistas absolutos de la cinta que son Tyler Labine (Dale) y Alan Tudyk (Tucker), los demás me dan absolutamente igual, a excepción de Jesse Moss, que pese a que no comparto el giro de su personaje sí que empatizo con su interpretación. La chica ni me va ni me viene, pero puedo entender que sea el reclamo absoluto del espectador masculino. Labine y Tudyk se adueñan de los personajes con un nivel de química que poco tiene que envidiar a los geniales Simon Pegg y Nick Frost en Shaun of the Dead o Hot Fuzz, incluso pone contra las cuerdas al asentado binomio de Jay y Bob el Silencioso. Ninguno de los dos pueden presumir de tener muchas luces, pero puestos a categorizar, Dale es el grandullón de gran corazón y memoria radiográfica, mientras que Tucker es un personaje más cerebral. Yo firmaría por volver a verlos juntos en un proyecto similar.

La película prueba la elasticidad del género, nos muestra que aun es susceptible a exploraciones desde distintas perspectivas con resultado satisfactorio, pero siempre que descansen sobre un guión consistente, por favor. Vedla, pero con moderado entusiasmo o puede que os pase factura como a mí.

No puedo evitar pensar en el poder que habría tenido esta idea en manos de un británico como Edgar Wright. Lo siento, pero en esto del humor, los ingleses son los amos.

Lo mejor: Tucker, Dale y la trituradora de madera. La fe en las posibilidades del género.

Lo peor: La línea romántica, la falta de ideas gamberras, el relleno de personajes y escenas. Que tengamos que descargarla en workprint porque en España vende más el humor de Santiago Segura.