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Deadball

¡Despelote "made in Japan"!

Deadball Póster

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  • Título original: Deddobôru
  • Nacionalidad: Japón | Año: 2011
  • Director: Yûdai Yamaguchi
  • Guión: Yûdai Yamaguchi, Keita Tokaji
  • Intérpretes: Tak Sakaguchi, Junichi Gamou, Miho Harita
  • Argumento: Jûbei descubrió trágicamente su poder de destrucción jugando al baseball, cuando mató por accidente a su padre. Ahora, tendrá que recurrir a su odiado poder para limpiar una prisión llena de despiadados jugadores.

69 |100

Estrellas: 3

deadball Grande

Jûbei tiene súper poderes. En un futuro diatópico el joven muchacho se convierte en terrorista tras matar accidentalmente a su padre, mientras practicaban un poquito de béisbol. Las habilidades marciales de Jûbei lo llevan a ser uno de los criminales más buscados por el dictatorial estado, y a todo cerdo le llega su San Martín. Una vez capturado, le proponen a nuestro héroe canjear su condena por infiltrarse en una liga de béisbol entre prisiones. Entre la espada y la pared, y con la esperanza de encontrar a su hermano también preso, accede a participar por mucho que odie usar sus poderes en el traumático deporte. Una vez en la cárcel/campo de concentración se da cuenta de que la liga esconde algo más. Su equipo rival, Las Dalias Negras, le enseñaran que el béisbol no está reñido con la masacre, como el se obstina en creer.

Deadball es uno de los más recientes splatters, de la factoría Sushi Typhoon, productora nipona independiente aglutinando a varios directores como Yoshihiro Nishimura, Noboru Iguchi o incluso el polémico Sion Sono. Una empresa que nació con la voluntad de conseguir una libertad creativa que pudiese dar salida a su visión netamente pop del terror. Una visión compartida por muchos artistas orientales – muy interesante sería repasar la carrera del creador de videojuegos Suda 51, cuyo estilo corre paralelo al de la Sushi Typhoon – , donde lo visual sirve de vehículo de entretenimiento renunciando a profundas reflexiones morales o filosofía zen, en este caso se trata de epatar el ojo del espectador.

Estamos ante una largometraje que viene a demostrar cierta evolución dentro del estilo que tan fuerte está pegando en Japón como fuera de sus fronteras. Como ya sabréis, estas salvajadas gores saltaron a la palestra más mediática gracias al éxito de obras alucinantes como Tokio Gore Police y Machine Girl, aunque todos sabemos que otras locuras ya cimentaron el auge de mezclar sangre a raudales con humor psicotrópico. Sin ir más lejos, podéis disfrutar de una obra primigenia como Hausu (1977) que ya instaurará las bases de este estilo. Pero aun podríamos ir más lejos, ¿quién podría ser el padre espiritual de los “absurdo + terror”? Pues sí, solo puede ser Lloyd Kauffman, la mente pensante (¿?) tras la conocida Troma. Y es que cada día veo más similitudes entre los trabajos de Nishimura & Cia. y las bizarradas expuestas en las sagas del Vengador Tóxico o Mutantes en la Universidad. Todo un delirio visual que traslada el comic (en el caso de Estados Unidos) y el manga (en el caso de Japón) al celuloide. Es más, no concibo enfrentarse a cintas del pelaje de Deadball sin saber apreciar la narrativa a través de viñetas.

Dichas similitudes engloban tanto el acercamiento fantástico de los argumentos (por llamar de alguna forma a las ideas que justifican hora y media de litros de amputaciones, descomposiciones y mutaciones) como su parte más cómica. Llamar cine de terror a Deadball, Robo Geisha o Mutant Girl Squad resulta ciertamente aventurado. Seamos sinceros, de ser puristas, ¿englobaríais dentro del género de terror películas como Braindead o Zombieland? Pese a lo que me gustaron, un servidor no se atrevería; y en el caso que hoy nos ocupa, la distancia es aún mayor. El exagerado elemento “gamberro” hermana escamosamente a la Sushi Typhoon con Troma. Olvidad la seriedad y sumergiros en una serie de escenas inconexas donde la empatía da paso a la carcajada, al disparate continuo cuya única justificación es el puro entretenimiento.

Entonces, ¿ante que estamos cuando venos Deadball? Sin lugar a dudas ante una parodia en toda regla. Las referencias internas y externas se multiplican a través de unos personajes imposibles que perpetran atrocidades y tonterías varias, hiladas por los pelos. Una desestructuración que muchos consideraran nefasta, multitud de amigos blasfeman ante los splatters orientales. Aducen que no consiguen centrarse ni divertirse con los sinsentidos de los que bebe su humor sinvergüenza, la falta de argumento los enerva hasta límites insospechados. Probablemente porque, cuando acuden a una comedia gore nipona, creen que van a visionar otra cosa; o simplemente porque son incapaces de apagar el interruptor cerebral y sumirse en una plácido estado de “encefalograma plano”. Así, resulta imposible analizar Deadball fuera de su contexto. Se trata de otra locura más que viene a sumarse a Helldriver, Alien Vs. Ninja o Cold Fish – la que más se aleja del paquete básico – y solo comparándola con sus hermanas podemos juzgarla.

La verdad que si en un adjetivo tuviésemos que resumir a Deadball este sería “divertida”, pero a puñados. Cuando unas líneas más arriba hablaba de evolución, me refería a la capacidad para desarrollar un humor más universal y lo bien que se ha plasmado. En esta ocasión, lo paródico no solo se limita a esos clásicos personajes incongruentes que siempre ofrece Japón, el séptimo arte se convierte en vector directo de la parodia y, así, tenemos momentos maravillosamente surrealistas como la presencia de un Na’vi (esos híbridos entre pitufo y Pocahontas que aburrían hasta a las ovejas en Avatar), un protagonista que imita soberbiamente al personaje de Clint Eastwood en tantos y tantos spaghetti westerns o el homenaje nada disimulado – y mucho menos justificado – a Herbest West. Otras escenas o momentos referenciales tendréis que descubrirlos por vosotros mismos, pero ya os adelanto que para una noche de amigotes y cerveza, Deadball se erigiría como gran triunfadora.

A esta gran calidad en cuanto a la parodia, debemos añadirle otros detalles igual de sugerentes y extraídos de la pura realidad: el béisbol y el drama carcelario.

En cuanto a la parte de drama carcelario, me parece interesante destacarla porque promueve algún momento desagradable e hilarante a partes iguales, que bien podría haber sido extraído de una versión no expurgada de La Historia de Ricky (¿a cuántos miles de personas les habré recomendado esta obra maestra del gore psicodélico y casposo?). De nuevo el guión de Yamaguchi – firmado junto al autor de comedias Keita Tokaji – muestra unos signos de madurez alarmante en cuanto a esto del humor de sal gruesa, por muy incongruente que resulte tal estamento cuando refiere a inspecciones rectales.

Con respecto al deporte norteamericano por excelencia, comentar que en la carrera del director de Deadball, Yudai Yamaguchi, ya se puede percibir cierta obsesión por eso de batear pelotas, y la muestra más evidente sería su largometraje Battlefiled Basseball (2003), que viene a ser otro splatter (menos gracioso y sangriento) bastante recomendable. Es más, en la citada cinta de 2003 ya encontramos un personaje llamado Jûbei e interpretado igualmente por Tak Sakaguchi; aunque no me atrevería a decir que Deadball sea una secuela en toda regla. Pero también en su obra más conocida como guionista, la imprescindible Versus (2000), o en su otra locura cyber-gore, Meatball Machine (2005), ya se pueden apreciar pinceladas muy propias del béisbol.

Obviamente, como sucede con casi todos los directores que acoge la Sushi Typhoon, la carrera previa de sus autores marca la tendencia de sus nuevas producciones. Así, pese a restarle frescura a sus obras, crean un estilo continuista que satisfará a los aficionados que supieron apreciar los trabajos anteriores. Quizás ese problema de frescura sea el más patente y molesto de Deadball, no solo dentro de la propia trayectoria de su director, también dentro de la comparación con su entorno. A veces, parece que visto uno de los splatters nombrados ya los hayamos visto todos, y como cualquier partido del Real Madrid contra el Barça, sean solo los pequeños detalles los que marquen el resultado. Y efectivamente, así es. Dentro de las películas del “estilo Sushi Typhoon” – que englobaría incluso a las no referidas a esta productora – encontramos los mismos patrones, solo que más o menos calidad en sus distintos apartados. Por lo menos con Deadball nos encontramos, probablemente, con una de las propuestas más divertidas dentro del estilo en estos últimos años. ¡Ya tenemos la primera carrera! Aunque su condición de propuesta intrascendente la condene al olvido pasado poco tiempo, los pequeños detalles siempre serán divertidas anécdotas que contar en reuniones de cinéfilos desfasados – como el equipo rival de Jûbei, las despampanantes Dalias Negras capaces de disparar la líbido a pesar de su visceral agresividad –.

Así pues tenemos una película paródica muy divertida y bien pensada, ¿pero dónde quedan el resto de componentes del largometraje?

Honestamente a buen nivel. Sin olvidar que estas producciones no gozan con un presupuesto muy elevado, la estética es cuidada al detalle pese a transmitirse a través de planos bastante cerrados o efectos especiales que, en algunos casos, andan cogidos por los pelos. Pero aquí entramos en el mismo terreno que cuando comparamos su sentido del humor con otras producciones hermanadas, el estilo visual sigue las pautas de dichas obras y, a veces, se hace pesado contemplar los mismos planteamientos y pautas una y otra vez. Pese a parodiar sus propios orígenes – la burla final a los “giga monstruos biomecánicos” que suelen marcar la apoteósica conclusión de la chorreante representación –, no dejan de resultar aburridos los escenarios y situaciones comunes (al menos si uno ha visto un par de cintas del estilo). Aun con estos comentarios, no creáis que no goza de una iluminación eficiente o una fotografía resultona: la Sushi Typhon cuenta con mucha experiencia a todos los niveles técnicos y Deadball entra sola por el ojo, tanto por sus juegos de cámara como por sus efectos especiales (mejores o peores, pero acordes con la presentación manga de la obra).

Otro factor que habría que destacar, para el éxito de Deadball como comedia, sería la actuación de Tak Sakaguchi, absoluto protagonista que borda el papel inspirado en Clint Eastwood y desborda socarronería, comiéndose la pantalla – y dejando a sus compañeros de reparto bastantes escalones por debajo –. También se salva, dentro de la idiosincrasia nipona al respecto de la actuación, una divertida Mari Hocino interpretando un simpático papel travestido que navega entre lo patético y lo falsamente tierno. ¿El resto del elenco? Superficial, aunque se nota continuamente lo bien que lo pasaron durante el rodaje.

En definitiva, una obrita muy divertida – todo un desparrame poder verla con mucha gente aficionada al mismo estilo desinhibido – que satisfará a los amantes de la “locura nipona”, pero que dejará frío al resto del público, que ande en busca de algo más serio y, sobre todo, terror. Película para ver sin pretensiones y que muestra buenos estándares de calidad. Ahora bien, incluso los muy adictos al splatter, sed conscientes de que no existe un guión solidó sustentando la trama y que su condición absurda la condena a unas buenas risas – que ya es un logro –, pero nada más.

Lo mejor: Su desenfadado y gamberro humor. La actuación de Tak Sakaguchi.

Lo peor: Su propia condición de producto intrascendente.

Chop

El karma es un hijo de perra

Chop Póster

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  • Título original: Chop
  • Nacionalidad: Estados Unidos | Año: 2011
  • Director: Trent Haaga
  • Guión: Trent Haaga, Adam Minarovich
  • Intérpretes: Tanishaa Mukherji Billy Bakshi Malaya Manson Trent Haaga Timothy Muskatell
  • Argumento: Lance ira perdiendo todos los miembros del cuerpo si no consigue recordar que lo une al psicópata que parece haberse obsesionado con él.

68 |100

Estrellas: 3

Chop Reseña

Lance tiene un encuentro bastante extraño, y dramático, con un desconocido que parece conocerle. Esa misteriosa persona está dispuesta a destruir pedazo a pedazo la vida de Lance, si este no recuerda lo que hizo en el pasado. Por el camino, los miembros amputados de Lance servirán de rastro de miguitas de pan, señalando el ayer de un hombre, que tal vez se merezca todos los males que descarguen sobre él.

Hoy me gustaría extenderme menos de lo habitual a la hora de hablaros sobre Chop, así que disculpadme por mi brevedad o celebradlo en el caso de creer que siempre meto unos rollos de aupa – precisamente lo que cree un servidor –. Pero, ¿por qué intentar ser más conciso, ¿tienes prisa? ¿sale tu vuelo a las Islas Caimán y Scarlet Johansson te espera en la puerta de embarque? Pues no, Sacrlet que tenga paciencia, así lo haremos esta noche con la pasión común tras una pelea de enamorados. No, la clave radica únicamente en la idiosincrasia de Chop. Como si de una película de Hitchcock se tratase, entrar en detalles con ella es hacerle un flaco favor: por mucho que lo intentase acabaría destripándola más de la cuenta. Aquí se trata solo de recomendarla sin ambages, y dejar que cada uno saque sus propias conclusiones. Aun así intentaré explicaros que se esconde tras la interesante portada de Chop.

Estamos ante una cinta que basa su potencial en la caracterización y desarrollo de sus personajes, así como en los soberbios giros de un guión sólido y bien expuesto. Por eso, todo lo que pueda contaros corre el riesgo de arruinaros las divertidas sorpresas que esconde su sencillo pero simpático argumento. Con el motor de un thriller de venganzas y la carrocería de una comedia (algo) disparatada, se erige como adalid del cine independiente en cuanto a libertad narrativa.

Probablemente, dada su jugosa forma de enfocar un tema manido, ha sido elegida por uno de los portales norteamericanos más importantes dentro del género fantástico; ni más ni menos que Bloody Disgusting ha iniciado la distribución con Chop de proyectos underground dentro de su sello “Selects”. Así, el actor de serie b (Killjoy, Someone’s knocking at the door, Sutures, Terror Firmer), Trent Haaga (también guionista de Deadgirl), debuta tras las cámaras con el desparpajo propio de un tipo que conoce el medio donde se mueve. Demuestra la capacidad de, con pocos medios, centrarse en interesar estéticamente al espectador a partir de un libreto, obra y gracia del también underground – pero menos conocido – Adam Minarovich, el cuál basa su eficacia en la habilidad para incrementar la intriga y la tensión gota a gota. Por si fuera poco, a la vez nos saca unas sonrisas por el camino, merced a unas interpretaciones histriónicas y unos personajes que navegan entre lo entrañable y lo esperpéntico, pero, sobre todo, realistas dentro del marco de ficción propuesto, muy cercano éste al comic.

Encontraréis muchos claroscuros dentro de los diálogos y la evolución que cada protagonista tiene dentro del metraje. La clave vendría a ser la inteligencia (casi me atrevería a decir “emocional”) con que se ha abordado la realización del largometraje. Lejos de querer abarcar más de la cuenta – muchas veces gran pecado del cine de bajo presupuesto –, la historia se centra en la ambigua, y misteriosa, relación que se establece entre las dos únicas estrellas de la película, Lance y su acosador: existe una química extraña, una compenetración que empuja al público a diversas emociones donde los roles no están tan claros, lo absurdo se dosifica en pro de unas dosis de humor bien distribuidas y los sentimientos encontrados logran emerger de la pantalla. Todo apoyado por unos secundarios que también transitan esta nebulosa gris, donde nada es lo que parece y un simple paso te lleva hasta el abismo de la locura y lo ridículo. Así se despliegan los momentos más surrealistas, con una serie de “personajillos” salidos de los peores suburbios norteamericanos, los cuáles cimentan los momentos álgidos y más divertidos del metraje (los detectives, los primos, las prostitutas…).

Y todo por cuatro duros y mucha voluntad por parte del elenco, al menos eso vemos reflejado en las comprometidas actuaciones. Sobre todo las de sus actores principales: Timothy Muskatell (Sutures, Someone’s knocking at the door, Deadgirl) y Will Keenan (Terror Firmer, Tromeo y Julieta). Solitos justifican de sobra el peso que recae sobre ellos y, por ejemplo, Keenan (Lance) es capaz de parecer patético y frágil, ganándose nuestro apoyo, para ir poco a poco convirtiéndose en un ser aun más patético y repugnante, ganándose así nuestro desprecio… evolución perceptiva que se asemeja mucho a las relaciones sociales del día a día.

Como principal pega de ese presupuesto ajustado, aunque también vendría a ser otra muestra de inteligencia, tenemos un gore visual casi inexistente. Algo que duele tras la engañosa publicidad que la propia Bloody Disgusting realiza. Pero no me entendáis mal, existe el gore psicológico que toda historia de venganza extrema necesita; sin embargo, fuera de plano porque resulta evidente la falta de un equipo técnico capaz de mostrar esa violencia (no) gráfica que se nos plantea. Aunque para un servidor casi llega a realzar el encanto minimalista característico de todo proyecto “indie”. Eso sí, puede inducir la decepción a algún fanático de la sangre y de las tripas. No obstante, creo que se trata de un mal menor habida cuenta de la calidad mostrada en otros aspectos. Si nos fijamos en el montaje, veremos un trabajo titánico de fondo, entre el delirio, la psicotrópico y lo decididamente cómico, se nos pasa nuestra hora y media de rigor volando. Somos capaces de ignorar la molesta música – el segundo fallo técnico, aunque se puede tratar de una cuestión de gustos más bien – y lo pasamos en grande viendo como la cámara plasma el desconcierto de un Lance sometido a esa cadena de torturas macabras y, quizás suene enfermizo, tremendamente graciosas.

Entonces, si tan entretenida es, si tantos aciertos contiene, si el guión satisface como pocos, ¿por qué has castigado tanto su nota? El final, la horrible y decepcionante conclusión parece poco más que una chiquillada. Y no entraré en detalles por el peligro de arruinaros la sorpresa, pero un servidor se sintió tremendamente estafado. ¿Por qué crear una atmósfera de intriga y humor tan sugerente para terminar de una forma tan pobre? No lo entiendo, puedo asumir que cuando hilas correctamente el suspense sea duro detonarlo de forma correcta, sin embargo, ese final es una tomadura de pelo. Lo que no quita para convertir el resto del metraje en una experiencia muy satisfactoria e indicada para aficionados al terror que, con miles de películas a su espalda, quieran sentirse cómplices de una cercana historia de humor negro, de una producción que se toma a broma y en serio a partes iguales: ¡el equilibrio perfecto!

Lo mejor: La actuación de los dos antagonistas principales.

Lo peor: El desenlace, no está a la altura del guión previamente desarrollado.

Chillerama

Una broma interna muy larga

Chillerama Grande

Es la noche de cierre del último drive-in de Norteamérica. El mágico lugar donde miles de parejas han intimado dentro de su coche, bajo la atenta mirada plateada de la pantalla. Cecil B. Kauffman, su viejo y desquiciado gerente, ha planeado terminar con su negocio a lo grande, la traca final, cuatro películas prohibidas durante años y que solo ahora verán la luz para escándalo de los escasos asistentes a esa última noche. Horror y humor se dan la mano para homenajear una forma única de entender el cine, sombras y engaños para verter sangre y esperma sobre los encandilados ojos de los espectadores.

Hoy me gustaría hablaros un poquito – atención a la tremenda chapa que suele seguir estas palabras – sobre Chillerama. Una de las antologías de terror de hornada reciente más esperada por los aficionados a la serie B. Cuatro cortometrajes que intentan rendir tributo al cine con que sus directores alimentaron su pasión por el séptimo arte y, más en concreto, el género del terror, independientemente de su pelaje, credo o contenido. Puro espectáculo de entretenimiento medido a través de los ojos de cuatro cineastas modernos con cierto bagaje en esto del retro-cine, con habilidad para entreverar sus obras con un sabor deudor de décadas pasadas. Una mezcla que nace de la falta de prejuicios, el descaro, el gamberrismo y el humor más chusco, con la intención de pasar un buen rato, tanto creando el producto como vendiéndolo (los caretles y artwork no tienen desperdicio, la verdad). Pero aquí radica el primer y más grave escollo de Chillerama: ¿dónde queda el público? Los ojos externos que intentan disfrutar, divertirse con la creación artística de otros. Pues para ser sinceros, el espectador pasa a un triste segundo o tercer plano en cuanto a lo que esta antología nos ofrece.

Santa's Slay

¡El Papá Noel del wrestling!

Santa's Slay Póster

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  • Título original: Santa's Slay
  • Nacionalidad: Canadá/USA | Año: 2005
  • Director: David Steiman
  • Guión: David Steiman
  • Intérpretes: Bill Goldberg, Douglas Smith, Emilie de Ravin
  • Argumento: Santa Claus es un demonio ancestral que en lugar de regalos reparte ostias como panes...

60 |100

Estrellas: 3

Santas Slay Grande

Santa Claus no es el viejo barbudo y gordinflón cuya bondad define el almibarado espíritu navideño. No señor, las leyendas, las tradiciones y todo lo que os contaron vuestros padres son una vil mentira. Santa es el sulfuroso hijo del mismísimo diablo, la semilla de Satán, y una progenie con muy malas pulgas. Famoso en remotas épocas por su ira y capacidad para la destrucción, hizo imposible la paz de la humanidad con sus masacres, hasta que un buen ángel descendió a la tierra para retarle con un juego, que por supuesto ganaron los buenos. Así, fue castigado al exilio durante 1.000 años, hasta el Día de Navidad de… esperad que mire el calendario… ¡oh! Precisamente hasta este mismo día. ¡¡¡Preparaos porque este año Santa ha dejado los regalos en el Polo Norte y ha llenado su zurrón de mamporros, patadas voladoras y llaves de lucha libre!!!

Estamos ante una película de terror tratando el tema navideño con bastante humor y falta de prejuicios, con una curiosa mezcla de candidez adolescente y ánimo gamberro que transgrede la barrera del cine juvenil lo suficiente como para encajar en las degeneradas miras de los “ghoules” y vampiresas de Almas Oscuras. Una de esas películas que vienen a la mente cuando hablamos de recomendar películas de horror (con muchas comillas) centradas en una temática estacional tan escasa dentro de nuestro género favorito. No obstante, no esperéis la seriedad o la calidad de obritas como Rare Exports o la intensidad terrorífica de producciones despiadadas y crueles como Noche de Paz, Noche de Muerte o Navidades Negras; en absoluto, estamos ante una cinta muy ligera y humilde, cuyo acabado al estilo telefilm no intenta ocultar nunca lo poco en serio que se toma a sí misma. En cierta medida podríamos considerarla cercana a Sint, por su base argumental y por lo poco serio de su desarrollo, aunque desde luego la acidez es la estrella de la cinta holandesa frente a lo inocua que finalmente resulta esta co-producción Canadá/USA.

¿Pero como podría ser de otra manera? Si dirigieseis o escribieseis el guión de una película protagonizada por una rutilante estrella del wrestling norteamericano, ¿de qué forma la enfocaríais? Seriamente seguro que no. Por lo que tenemos desde el minuto número uno, una comedia en toda regla cuya mayor inspiración se trata del capítulo de Navidad de la segunda temporada de Futuraza, donde conocemos a un Santa Claus Robot cuyo único placer es la destrucción de los “niños malos”, que para el son todos los habitantes del planeta. Pero esta vez, en lugar de un robot, el maligno Santa Claus es interpretado por Goldberg, el cuál allá a principios del Siglo XXI se dedicaba a darse mamporros junto a The Rock, Steve Austin y compañía… ¡mayor motivo para el buen humor!

El arranque marca la pauta del escaso metraje (poco más de setenta minutos que aclaran el origen televisivo de la obra) de forma definitiva, y haciendo uso de una buena dosis de acidez que pese a diluirse en el núcleo de la cinta, nunca deja de estar presente y supone uno de los grandes atractivos de Santa’s Slay (“La Matanza de Santa”, para el público de habla hispana): Una repelente familia llena de niños malcriados que encabeza un patriarca pasado de rosca, un divertido cameo del genial James Caan, y caniche incluido, contemplan atónitos la visita anual de Santa. Pero estas Navidades, el repartidor de regalos se encarga de asesinarlos al más puro estilo vikingo y con una suerte de creatividad macabra que pone en alerta todos nuestros sentidos. Una escena introductoria de muchos quilates y que sirve para establecer el resto los parámetros alrededor de los que orbita toda la historia.

La película a nivel argumental no puede presumir de profundidad ni de brillantez, Santa pulula a diestro y siniestro, sin sentido alguno, cargándose jocosamente – y usando acertadamente la presencia física de Goldberg, su interprete – a todo aquel se cruza en su camino. Legendaria será ya la escena situada en un local de “streaptease”, donde tampoco se escatima en pechos siliconados y luchas propias de un capítulo de Texas Ranger. ¿Por qué aparece por ahí nuestro armario de color rojo con patas? Pues porque es divertido, no existe otro leitmotiv. Y sinceramente, aburridos de tantas películas navideñas con mensaje, me parece un enfoque acertado por parte de su director y guionista David Steiman. Cineasta que no ha realizado ningún otro trabajo reseñable más allá de asistente de dirección de productos mainstream del calibre de Hora Punta 2… sinceramente, realiza más películas propias David, al menos el público te lo agradecerá.

La parte más floja de Santa’s Slay, y que por desgracia ve aumentado su peso especifico a pasos agigantados durante el metraje, sería el protagonismo de un par de chavales, los típicos adolescentes norteamericanos. En su descarga he de señalar que no son tan pesados y cargantes como los personajes de otras películas de corte similar. Es más, en Gremlins (probablemente la mejor película fantástica con la Navidad como telón de fondo y cuya influencia en la que hoy nos ocupa no es nada despreciable) siempre me pareció que Billy pedía a gritos una somanta de sopapos que calentasen sus pánfilas mejillas. Con todo, es cierto que cuando Santa’s Slay se centra en los personajes jóvenes, y el repelente abuelo de uno de ellos – mezcla imposible de Doc “Back to Future” y un ángel –, la película pierde enteros y gracia. Afortunadamente, y dado el ajustado metraje, la situación no se descompensa tanto, y Santa/Goldberg retiene suficiente protagonismo y carisma – de alabar es la actuación de la estrella de la lucha libre – para entretener al espectador adulto.

No quiero engañar a nadie, estamos ante un producto bastante descafeinado. Donde lo explicito no abunda, pero lo implícito no me parece apropiado para menores de edad. Ya hemos hablado de desnudos, muertes en primer plano, lenguaje grosero y violencia a paletadas – incluso una breve apología al uso de armas muy al estilo norteamericano –, pero no olvidemos que Santa Claus es un demonio, y sus tropelías pueden traumatizar a más de un infante. Sin embargo se produce una curiosa mezcla con el cine adolescente, más bien pensad en la serie de “Pesadillas” del prolífico R.L. Stine, que a más de uno tirará para atrás, por ello solo recomendaría Santa’s Slay a espectadores con la mente muy abierta. Bueno, como ya os comentaba, la cinta dentro de un contexto navideño (por ejemplo un día de Navidad como éste) me parece bastante simpática, que por su falta de pretensiones merece ser revisitada y disfrutada. También a su favor hay que decir bien alto que contiene un acabado técnico que ya quisiera para ella cualquier serie B de mediano presupuesto. La selección musical desvela una planificación cuidadosa y complementa un estilo fotográfico muy luminoso, festivo y dinámico. Un engalanamiento técnico que permite olvidarnos de los momentos dulces, del amor juvenil – por supuesto, ¿qué os creíais? ¡Es Navidad! – y de la fantasía de todo a cien, para centrarnos en las despiadadas intervenciones de Santa Claus.

Una humilde película que invita a la simpatía y al entretenimiento fugaz de una noche como ésta, donde la televisión es capaz de causar más daño que los enormes puños del nuevo campeóóóón de la WWF: Santaaaaaaaaa…. ¡¡Claus!! [gritos enfebrecidos]

Lo mejor: En fechas como las que vivimos resulta un divertimento adolescente/gamberro único. Goldberg se sale como Santa Claus demoníaco.

Lo peor: Ligera, muy ligera. Verla sin el espíritu adolescente "on" es tirarse a la piscina sin agua.

Burke and Hare

Cadáveres fresquitos al mejor postor

Photobucket

Photobucket La primera vez que oi hablar de este proyecto se me pusieron los pelos como escarpias: el grandísimo John Landis iba a adaptar las andanzas de los famosos WilliamBurke y William Hare, o los “Crímenes de West Port” al cine con los no menos grandes Simon Pegg y Andy Serkis (sin olvidarnos de secundarios de super lujo del nivel de Tom Wilkinson, Tim Curry e Isla Fisher)como protagonistas…mama, es una fórmula quimérica que no puede salir mal de ninguna de las maneras, y menos aún si la plasmas con un (negrísimo) sentido del humor. Que es una de las marcas de la casa del señor Landis, no solo en sus comedias sino también en esa pequeña joya que fue Un Hombre Lobo Americano en Londres (esta se merece un Horror Revival pero ya!!…ummm, ya tengo deberes). Y aunque la película ya ha sido estrenada, y se puede encontrar fácilmente, aquí, en el tercer mundo de los estrenos cinematográficos relevantes, hemos tenido que esperar a que los buenos chicos del Festival de Sitges la hayan incluido en su sección oficial para poder verla. Para un servidor junto con ATTACK THE BLOCK y la nueva de Shunji Iwai, VAMPIRE, es uno de los platos fuertes del festival.

PhotobucketComo comentabamos antes la película está basada en las “andanzas” de estos dos piezas, William Burke y William Hare, que a mediados del siglo XIX se dedicaban a la lucrativa tarea de surtir de cadáveres fresquitos a las facultades de Medicina, algo muy común por entonces (os recomiendo este libro para saber más del tema). Lo normal era desenterrar los cadáveres de gente, digamos de los estratos sociales más bajos, al poco de haber fallecido y entregarlos fresquitos a algún doctor sin demasiados escrúpulos. Pero los “Williams” fueron un paso más allá. Pronto la demanda y los beneficios fueron tan lucrativos que, ya puestos, por qué no provocar ellos mismos los cadáveres?. Así que de desenterradores profesionales pasaron a convertirse en asesinos en serie (se habla de entre 14 y 16 muertes confirmadas, ahora las reales…).

Con estos mimbres bien se podría haber hecho una película muy siniestra, oscura y desasosegante; lo que no hubiera estado nada mal, con algo de necrofilia incluido, pero Landis ha apostado por la comedia negrísima y creo que el resultado puede ser un ejercicio de cachondeo y mala leche sublime. Por último comentar que la película viene avalada, como no podía ser de otra manera, de los renovados Ealing Studios, maestros del humor británico más irreverente desde 1902!!.

Tucker & Dale vs Evil

Cariño, no es lo que parece

Tucker and Dale vs. Evil

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  • Título original: Tucker & Dale Vs. Evil
  • Nacionalidad: Canadá | Año: 2010
  • Director: Eli Craig
  • Guión: Morgan Jurgenson, Eli Craig
  • Intérpretes: Tyler Labine, Alan Tudyk, Katrina Bowden
  • Argumento: Dos tiernos lugareños se disponen a pasar unos días de vacaciones en una cabaña en el bosque cuando un grupo de universitarios se cruza en su camino tomándolos por dos psicópatas asesinos.

65 |100

Estrellas: 4

Tucker and Dale vs. Evil

Dos anotaciones antes de empezar. Primera, la versión de la película a la que he tenido acceso como la mayoría de vosotros es un workprint inacabado al que le faltan la mayor parte de efectos de post-producción; en cristiano, gran parte de lo que conlleva el contacto de algo punzante/cortante con el cuerpo no se ve, por lo que la valoración técnica brillará por su ausencia. Segunda, es posible que el subconsciente me traicione y caiga en la tentación de echar mano de la apetitosa palabrería de Bob Rock en este texto posterior a un intercambio de opiniones que tuvimos sobre la película. Así que, por si acaso, dadle también de antemano cierto crédito al muchacho por esta reseña.

Si me llegáis a preguntar hace varios meses qué película ansiaba ver por encima de todas las cosas, por una copia de la cual no hubiera dudado en vender a mi familia en el mercado negro, la respuesta habría sido clara y contundente: Tucker & Dale vs Evil. En mayúsculas, negrita, subrayado de dos líneas rosa fosforescente y signos de exclamación infinitos. Las expectativas tras el visionado del tráiler promocional (eufemismo para ‘aberrante resumen con spoilers’) eran tan altas que mi mente no concebía la idea de tolerar que adjetivos como ‘aburrida’ o ‘decepcionante’ tuvieran cabida en estas líneas. Condenada desde un principio por un exceso desbordante de mi propia exigencia me dispuse a gozar con la ópera prima de Eli Craig como si no hubiera un mañana. 89 minutos después, una sensación de coitus interruptus recorría todo mi ser. Pese a los intentos de deshacerme de ella aferrándome a las interpretaciones, a un par de muertes inspiradas y a un planteamiento altamente seductor, la insatisfacción le ganó el pulso al conformismo: mierda, creo que no me ha gustado.

En pleno proceso de aceptación, me formulé dos preguntas clave. ¿Es Tucker & Dale vs. Evil un propuesta narrativamente divertida y astuta que destaca por encima de sus congéneres? Sí, lo es. Ahora bien, ¿consigue Tucker & Dale vs. Evil cumplir durante todo el metraje las altas expectativas impuestas en los primeros compases de guión? No, no lo consigue.

Es duro, pero tienes que seguir adelante – me dije. La producción en la que había depositado todas mis esperanzas, para la que ya tenía preparado un perímetro de seguridad en la estantería de DVD’s, aquella de la que todos hablan maravillas, que recibe premios en todos los festivales de género, cuyo poster contiene golosos destacados periodísticos del estilo “Funny as hell” by Financial Times. Aquella película, a mí me había decepcionado. ¿Y por qué? – os preguntareis. Si tras el tedioso manifiesto emocional que os acabo de describir queréis seguir leyendo, os daré varias razones.

La simpleza del planteamiento de la historia equivale al número de slashers ochenteros que hayan desfilado ante vuestros ojos en el periplo de fidelidad al género. Me pondrá 300 kilos de universitarios cachondos en road trip veraniego hacia un bosque al Oeste de Virginia, 100 litros de sangre y vísceras varias desparramadas por el set y un número considerable de decisiones incoherentes. Tucker y Dale son dos bonachones sureños entusiasmados con la idea de pasar unos días de relax y vacaciones en una cabaña que han adquirido en lo profundo del bosque. En su camino al destino deseado, se cruzan con un grupo de jóvenes estudiantes que les toman por temibles asesinos en serie perturbados tras un primer acercamiento frustrado al grupo del bueno de Dale, seducido por los encantos de la bella Allison (Katrina Bowden). Satisfechamente instalados en una choza lúgubre y sucia, los dos amigos salen a dar un paseo en barca coincidiendo con un refrescante chapuzón de los chicos en el lago. Asustada al descubrir a los lugareños observando su cuerpo semidesnudo, Allison cae al agua golpeándose fuertemente la cabeza. Dale acude raudo y veloz a su rescate e intenta llamar la atención de sus amigos para que les ayuden. Pero la escena es interpretada por los chicos como un secuestro que pone la vida de Allison en peligro e inicia una guerra desesperada por la supervivencia en una sucesión de accidentes y malentendidos con fatídico resultado.

La parodia del terror suele gustar a los enamorados del género porque pone en evidencia el bombardeo de artimañas que aceptamos sin rechistar película tras película al firmar un pacto narrativo, nos pone en evidencia a nosotros mismos en su alto grado de auto-consciencia. Wes Craven y Kevin Williamson decidieron aprovecharse de eso hace 15 años cuando dieron vida a la mejor parodia (que no comedia) del cine de terror contemporáneo con Scream. El nacimiento del llamado ‘teen horror’, que sirvió de espejo a coetáneos como Sé lo que hicisteis el último verano, Cherry Falls, Comportamiento perturbado y demás joyas del estilo. Todas aquellas eran conscientes de las convenciones del género y jugaban con ellas sin pudor, pero no eran cómicas. Una deliciosa cadena de manidos clichés reelaborados hasta la extenuación, pero no hacían gracia. No estamos hablando aquí tampoco de clásicos setenteros u ochenteros rodados con seriedad absoluta que con la perspectiva de los años resultan cómicos. Hay otro registro de películas que parten directamente de la comedia, la sitúan en una supuesta situación terrorífica y desmitifican con más o menos sátira el imaginario colectivo del horror. Desde la saga absolutamente plana de Scary Movie, que consisten en simples ciclos de sketches unidos por un hilo conductor sostenido con pinzas, hasta producciones que miran de cerca la mezcla de géneros con satisfactorio resultado. Véase a Shaun of the Dead en la cúspide, seguida de Zombieland, The Cottage, Doghouse, Severance, Black Sheep, etc.* La película de Eli Craig se encuadra en este último grupo, aunque por méritos propios, sus características hacen que se aleje de cualquier cosa parecida hasta la fecha.

Tucker & Dale vs. Evil propone el cambio de rol de sus personajes fruto de la confusión y la paranoia, convierte a dos seres adorables en dementes sádicos y peligrosos a ojos de unos zagales de encefalograma plano. Pero lo más interesante de la película no es la visión temible de la pareja protagonista, sino sus consecuencias inesperadas, que sumergen a los muchachos en una espiral absurda de suicidios hilarantes. Ahí es donde brilla el guión, el problema es que lo hace en dos ocasiones puntuales, la de la trituradora de madera y, si me apuráis, la de la rama punzante estratégicamente colocada en el camino. Las demás muertes son tan simples que parecen sacadas de un capítulo de Tom y Jerry.

El planteamiento inicial es muy apetecible y las secuencias se suceden con bastante ritmo y originalidad como para mantenernos enganchados, pero a mitad del segundo acto la cinta empieza a cavar su propia tumba. Craig y Jurgenson cometen tres pecados capitales: uno, dotar de repente a unos personajes que tomábamos por estúpidos de la inteligencia suficiente para discernir que lo que está sucediendo es consecuencia de un malentendido, destripando por completo la gracia de la película. El segundo error va unido a la línea romántica entre Allison y Dale, que de tan inofensiva me da ganas de chutarme una sobredosis de insulina. No hay mala leche, no hay ingenio, por no haber no hay ni sexo. ¿Qué es esto, Farmacia de guardia? Dadle esta historia a Judd Apatow y saca secuencias incómodas de dos árboles y una cuerda al más puro estilo McGiver. Pasamos de un puñado de escenas más propias del gamberrismo de Destino final a un desarrollo soporífero, repetitivo y alarmantemente falto de ideas y sorpresa. El culmen de decepción se produce en el giro narrativo que convierte a uno de los chicos en el malo perturbado de la historia. En ese instante muere lo que quedaba de coherencia y parodia y se abandona al tópico sin medida para terminar en un final tan blando como utópico. La escena de la bolera parece el rodaje de un videoclip de Justin Bieber.

No deja de ser interesante la manera de plasmar un mensaje que habla de la falta de comunicación, del pensamiento alarmista y de los prejuicios, y que a su vez, sirve de homenaje a grandes clásicos como Posesión infernal, Viernes 13 o La matanza de Texas (la escena de las abejas y la sierra mecánica es otro punto a favor), con unas dosis de gore realmente suculentas. Pero no sé vosotros, yo es que simplemente esperaba (por las pistas del tráiler) una sucesión de malentendidos y situaciones absurdas que fueran aumentando el sinsentido paulatinamente hasta culminar en el final más estúpido de la historia. De hecho, puestos a reír con la confusión, me parece más ingeniosa desde la perspectiva de Tucker y Dale, convencidos que están ante un grupo de suicidas en potencia, que la contraria.

¿Estoy siendo muy destroyer? Pensad en mí como una esposa despechada e insatisfecha que le recrimina a su marido la falta de emoción en su relación. La película es un acierto en cuanto al elenco interpretativo, todo sea dicho. Pero con elenco me limito a los dos protagonistas absolutos de la cinta que son Tyler Labine (Dale) y Alan Tudyk (Tucker), los demás me dan absolutamente igual, a excepción de Jesse Moss, que pese a que no comparto el giro de su personaje sí que empatizo con su interpretación. La chica ni me va ni me viene, pero puedo entender que sea el reclamo absoluto del espectador masculino. Labine y Tudyk se adueñan de los personajes con un nivel de química que poco tiene que envidiar a los geniales Simon Pegg y Nick Frost en Shaun of the Dead o Hot Fuzz, incluso pone contra las cuerdas al asentado binomio de Jay y Bob el Silencioso. Ninguno de los dos pueden presumir de tener muchas luces, pero puestos a categorizar, Dale es el grandullón de gran corazón y memoria radiográfica, mientras que Tucker es un personaje más cerebral. Yo firmaría por volver a verlos juntos en un proyecto similar.

La película prueba la elasticidad del género, nos muestra que aun es susceptible a exploraciones desde distintas perspectivas con resultado satisfactorio, pero siempre que descansen sobre un guión consistente, por favor. Vedla, pero con moderado entusiasmo o puede que os pase factura como a mí.

No puedo evitar pensar en el poder que habría tenido esta idea en manos de un británico como Edgar Wright. Lo siento, pero en esto del humor, los ingleses son los amos.

Lo mejor: Tucker, Dale y la trituradora de madera. La fe en las posibilidades del género.

Lo peor: La línea romántica, la falta de ideas gamberras, el relleno de personajes y escenas. Que tengamos que descargarla en workprint porque en España vende más el humor de Santiago Segura.

RoboGeisha

Vivo ó muerto usted se lo montará conmigo

RoboGeisha_Poster

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  • Título original: RoboGeisha
  • Nacionalidad: Japón | Año: 2009
  • Director: Noboru Iguchi
  • Guión: Noboru Iguchi
  • Intérpretes: Yoshihiro Nishimura, Aya Kiguchi, Asami
  • Argumento: Dos hermanas que estudian para Geishas, son secuestradas por una malvada mega corporación, convirtiendolas en cyborgs asesinos que acometan sus oscuros planes.

75 |100

Estrellas: 4

RoboGeisha_Grande

A vueltas, nos encontramos una vez más, con otra muestra del splatter japonés de nueva generación: RoboGeisha, de la mano del incansable Noboru Iguchi. Lejos estamos de los pasos balbuceantes que daban los habitantes de las islas, a mediados de los ochenta, con la infame saga Guinea Pig. A estas alturas de la película, y más de veinte años después, las cosas ya no son iguales en el país del sol naciente. Su cultura milenaria, su serena forma de ver la vida está profusamente infectada por occidente. Las fronteras se difuminan en las regiones civilizadas y se agudizan en el tercer mundo; el trafico de cultura trash por fin es “legal” en Japón. Como resultado de ello, y particularizando en el cine gore, las películas orientales se van alejando de sus lastres pasados para convertirse en obras perfectamente internacionales, con el añadido de una envidiable profesionalidad en todas las facetas de estas producciones.

En esta ocasión quiero hacer hincapié en las dos ramas de la evolución de esta cultura gore, nacidas al amparo de la citada saga y de otras obras de culto como Tokio Snuff ó incluso Tetsuo de Shinya Tsukamoto.
Realmente no creo que en el séptimo arte sea fácil clasificar una producción dentro de un marco cerrado, dado que cada cinta contiene su propia idiosincrasia. Más si cabe cuando estamos hablando de algo tan poco definido como el cine gore; “¿películas donde debemos ver mucha sangre?” Una definición patética sabiendo que cada película es de su padre y de su madre. Sin embargo, para entender mejor (si es que hay algo que entender en tamaña comedia) RoboGeisha, veo necesario hablar un poquito de las dos corrientes más visibles del cine “sangriento”, que nos llega desde el borde oriental del mundo. Además, sobre mi consumido organismo empiezo a notar los efectos de la indigestión provocada por tanto pecho ametralladora, shuriken anal y ojos rasgados. Así pues, considerando esta reseña como mi canto del cisne personal dentro del splatter japonés (al menos en lo que a realizar reseñas se refiere), no veo mejor momento para estas y otras divagaciones. Aunque insisto en que se trata de una simplificación para acercarnos a un género incomprensible y, por si fuera poco, proveniente de un país incomprensible para los occidentales.

1) ¿Hasta donde puede llegar el ser humano?

RoboGeisha_Apoyo1

Digamos que esta rama del gore nipón hunde sus raíces en las cintas, prohibidas y mitificadas, de los excesos por antonomasia: Guinea Pig. Todos conocemos la bipolaridad existente en Japón. Su sociedad no alienta la expresión de los sentimientos y deseos; produciéndose, en el interior de la mayoría de sus ciudadanos, una fascinación por todo aquello que resulte extremo, perverso y morboso. De hecho, el tratamiento del dolor y el sexo es tan gélido que, a veces, uno se siente un maldito mirón indecente viendo este tipo de películas. La citada saga es un ejemplo de esta fascinación malsana. Todo un recital de abominaciones perpetradas por humanos sobre el cuerpo humano; rozando el masoquismo intelectual, vamos. Otro ejemplo, algo más light, sería la saga Evil Trap (ó Tokio Snuff); incluso me atrevería a decir que las obras más viscerales de Shinya Tsukamoto (Tetsuo, Bullet Ballet, Haze ó Tokio Fist) son, a la vez, influencia y ejemplo de esta rama.
Sin embargo, sus descendientes espirituales van siendo más difíciles de descubrir hoy en día. Es un estilo de cine, el de la casquería sin sentido, que se ha ido perdiendo en oriente. Entiendo que la influencia cultural externa, en las nuevas generaciones de japoneses, los lleve a interesarse más por otro tipo de visiones. Aunque siempre hay gente para todo y como muestra sirvan las imágenes que encabezaban este párrafo. Pertenecientes respectivamente a esos escasos delicatessen de la atrocidad: Cruel Restaurant (2008), Naked blood (1995) y la infame Grotesque *(2009). *

2) Los efectos de un empacho de wasabi

RoboGeisha_Apoyo2

Citado anteriormente, ese interés que los jóvenes nipones sienten actualmente por la cultura trash y pop proveniente de Europa y E.E.U.U., nos lleva sin remisión a un tipo de cine que pierde parte de su identidad cultural en pro del divertimento naif y rápido. Sobre todo por la relevancia que adquiere, en estas películas, el elemento cómico. ¿Urotsukidoji + Troma? Bueno, desde luego el sexo y la sangre siguen fascinando a un país que aun le cuesta mostrar abiertamente sus pensamientos; pero la fascinación ejercida ya adquiere unos tintes más (y perdonad por el giro) “tarantinianos”. Con un núcleo central muy parecido, estas producciones gustan de mostrarnos a guapas jovencitas luchando empapadas en sangre contra alguna amenaza de interés irrelevante. De hecho, un detalle significativo es el uso de actrices provenientes de las “pinku eiga” (ó cine erótico extremo por simplificar). Otro dato relevante, es la ausencia de un guión de peso; cierto es que el gore nunca ha necesitado de un guión para justificarse, pero esta rama, donde las tonterías, los momentos surrealistas y los personajes histriónicos abundan; parece más propicia para el desarrollo de una historia interesante dentro de sus absurdos. Aunque por lo general, excepto gloriosas excepciones (como Tokio Gore Police), la profundidad argumental es aun menor que en sus hermanas de “frío y sucio gore cuasi-snuff”.
Pero no todo es malo; todo ese batiburrillo de influencias suele dar buenos momentos dentro de estas películas. Y como todas siguen líneas muy parecidas, probablemente debido a que los equipos de producción de todas ellas comparten más de un par de nombres (entre los que destaca el infatigable Yoshihiro Nishimura); una vez vista una, si te gusta, tienes siempre entretenimiento para rato. Muy similar a los muñequitos de los transformers; todos se parecen, pero si te gusta uno no puedes dejar de querer más.
Al contrario que las cintas de la otra rama, este sub-sub-género parece vivir una época dorada, viendo desde hace tres años una media de tres/cuatro producciones anuales de una calidad en crecimiento. Para que os hagáis una idea, ahí va una pequeña lista con alguna de las imprescindibles presentes y futuras:

The Machine Girl (2008)
Mutant Girls Squad (2010)
Tokio Gore Police (2008)
Vampire Girl vs Frankenstein Girl (2009)
Samurai Princess (2009)
Gothic and Lolita Psycho (2010)

En resumen, unas cuantas horas de falditas cortas, erotismo de salón influenciado por Shin-Chan, aberraciones varias inspiradas por la nueva carne de Videodrome y Tetsuo, exagerados chorros de sangre provenientes de las cintas de samuráis y ninjas de toda la vida (esas que presentaba Coral Bistuer en el legendario programa Cinturón Negro), gags de dudosa comicidad y todas las chorradas que queráis añadir. Un estilo, que creo este año, ha llegado a su cenit y quizá se acerque a una prematura decadencia provocada por el exceso de producción, algo también muy típico en Japón, ese hermoso país sin medida.

Pero la pregunta es: ¿y en qué lado se encuentra RoboGeisha? ¿El frío y degenerado gore limitado solo por la imaginación de los torturadores? ¿El festivo y colorista “trash” de las falditas colegialas teñidas de rojo?

Vemos si la sinopsis nos aclara tan trascendentales dudas:

Yoshie y Kikue Kasuga, son dos huerfanitas que aprenden las artes de la Geisha; es decir, como complacer a un hombre a través de la sumisión total a sus deseos; allí, en una perdida academia de una época fciticia.

Yoshie es la hermana menor y más hermosa, pero vive a la sombra de su cruel hermana. Hasta que un día, Hikaru Kageno, el joven propietario de una mega corporación ,se fija en ellas dos y decide acogerlas en su hogar para enseñarles las habilidades definitivas de una geisha: el asesinato mediante la seducción

Aya KiguchiSupongo que viendo la foto de la actriz que interpreta a Yoshie (Aya Kiguchi), acompañando a estas palabras habréis deducido rápidamente por donde van los tiros y katanazos en RoboGeisha; mejor que una sinopsis, ¿verdad?. Espero que las féminas sepáis disculpar este lúbrico recurso, pero una imagen vale más que mil palabras; además reconoceréis que la chica está de muy buen ver. Efectivamente, esta película no tiene ni pies ni cabeza, no existe guión, los personajes son más planos que un Power Ranger con resaca, los diálogos de una telenovela son Quevedo en comparación…pero esta vez Noboru Iguchi se ha conseguido superar, creando la comedia splatter más compacta de toda esta hornada; y dado el número de títulos habidos no es moco de pavo.

Ya en la previa The Machine Girl, este director/guionista apuntó por donde le gustaba viajar a sus neuronas: una filia nacional con mujeres de cara de muñequita, la alteración de miembros corporales en armas y un sentido del humor entre los momentos menos inteligentes de los Monty Python y los momentos más inteligentes de Cañita Brava.

Lo cual deja a un pobre servidor sin recursos para reseñar tamaño compendio de chistes destinados a encefalogramas planos. Es más, el trailer muestra toda la sustancia que pueda contener el film. No habría mejor reseña que este. Sin embargo, si que se pueden puntualizar un par de aspectos que interesaran tanto a noveles en el sub-sub-género, como a los expertos en la locura amarilla.

Desde luego se dan cita en RoboGeisha toda la suerte de características típicas del splatter nipón. A saber:
a) Actrices pinku repitiendo en películas de otros amigos (en este caso Asami la cual pudisteis disfrutar en The Machine Girl ó Sukeban boy) y un total protagonismo de estas. ¿Los actores masculinos? Siempre secundarios cuando estas hembras aniñadas hacen aparición en pantalla.
b) Exceso a la hora de mostrar la acción ó violencia. Un exceso más cercano a los mangas de Dragon Ball que a los horrores góticos de Junji Ito ó Hideshi Hino.
c) El uso de los detalles más superficiales de la estética cyberpunk, como el reemplazo de partes del cuerpo por piezas robóticas. Vamos, que al final del metraje nuestras protagonistas excitarían incluso al terminator más frígido.
d) El humor y los sentimentalismos están a la orden del día. De esa forma tan japonesa donde los responsables del guión parecen muchachitos de diez años. Al menos ante los ojos del que suscribe.

Sin embargo, más allá de esta suerte de tópicos, Noboru Iguchi ha sabido plantear todo su discurso de una forma más adulta y loca a la par. Si tuviese que destacar algo por encima, diría que el humor funciona en el 90% del metraje. Eso sí, siempre dentro de los cánones del humor absurdo, de la exageración demente. Basten solo unos ejemplos, ¿habéis visto alguna vez edificios sangrar? ¿disparar shurikens con el culo? ¿una geisha-transformer? Pues aquí los veréis y con un ritmo e introducción adecuado para la risa. Incluso los números musicales y de baile, que en otras producciones se me suelen hacen pedantes, aquí consiguieron arrancarme sonrisas de incredulidad y diversión. Por encima de todo, como comedia funciona a la perfección y de ahí su nota, porque arrancará alguna sonrisilla hasta al emo más atormentado.
Creo que la formula de este acierto se basa el uso de un humor más irónico deseoso de burlarse de algunas de las bases culturales de Japón, como sus tradiciones alrededor de las geishas y sus clientes, las películas clásicas de Godzilla y Ultraman (Kaiju Eiga) ó la tradición robótica representada por los mechas de la serie Robotech ó el imperecedero Mazinger Z . Definitvamente estan aprendiendo a reirse de ellos mismos.
Incluso uno no puede evitar acordarse, medio en broma, de algunas escenas de la mítica RoboCop.

Como el ying y el yang, como el alpha y el omega ó cualquier principio de equilibro universal, esta vis cómica tan pronunciada tiene un precio asociado. A diferencia de luminarias como Yoshihiro Nishimura en Tokio Gore Police ó incluso el mismo en su anterior The Machine Girl, Noboru no está a la altura en el splatter, en la sangre, en la aberración. Más bien justito el nivel de hemoglobina, con unos efectos especiales de preponderante CGI (¡tch!, a mi la sangre por ordenador me chirriará toda la vida), cuya misión es siempre provocar la risa. Delirante es el momento en que unos robots tengu (un espíritu tradicional japonés de simbología fálica) se dedican a eyacular leche hirviendo porque…porque…ummm no recuerdo…¡ahh! ¡Sencillamente porque sí!

Sorprendentemente el nivel de ñoñerias, véase la relación entre las dos hermanas cuyas gazmoñerías producen nauseas, es menor que en otros títulos. Esta ahí, pero no se hace tan evidente quizá porque el ritmo de la película es muy alto. Aunque no sirve este ritmo para contar nada, no es una cinta en la que esperase giros de guión apabullantes, pero es que la condenada tiene menos desarrollo argumental que Vampire Girl Vs Frankenstein Girl. Pero ninguno os acercareis a RoboGesiha por las bondades de su guión, ¿verdad? Y puede que tampoco lo hagáis por las dotes interpretativas del elenco de actores, a lo mejor os lleváis una sorpresa viendo que los actores cumplen de sobras con su cometido; por simple que este fuera. En especial, Aya Kiguchi resulta todo un descubrimiento para lo que son los estándares del patrimonio actoral en Japón.

Con respecto a otros detalles técnicos también estamos ligeramente por encima de la media (a excepción de los efectos especiales por ordenador, demasiado llamativos a propósito). La banda sonora, el vestuario y una fotografía, insistente en realzar el amplio despliegue cromático y luminoso de la eficaz cámara de Noburo, consiguen recrear un mundo de fantasía sencillo, donde todo es posible. ¡Incluso la canción protesta! La edición no se queda atrás aportando ese ritmo anteriormente comentado, el cual no deja espacio para el aburrimiento.

Resumiendo, nos encontramos en un momento dulce para el splatter festivo que llega desde ese lejano país de locos, en el buen sentido de la palabra. Sus películas encuentran buena respuesta internacional, son lucrativas dado sus presupuestos relativamente ajustados y se dispara el talento de sus jóvenes realizadores, que están logrando con la experiencia una profesionalidad digna de alabar. Por el lado negativo, decir que esta profesionalidad y productividad dan cierta sensación de saturación. Encontrándonos cintas que están cortadas por el mismo patrón, hasta con los mismos actores; se resta un poco de magia a todas las locuras que sus responsables tienen a bien compartir.
En el caso concreto de RoboGeisha, la recomendación de su visionado resulta obligada puesto que resulta una comedia interesante por si sola; así como un homenaje a todos los asiduos a ese cine lleno de japonesitas ligeras de ropa y psicotronías propias. Aunque es importante destacar la importancia de una predisposición por parte del espectador; acercase hasta RoboGeisha solo con ganas de echar unas risas tontas, es la mejor y única invitación para verla.

Lo mejor: El humor, todo en RoboGeisha está al servicio del mismo. Y sorprendentemente funciona; especialmente por su gamberrísima escatología

Lo peor: Al hacer tanto hincapié en la comedia absurda, para aquel que no sea plato de su gusto, va a encontrar la cinta más odiosa de su vida. Y los clásicos momentos lacrimógenos (buf!)

¿Dónde conseguirla?
La Morgue Cinema: “RoboGeisha” en VOSE (¡Gracias Eddie!).

I Sell the Dead

El fatídico negocio de los muertos

I Sell the Dead

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  • Título original: I Sell the Dead
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Glenn McQuaid
  • Guión: Glenn McQuaid
  • Intérpretes: Dominic Monaghan, Ron Perlman, Larry Fessenden
  • Argumento: Dos pillos que malviven profanando tumbas, descubren que hay un tipo muy especial de muertos que pueden reportar mayores benficios a su negocio.

62 |100

Estrellas: 4

Viendo la película es fácil imaginarse lo mucho que llegó a disfrutar el irlandés Glenn McQuaid escribiendo, en primer lugar, y dirigiendo finalmente la comedia I Sell The Dead.
Es más, no tengo el placer de conocer personalmente al bueno de Glenn McQuaid, pero tras disfrutar de su segunda película como director (la primera se tituló The Resurrection Apprentice, 2005) podría apostar mi cuello (algo que encaja perfectamente con el espíritu de la película), a que es un enorme aficionado a la serie B terrorífica, a los monstruos de la Universal, a las maravillas de la Hammer, a los comics de la EC… en definitiva, y tal y como gritarían los entrañables seres deformes de La Parada de los Monstruos (Freaks, 1931): “uno de los nuestros”.

Ambientada en la segunda mitad del siglo XIX, I Sell The Dead (algo así como “Vendo la Muerte”) cuenta la historia de un par de delincuentes de baja estofa cuyo principal medio de subsistencia es la profanación de tumbas. Por desgracia para ellos viven a expensas de un médico que experimenta con los cadáveres y al que se ven obligados a vendérselos a un precio irrisorio, bajo amenaza de aquel de ser denunciados a la policía por sus actividades delictivas.

Una afortunada noche descubren que existe una clase muy especial de muertos que podrían aumentar considerablemente las expectativas de beneficios de su particular negocio.

A partir de una línea argumental tan sencillita como la que os acabo de describir, Glenn McQuaid se saca de la chistera una demencial mezcla de géneros repleta de guiños al aficionado al terror. Fantasmas, muertos vivientes, vampiros, mad-doctors, asesinos, cadáveres, tumbas… todos tienen su minuto de gloria en I Sell the Dead. Incluida una desternillante aparición especial susceptible de provocarle un intenso orgasmo al mismísimo Fox Mulder de Expediente X.

La vida de estos dos pillastres se cuenta a través de una serie de flashbacks que, en la mayoría de ocasiones, funcionan como historias totalmente independientes las unas de las otras, lo cual facilita enormemente a Glenn McQuaid la posibilidad de ir incluyendo toda una galería de variopintos personajes, extravagantes situaciones y elementos sobrenaturales que, en un estilo narrativo más lineal, difícilmente hubieran podido compartir un mismo espacio.

El resultado, en la práctica, es que asistimos a una experiencia muy similar a una antología de episodios (tomemos como referencia el Creepshow de George A. Romero) en el que el único punto de conexión entre las distintas historias es nuestra estrafalaria y torpe pareja de protagonistas.
Y como suele ocurrir en toda antología de episodios, en I Sell The Dead conviven momentos de un más que satisfactorio sentido del humor (ver la divertidísima secuencia del vampiro o la reacción de un zombi al contemplar la cara desfigurada de un miembro de la banda rival), junto a otros mucho menos inspirados, carentes de sofisticación, y en los que el exceso de diálogos intrascendentes y sin gracia logran despistar al espectador al tiempo que suponen un duro lastre para el ritmo de la película.

Pero si como comedia I Sell The Dead resulta tremendamente irregular y echamos decididamente en falta un puntito extra de locura y gamberrismo; como ejercicio formal y de estilo la película de Glenn McQuaid no tiene desperdicio alguno. Pese a contar con un presupuesto de guerrilla, I Sell the Dead hace gala de una excelente ambientación que nos transporta, sin aparente esfuerzo, a las añejas, góticas, coloristas y deliciosas piezas de la Hammer británica. E incluso cuando la película, en su recta final, nos transporta a una isla abandonada de largas palmeras y arenas blancas, tenemos la firme impresión de haber cruzado el umbral de la Isla del Tesoro de Stevenson y asistir a un delirante espectáculo de aventuras, piratas y tesoros ocultos (aunque en esta ocasión el tesoro oculto tenga los rasgos de un par de estúpidos muertos vivientes). En este sentido, la labor de Glenn McQuaid resulta impecable.

De la misma manera que también resulta sobresaliente el esfuerzo de todos los actores que forman parte del elenco de I Sell The Dead, desde la imponente presencia del siempre resolutivo Ron Perlman (Hellboy, 2004), pasando por las divertidas y revitalizantes interpretaciones del dúo protagonista, Dominic Monaghan (El Señor de los Anillos, 2001) y Larry Fessender (The Last Winter, 2006), y culminando con la enigmática y disfrutable participación de Angus Scrimm, al que los más viejos del lugar recordamos como el mítico Hombre Alto de la saga Phantasma.

No es una película para reír a mandíbula batiente ni tampoco creo que vaya a pasar a la historia como una de las mejores mezclas de comedia y horror. Pero tan sólo por recompensar la desfachatez y el atrevimiento mostrados por Glenn McQuaid al reunir en una película de época tal cantidad de monstruos y elementos sobrenaturales, sin que el experimento nunca llegue a descarrilar, y logrando que la cosa tenga su gracia en determinados momentos, vale la pena darle una oportunidad a este I Sell the Dead.

Una comedia simpática, amena, perfectamente ambientada, con grandes interpretaciones, alguna que otra sorpresa y, en definitiva, un ligero soplo de aire fresco para todos aquellos que deseéis descansar, durante unos instantes, de tanta sangre, tripas y horror.

Lo mejor: La acertada mezcla de subgéneros, monstruos y elementos sobrenaturales. Determinadas secuencias realmente graciosas.

Lo peor: Determinados momentos lastrados por el exceso de diálogos que no acaban de funcionar.

¿Dónde conseguirla?
Gore Nation: “I Sell the Dead” en VOSE.