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Halloween Gaélico

La noche en que se tienden puentes...

Halloween Gaélico

Noche de los difuntos. Me ha encantado la manera en que describe nuestra querida Beatriz T. Sánchez tan señalada fecha en su poema Halloween Gaélico: “Cuidado con esta noche en que se tienden puentes…”. Un año más Beatriz nos regala un relato - en realidad en esta ocasión se trata de un poema – que os invitamos a devorar justo antes de acostaros, con la esperanza de que os ayude a conciliar vuestras peores pesadillas. Halloween Gaélico nos transporta a un universo de monstruos, tradiciones y puentes que nos acercan a nosotros, los vivos, hacia la tierra de los muertos. ¿O quizás el trayecto es justo al contrario?

A Beatriz T. Sánchez creo que ya podemos considerarla - siempre con su permiso – una vieja amiga de Almas Oscuras. Con el poema de hoy ya son un total de 12 obras de esta escritora gallega las que hemos publicado en el blog, y no me resisto a nombrarlas todas y cada una de ellas, con la esperanza de que sus relatos os hagan compañía y alimenten vuestros sueños y pesadillas: El averno de Lovecraft, La hora de las Valkirias, Irem, Sin clemencia, En los jardines de Casandra, Tengo su corazón, La dama de sombra, El Bosque, Hacia el país borroso, El regalo y Furia, este último escrito junto a Jorge P. López. Y sin más dilación os dejo con Halloween Gaélico. Disfrutadlo y… feliz Halloween.

Fiesta Sorpresa

Un relato breve de Jorge P. López

Fiesta Sorpresa

Como celebración de la Noche de Difuntos me gustaría regalaros un cuento corto que ambiente alguno de los escalofriantes momentos que viviréis durante Halloween. Si os gusta y queréis darme otra oportunidad como narrador, quizás os tiente mi última antología, Cuervología Nº 13, en dicho caso podéis comprarla aquí. ¡Felices pesadillas!

Intentaba enumerar las bolsas, comprobar que había una para cada invitado, finalmente las cuentas salían y con ellas su sonrisa resquebrajada se ensanchó hasta resultar dolorosa. Le costaba horrores concentrarse, la palpitación se volvía insoportable aunque creyó poder mantenerla a raya repasando los detalles de la fiesta: los globos, los cubiertos, el confeti, las bolsas… Especialmente esos pedazos de plástico negro, minados de un festivo contenido: el que arrancaría lúgubres gestos de sorpresa a los comensales. Sabía que se mostrarían puntuales ante la misteriosa tarjeta imposible de obviar, pues ellos deseaban volver al salón de baile, al mismo lugar donde la anterior velada acabó en desastre.

Hasta ese momento había olvidado lo fácil que fue encubrir la hecatombe, ni siquiera los insoportables pinchazos de las articulaciones habían conseguido avivar su memoria, sin embargo las sillas colocadas en la idéntica posición que la fatídica noche habían disparado los recuerdos. Se resistió a ellos; no quería visualizar otra vez el contenido de la tarta y la reacción de los presentes, pues eran sus caras, sonrojadas como luces de alarma, las que provocaron la primera de todas sus penurias, por suerte se había librado de ellas metiéndolas una por una en aquellas bolsas venenosas.

Maldijo por lo bajo, unas manos hinchadas no eran la mejor herramienta para preparar las coronas de papel, pero la estancia debía mostrarse como la fotografía estática que le regalaron al entrar al reciento durante aquella noche difusa; al fin y al cabo era todo lo que guardaba intacto de su juventud. Oyó salpicaduras sobre el parquet del salón, por lo que tuvo que controlar su excitación, los espumarajos de baba podían delatarle, así que se agachó a secarlos con las mangas de su camisola, por fin entendió que una prenda tan holgada no solo era útil para ocultar cicatrices y deformaciones. Una serpiente plateada se deslizó dentro de él llevando un escalofrío de anticipación a su espina dorsal, sabía que aquella era la señal, y la única compañía placentera que disfrutaría al besar la tumba.

Imitando a un espectro, canturreó cuando oyó el motor del primer coche. Eran puntuales: la curiosidad resultaba tan intensa como la aflicción que le habían infringido. Se escondió para recibirlos a su debido momento; lo hizo tras las enormes cortinas grises porque hacían juego con su alma, vapuleada desde que se jugaron a los dados, esos malditos cubos trucados, quien sería el primero en probar la tarta. Esta vez había un pedazo para todos, aunque tuviese que esperar un poco, más de una década lo había acercado a este momento de cristalina venganza, ¿acaso importaba esperar durante unos minutos? Lanzó una risita depravada, su deteriorada sinapsis componía imágenes de los rostros de los comensales, sus ojos como platos, las venas del cuello a punto de estallar, los gritos volando de sus gargantas. La risita volvió, desafiando el silencio preludio de la tormenta, no podía dejar de reír cuando imaginaba a los invitados en el momento que descubriesen los zapatones rojos asomando incongruentes desde los bajos de las cortinas…

El Bosque

Un nuevo relato de Beatriz Troitiño

El Bosque

Otra vez. Los golpes en las ventanas. Otra vez. A intervalos irregulares. Son piedrecitas, pequeñas y ruidosas, pero no tan grandes ni lanzadas con la fuerza suficiente como para romper el vidrio. Tlac, tlac… tlac… tlac, tlac, tlac……… tlac.

¿Por qué no sucede de día, ni tampoco a primeras horas de la noche? Siempre de madrugada. Al principio se asomó a ver pero no vislumbró a nadie, ni rastro del supuesto bromista pesado. Si se esconde en el bosque, no entiende como pueden llegar las piedrecitas hasta la casa, pues tendrían que romper los cristales con la fuerza necesaria para lanzarlas hasta aquí. Pero no es así, los impactos no dejan la menor huella en las ventanas, pero por la mañana los pequeños proyectiles continúan abandonados al pie de la pared.

Tlac, tlac… tlac… tlac, tlac, tlac…… tlac.

La verdad es que ya está harto, el ruido le desvela y no puede pegar ojo en lo que resta de noche, deseando ser sordo para no oír el inmisericorde sonido repetitivo. Es un acto tan absurdo como incomprensible ¿Quién puede estar dispuesto a pasarse la noche fuera medio congelado simplemente por molestar a un vecino tirándole piedrecitas contra las ventanas?

Noche y muerte. 20:30 Sala B

Un relato de Manu

Noche y muerte. 20:30 Sala B

Me siento en la tercera fila. Es imposible saber dónde se sentó ella , pero esta fila está bien. Cerca de la pantalla, donde se ubican los dos únicos y viejos altavoces; lejos de la puerta de entrada, que chirría.

Espero.

Se oyen pasos en alguna otra parte del cine, pero no en esta sala. Estoy en el sótano. En la sala grande exhiben un estreno americano. Sería una exageración decir que había cola, pero al menos se percibía un cierto revuelo. En la sala “B” se oyen, se sienten, sus pasos: el techo, el suelo que ellos pisan, tiembla, a pesar de la moqueta.

¿Por qué vendría Alicia a ver una película como “Noche y Muerte”?

Su compañera de piso, Elena, estuvo a punto de acompañarla, pero en el último momento se lo pensó mejor. También me dijo: “es enfermizo seguir los pasos de tu exnovia por toda la ciudad”.

Puede ser, pero aquí estoy, ¿no?

Los altavoces tiemblan, como si acabaran de hacer contacto.

Un último aliento

Un nuevo relato de Lady Necrophage

Un último aliento

Nuestra querida compañera Lady Necrophage comparte con nosotros un nuevo relato titulado “Un último aliento”. Al finalizar el relato tenéis un vídeo con un extracto del programa de RNE “Historias”, en el que leyeron “Un último aliento” en antena.

Y al final tan solo eran las áridas llanuras, salpicadas de la luz tenue y mortecina del tímido amanecer. Al final tan solo eran los bosques adormecidos y espesos, sumidos durante años en un insistente y duradero letargo. Pero después, nada, exceptuando la niebla inquietante en la que todo quedó envuelto. Como si de un sueño se tratara, como si aquel corazón latente antes lleno de ansia y vigor ahora permaneciera enterrado entre la desconcertante y temerosa niebla. Y de la niebla surgió aquella mano, una mano pálida de tacto aterciopelado, una mano de porcelana, cálida, amante.

El viento azotó con fuerza los cabellos del niño, inexpresivo ante la solemne quietud del valle. Sintió sobre su rostro una caricia suave, íntima, al tiempo que sus lágrimas empapaban su cara de cera, sacada de un molde.

- No llores más mi niño -, le dijo la voz melosa y acaramelada, – porque ahora estoy aquí, para enjugar tu llanto y ya no volveré a marcharme más –

El Regalo

Un estremecedor relato de Beatriz T. Sánchez

El Regalo

Nuestra querida Beatriz T. Sánchez nos trae un nuevo e intenso relato titulado El Regalo. Disfrutadlo… y muchísimas gracias Beatriz.

Cuando abrió los ojos, se vio rodeada de tubos y goteros con bolsas de líquido trasparente conectados a vías clavadas en los brazos, en una cama hospitalaria flanqueada por monitores. Supo que estaba en la clínica de papá.

Pensó en el accidente. Ella aun desenvolviendo regalos en el asiento trasero. Lo último que recordaba era el repentino volantazo tratando de evitar algo que había invadido la calzada. ¿Y mamá? ¿Y papá? Los ojos se le llenaron de lágrimas. En una de las pantallas negras, la línea móvil con las subidas y bajadas que plasmaban los latidos cardíacos aumentó su ritmo.

La puerta se entreabrió; lentamente, se asomó papá. La niña detuvo su llanto y dibujó una sonrisa. El monitor pitaba como un contador geiger ante un depósito nuclear.