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Fiesta Sorpresa

Un relato breve de Jorge P. López

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Como celebración de la Noche de Difuntos me gustaría regalaros un cuento corto que tal ambiente alguno de los escalofriantes momentos que viviréis durante Halloween. Si os gusta y queréis darme otra oportunidad como narrador quizás os tiente mi última antología, Cuervología Nº 13, en dicho caso podéis comprarla aquí. ¡Felices pesadillas!

Intentaba enumerar las bolsas, comprobar que había una para cada invitado, finalmente las cuentas salían y con ellas su sonrisa resquebrajada se ensanchó hasta resultar dolorosa. Le costaba horrores concentrarse, la palpitación se volvía insoportable aunque creyó poder mantenerla a raya repasando los detalles de la fiesta: los globos, los cubiertos, el confeti, las bolsas… Especialmente esos pedazos de plástico negro, minados de un festivo contenido: el que arrancaría lúgubres gestos de sorpresa a los comensales. Sabía que se mostrarían puntuales ante la misteriosa tarjeta imposible de obviar, pues ellos deseaban volver al salón de baile, al mismo lugar donde la anterior velada acabó en desastre.

Hasta ese momento había olvidado lo fácil que fue encubrir la hecatombe, ni siquiera los insoportables pinchazos de las articulaciones habían conseguido avivar su memoria, sin embargo las sillas colocadas en la idéntica posición que la fatídica noche habían disparado los recuerdos. Se resistió a ellos; no quería visualizar otra vez el contenido de la tarta y la reacción de los presentes, pues eran sus caras, sonrojadas como luces de alarma, las que provocaron la primera de todas sus penurias, por suerte se había librado de ellas metiéndolas una por una en aquellas bolsas venenosas.

Maldijo por lo bajo, unas manos hinchadas no eran la mejor herramienta para preparar las coronas de papel, pero la estancia debía mostrarse como la fotografía estática que le regalaron al entrar al reciento durante aquella noche difusa; al fin y al cabo era todo lo que guardaba intacto de su juventud. Oyó salpicaduras sobre el parquet del salón, por lo que tuvo que controlar su excitación, los espumarajos de baba podían delatarle, así que se agachó a secarlos con las mangas de su camisola, por fin entendió que una prenda tan holgada no solo era útil para ocultar cicatrices y deformaciones. Una serpiente plateada se deslizó dentro de él llevando un escalofrío de anticipación a su espina dorsal, sabía que aquella era la señal, y la única compañía placentera que disfrutaría al besar la tumba.

Imitando a un espectro, canturreó cuando oyó el motor del primer coche. Eran puntuales: la curiosidad resultaba tan intensa como la aflicción que le habían infringido. Se escondió para recibirlos a su debido momento; lo hizo tras las enormes cortinas grises porque hacían juego con su alma, vapuleada desde que se jugaron a los dados, esos malditos cubos trucados, quien sería el primero en probar la tarta. Esta vez había un pedazo para todos, aunque tuviese que esperar un poco, más de una década lo había acercado a este momento de cristalina venganza, ¿acaso importaba esperar durante unos minutos? Lanzó una risita depravada, su deteriorada sinapsis componía imágenes de los rostros de los comensales, sus ojos como platos, las venas del cuello a punto de estallar, los gritos volando de sus gargantas. La risita volvió, desafiando el silencio preludio de la tormenta, no podía dejar de reír cuando imaginaba a los invitados en el momento que descubriesen los zapatones rojos asomando incongruentes desde los bajos de las cortinas…

Vuestros comentarios

1. nov 5, 20:47 | Beatriz

Inquietante!

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