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Arrastrandose

Simón despertó en el salón de su casa, estaba tumbado en el suelo sobre un charco de sangre oscura. Su alfombra blanca de 2.000 euros ahora era rojo cobrizo, se había echado a perder. Intentó moverse pero sus miembros no le respondían. Fue la primera vez que sospechó que toda esa sangre era suya.

La televisión estaba puesta, una serie de adolescentes. Intentó volverse y lo consiguió no sin esfuerzo. Sorprendentemente no sentía dolor de ningún tipo. Si toda aquella sangre legamosa era suya debería estar retorciéndose de dolor por las heridas. Trató de incorporarse y descubrió la razón de porqué no le dolía nada, de hecho, estaba completamente insensible de cintura para abajo. Algo iba mal, y lo más probable era que tuviera la espalda rota.

Trató de arrastrarse por el suelo ayudándose de los brazos, pero sus manos resbalaban con la sangre pegajosa a medio coagular. Alcanzó con desespero la pata de la mesa y se desplazó tirando de ella. Cuando consiguió salir del charco de sangre, pudo arrastrarse penosamente por la tarima de madera dirección a las escaleras que conducían al piso superior. Allá podía escuchar voces, su hermosa mujer estaba hablando con un con hombre, pero no entendió lo que decían. Simón intentó decir algo, pero solamente logró proferir un grito ahogado y notar el sabor metálico de la sangre en su garganta.

Continuó arrastrándose hasta los pies de la escalera. Estaba empapado en sangre. El espléndido día de primavera sólo hacía que la escena fuera más obscena. El rumor de la televisión quedó lejano, casi subliminal, y pudo escuchar mejor las voces del piso superior. Debería haberlo imaginado. Aquel hijo de puta había convertido su vida en un cliché. Ahora entendía porqué su mujer huía de sus caricias desde hacía meses, porqué realizaba tantos viajes a la ciudad y porqué volvía siempre con las mejillas sonrosadas, lo que no entendía era como no había sospechado nada de Juan, su mejor amigo. Ese maldito Judas. Juan era un idiota, todo el mundo lo sabía, pero un idiota atractivo. Sintió deseos de matarlos a los dos, aunque al parecer ellos se habían adelantado, sin embargo no tuvieron todo el éxito deseado.

¿Para eso tanto trabajo duro? Siete años en la facultad de medicina, cinco como interino, labrándose un futuro prometedor a base de horas extras para que su mujer pudiera follarse a otro mientras planeaba cómo quedarse con su fortuna. Incluso después de terminar la universidad, Simón seguía soñando que tenía que acabar la universidad. Debería haberse casado con alguna enfermera del hospital, pero ninguna de las de su planta tenía aspecto de algo que no estuviera dentro de un acuario.

Puso el antebrazo en el primer escalón y la mano, renegrida y nervuda, en el segundo e hizo fuerza tratando de subir así los peldaños de uno en uno, arrastrando ese lastre que eran sus piernas inertes. Puso de nuevo el codo en el siguiente escalón y repitió la operación. Codo, mano, codo, mano, repetir. Y así fue subiendo. Nunca se había entretenido en contar los escalones de su casa, pero en esa ocasión le parecieron mil. A mitad de camino la luz que entraba en el salón por las ventanas había desaparecido. No podía ver las quimafilas en el alféizar ni los rododendros del jardín, retorcidos y nudosos. Solamente veía una puerta al final de los peldaños, una puerta tras la cual podía oír voces cada vez más fuerte. – Tú me pediste que lo hiciera. – Pero no así, no así.

Estaba a punto de llegar al último escalón cuando se partió la muñeca debido al esfuerzo. Sus muñecas chirriaban por dentro desde hacía un tiempo. Fue molesto, pero no se quejó. Estaba resuelto a abrir aquella puerta fuera como fuese, con todas sus ansias. Apoyó la frente contra el picolete del cerrojo e intentó agarrar el pomo con su mano buena, sin embargo resbaló y el cuerpo cayó al suelo retrocediendo un par de peldaños. Al instante se dedico a recuperar el terreno perdido. – ¿Has oído eso? – preguntó Marta al otro lado de la puerta. – Quédate aquí.

Unos pasos pesados se acercaron a la puerta, que Simón prácticamente había logrado alcanzar de nuevo. Se abrió el cerrojo y al instante apareció Juan sosteniendo un hacha herrumbrosa y roma con ambas manos. Sus gestos eran rápidos y precisos, económicos. En el piso superior había más luz por lo que sólo atisbó su silueta, pero no cabía duda que era él. Podía olerlo. Al otro lado del cuarto estaba su querida y muy amada Marta. La luz de su vida, igual de hermosa. Tenía el jersey de jugar al tenis manchado de sangre y sostenía un espiche.

Durante el fugaz segundo que sus miradas se cruzaron comenzó a gritar y a llorar como una loca.

Simón intentó decir algo, pero de nuevo sólo consiguió articular un gruñido y vomitar más sangre. Juan le asestó un hachazo en la clavícula con todas sus fuerzas. No era el primero que recibía. Uno como aquel debió llevarse en la espalda antes de despertar en un charco de sangre en el salón. Por eso estaba paralítico. Al igual que al romperse la muñeca, el hachazo fue molesto, pero no le dolió. Calló rodando por las escaleras hasta aterrizar de nuevo en el salón. Un nuevo charco de sangre se estaba formando a su alrededor. En los riscos de sus heridas, la carne rajada a lo largo del hueso y los ligamentos tensos como cuerdas de piano. La serie de adolescentes de la televisión había dado paso a un informativo especial. En la calle, a lo lejos, un accidente de automóvil y un penacho de humo. Manos gangrenadas golpeando las ventanas. El presentador del noticiario aseguraba presa del pánico que los muertos de todo el mundo estaban regresando para devorar la carne de los vivos.

Marta escogió un mal día para deshacerse de su marido intestado. Simón tosió, tenía bastante hambre, se dio la vuelta con dificultad y volvió a arrastrarse hasta las escaleras. Los huesos de la columna nudosos, los omoplatos afilados moviéndose como sierras bajo la piel. Las venas creando dibujos vermiformes. Puso el codo en el primer peldaño. La mano nervuda en el segundo.

Por J.M. Debarauch

Vuestros comentarios

1. feb 9, 22:54 | Juan

Guau!
Muy buena, Pudo ser mas larga pero igual es buena.

2. feb 10, 05:15 | MaRiaNa

Aaaww!!! me recorrió un escalofrío a cada párrafo…me encantó!!!!!

3. feb 10, 16:25 | María

Uff! tendré pesadillas

4. feb 10, 18:06 | Joan

Lo bueno si breve… Sin duda otro buen ejemplo del juego que puede dar el apasionante mundo de los zombies.

5. feb 10, 18:10 | Oscar

Un final increíble. Bien escrito. Mola.

6. feb 10, 18:19 | Missterror

Me ha encantado.
Felicidades!,casi podía notar el olor de la sangre en mi casa…fantásticas descripciones!

saludos

7. feb 10, 19:23 | Bob Rock

Muy inteligente y logrado!! Que nivelazo en Almas, Mon Dieu!!! Joan, has creado un maravilloso blog que roza la mejor revista digital!!

8. feb 13, 14:52 | Elizabeth

Muy bueno y atrapante! Me gustó mucho el final.

9. feb 15, 15:20 | Debaruch

Muchas gracias por los comentarios, me alegra contribuir con mi relato en esta página y entrar a formar parte de las pequeñas joyas que se van escribiendo por aquí. ¡Hay un gran nivel!

10. feb 16, 18:32 | Andy

Muy bueno. Dosis de miedo es su justa medida. Te engancha con esas descripciones y el final me ha gustado.
Sigue publicando!

11. abr 17, 17:45 | Schulz

Argh!!! Ahora si que se me han pasado las ganas de comer Espagettis de Boloñesa!! Que buena la historia, muy del estilo de DeBaruch.. aconsejo leer las demas publicaciones del mismo autor!

12. ene 3, 12:18 | Noemi

Me leí “Oído absoluto” que tiene su parte de terror pero es más humor negro, negro, negro. Este es el primer relato corto que leo suyo y se se ha puesto bastante “gore” pero me ha encantado.
Inteligente y directo.

13. ene 4, 16:53 | Bigman

Como lector veterano de cuentos de terror puedo decir que no tiene nada que envidiar a muchos otros escritores “consagrados” y a veces más faltos de originalidad.

14. abr 20, 15:04 | Catalina

El mejor cuento de Zombies que he leído y eso que tengo bastantes libros de Dolmen. ¡Sigue así!

15. abr 20, 15:19 | Xisco

Bueno, muy bueno, buen giro ¿dónde se puede leer más?

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