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El Búnker

Un nuevo relato de Francesc Marí Company

el bunker

Normandía, madrugada del 9 de junio de 1944

Cuatro hombres armados salieron de entre los árboles que formaban aquel pequeño bosque a las afueras del pueblecito normando de Sainte-Mère-Église. Corrían al trote cargando sus fúsiles, ataviados con conjuntos caquis y cascos de color verde rebotando sobre sus cabezas. Eran los soldados rasos Martínez y McKenna, el soldado de primera Keshner y el sargento Nielsen, pertenecientes al Tercer Batallón de la 82 División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos. Estaban alejados de su unidad, pero era por una buena razón, tenían una misión. Las fotos aéreas, tomadas apenas unas horas antes, habían detectado una serie de búnkers alemanes en la zona aliada, que debían ser neutralizados antes de que causaran cualquier desgracia y pusieran en jaque la mayor operación militar de la historia. Así que diversos equipos de los soldados habían sido distribuidos por la zona para localizar, examinar y neutralizar posibles reductos de soldados alemanes.

Tras unos pocos minutos de carrera al descubierto, el grupo de soldados llegó a un enorme bloque de cemento armado. Con un par de gestos, Nielsen separó al grupo en dos, con la intención de rodear el lugar y detectar posibles amenazas. Sin embargo, las dos parejas se encontraron al otro extremo del búnker sin ninguna novedad. Mientras el sargento establecía una nueva estrategia, los demás pudieron comprobar que en aquel lugar reinaba el silencio más absoluto que habían escuchado desde que habían saltado sobre Francia tres días antes.
–Si el búnker estuviera lleno de alemanes, ¿no se debería escuchar algo? –susurró McKenna, sin embargo ninguno de los otros le respondió, simplemente afirmaron en silencio igual de sorprendidos que el joven soldado de Boston.

Nielsen hizo un gesto con la cabeza y los cuatro hombres se acercaron pegados a la pared a la puerta de acero que había unos pocos metros más allá. Normalmente, primero tenían que lanzar gas o granadas al interior por alguna de las aspilleras, para que los alemanes salieran. Pero, justo cuando el sargento iba a ordenar a Martínez que procediera como era habitual, se fijó en que la puerta estaba entreabierta. Con una mirada de sorpresa miró a sus hombres.
–Puede que murieran en un ataque… Pero si fue así, ¿porqué no hay ni rastro de ataques aéreos en centenares de metros a la redonda? –McKenna no podía guardar silencio, pero era lo mismo que pensaban todos.

Sin intentar controlar la habitual verborrea de su subalterno, Nielsen se acercó a la puerta y con un movimiento suave pero contundente abrió la puerta de par en par. Los cuatro hombres apuntaron sus fúsiles hacia el interior pero ante ellos solo había la profunda oscuridad que jamás habían visto. Ni tan siquiera la luz de la luna penetraba aquella pequeña fortaleza de cemento.

Sorprendidos pero más tranquilos al no encontrar resistencia, los soldados entraron en el búnker enfocando con sus linternas las paredes de aquel tenebroso lugar. Como líder del equipo, Nielsen tenía todos los sentidos en alerta para detectar cualquier amenaza. Apenas habían hecho cuatro pasos y Nielsen se detuvo y sus tres compañeros hicieron lo mismo.
–¿Qué sucede sargento? –susurró Keshner.
–Enfocad las linternas hacia el suelo –ordenó el sargento mientras el hacia lo mismo.

Habían notado que el suelo estaba húmedo, pero aquel era un lugar de habituales lluvias, así que no prestaron atención. Entonces Martínez ahogó un grito al ver lo que estaban pisando. Sangre.

No tuvieron tiempo de reponerse de la impresión de estar pisando una fina capa de sangre que cubría todo el suelo, que descubrieron de donde provenía todo aquello. En la entrada del búnker habían dos soldados alemanes, o lo que quedaba de ellos. Sino fuera por los pedazos de uniforme, aquel amasijo de miembros y carne picada no sería identificable.
–¿Pero qué coño…? –exclamó McKenna.
–Cuida tu lenguaje, soldado –le advirtió Nielsen–. Pero tienes toda la razón, ¿qué debe haber sucedido?

A pesar del horror que habían encontrado, siguieron avanzando hacia el interior del búnker, pero esta vez enfocaban hacia el suelo y tenían sus armas a punto para disparar al más mínimo movimiento.

El espectáculo que encontraron en el interior del búnker no era mucho mejor que el que habían descubierto en el pasillo de acceso. A su alrededor había los cuerpos de lo que parecía media docena de hombres, cuyos miembros estaban esparcidos y destrozados. Los pocos que conservaban cierta apariencia humana, tenían los estómagos reventados, con sus entrañas esparcidas a su alrededor, y los cuellos destrozados y ensangrentados.

Nielsen se acercó a uno de los que aún parecía humano.
–Parece que algún animal los devoró.
–¿En serio, sargento? –preguntó Keshner–. En Normandía no hay animales tan peligrosos para destrozar a toda una unidad de alemanes.

Nielsen no respondió, pero Keshner tenía razón. En aquel lugar, a parte de los cadáveres y una ametralladora, solo había una puerta. Los hombres se acercaron y Nielsen, con dos dedos, empujó la puerta. En esa habitación, que parecía tener las funciones de despacho del oficial, comedor y baño, la imagen no era mucho agradable. Sobre una mesa que había en el centro de la habitación, había un hombre, cuyos galones indicaban que era teniente, tumbado sobre su espalda y con las cuatro extremidades colgando. Parecía que algo o alguien le había abierto a mordiscos el vientre y había sacado todo lo que había en él. Y por la expresión de horror que permanecía en los ojos muertos de aquel hombre, lo había hecho mientras aún estaba vivo.

El sargento se fijó que en la mano derecha aquel alemán sostenía un papel ensangrentado. Mientras que sus hombres regresaban a la parte más amplia del búnker, él se acercó al oficial alemán y cogió el papel que tenía entre los dedos. Lo desdobló y se dispuso a leerlo.
–Keshner, tú sabes alemán, ¿no? –preguntó Nielsen al ver que no comprendía ni una sola palabra.
–Sí, sargento –respondió abstraído el soldado mientras no podía dejar de contemplar horrorizado la carnicería que le rodeaba.
–Pues ya puedes empezar a leer esto –le ordenó el sargento saliendo de aquel pequeño despacho y entregándole el papel que pocos segundos antes había arrancado de las ensangrentadas manos del oficial alemán.
Sin decir absolutamente nada, Keshner alargó la mano y tomó aquel mugriento papel, le dio un par de vueltas para colocarlo del derecho y lo leyó para sus adentros.
–¿Qué dice? –preguntó nervioso McKenna.
–Parece que cuenta lo que les sucedió… –respondió Keshner sin aliento.
–Pues desvélanos que ha provocado tal desastre –ordenó Nielsen.
Keshner se aclaró la garganta y empezó a leer las palabras que había garabateadas en aquella hoja de papel.

“No he tenido más remedio que encerrarme en la oficina. Acabo de ver como mis hombres eran cruelmente asesinados… O devorados, por unas extrañas criaturas. Seguramente yo corra la misma suerte que ellos, pero debo advertir a quién quiera que pueda leer esto del peligro que se esconde aquí, bajo tierra.
Hará una horas hemos sido avisados por radio de que los ejércitos aliados han empezado una operación de desembarco para reconquistar Francia, por lo que en seguida hemos empezado a otear el cielo para detectar y derribar los aviones de las fuerzas enemigas. Lo que ninguno de nosotros pensábamos es que, esta noche, el menor de nuestros problemas sería los americanos.

Pasadas unas horas después de la medianoche, hemos sentido como el suelo temblaba bajo nuestros pies, algo que significaba que las fuerzas aéreas de americanos y británicos estaban sobrevolando el lugar. Pero al mirar al cielo no hemos visto nada más que estrellas. No había rastro de bombarderos ni de cualquier otro tipo de avión. Tampoco se escuchaban sonidos de motores a lo lejos. Sin embargo, los temblores no cesaban, al contrario se iban intensificando a medida que pasaban los minutos.

De repente, Hans ha caído al suelo y ha empezado a gritar mientras algo lo agarraba y lo sujetaba en el suelo. Pocos instantes después dejó de chillar y la vida se le escapó de las manos. Apenas hemos tenido tiempo de reaccionar que lo que fuera eso ha empezado a salir del suelo, como si fueran topos. Unas extrañas criaturas de piel blanquecina, aspecto de humano decrépito, ojos enrojecidos y bocas de dientes afilados han empezado a atacar a cada uno de mis hombres. Les mordían el cuello, les arrancaban los brazos y les devoraban las entrañas, mientras estos no podían más que chillar de pánico y de horror.

Sin dudarlo, algunos de los que no fuimos atacados en un principio hemos desenfundado nuestras armas y hemos empezado a disparar hacia estas criaturas que salían de bajo tierra a docenas, pero no les hacían efecto alguno. Las balas les atravesaban, se detenían un segundo a asimilar el impacto, y después seguían atacando sin descanso.

No estoy orgulloso de haber abandonado a mis hombres y haber querido salvar el pellejo resguardándome en este pequeño cubículo. Pero mi espíritu de conservación y los chillidos de mis soldados al ser descuartizados no me han ayudado a enfrentar a este enemigo para el que no estábamos preparados.”

–Aquí la letra se vuelve muy difícil de leer –explico Keshner mientras el papel le temblaba entre sus manos.
Nielsen le hizo un gesto para que se esforzara a descifrar el texto escrito, y el soldado siguió leyendo.

“Los gritos de mis hombres han cesado… Probablemente me queden pocos minutos de vida, sé que en este lugar no estoy seguro. No sé si alguien llegará a leer esto. No sé si también se lo comerán estas horribles criaturas. Pero si alguien llega a leerlo, por favor… ¡Destruyan este lugar!”

–La firma es igual de inteligible. Seguramente fue lo último que escribió antes de que… –concluyó Keshner.
Después de que Keshner pronunciara la última palabra que había garabateada en aquel papel, ninguno de ellos supo que pensar exactamente. Si bien aquel relato podía explicar el extraño estado de los cadáveres que los rodeaban, no podía ser posible que unas criaturas surgieran del suelo y acabaran con toda una unidad alemana armada hasta los dientes.
–Vamos, chicos. Los “kartofen” harán cualquier cosa para ganar la guerra, como esto… –bromeó sin demasiada convicción Martínez mientras señalaba el papel que sostenía Keshner en sus manos.

Antes de que alguien respondiera, los cuatro sintieron como el suelo empezaba a vibrar bajo sus pies, de la misma manera que habían imaginado al escuchar el relato de aquel oficial alemán. Se miraron con la esperanza de encontrar en los ojos de alguno de los otros fortaleza, pero no fue así. Todos estaban aterrados y parecía que tuvieran los pies clavados al suelo.
–De acuerdo –se atrevió a decir Nielsen–. Lanzad todas las granadas y nos vamos.
Los cuatro eran conscientes que si aquello que el alemán había descrito en la carta era cierto, poco daño harían a ese terrorífico enemigo; pero tal vez lo enterraría bajo toneladas de cemento armado, que les impediría volver a salir a la superficie.
Los cuatro salieron, lanzaron las granadas por las puertas y las aspilleras y empezaron a correr sin mirar atrás. Solo Nielsen se atrevió a mirar de reojo la explosión que derrumbó aquella fortaleza de cemento y metal, mientras doblaba la hoja de papel cuidadosamente en el bolsillo de su guerrera.

Francesc Marí Company, 2015.

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