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Antiporno

El rombo de la libertad

Antiporno Reseña

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  • Título original: Antiporuno
  • Nacionalidad: Japón | Año: 2016
  • Director: Sion Sono
  • Guión: Sion Sono
  • Intérpretes: Ami Tomite, Mariko Tsutsui, Asami
  • Argumento: Una gran artista pasa su tiempo ocioso en su estudio mientras descubre sobre la libertad, los juegos de roles y el sexo dentro de la sociedad nipona.
DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 2.5/5

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Entre el Pedro Almodóvar de finales de los ochenta, por femenino y colorista, y el John Waters de los noventa, por ligeramente aberrante y escatológico, se mueve la última película que he podido disfrutar del siempre controvertido Sion Sono, director tras títulos tan creativos y sugerentes como “Suicide Club”, “Love Exposure” o “Cold Fish”. Y digo “disfrutar” aunque la experiencia, como suele ser habitual dentro de la filmografía de este cineasta, deja sensaciones contradictorias en el subconsciente, pues no tiene miedo a dinamitar su propio estilo, no siempre para bien, descolocando hasta al más curtido en sus trabajos. Sí, lo primero que sorprenderá al novato es su inclusión en una web como Almas Oscuras; pero amigos… ¿no es acaso este un tipo de cine extremo que nos remueve las entrañas igual que podría hacerlo una buena película de terror?

Así de inclasificable es Japón, o debería serlo para un occidental medio, y todavía lo es más cuando lo observamos desde el prisma de ese chiflado llamado Sion Sono. Además, no neguemos la mayor, el comienzo del año sigue siendo muy parco en estrenos interesantes y esta es la única película que recientemente me ha hecho darle a la cabeza. Obviando “Tres Anuncios a las Afueras”, pero eso ya es otra historia (muy interesante) que no tiene cabida aquí.

Por un lado no se puede negar la plasticidad de los largometrajes de Mr. Sono, en este caso concreto apoderándose la faceta visual del contenido argumental, y por otro cabe señalar la puerilidad de su diatriba, para la ocasión revestido de cierta histeria femenina que desvirtúa el mensaje tan bonito que encierra “Antiporno” (“Antiprouno” en versión nipona). Tras las primeras capas de comedia absurda y experimento visual, enseguida surge la ácida crítica que Sion hace de la educación sexual de su país y, más en concreto, de la situación psicosexual de sus encantadoras mujeres del siglo XXI. Jóvenes que quieren romper los tabús de una sociedad muy hipócrita, quizás más que los Estados Unidos, frente la condición del sexo como objeto liberador para la mujer. ¡Ojo, nunca “cosificando” a nuestras compañeras de penurias!
Aquí me tienen, apoyando una mirada masculina que invita a la mujer a expresarse libremente con su cuerpo, sin temor a ser tildada de “puta”, como bien insiste “Antiporno”. Supongo que seré malinterpretado, pero a un servidor no le queda el paraguas de la comedia como escudo, no así como en la película, que precisamente se toma con bastante humor estos escabrosos temas.

Es decir, los espacios de aparente libertad sexual para la mujer son, desde la más tierna infancia, dibujados por el hombre, en comandita con otras féminas preocupadas por la implementación de lo tradicional sobre sus descendientes: Los hijos pueden follarse todo lo que se menea, siendo aplaudidos, pero las hijas deben quedarse en casa recogidas, estilo educativo claramente machista que es patrimonio de toda la humanidad. Sin embargo, debido a su frío estilo social, en Japón supone una línea doblemente dolorosa, porque lo sexualmente explícito es casi tabú en su mundo cotidiano.

Algo parecido a la opinión generalizada que, apoyadas por la vieja oligarquía de los países capitalistas, las autoridades pertinentes tienen acerca de la industria pornográfica: “Miremos hacia otro lado cuando nos pregunten sobre ella”. Mientras que la explotación sexual sigue generando dolor para unas y riqueza para otros, y me refiero obviamente a la forzada, las mujeres siguen sin poder hacer con su coño lo que les salga del ídem, bajo pena de ser llamadas cosas muy feas. Tristemente se ha pasado de quemar sujetadores a quemar películas porno, en lugar de abrasar las pelotas de los que se abandonan a la violencia machista. Y la represión sexual de la juventud es otro tipo de esa violencia, especialmente cuando se adoctrina a nuestras jóvenes de lo nefanda que es la penetración cuando, ¡ironía máxima!, ellas nacieron de un buen polvete. Desnaturalizar nuestras funciones reproductivas tenía premio y coste, y mientras en oriente las mujeres aprendían el arte de pulir espejos como forma de control e instauración de un suave matriarcado, base para las primeras sociedades modernas, los hombres no supimos entender que pensar todo el día con la polla no era el camino adecuado.

Quiero pensar que la tarea de los padres, llegados a cierta edad coherente, debería ser exponer el entrañable mundo del sexo con tacto pero sin ocultar detalles para que nuestros hijos convivan con sus gónadas de la manera que ellos elijan. Siempre respetando los límites de la libertad ajena, no esa botella de cristal que se ha fabricado alrededor de nuestros instintos de forma tan artificial. Soy consciente de que teorizar es muy sencillo y cómodo, de hecho la posición de Sono no deja de caracterizarse por el maniqueísmo del teórico. Así que tómense, por favor, mis palabras e ideas con un mínimo de distancia y respeto.

Al menos toda esta “mierda” es lo que un servidor ha entendido como crítica de “Antiporno”, lo mismo otras personas sacarán conclusiones diferentes…

Pongámonos a ellos… ¿Qué opináis de una obra, nunca mejor dicho por su estilo teatral, que arranca con una chica mostrando su culo mientras parece atravesar una resaca de sexo y alcohol? Ella se levanta, atrapada en una especie de estudio de colores rojo y amarillo intensos, ¡auto determinación!, y se dispone a orinar mientras frente a un cristal roto se insulta a sí misma, haciéndonos ver la importancia del deseo sexual frente a otras importantes funciones corporales como mear y cagar. Al poco descubrimos que estamos frente a una pintora mundialmente famosa, conocida a lo largo y ancho del globo por su libertinaje y capacidad artística. Enciende un proyector y la vemos siendo poseída por un hombre en medio de un bosque cubierto por miles de hojas: otoño, la estación ideal para ser desvirgada. Entre más soliloquios de dudoso sentido e invitaciones al fornicio aparece una asistenta, Noriko, la cual demuestra mediante un lúbrico juego de roles, otro importante leitmotiv argumental de “Antiporno”, la sumisión para con su jefa.
Perra, ama, todo vale en el universo cerrado de la gran Kyôko, la más vil de las putas según sus propias palabras. Un lagarto observa la acción desde una botella de cristal, eternamente atrapado en su prisión transparente, la pieza de simbolismo perfecta para la vida de las mujeres niponas; extasiado contempla la aparición de una periodista y varias fotógrafas lesbianas. La tensión no se hace esperar y la asistenta, envilecida a causa del juego de poder practicado por su jefa, debe ser violada por una de las fotógrafas, presta a usar el poder de su falo de plástico.

“¡Corten!”, dice el director. Igual de extasiados que el reptil de la botella, descubrimos que asistimos al rodaje de una película. La misma escena repetida una y otra vez, sin que sepamos nunca que rol adopta cada personaje. ¿Es Kyôko la perversa y excéntrica actriz o la niña inocente a la que sus padres prohíben el sexo? ¿Es Noriko su asistente, fiel y viciosa, o una vieja gloria con un humor de perros? Siempre atenta con sus alegres melodías al piano, ¿qué pinta la hermana fantasmal de Kyôko en todo este fregado?

Imposible tomarse muy en serio la deriva surrealista, casi improvisada, de la que hace gala la historia (o falta de) de “Antiporno”. ¿Lo más conveniente? Dejarse llevar por su estilo tan vivo; es imposible no reírse con la histeria procaz de sus protagonistas. También degustar los cuerpos de Kyôko y Noriko, en caso de ser hombre y no importarte el reconocer públicamente que adoras las curvas femeninas. Invito a capturar en la retina una vívida fotografía que explota durante su fase final, cuando una lluvia de pintura supone el punto álgido de la locura provocada por la contención sexual que es impuesta a Kyôko desde su educación, un final críptico que agudiza esa sensación de vacío bajo la que se va enterrando la película. Los diálogos que directamente aluden a la crítica nacional, con la que se justifica Sono, son también motivo de regocijo para los que no aceptamos las normas diseñadas a medida de los viejos estamentos, un matiz punk a tener muy en cuenta.

Desgraciadamente la experiencia pronto se agua pese a durar la obrita poco más de setenta minutos. Otro ejemplo de cómo le gusta nadar a Sono contracorriente de sí mismo, conocido por la extensión de locuras como “Love Exposure”, 240 minutos, o “Cold Fish”, 150. Más allá del histérico e infantil plañido por una vida sexual plena, “Antiporno” carece de un mínimo de solidez narrativa, quedándose en un experimento curioso muy lastrado por la ineficacia de sus protagonistas, entre las que encontramos a nuestra particular musa: Asami. Sobrevuela por toda la cinta un infantilismo, un berrinche facilón incapaz de ocultar la condición de inofensiva de una obra que se centra en los tacos y los desnudos frontales como único recurso para la revolución mental. Supongo que termina pesando en el ánimo esa intencionalidad constante de Sono por hacerse ver como un “enfant terrible”.

Imágenes de la película

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Lo mejor: Colorida sensualidad.

Lo peor: Expresividad pueril.

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