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Gárgola

Un relato de Tito Jesús

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Hay dos acontecimientos en la vida de una persona que le hacen ser consciente de manera inexorable, al menos a mi entender, de su naturaleza finita; dos acontecimientos que suponen un misil, un ataque a la línea de flotación de nuestra personalidad, del que ya es imposible recuperarse. El primero lo marca la pérdida de un padre, de una madre o de ambos. Es ley de vida: los hijos han de sobrevivir a sus progenitores al igual que ellos desaparecerán antes que su descendencia… así es como tiene que ser, como dicta la naturaleza. El segundo también es inexorable, como todo o casi todo lo que hay en el universo que conocemos, pero es una norma que suele permanecer oculta al pensamiento durante gran parte de nuestro devenir; es algo en lo que no queremos o no podemos pensar no sea que se rompa, como de hecho sucederá, la frágil cúpula que hemos creado con el fin de engañar a nuestra consciencia en favor de una felicidad que, por momentos, se nos puede antojar eterna. Este hecho es la primera pérdida de un amigo; de ese ser querido que no viene impuesto por la genética sino que ha sido elegido, de manera consciente, por afinidad, por experiencias y por amor mutuo. Es una pérdida para la que no estás preparado, una ausencia que se lleva de golpe a un compañero de confidencias, de amores y desengaños, de juergas, de cine, de viajes, de problemas laborales, de carcajadas, lágrimas, sueños e ideas… desaparece un ser que creías que, como tú, envejecería de forma distinta, pues estaba protegido de todo y te acompañaría hasta el final. Es un dolor injusto y amargo; cuando te llega, os puedo asegurar que se queda alojado para siempre en tu cabeza y hace que, a partir de ahí, las alegrías sean menores y la importancia del mundo se haga relativa.

A mí ese dolor me alcanzó una tarde de finales de abril, un día especialmente soleado donde, crecido de optimismo, respondí una llamada que deshizo mi armadura y golpeó, hasta la extenuación, al enclenque y desvalido ser que llevo dentro… Mi amigo Andrés, el de la eterna sonrisa, el rey de las carcajadas, el conciliador de la peleas, capitán de las causas nobles, triunfador y siempre positivo… ese Andrés al que yo en más de una ocasión seguí, sin importar si me llevaba al cielo o al infierno, había puesto fin a su vida saltando, esa misma tarde, desde su balcón a la dura calzada que le esperaba 5 pisos más abajo. Lo imposible había sucedido: mi mejor amigo ya no era. Jamás sería de nuevo, no estaba, no estaría nunca, su imagen sería dolor, su recuerdo dudas y su muerte un remordimiento para todos los que le queríamos y no habíamos sido capaces de discernir que algo terrible estaba sucediendo en su cabeza.

Mi mente, incapaz de detener el flujo de imágenes macabras, me ofrecía la de él tumbado en la acera, con el cuerpo roto y su mirada perdida. Al instante imaginaba, casi suplicaba, que todo fuera fruto de un error, o de una broma imperdonablemente pesada; cualquier cosa con tal de que aquello no fuera real. Siempre es difícil entender los motivos que llevan a alguien a terminar de forma voluntaria con su vida… Pero ¿Andrés? ¿Qué podía haberle pasado? ¿Qué escondía en privado que le llevara hasta allí? ¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué nadie lo hizo? Pocas personas resultaban tan cristalinas, optimistas o alegres. Poca gente destilaba ese halo de felicidad liviana, de sencillez a la hora de afrontar los problemas. Andrés era sabio en cariño y era la definición, al menos en apariencia, del triunfador. Soltero por decisión, con un buen empleo en el terreno judicial, con un precioso ático en el centro de Madrid y un pasaporte sellado en todos los destinos que nosotros, la gente de a pie, hemos soñado con visitar. Un tío con buena planta, sano y deportista. ¿Qué había pasado?

Su cumpleaños iba a ser en unos días. 37 años que ya no llegarían jamás… “tengo que desprogramar el aviso de mi móvil” pensé con desolación; pues siempre le llamaba bien entrada la tarde, a la hora exacta en la que vino al mundo. “A partir de ahora, hoy y ese día, esa hora y la actual, significarán pena y dolor”. Apartando las lágrimas, que caían descontroladas por mi cara, traté de serenarme, pero

ningún consuelo vino a rescatarme. Finalmente desistí y sentado en mi cocina contemplé la rodilla de mi pantalón humedecerse con las gotas de dolor que manaban de mis ojos.

No recuerdo mucho de ese día y el siguiente. Sé que fue una interminable sucesión de llamadas, entre amigos y familiares; llamadas cargadas de dolor y amargura. Un día de sentidos abrazos aderezados de bellas anécdotas que terminaban escociendo en el corazón como la sal en una herida abierta. Las preguntas quedaban en el aire; las especulaciones en la cabeza de cada uno por respeto. Pero estas conjeturas no paraban de minar la imagen idílica de nuestro amigo: drogas, deudas, una vida secreta, depresión o enfermedad… todo parecía posible y sin embargo nada encajaba en la figura del Andrés que amábamos.

El ataúd permaneció cerrado en el tanatorio. Yo estuve sentado frente a él, el día entero que duró el velatorio. Recuerdo a su hermana Laura, unos años menor que él, aferrada a mi mano de forma casi constante. Entumecida por la noticia y por el tremendo trago de identificar su cuerpo, permanecía catatónica y anestesiada por el dolor, más fuera que dentro de la realidad, respirando y contestando de forma automática a la interminable sucesión de personas que se le acercaban para darle el pésame. Sólo se rompió en las últimas horas, al poner camino al cementerio donde el cuerpo de su hermano se transformaría, finalmente, en cenizas. Los padres de Andrés, en cambio, estuvieron desolados contantemente y como si un acuerdo tácito con su hija se hubiera pactado, recuperaron la compostura cuando esta se derrumbó.

Todo fue hiel, árido, terrible. El consuelo no hizo acto de presencia aunque sí vino su grotesca prima, la desesperanza. Cuando por fin el ataúd hizo su último viaje, camino a las llamas, todos fuimos conscientes de que eso no era el final sino el prólogo hacia una vida que, a partir de ahora, sería menos luminosa.

La policía hizo una primera inspección de la casa comentaba su hermana con sílabas pegajosas- buscando alguna nota o pista… En estos días tenemos que ir nosotros, mis padres y yo, a empezar a recoger sus efectos y ver qué hacemos con ellos.”

Observé el agotamiento y el dolor en la joven Laura. Mientras me hablaba me di cuenta, por primera vez, del enorme parecido entre ella y Andres; mirando sus ojos vi los de mi amigo suplicándome que ayudara a su familia y que les asistiera en lo que fuera preciso durante esos oscuros días.

Me da miedo continuó me da miedo que mis padres o yo encontremos algo que ponga luz sobre todo esto pero que a la vez nos hunda más aún la vida… esto va a terminar con mis padres. Bajó la cabeza y respiró profundamente.-Tú eras su mejor amigo… si alguien ha de entrar y rebuscar en su intimidad estoy segura que él querría que fuera alguien que hubiera vivido tanto a su lado como hiciste tú…y si alguien nos tiene que dar una explicación tiene que ser alguien que entienda el impacto que puede causarnos.

Levantando la cabeza Laura me preguntó con la mirada fija en los míos si haría eso por ellos. Yo, contemplando a la vez su rostro y el de mi compañero de aventuras accedí y me comprometí a ser cuidadoso y recoger todas aquellas cosas que pudieran incomodarles. También prometí que si encontraba alguna causa, alguna explicación, se la trataría de comunicar con el mayor cuidado posible.

Agotado tras el sepelio pasé un día entero durmiendo. A la tarde del siguiente emprendí camino al piso de mi amigo temeroso de lo que pudiera encontrar. El trayecto desde mi casa a la suya transcurrió plagado de oscuros pensamientos y de culpables revisiones de nuestros últimos encuentros en los que escrutaba, como un

filatélico revisa la autenticidad de un sello, las claves, las causas que le habían llevado a tan nefasto final… pero no lograba discernir nada.

Procuré no mirar la mancha de sangre oxidada y seca que, sobre la acera, certificaba el terrible acontecimiento y me deslicé en el portal con rapidez; con la decisión de pasar el trago cuanto antes. El precinto de la puerta me volvió a refrescar, nuevamente, el objetivo de la visita, pues la policía nos había solicitado cualquier información importante respecto de los motivos de la muerte si es que ésta aparecía.

La casa de mi amigo Andrés olía como siempre; tal vez estaba algo más desordenada que lo acostumbrado, pero nada sugería que allí, cuatro días antes, nuestras vidas se hubieran marcado del modo en que se hizo. No era la primera vez que la visitaba en su ausencia, pues algunos veranos acudía a regar las plantas de su frondosa terraza así como a recogerle la correspondencia. Pero esta visita era distinta y la casa se me antojaba un territorio desconocido en el que, en cualquier rincón, podía ocultarse un oscuro secreto. Comencé con cuidado la inspección de los cajones y armarios. La privacidad de mi amigo era la que se entiende en la mayoría de personas de su edad y su estatus relajado: preservativos en un cajón, un par de revistas picantes con pinta de haber dormido el sueño de los justos durante años en el fondo de un armario, algo de porno en un pendrive y un poco de marihuana seca metida entre los documentos de la mesilla de su despacho. En las 2 horas de cuidada revisión no encontré nada que no supiera o intuyera de él.

Aliviado, pero también desconsolado por los constantes encuentros con objetos que me remitían a tiempos mejores, estaba a punto de salir de la casa cuando reparé en la terraza; las pobres plantas, por las que Andrés mostraba tanto cariño y cuidado, en este abril caluroso, llevaban al menos 4 días abandonadas a su suerte. Con la mezcla del miedo a entrar en el lugar donde mi amigo había terminado con su vida, la curiosidad por el estado de las macetas y el insano morbo, lo reconozco, de contemplar el funesto abismo, entré en la terraza. El sol se estaba poniendo pero aún había luz suficiente para comprobar que, pese a las inusuales temperaturas del mes, las flores se veían frescas y hermosas. Me acerqué con cuidado al borde de la terraza, que quedaba algo por encima del final de mi pantalón… Desde allí se dominaba todo el casco antiguo de Madrid; un paisaje que había sido un compañero más de nuestros encuentros estivales y reuniones de amigos. Estaba en ese espacio que tantos momentos de diversión nos había proporcionado y no era consciente de que la pesadilla, que había manchado de forma indeleble mi vida, me guardaba un episodio terroríficamente esclarecedor…

De pronto algo capto mi atención: algo en la pared que bajaba vertical hasta la acera; la acera donde la falta progresiva de luz hacía ya imperceptible el rastro de la sangre de hacía cuatro días. Mis ojos encontraban algo extraño, discordante. Al principio no sabía definir lo que veía; era como las distorsiones del calor en los paisajes del desierto. Algo voluminoso se escondía mimetizado contra el muro, disfrazado de ladrillo y cemento. Un temor crecía en mi interior pero una fuerza, invisible, me impedía moverme y tampoco podía apartar la mirada de un determinado punto donde, poco a poco, se materializaban 2 oscuros, pero brillantes, ojos casi reptilianos. Pese a tener completamente vivo en mi memoria el recuerdo del ser que se hizo presente por un extraño fundido, me resulta imposible describirlo con palabras: sin duda alguna recordaba a los lagartos o a las salamandras, pero su piel era de un rojo coral. Sus patas, tres a cada lado, estaban más próximas a la musculatura y forma humanas aunque terminaban en unas potentes garras con uñas afiladas como cuchillos. La boca era enorme y salivante,

carente de dientes pero con una larga lengua, de aspecto rasposo, que caía fláccida, pero afilada en su terminación, entre los escamosos labios del ser. Al fondo se adivinaba una musculada cola que terminaba en algo muy cercano a las aletas de las sirenas. Este ser, esta gárgola, me miraba como los leones fijan la vista en sus presas, impasible pero ávida de hambre y con un hipnótico influjo me tenía atrapado en una invisible tela de araña. Y qué decir tiene que la inquietud se transformó en terror y pese a mi extraña inmovilidad, mi alma y mi mente gritaban sumidas en un horror que nunca antes había conocido.

No se movió, no físicamente, pero el influjo de sus ojos había avanzado hasta colocarse justo frente a mí. La oscuridad de esa mirada me engulló y en ella vi que esa aberración, fuera lo que fuese, llevaba en la tierra desde antes de que la vida fuera vida, puede que flotara en el cosmos ya incluso antes de que la tierra fuese tierra.

“Cae, deja de luchar y cae” me decía sin palabras. Mi cuerpo, poco a poco, parecía obedecer a sus órdenes desplazando mi peso de las piernas al tronco que asomaba a la calle de forma cada vez más peligrosa.

No se cómo pero entendí lo que la bestia hacía: me iba a forzar a caer, me iba a lanzar al abismo como durante milenios había hecho con otros seres y, cuando el terror más insoportable inundara mi alma, la atravesaría con su afilada lengua como cuando un camaleón atrapa un insecto, rumiándola eternamente en el interior de su ser. Desgraciadamente, al menos en mi caso, la vida sería eterna; el horror, la condenación estaban a punto de comenzar y repetirse, una y otra vez, como lo hace el estribillo de un disco rayado con la salvedad de que, en este caso, a cada repetición el horror iba a ser más y más amplificado. Como dos espejos que se miran, caería, eternamente ensartado en la lengua-lanza de la bestia, como una mariposa en un expositor.

Costaba mantener el equilibrio de mi cuerpo. La acera cada ver era más amenazante. Pronto cedería por completo y me precipitaría. Una extraña vibración, acompañada de un sonido intermitente, se coló en mi ensoñación proporcionando a la hipnosis del momento un segundo de pausa. No sé de donde saqué la fuerza, imagino que fue el horror y la poca cordura que quedaba en mi cabeza, pero conseguí retroceder unos milímetros. La conexión se estaba rompiendo; la vibración y el sonido se hacían reales a la vez que la fuerza que me apresaba desaparecía en vapores febriles. Escuché un grito de protesta, de ira y sorpresa, procedente de la criatura y aún sin verla directamente supe que volvió a mimetizarse en la fachada del edificio mientras se arrastraba alejándose por la pared.

Jadeante di un paso atrás y me senté en el suelo de la terraza intentando recuperar el control de mi tembloroso cuerpo. Me percaté entonces de que lo que me había despertado de mi trance era el teléfono móvil de mi bolsillo y sacándolo vi que lo que me había salvado del infierno era el recordatorio del cumpleaños de mi amigo. Rompí a llorar y reír arrastrándome al interior de la casa.

No pude compartir nada de lo sucedido con nadie. Hubiera sido una locura hacerlo. ¿Quién habría creído algo así? Falté a la promesa de informar a la familia y a la policía pensando en el bien de todas las partes. Y conservé el secreto de mi

escalofriante experiencia para mí, sabedor de que, al igual que el dolor por la pérdida de mi amigo, me acompañaría hasta mi último pensamiento consciente.

Ya no veo la vida igual. Procuro no frecuentar lugares altos y he desarrollado un brutal miedo a las alturas. Tampoco veo las noticias de igual modo y creo adivinar a la temible gárgola en las anécdotas y accidentes que pueblan nuestro día a día. El mundo se ha transformado en una selva en la que acechan escondidos monstruos a la espera de una presa con la que alimentarse… ¿Quién sabe cuántos de ellos se esconden cerca de aquí?

Muchos días, cuando viajo en el metro camino del trabajo, observo los rostros de las personas que tengo en frente… y cuando en los ojos de alguno detecto la tristeza y el miedo que desde ese día me acompañan me siento tentado a preguntar: “¿tú también has visto a la gárgola? ¿Dime: cómo escapaste de ella, amigo?”

Vuestros comentarios

1. sep 25, 17:12 | Cuervo

Magnífico y conmovedor.

2. sep 29, 00:53 | Rago

Que buen relato, breve pero contundente.

3. oct 3, 20:22 | tito jesus

Muchas gracias por los comentarios. Hace ilusión saber que alguien lee tu relato y más aún saber que ha gustado.

4. oct 13, 15:28 | Leo

Muy buen relato con un estilo, digamos, muy familiar que me mantuvo entretenido y expectante en todo momento y con un final bastante adecuado que me recordó al mejor King de aquellos relatos cortos que son lo mejor que muestra últimamente como en “Después del Anochecer”…

felicitaciones Tito Jesus y espero leer más prontamente…

un abrazo…

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