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El Hombre que amaba a los Animales

Un cinismo veraniego de Jorge P. López

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Eran otros tiempos, lejanos y confusos, cuando el circo “Hoffmann and Moore” recorría cual navaja las venas de una todavía joven Norteamérica. Entre sus carpas multicolores, los crespones raidos y el pegajoso olor a manzanas azucaradas, malvivía Timmy, el miserable a cargo de los excrementos de las fieras; aunque él se tenía en gran estima, puesto que se consideraba el mayor amante de los animales allí arracimados. Con el rocío goteando de las marquesinas se acercaba a acariciar profusamente los cuartos traseros de Fatty, la elefanta; el intenso sopor de media tarde lo encontraba rozando a escondidas las partes pudendas de los monos propiedad del payaso Tonetti; después de la cena se entretenía ofreciéndose a cuatro patas a los perros vagabundos arrastrados por el circo tras su estela; de madrugada, con la escandalizada luna como espía, se acercaba a la jaula de Estelle, la tigresa siberiana, y suspiraba amargado debido a las ansias de poseerla violentamente. Claro que sus deseos se veían enfriados ante la realidad: de ponerse a su alcance, perdería la cara de un zarpazo. Además el enorme felino era famoso entre la troupe debido a su mal carácter, especialmente al despertarse de sus breves siestas vespertinas, así que los días transcurrían sin que Timmy tuviese el valor siquiera de rozar a la tigresa a través de los barrotes…

Y pasó el melancólico otoño cruzando la carretera, viendo como Timmy anisaba más y más besar el mullido pelaje albino de la tigresa.

Desechó el pavo recocido y embadurnado de puré que ofrecían a cada uno de los miembros de la troupe, él sólo sentía apetito por la dama de claros ojos verde mar.

Los árboles se sacudieron la escarcha saludando a la alegre primavera, y, sin embargo, el corazón de Timmy continuaba helado, soñando con su pequeña gatita.

Llegó la canícula estival y con ella la locura, una extraña demencia se apoderó del encargado de los excrementos de las bestias que, cansado de hundir sus callosas manos en aquellos montones de bostas, planeó una perfecta cita con la que sería su nueva esposa: el aroma de los brezos en flor, un buen puñado de arsénico y los dos amantes. Incluso un animal muerto tendría el doble de encanto, por aquello de transgredir doblemente las leyes naturales. Salivaba de anticipación pese a la tristeza que de fondo titilaba frente a aquel punto de no retorno, sería duro ver apagarse a su enamorada para siempre. ¡Al diablo con la conciencia! La aterciopelada vulva de Estelle refrescaría su fuego interno aunque únicamente fuese una noche. Gritando extasiado se enfrentó a las caravanas dormidas: “¿No vence siempre el amor a la muerte?”.

Contentísimo, Timmy entró en la jaula ya con los pantalones por los tobillos mientras cerraba con ansiedad los dedos de las manos, emulando las pinzas de un cangrejo… por desgracia, o por fortuna, es muy complejo calibrar la dosis adecuada de arsénico para matar, y no simplemente dormir de forma ligera, a un animal de más de doscientas libras de peso…

Vuestros comentarios

1. ago 16, 11:02 | Andrómeda

SPOILER
Ya me estaba por amargar con el final, pero en vez de eso, lo amé!!! Gracias Bob por escribir tan bien y por no romper mi corazón de amante de los animales <3
FIN SPOILER

2. ago 16, 12:15 | Bob Rock

Andrómeda.- Bueno, cuando digo que es irónico es que es irónico (y un poquito irreverente, que es marca de la casa). Creo que con otro relato que subí en su día ya hubo cierta polémica, y totalmente injustificada. Es gracioso porque creo que soy una de las pocas personas incapaz hasta de matar una mosca, literalmente.
Finalmente se hace justicia poética… más tarde o más temprano.

Un abrazo!!!

3. ago 20, 15:33 | Zeke

EXCELENTE RELATO, me sentí transportado hasta ese circo. Te felicito por tus escritos y por esta sección! Gracias por compartirla :D

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