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Aterrizaje en el nido

Un terror espacial de Jorge P. López

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Aquella masa de escombros metálicos, pedazos de fuselajes y montañas de virutas de acero se difuminaba en la pantalla de la consola. Los motores iónicos funcionaban a medio gas, haciéndome temer por la seguridad de los estabilizadores. Consecuencia directa de la escasez de energía, activada la monitorización de emergencia, una interfaz verde fosforescente donde las coordenadas eran reducidas a la mínima expresión numérica. Tendría que ser suficiente para posarme con éxito sobre el satélite.

Maldije por lo bajo, si hubiese tenido más tiempo para preparar la cápsula de escape quizás hubiese llegado a un puerto funcional del Imperio, justo el que se ubicaba a menos de medio parsec de nuestro carguero, atacado por las alimañas de la confederación. Esos putrefactos mutantes abordaron a degüello en busca de víveres para su utópica causa, ¡muertos de hambre! Les salió bien su jugada con el escudo de camuflaje, no detectamos su presencia hasta que el abordaje se extendía ya rápido, como un incendio eléctrico.

El brazo derecho me palpitaba pidiendo una clemencia que la maniobra no permitía. La piel sintética todavía no estaba fundida del todo, dejaba entrever las heridas sulfurosas provocadas por las armas infectadas de nuestros atacantes. Afortunadamente la corrupción estaba bajo control gracias a los antibióticos del botiquín que pude arrastrar tras mi presurosa espantada, casi dolía más el orgullo al saber que sangre confederada era bombeada desde mi corazón, aunque fuese un milímetro cúbico.

¿Habría sobrevivido algún miembro de la tripulación del «Myrkyy»? Los sistemas de comunicación de la cápsula fueron bloqueados desde la computadora central del carguero, como tampoco disponía de troneras tuve que conformarme con sumergirme de lleno en el silencio sin saber muy bien a donde me dirigía, guiado por los cálculos de los Ingenieros. Siempre odié la quietud del espacio, frente al romanticismo que despertaba en muchos de mis compañeros, yo me sentía aterrado ante aquella paz que parecía más propia de un sepulcro. Si los protocolos de guerra habían sido puestos en marcha, la nave de carga sería ya polvo cósmico, implosionada para acabar con los invasores de la confederación. Aquel fue mi mayor consuelo y alegría durante esos días aciagos, cuando la soledad de la cápsula hizo mella en mi ánimo, llevándome a considerar las píldoras azules como única salida digna a los miserables recuerdos que me asediaban dentro del reducido cubículo. Tal vez fuese mejor hundirse en los recuerdos recientes, evitar otros momentos cuyo peaje emocional nunca puede calibrar a ciencia cierta.

[…]

Fue recién acabada mi instrucción, como ayuda de abordo, cuando se produjo el inesperado ataque. ¡Qué descaro! ¡Durante mi primer vuelo comercial! Por si fuera poco, tuve la suerte de ser designado para evacuar la caja madre con las rutas programadas de los cargueros imperiales del sistema H-5. Mi única arma, un cortador láser; mi rumbo, una programación confusa donde el puerto de Tau parecía una quimera dada la patética carga de iones con que contaba; mi salvación, una pequeña luna reconvertida en chatarrería espacial.

Al parecer «Pesä», que así se llamaba el laboratorio de reciclaje monitorizado en la consola, entró en desuso nueve décadas atrás. Eso aseguraba unas instalaciones todavía funcionales, en caso de ser necesarias, así como la existencia de algún derelicto con las acumuladores de carga intactos, única vía de escape a una muerte cierta. Sin embargo, también era segura la ausencia de personal alguno, con lo que podría complicarse la recarga del motor de la cápsula, y eso no me hacía tanta gracia. ¿Para qué preocuparse? Era la opción más lógica, también la única viable teniendo en cuenta la distancia que todavía me separaba de la constelación Tau. Así me lo repetía una y otra vez: «Pesä», «Pesä», «Pesä»… y entre cada susurro histérico veía la calavera de la parca reflejada sobre el opaco cristal de la computadora; hasta que me di cuenta de que se trataban de mis demacradas facciones.

La base de datos no proveía mucha información adicional sobre aquella luna, bautizada por alguna extraña y desconocida razón en honor a una de las novelas de un desconocido escritor de la difunta tierra, Ragnvald Östberg. La consola no especificaba la razón concreta, pero si tradujo Pesä del finés: «Nido», no era un buen augurio. El Imperio había utilizado aquel pedrusco como centro logístico y de reparación, su posición era ideal al hallarse en el centro de una amplia área deshabitada. Algo similar al discreto apartamento al que llevé durante meses a las chicas fáciles de la academia. Reí sin verdaderas ganas, iba a dar con los huesos en un jodido picadero y no deseaba acabar como esas muñequitas, menos que alguna cosa horrible interpretase el rol de sádico anfitrión.

Si ya era crítica mi situación, peor fue al ambientarse con las luces rojas de emergencia, cuya cadencia febril auguraban el desastre y la descomposición de mis nervios. El tono monocorde de la consola, grave y lento a causa de la carencia de energía en los sistemas, enunciaba la cuenta atrás a mi muerte segura, o llamémosle descenso, detallando los kilómetros menguantes que me separaban del pequeño satélite. Éste orbitaba alrededor de un gaseoso planeta exánime, los escáneres recogieron la ausencia de vida nada más aproximarme a aquel sistema estelar; en principio no debía preocuparme por ser interceptado por naves rebeldes, mi intranquilidad simplemente se reducía a la estabilidad del puerto anexo a los laboratorios de reciclaje donde me posaría y a las dos horas de oxígeno de las que disponía mi traje de vuelo. ¿Sería suficiente para hallar una carga iónica compatible en alguno de los restos? Durante la instrucción destaqué en el campo de la electromecánica, pero, desde luego, nunca tuve que buscar material de reemplazo entre naves ruinosas.

Respiré hondo, en aquel momento agradecí la ausencia de troneras, sólo deseaba que el traqueteo del descenso acabase. La consola mostraba detritus flotantes que me obligaron a reprogramar ligeramente la trayectoria un par de veces, por suerte la estructura resistió impactos intermitentes. ¿Qué serían? ¿Pedazos de roca? ¿Fragmentos de algún planetoide olvidado? Temeroso de que un escollo destrozase mi frágil cuerpo, me sentía como un náufrago, exhausto al llegar a una costa extraña donde los viejos océanos de la difunta tierra lamían con avaricia las grises arenas. Sonreí feroz, había exterminado a las bestias holográficas en las arenas de entrenamiento, había superado en simulación los más arriesgados descensos y mi primer contacto con los rebeldes se contaba por media docena de degollados… yo era un ciudadano del Imperio y moriría como tal, forzando mis límites hasta lo imposible. ¿A qué demonios se debía el castañeo de mis dientes?

[…]

El brusco impacto contra una superficie metálica, a juzgar por las resonancias dentro de la cápsula, me sacó de aquellas elucubraciones de gloria y violencia, fue entonces cuando noté el regusto a sangre en mi garganta: había estado mordiéndome los labios sin darme cuenta. De nuevo esbocé una sonrisa, nada más hermoso que asumir la estampa de un lobo durante mi descenso. Un depredador con hilillos de sangre goteando desde sus mandíbulas sería el conquistador de aquella luna dejada de la mano del Emperador, loado sea su puño de hierro. Comprobé el estado de los sistemas; desde la presión hasta los sensores de movimiento, todo correcto. El aterrizaje había sido perfecto, aunque los niveles de energía imposibilitaban un despegue, disponía de dos desesperadas horas gracias a mi traje para buscar cargadores de iones; además, la cápsula me proveería de oxígeno adicional a la vuelta.

Cuando el comandante se despidió de mí pude ver en su turbia mirada el suicidio implícito de aquella misión de escape, pero la caja madre… ¡la caja madre no caería en manos mutantes! Y esa pequeña píldora azul junto al escáner intermitente sería el mejor testimonio de mi juramento antes de entrar a servir en el ejército. Luego, mientras me abandonase a su narcótico efecto, abriría la escotilla para descomprimirme y flotar por siempre en el vacío junto a los mapas galácticos si hiciera falta. “El Imperio o muerte”, llegaba la hora de comprobar que tirada salía en los dados de mi arriesgada jugada.

[…]

Una vez dentro del pesado traje abrí la compuerta: afuera no esperaban hordas mutantes ni criaturas alienígenas. A lo largo y ancho del universo nos habíamos procurado su dominio, su exterminio, pero el fantasmagórico paisaje tampoco resultaba tranquilizador. Regulé la calefacción del traje de vuelo para evitar que se empañase la escafandra, los «leds» del plástico indicaban una temperatura idónea para la congelación, así pude vislumbrar un panorama desolador que me encogió el corazón. Al fondo, estratos de polvo flotaban perezosos mientras lamían las construcciones decrepitas que fuesen antaño la torre de control y los talleres donde los operarios trabajaban por un digno jornal. Me dolió personalmente la decadencia de unas instalaciones del Imperio… y también me aterró como si de una metáfora se tratase.

Si al menos me hubiese recibido algún sonido, ese silencio que tanto odiaba sólo era roto por una respiración agitada, la mía. Tenía que controlarla si no quería reducir drásticamente el tiempo de exploración. Probé los propulsores y comprobé decepcionado que no funcionaban, tendría que moverme a pie, con las consiguientes limitaciones. Pero el mutismo circundante fue lo peor de la situación, maldita ciudad fantasma, peor aún: aquello era un cementerio. Desde la pista de aterrizaje se divisaban, a través de los agujeros y brechas en las paredes de los hangares, un infinito horizonte de retorcidas formas. Los cuerpos plateados de cazas partidos por la mitad; antenas quebradas cuya posición invitaba al ahorcamiento; el acero impoluto por la falta de oxígeno, pero despezado en ángulos imposibles; cascos perforados augurando el final de mi aventura; las popas y las proas emergiendo de entre la basura como exigiendo un rescate que nunca llegaría… Un vertedero siniestro, una visión sobrecogedora que me provocó cataratas de sudor frío goteando desde el cuello, incomodidad agudizada por la fría iluminación de unas jóvenes estrellas distantes. Hasta donde alcanzaba la vista todo era ruina, pero no podía perder más el tiempo, muy lentamente, luchando contra la ingravidez, fui dando temerosos pasos junto a las hileras de luces fundidas de las pistas. Los soles se perfilaban detrás de la torre como espectadores curiosos, riéndose impasibles ante mi torpe caminar, cada metro avanzado era una pequeña victoria ante los titanes luminosos, pero también era una derrota ante la cuenta atrás de la escafandra.

Una hora y cincuenta y cinco minutos; una hora y cuarenta minutos; una hora y veinte minutos…

Mi objetivo más directo eran los hangares de reparación. Aunque las estructuras se hallaban en un estado deplorable, supondrían suficiente protección para las naves de su interior. Dependiendo de su antigüedad, un motor de iones no sufría pérdida de carga durante siglos. Sin embargo, y esto era preocupante, algunas partidas de primera mitad del siglo pasado, poco antes de cerrar la estación de reciclaje, no permitían la extracción de las cápsulas de energía. Lo bueno era que al tratarse de talleres del Imperio los modelos tenían muchas probabilidades de ser compatibles. Con la fe puesta en ese punto crucé un enorme arco, abiertos parcialmente sus paneles, el portalón daba paso a una oscuridad ominosa, pronto mi buena disposición se agrió devolviendo el sudor al sitio que le correspondía: mi espalda.

La débil luz parduzca de los dos soles gemelos se ahogaba dentro de la solidez negra que presidía el almacén en el que me adentraba, ni siquiera la linterna halógena de mi traje pudo aportarme más que perfiles difusos formando un laberinto de afilados paneles y pedazos doblados de fuselaje. Anduve con precaución, un enganchón podría ser mortal, legendaria era la dureza del kevlar usado por el Imperio en sus uniformes e indumentarias, pero no me costó imaginar el tropezón que me condenase al empalamiento sobre alguno de los afilados picos que dibujaban el camino señalándome. Apunté la linterna en todas direcciones, rasgando el velo de tinieblas sin conseguir concretar una cabina en buen estado. El polvo, acumulado en suspensión tras mis bruscos movimientos, tampoco estaba ayudando a la búsqueda, y lo peor era que los giros fantásticos de las volutas de limaduras a veces se concretaban en… algo.

¿Rostros? ¡Maldita sea! Nunca había estado bajo más de dos metros de agua, pero en ese momento descubrí lo que sentían los Prospectores cuando horadaban los fondos abisales. Mi nuca palpitaba al compás de una imaginación desbocada. Una presión invisible se aferró a mi pecho como si un parásito anclado al corazón se aprovechase de su bombeo extrayéndome la vida, porque esa espiral de partículas tenía ojos, nariz, cabello… y unas fauces que se abrían y se abrían hasta formar círculos concéntricos. Y si realmente la polvareda no poseía semejantes atributos, los podría adquirir en cualquier momento, pues la realidad y la fantasía existían muy cerca la una de la otra en aquel lugar olvidado por el Emperador.

¿Rostros? Las sondas habían sido claras: ni traza de vida en todo este sistema solar. La bola grisácea que había contemplado mi vagar, el planeta alrededor del cual orbitaba perezosamente Pesä, era sólo una mezcla de gas y fluidos donde la supervivencia se planteaba imposible. Sin embargo, ¿alguna especie desconocida podría surgir de las nieblas eternas de hidrógeno y helio? Entes fantásticos y hambrientos eternamente que, como el Kraken de las leyendas de los Pilotos, nunca se saciase con los náufragos que caían en sus garras. ¿Podrían esos seres etéreos viajar por el vacío espacial? Hasta donde las sondas humanas habían llegado, revelando los pobres misterios del universo, sólo se encontró una criatura con esa capacidad: los dragones estelares. Y el escaso número de esas tímidas criaturas había sido reducido a cero por las patrulleras imperiales, encargadas tanto de hacer las rutas transitables como de limpiarlas de alimañas.

¿Rostros? En la academia rondaban las típicas historias de fantasmas para asustar a los novatos. Hasta yo mismo me entretenía aterrando a mis conquistas con las descripciones de los derelictos que flotaban por la galaxia y los espectros que paseaban en busca de calor por sus pasillos y camarotes abandonados. Desde luego, los escáneres jamás detectarían los espíritus vengativos de navegantes muertos por algún fallo técnico, pero esas ideas quedaban relegadas a las antiguas novelas góticas preservadas en el ordenador central. No obstante, recordar a las gatitas que terminaron cayendo entre mis brazos durante la instrucción tampoco fue una buena decisión. Sus facciones, esbozando una eterna vocal debido al miedo que les causaban mis historias macabras, pugnaban por abandonar la comodidad de mis pensamientos para materializarse delante de mí. Con unos reproches, aleteando al filo de sus carnosos labios, que no podría soportar ni con una sobredosis de licor de Peregrino.

¿Rostros? Ese giro de migajas de polvo apelotonadas parecía la orgullosa cara de la última de las chicas, mejor no pensar en ella, casi me descubrieron y no fue fácil acelerar la asignación de mi destino para evadir la investigación. Ya no tenía por qué seguir preocupado, las pruebas desaparecieron cuando el edificio de apartamentos fue demolido para construir otro más alto. Sin familia, sin amigos, ahora todas se harían compañía formando los cimientos de nuevos paneles incubando Operarios. Afortunadamente, la tasa de crecimiento de la población era tan elevada que el Imperio se veía obligado a fagocitarse a sí mismo, parcialmente, para sostener su expansión por los escasos planetas habitables del universo. El ciclo social, acelerado por las últimas revoluciones genéticas, facilitaba la delicada tarea de borrar los errores del pasado; unos errores sin nombre y apellidos, sólo chapitas de identificación manipuladas por un hacker de confianza, en caso de que los cuerpos saliesen a la luz durante las prospecciones.

Entonces…

¿Rostros? No.

[…]

¿A qué se debía mi pánico? El único horror tangible radicaba en agotar la provisión de oxígeno, ¿sería una muerte tan horrible? Con mucha probabilidad se convertiría en un final factible si continuaba ensimismado mientras analizaba la parda neblina que me rodeaba, no pensaba permitir que aquel cementerio de naves espaciales fuese el lugar que terminase albergando mis restos mortales. Me centré en los escombros metálicos, ignorando conscientemente los halos grises demasiados parecidos a pómulos femeninos que acariciaban mi traje como si fuesen gatitas en busca de cariño.

Convenientemente, justo cuando estaba a punto de perder definitivamente la calma, descubrí un Raptor-77 con la cabina intacta, aunque el resto de la parte central lucía un duro pero limpio impacto, sin duda un cañón láser. Según los manuales, que pude estudiar durante la instrucción, las cargas de su motor pertenecían a la serie α y el motor de mi cápsula disponía de un adaptador para usarlas. Husmeé por el ventanuco del portillo que daba al interior: los bloques de plástico que contenían los acumuladores de fibra estaban en su sitio, la única pega era que debía probarlos en las ranuras del motor de la cápsula para conocer su estado preciso.

Tiré con precaución de la portezuela, a pesar de estar un poco atascada no fue problema entreabrirla para entrar por el angosto pasillo. Evité los asientos lanzando miradas aprensivas a los estratos de polvo que se acumulaban sobre ellos, tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no ver en aquellos cúmulos los fantasmas de los pilotos, cadavéricos mientras esperaban una nueva oportunidad para surcar el espacio. De nuevo marcando el ritmo con mi agitada respiración, tanteé los soportes de los bloques a la espera de algún desperfecto grave, casi solté un pedo de satisfacción cuando comprobé que estaban intactos. Entonces, algo llamó poderosamente mi atención por el rabillo del ojo. Doblé el cuello: nada. Los nervios me estaban pasando otra mala jugada, los dados mostraban las runas de la serpiente, ¿esa era mi tirada?

De repente, justo al otro lado de donde se centraba mi inspección, otro movimiento fugaz hizo que se me soltasen las tripas Dirigí el haz de luz blanca hacia el techo, ¿algo con el aspecto de una telaraña se agitaba? No, eran más de esas hebras de polvo que yo mismo levantaba a mi paso, alcé la mano enguantada temiendo que los paneles se abriesen tragándome en una sima de dientes afilados, una maraña de patitas peludas que me elevasen hasta el nido de una gigantesca araña. Como no podía ser de otra forma, la sección era sólida, lo que confirmó mi peligroso descenso a un peligroso estado de pánico. Parpadeé violentamente intentando librar mis ojos del escozor provocado por el sudor, aun llevando el cabello enfundado, las ácidas gotas resbalaban por debajo de las cejas. Desgraciadamente, esos breves flashes de oscuridad traían sombras adicionales a mi visión periférica… todas y cada una poseedoras de curvas femeninas. ¿Dónde estaban los mutantes de la confederación cuando se necesita un enemigo tangible contra el que luchar?

Ignoré lo que poco a poco llegaban a ser alucinaciones y recogí en su cartuchera el cortador eléctrico que aferraba con violencia sin apenas darme cuenta. La palanca de expulsión de la cuna no estaba rota, así que pude sacar sin dificultad los dos bloques de plástico. El apagado color de la fibra de uno de ellos no invitaba al optimismo, con lo que opté por desecharlo, y aferrando el otro como si fuese una tabla salvavidas me giré hacia la portezuela que me había franqueado el paso.

Poco más de una hora…

[…]

Casi sin respirar, tanto a causa de un pavor sobrenatural como para ahorrar el precioso oxígeno, salí de aquella cabina, ¿por qué me sentía como un ladrón? A pesar de un fuerte deseo de mirar atrás, quizás porque esperaba encontrar a los pilotos fantasmales furiosos por mi hurto, mantuve la vista fija al frente… un ruido claramente audible, y muy cercano, volvió a golpearme el estómago. Esta vez no pude controlar mi esfínter y evacué parte de las magras provisiones que había racionado durante el apresurado vuelo. No fui consciente de la peste que llenó el traje hasta que puse metros de distancia entre el Raptor-77 y mi húmedo culo. Cualquier pensamiento cabal fue bloqueado como por arte de magia: si el estruendo lo había causa un espectro, una alimaña silícea, alguna pieza caída a causa de mi exploración, daba igual. Al romperse el silencio que tanto odiaba me di cuenta de la inestimable protección que había representado. ¡Al infierno con esas chicas voluptuosas y enfadadas que se escondían entre las nubes de polvo! Sólo existía la luz olivácea que marcaba la salida del hangar, y al igual que si me hubiese convertido en el fruto de un parto, entre mierda y sangre, la que me provoqué al morderme la lengua, surgí al exterior celebrando mi nueva existencia. Recibí el saludo de la cápsula con alegría, al fondo, a una distancia que ahora parecía insalvable, me esperaba con los motores hambrientos.

Si la carga, que portaba como un bebé en brazos, era funcional podría generar oxígeno y volver a los restos del laboratorio de reciclaje en busca de provisiones o armas, pero ya tenía claro que, en caso de poder arrancar los motores de forma inmediata, me largaría de aquel vertedero maldito. Dos días me separaban de mi destino en Tau, cincuenta minutos y medio de la asfixia; la decisión me correspondía a mí. Seguí avanzando a toda velocidad contando cada nuevo segundo consumido. Aunque otro estruendo, incluso un tornado, hubiese nacido de nuevo a mi espalda, los latidos de mis sienes lo habrían convertido en un sonido inaudible.

Mascullé entre dientes una dedicatoria a todos los viejos dioses de mis ancestros, el bloque rectangular de plástico se me había resbalado y, aunque la mínima gravedad convirtió la caída en una suave parábola inofensiva, yo intenté aferrar la pieza a la par que continué andando a toda prisa. Pero mi torpeza fue doble, pues tropecé por la inercia y la escasa gravedad terminó con mi cuerpo en el asfalto de las pistas. Aterrado revisé los valores digitalizados sobre el cristal de la escafandra. Sin un escape o avería aparentes, palpé como una anciano a mi alrededor hasta dar con la batería; lo que no puede evitar fue vigilar de reojo el portalón del hangar. Quizás fuese un truco de la aborrecible luminosidad marrón, quizás el adiestramiento mental en situaciones de extremo estrés no fuese tan eficaz como siempre había pensado, quizás la negrura que emergía desde el interior de la construcción escondiese realmente algo que ansiaba desgarrar mis entrañas… la cuestión es que la aparición de una masa informe de negrura, en la cual yo quería visualizar los labios partidos de las chicas que una vez llevé a mi apartamento, agitándose a pocos centímetros de la entrada me hizo cagarme encima otra vez. No dude más, con la batería bajo el sobaco y la cortadora láser sujeta en posición de ataque, busqué el camino que llevaba a la cápsula mientras gritaba sólo para mí.

No fue hasta que tuve el medio de huida a pocos metros que me atreví a volver la cabeza hacia el hangar. Allí estaba, igual que cuando descendí desde el cielo estrellado, igual que hacía casi cien años… inocente, envuelto en la indiferencia de una construcción inanimada. Mi subconsciente quería encontrar alguna cualidad taimada en aquella imagen, un disimulo que sólo existía dentro de mi cabeza. Nada, ninguna amenaza visible me controlaba desde la boca bostezante, y así, por fin, volvió la sonrisa a mi rostro, excitado por el control de la situación grité ensordeciéndome dentro de la hedionda escafandra: «¡Jódete, jódete, jódete!». Aquel nido de horror, empequeñecido por la distancia, parecía ahora una simple maqueta, un juguete que podía aplastar con la palma de mi mano. Pero decidí ofrecerle un gesto de indiferencia y alcanzar la cápsula, todavía quedaba mucho por hacer.

El contador marcaba diez minutos…

[…]

Accedí al interior de la cápsula de salvamento con una extraña alegría rebotándome en el pecho, ¿o era un amago de infarto? Las luces de emergencia se apagaron de golpe en el habitáculo de descompresión, otra vez a solas con una linterna cuya batería daba señales de estar en las últimas. Y entonces, transportado sobre una incómoda sensación de vértigo, me descubrí sentado encima del abombado sillón de piloto de una cabina que reconocí al momento. De nuevo bisagras y palancas rotas o dobladas; de nuevo un angosto cubículo al que las filigranas de los circuitos le daban aspecto de tumba; de nuevo en el interior del Raptor-77, pero con un ominoso indicador titilando desde el cristal de la escafandra un número que me puso los pelos de punta. 2:40.

¿Se trataba del tiempo restante de oxígeno o la hora en que me cité con la última de las chicas? Las cifras estilizadas que el reloj de la mesilla proyectaba sobre nuestros cuerpos desnudos cuando no ya no pude controlar la excitación y de nuevo me abandoné a la furia. Abandonado el sexo en pro de los alfileres y las cadenas. Una vez saciadas, ninguna podía imaginar que bajo la colección de mordazas de cuero esperaba el filo del pelador, la caricia severa que me proporcionaba la paz necesaria para dormir, para seguir sirviendo al Imperio. Centímetro a centímetro las besaba con la cuchilla, llevándolas al estremecimiento definitivo, a la lubricidad de la sangre. Cubría la pared con gotas parecidas a garrapatas, dispuestas a anidar por siempre en un apartamento parecido al interior de una nave.

Los paneles desgastados ahora brillaban con un fulgor especial. Una capa de algo parecido a tela, rasgada en algunos puntos, le proporcionaba una resbaladiza luz carmesí que desafiaba al gris y marrón que caracterizaban la atmósfera de Pesä. Un cuadro de control que se abombaba por momentos, dibujando curvas desde una carne metálica supurando cientos de pequeñas arañas, polvorientas como el desierto. Me debatí pero fue en vano, algo me aferraba al asiento con la fuerza del odio, obligándome a presenciar esa túnica de piel despellejada en que se había transformado el panel. Eran manos, decenas de finas manos transparentes que me invitaban a unirme a ellas para siempre; y yo era incapaz de ahogar su roce con mis gritos. Me estaba descomponiendo, rendido a un fuego naciendo de mis entrañas para acabar vomitado sobre un indicador que ya sólo me ofrecía segundos.

[…]

Las tiras de gelatina, carne y hueso fundido, que ascendían desde el morro del destrozado Raptor-77 con destino desconocido, pasaron a contar los últimos segundos de una pesadilla sin final…

Vuestros comentarios

1. nov 29, 15:59 | Pirata

Hola Bob.

Buen relato. Tengo que reconocer que tienes en mí a un fiel seguidor…
Espero que sigas brindándome la oportunidad de leerte de vez en cuando.
Saludos!

2. nov 29, 18:12 | Bob Rock

Estimado Pirata,

Te agradezco que abandones las obligaciones de tus travesías oceánicas para descansar un poco frente a uno de mis cuentos; espero que aquí halles el solaz que no encuentras en tu eterno vagar.

Si acaso, y tú lo entenderás mejor que nadie, el mejor tesoro como escritor es tener lectores tan fieles y amables como tú. Espero que las veleidosas aguas, que surcamos de manera pedante, nos lleven al mismo puerto, y allí podamos abrazarnos en el etílico jolgorio del mejor grog.

Un fuerte abrazo.

3. dic 2, 03:58 | DEVILMAN

Pues por aca tienes a un segundo y humilde lector, aunque sea la primera vez que leo un relato tuyo.

Muy entretenido e inquietante, rebosante de simpleza y de sombras que caracteriza al horror en el espacio. Espero subas mas entre reseñas.

4. dic 2, 18:29 | Bob Rock

DEVILMAN.- Vaya, muchísimas gracias por el apoyo. Pues hace poco subí otro (www.almasoscuras.com/breve-visita-a-la-lavanderia) entre un par de colecciones que tengo publicadas y colaboraciones con distintas antologías. Siempre es un revulsivo para seguir escribiendo, que los años no pasan en balde, y de todo se cansa uno. Además, viniendo del mismo “hombre diablo” es un doble halago. Siempre he sido un fan de tu trabajo en la Tierra :P

De nuevo, gracias por el apoyo. Nos seguimos leyendo!!!

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