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Evils of the Night

Reventando el caspómetro

Evils of the Night reseña

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  • Título original: Evils of the Night
  • Nacionalidad: Estados Unidos | Año: 1986
  • Director: Mardi Rustam
  • Guión: Mardi Rustam, Phillip D. Connors
  • Intérpretes: Neville Brand, Aldo Ray, Tina Louise
  • Argumento: Varios adolescentes de vacaciones son sistemáticamente secuestrados y llevados a un hospital rural extraño, dirigido por un misterioso grupo de extraterrestres que necesita su sangre.
DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 2.5/5

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“Evils of the Night” es una de esas películas recónditas de los ochentas que, a primera vista, alguno podría identificar con una joya oculta, de esas que damos a conocer con la alegría del diletante. Sin embargo, olvidándonos de la “pulpera” portada y de los fotogramas que reflejan un slasher canónico – impresiones muy engañosas –, nos encontramos efectivamente ante un diamante en bruto, pero uno referente de la caspa más espesa y crepitante.

Los barrios bajos del terror para adolescentes, del otro lado del charco principalmente, se veían copados a mediados de la década de los ochentas por productos de medio pelo que no merecían ni su proyección en los drive in, ya de capa caída por aquel entonces. Obritas picantes con algo de violencia sádica para encender la libido de los muchachos pasando calor en las cabinas de sus Camaros. No llegaría la sangre al río, el VHS mató al cine al aire libre, por aquello de que los asaltos a bragueta ajena son más cómodos entre cuatro paredes. De hecho, “Evils of the Night” ha tenido que ser rescatada por el tiempo e internet para llegar a nuestras manos. A diferencia de la mínima difusión que sufrió durante su vergonzoso estreno, debido a la nula distribución a la que fue sometida. No es de extrañar: ¿Quién querría, como distribuidor, ver asociado su nombre con el de un largometraje que lo mejor que aporta al séptimo arte es su proliferación de desnudos femeninos y diálogos nivel “goris”, los gigantes de “Fraggle Rock”?

Si no me equivoco, ni siquiera fue estrenada en los videoclubes españoles, receptáculos del cine más mugriento y cutre por aquella época. Y no es para menos: más mala que un pastel de cicuta sobre el que alguien se hubiese cagado, la película de Mohammed Rustam merece ser enterrada por el tiempo en lugar de ver la luz. Obviamente, para seguridad de los menores, Rustam no volvió a dirigir una cinta de horror en su puñetera vida.
Pero, como suelo comentar últimamente, la nostalgia desmedida está dando una valoración exagerada, por mucho que sea dentro de lo naif, a títulos de este pelaje, haciendo flotar la mierda hasta la superficie. Nosotros, bañistas desprevenidos, catamos el buqué de estos mojones de forma más o menos voluntaria. Aunque en el fondo, y mirándolos con la simpatía de las décadas, hablamos de un reflejo distorsionado del horror pajillero que proliferó durante los cincuenta… y es que toda época tiende a mirar al pasado cuando se trata de resucitar modas que permitan a los creadores pensar menos y plagiar más, algo que siempre agradece el bolsillo inteligente. Dentro de esta “falsa” ingenuidad, la presente se disfruta realmente cuando muestra su peor cara, la de casi doscientos mil dólares de presupuesto, desperdiciados y malgastados no se sabe muy bien en qué. ¿Los sueldos de viejas estrellas en sus últimos años de decadencia? Probablemente.

En su propia estupidez radica su mejor arma, haciendo de “Evils of the Night”, título molón donde los haya y que a su manera ya destapa el homenaje (o plagio) descarado a “Not of this Earth”, una de esas películas casposas capaz de reventar todos los niveles de desfachatez y cara dura inherentes al cine de serie Z. No por ello deja de ser menos lamentable, con momentos tan insulsos como los perpetrados por el mismo Ed Wood, nombre del artesano que nos vendrá a la mente durante muchas de las escenas de “Evils of Night”, pero sí justifica su visionado para todo aquel en busca de la quintaesencia del cine costroso y purulento.

Concebida como un recetario softcore de los tópicos del cine de terror adolescente que proliferó durante la primera mitad de la década de los ochenta, Rustam centra la mirada de la cámara en las curvas de sus muchas y atractivas actrices, un buen puñado provenientes del cine pornográfico, como la reconocida y reconocible Amber Lynn, ¡y en su mejor momento físico como podemos comprobar durante su simpático desnudo integral! Los cuerpos masculinos, de jóvenes efebos igualmente pertenecientes a ese sector de la industria tan boyante como antiguo, se lucen sin demasiados miramientos, acaparando la cámara en un vano intento por ocultar las deficiencias de los cerebros que acompañan semejantes tabletas de chocolate. Una media hora inicial llena de magreos, lengüetazos y turgentes senos bamboleándose ante la desenfrenada lujuria juvenil. Otra cosa es que los protagonistas ya ni se acuerden de la pubertad.
Y efectivamente, este arranque es lo mejorcito de tola la película. ¿Cómo no pasárselo teta (ejem) cuando una música disparatadamente hortera acompaña unos toqueteos sexuales chorras, justo antes del secuestro, la vejación y la tortura? Los más viejos compañeros del hombre expuestos de la forma más vulgar y torpe, con una genuina carencia de ritmo narrativo o sentido de la belleza. La comicidad involuntaria alcanza agradables cotas antes de una segunda mitad que, por desgracia, se transforma en un aburrido paseo de jóvenes y sicarios malvados entre escena y escena de acción cuya definición, a falta de un término despectivo todavía por inventar, sólo puede ser “improvisada”.

Pues total, que en Estados Unidos los lagos se llenan en verano de chicos y chicas más calientes que el ojete de un volcán. Circunstancia que aprovecharán unos extraterrestres, venidos de vaya usted a saber dónde, para recolectar cuerpos jóvenes y extraer su sangre caliente con objeto de prolongar la vida. Los clásicos vampiros del espacio con gusto por los trajes plateados, las minifaldas y los efectos especiales de los años cuarenta. Como esta raza espacial prefiere la ciencia a la violencia, comandan, desde un hospital perdido en medio de la nada, a un par de mecánicos para que les traigan carne fresca. Hablamos de dos viejos degenerados a los que no les importa abusar de sus víctimas antes de entregarlas por un puñado de monedas de plata cósmica.

Me he tirados pedos después de comerme un kebap que tienen más fundamento que este argumento, además pobremente desarrollado en una trama carente de especial sentido o respeto por la narrativa más básica. Hilamos escena tras escena, a salto de mata, hasta un final repentino e igualmente absurdo. Chicas y chicos mueren a manos de los mecánicos del infierno, villanos en toda regla vista su capacidad de supervivencia, mientras los extraterrestres hablan de tecnicismos que harían sonrojar a un niño de primaria… ese sería el mejor y más preciso resumen de su última media hora. Añádanle algún rayo laser pintado sobre el propio celuloide; una música existencialista de agárrate y no te menees; decorados hallados por casualidad en el barrio; y más y más diálogos firmados por el guionista de Matías Prats.

La guinda del pastel la ponen varios actores de rancio abolengo muy venidos a menos: Neville Brand (“El Hombre de Alcatraz”, “Trampa Mortal”) actúa por última vez haciendo de auténtico bastardo. Quizás sea por las extrañas reacciones de sus víctimas, incapaces de defenderse de manera coherente, pero sus escenas terminan por transmitir cierto mal rollo enfermizo. También consigue el mismo efecto inquietante Aldo Ray (“No Somos Ángeles”, “Boinas Verdes”), el segundo mecánico, no menos cruento de manera gratuita. Pero la circunstancia más dura supone ver a un John Carradine fuera de lugar mientras ejerce de Doctor Kozmar. Menos mal que sus apariciones son breves, aunque un servidor entiende la necesidad de liquidez de los actores cuando llega su ocaso: ¡no todo reluce tras bambalinas!
En el apartado femenino, más allá de esas actrices picantes, encontramos también a Tina Louise (todavía en activo como pudimos ver en “Late Phases”) y a la deliciosa Julie Newmar, mítica “Catwoman” que aun a día de hoy sigue poblando mis sueños húmedos.

Como veis, una pieza curiosa a la que muchos adjetivos van como un guante, pero jamás podré decir que se trata de una experiencia productiva o de calidad. Simplemente una herramienta fabulosa para seguir rellenando ese pozo sin fondo que es la producción casposa ochentera. Una obra decadente y procaz que sólo se entiende desde la entrepierna del macho de nuestra especie, con el aditivo de una comicidad involuntaria que sentará de maravilla a las quedadas entre amigos, siempre que exista algo más que agua para beber.

¡Sólo para valientes! El resto puede optar por el pedazo de resumen de “Evil of the Night”, menos de dos minutos, que he publicado como tráiler. [Pobres incautos, más de uno terminará cayendo!]

Imágenes de la película

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Lo mejor: ¿De verdad hace falta explicarlo?

Lo peor: ¿De verdad hace falta explicarlo?

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