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El precio de un imperio

Un relato de Francesc Marí Company

El precio de un imperio

París, 2 de diciembre de 1804

—¡Largo! —le espetó crudamente al sirviente que gentilmente le abría la puerta—. No quiero ver a nadie.
Mientras el sirviente huía con paso acelerado del despacho de su amo, este cerró dando un portazo que hizo temblar las altas paredes de aquel palacio. Esa noche no estaba de humor para tratar con amantes fervientes y, mucho menos, con criados excesivamente serviles. Él era solo un hombre.

Lentamente, pero con paso firme, se dirigió a su escritorio y se dejó caer en aquella butaca que tan pocas veces usaba. Hincó el codo derecho en el apoyabrazos de la butaca y se frotó la frente con tan sólo el pulgar y el índice. A pesar de que aquel debería ser el día más feliz de toda su vida, sabía que no podía celebrarlo como el resto de la ciudad y de la nación lo estaban haciendo en aquel preciso instante. Si París y Francia supieran que había hecho para subir al trono, probablemente dejarían de tratarlo como a un dios viviente.

Cerró los ojos intentando relajarse, pero antes de que su mente intentara buscar algún agradable recuerdo, como el día que conoció a su esposa o el agradable tacto de las manos de su madre, escuchó unos suaves pasos.

—¡He dicho que no quiero que nadie me moleste! —gritó—. Tengo mucho en lo que pensar —dijo casi para sus adentros.

A pesar de la autoridad que le confería el título que aquel mismo día le había sido otorgado, siguió escuchando como los pasos se acercaban más a él. Enfurecido abrió los ojos de par en par, con la esperanza que la fuerza de sus pupilas grises amedrentara a aquel que se atrevía a perturbar el descanso del emperador. Pero antes de poder articular palabra, su de por si blanca piel tomó un tono grisáceo. La sangre se le había helado.

—Mi querido Napoleón —dijo con una sonrisa la figura que tenía ante él—, así tratas a tu más valioso benefactor.

Napoleón no se atrevió a responder. Frente a él había un hombre joven, de pelo castaño y elegantemente vestido, incluso más que Monsieur de Talleyrand, con un traje de tonos anaranjados, adornado por unas hojas de roble que serpenteaban y resaltaban alrededor de las costuras, los puños y los botones. Con medias blancas y zapatos a conjunto del vestido, lucía un sombrero con una enorme hebilla dorada y con sus manos jugueteaba con un bastón cuya empuñadura Napoleón no podía ver, pero cuya forma conocía de sobras.

—Deberías estar feliz y celebrar este triunfo con Josefina… —entonces se detuvo y con una sonrisa socarrona en su cara terminó la frase—. O con cualquiera de tus amantes.
Napoleón, que había recuperado el color, por fin se atrevió a responder.
—He hecho todo lo que me pediste —dijo mientras el hombre ocupaba un asiento al otro lado del escritorio y sostenía el bastón posando su mano de cuidada manicura sobre la empuñadura.
—Lo sé, lo sé —respondió relajadamente el hombre—, pero sabes que lo que hoy he conseguido para ti tiene un precio.
Napoleón se levantó plantando sus puños sobre la madera de su escritorio, a la vez que su cara enrojecía de furia.
—¡Ya pagué el precio que me pediste hace seis meses en Vincennes! —gritó encolerizado.
—¿Te refieres a Enghien? —preguntó el hombre sin prestar atención al enfado del emperador—. Eso solo era para saber si tenías o no palabra.
—¡¿Qué?! Maté un hombre para que confiaras en mí.
—No te sorprendas tanto —respondió el hombre dirigiendo su mirada hacia Napoleón—, muchos han sido los hombres que han muerto en tu nombre o en nombre de tus rivales.
—Pero eso es la guerra, un caballero nunca mata a un hombre a sangre fría.
—No seas tan remilgado, querido Bonaparte, hace un año no dudaste en llamarme.

Napoleón, cansado por el peso de la vergüenza y del temor, volvió a sentarse en su butaca, dejando caer sus brazos sin fuerza a ambos lados. Sin saber qué hacer o a quién recurrir, Bonaparte solo pudo dirigir su mirada al único ser sobre la faz de la Tierra que lo había llevado hasta lo más alto. Los ojos grises de Napoleón, que habían perdido la luz de su juventud, se cruzaron con los peculiares y anaranjados ojos de su interlocutor, cuya penetrante mirada había conseguido derrumbar y alzar civilizaciones a lo largo de la historia. Debía hacer aquello por él, por su esposa, por el Imperio y por Francia.

—¿Qué deseas cómo pago? —preguntó sin fuerzas Napoleón dejando caer su mirada para contemplar su regazo.
—Sólo te pido una cosa —Napoleón no respondió, expectante a la propuesta final de su benefactor—, la vida de tu esposa.

Napoleón sólo pudo levantar su mirada sorprendido, entreabriendo la boca sin poder articular palabra. Aquel hombre, si es que era un hombre, mostró una vez más su mejor sonrisa, cuyos dientes perfectos podían engañar a cualquiera, ya que por dentro, era pura maldad.

Durante unos instantes, Napoleón solo pudo pensar en su esposa, como se había enamorado de ella y hasta donde lo había alzado su matrimonio. Sin embargo, aquel hombre quería su vida a cambio del Imperio. ¿Francia valía la vida de su esposa? ¿La de cualquier mujer? ¿La de cualquier ser humano?

—No… No, puedo —respondió débilmente y tartamudeando el emperador.
—Perdona, no te he oído bien. ¿Qué has dicho? —preguntó sarcásticamente el hombre irguiéndose en su asiento.
—Que no puedo. No puedo darte la vida de mi esposa.
—¿Te niegas pagar el precio que vale este imperio?
—Sí —respondió con un hilo de voz.
—¿Te atreves a retarme? —preguntó altivamente el hombre levantándose de su asiento y acercándose al escritorio.
Napoleón titubeó unos segundos. Como podía ser que habiendo salido victorioso de tantas batallas, ahora un solo hombre consiguiera atemorizarlo. Finalmente, hizo acopio de su valor y exclamó.
—¡Sí!
El hombre apuntó a Napoleón con la empuñadura de su bastón, permitiendo ver la cabeza de macho cabrío de oro que la adornaba.
—Tal vez no lo creas —dijo amenazándolo con una inusitada y grave voz—, pero llegará un día que serás derrotado y, entonces, te arrepentirás de no haber pagado tu deuda conmigo.
—Pues moriré como lo que soy, un soldado —afirmó con valor Napoleón.
—Yo no he dicho que vayas a morir —dijo el hombre mostrando una diabólica y grotesca sonrisa—, serás derrotado y confinado en el infierno en la tierra. Sabiendo lo que te espera cuando llegue el fin de tus días, sólo, enfermo y aterrorizado; mientras contemplas impotente como me cobró tu deuda.

La última sílaba que el hombre pronunció se convirtió en una risa malvada que retumbó entre las paredes del despacho del flamante emperador, a la vez que una cegadora luz emanaba de la cabeza de cabrío y cubría todo lo que les rodeaba. Napoleón no pudo más que cerrar los ojos y protegerse la cara ante tal demostración de poder. Un instante después, mientras la malvada risa y la imagen de la cabeza de cabrío iluminándose rebotaban en la mente del emperador, Napoleón sintió como la luz se había apagado y la risa se había esfumado. Aterrorizado abrió los ojos, y ante él contempló su despacho tan solo iluminado por la pobre luz de unas pocas velas.

Por unos segundos no sabía que pensar, podía ser que se tratara de un sueño o de una alucinación. En las otras ocasiones en las que había hablado con aquel hombre, a pesar de su peculiar aspecto, siempre había sido lo más parecido a tratar con alguno de sus ministros o embajadores. Sin embargo, en aquella ocasión había sido diferente; tras aquella amable apariencia había algo más, algo aterradoramente misterioso.

Fuera verdad o no, debía hacer algo para evitar que Josefina perdiera su vida, no quería confiar en el azar. No quería… Antes de seguir maquinando, observó que en su escritorio había algo que antes no estaba allí. Era una pequeña tarjeta de cartón blanco con cuatro palabras pulcramente escritas…

La deuda está pagada

Con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, Napoleón cogió la tarjeta y la giró, viendo que en el otro lado había el dibujo impreso de una cabeza de cabrío.

Francesc Marí Company, 2015.

Vuestros comentarios

1. may 20, 07:00 | Barbara

Me gusto. No es muy terrorífico pero si concreto. Los pactos con el dialo siempre darán tela para cortar en la literatura.

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