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Happy Hunting

El alcohol os hará libres

Happy Hunting Reseña

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  • Título original: Happy Hunting
  • Nacionalidad: Estados Unidos | Año: 2017
  • Director: Joe Dietsch, Louie Gibson
  • Guión: Joe Dietsch, Louie Gibson
  • Intérpretes: Martin Dingle Wall, Ken Lally, Kenny Wormald
  • Argumento: Un vagabundo alcohólico se convierte en el principal objetivo de una cacería humana.
DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 1.5/5

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“Happy Hunting” versa sobre la caza del hombre, ni más ni menos: no busquéis mucha redención espiritual o metáforas existencialistas, dejemos esas polémicas a los que ya no soportan más tiros en la cabeza. Además, esta patatilla aporta poco al subgénero, constreñida bajo un guión que por falto de profundidad no debería haber sido menos divertido, a pesar de carecer de algún atisbo de innovación para justificar su presencia en 2017: “Turkey Shoot” (1982), “La Presa Desnuda” o hasta “Blanco Humano” están a años luz de “Happy Hunting”, por nombrar sólo unas pocas.

Sin embargo una realización mediocre, sometida una falta de presupuesto muy engañosa, termina hundiendo este thriller a los abismos de lo olvidable, de diversión bien poca. Pese a ello, la solidez de su actor principal, el atractivo Martin Dingle Wall, y un puñado de planos y panorámicas cándidos cual postal “grindhouse” empujan al espectador a conocer del final de la obra, aunque sólo sea por descubrir si el bueno de Warren, un personaje por encima de la media actual dentro del cine de bajo coste, sobrevive a la injusta situación que unos cabrones sureños le están sometiendo.

Warren recibe una llamada que lo invita a salir de su miseria. ¿Podría ser que un hijo no deseado le esperase en México? La única forma de saberlo es agarrar la botella y salir pitando hacia la frontera. Pero su pobre juicio, nublado por un alcoholismo extremo, le lleva a mancharse las manos con una pandilla de macarras, todo por intentar venderles metanfetamina adulterada. Con una sangrienta venganza a punto de morderle los talones, Warren esconde sus penas en un pueblo de mala muerte, el cual crece como una seta venenosa junto a la frontera. Formada por casas prefabricadas, esa planicie oculta un terrible evento anual: la caza de la presa más codiciada; donde decenas de hombres y mujeres de baja estofa persiguen hasta la muerte a los desechos borrachos y drogadictos que infectan su idílica población.

La cinta dirigida y escrita por Joe Dietsch y Louie Gibson, este último hijo de “ya–sabéis–quién”, arranca con buenas expectativas, descubriéndonos al típico perdedor del que es fácil ponerse de su parte. Al fin y al cabo todos somos débiles, aunque el espíritu de supervivencia nos azuce hacia un final todavía menos honroso que el de los suicidas. De hecho, el inteligente aprovechamiento de la luz natural, una intensa claridad propiciada por un desierto cercano a Los Ángeles, ayuda tapar las carencias técnicas y económicas del proyecto durante los primeros compases. Ya, cuando un poco de acción es necesaria, se observa una falta de calidad total y absoluta, así como de talento a la hora de ocultar estas carencias materiales. Cuando llega el momento de mostrar en pantalla los efectos de un arma, un golpe o casi cualquier movimiento, la cámara se muestra parca en detalle, cuando no se acoge a una confusión que parece indigna de cualquier producción cinematográfica moderna.

Si los diálogos ya se sienten anquilosados, culpa de un nutrido grupo de secundarios con mucho que aprender sobre interpretación, peor es todavía cuando los actores ponen las rodillas en funcionamiento. Fijaos que la gran mayoría de agresiones ocurren fuera de plano, regadas con un CGI que no está ni a la altura de una producción de “The Asylum”, dejando el tema de la hemoglobina para mejores ocasiones. Quizás fuese por las duras condiciones de rodaje bajo las temperaturas extremas que se intuyen a través de la pantalla, pero lo cierto es que la gran mayoría de secuencias parecen rodadas a la primera, dando una sensación de pobreza mayor de lo que un espectador medio (disculpadme la broma) podría soportar sin resoplar.

En cuanto al desarrollo narrativo no podemos poner mucha pega. Un guión lleno de inconsistencias y momentos un tanto ridículos, como que un alcohólico extremo parezca curarse de su adicción en una noche, se despliega con agilidad, ¿para qué pararse en tonterías cuando lo que queremos ver es a un pobre tipo luchando contra la voluntad de un pueblo de chiflados? La pena que este conflicto se vea a medias, con cazadores tan poco carismáticos e inspirados como la estética que los rodea, básica y paleta como la triste realidad.
Al menos, como detalle simpático, el alcoholismo del personaje principal toma un protagonismo inusitado, convirtiéndose en una extraña elegía, o eso me ha parecido, a nuestro amado bebercio. Supongo que será un sesgo del vicio que esconde el cuerpo de Bob Rock, o ganas de algo de subversión ante tanta corrección política, pero no negaréis que a veces la triste realidad, esa tan básica y paleta, resulta insoportable estando sobrio. Los temblores de nuestro protagonista, achuchado por el delirium tremens, se convierten en lo mejor de la cinta, especialmente cuando, en otro giro metafórico que hará las delicias de los más sesudos de la casa, el uso del alcohol se convierte en la clave para la salvación, o no, del pobrecito Warren.

Por lo demás, dejando a un lado la sobreactuación casposa de Ken Lally, actor desconocido haciendo de némesis venida a más por el uso de la drogas, el tabaco y el tequila, no hay mucho que contar sobre una producción que acumula poco interés incluso si no hubiese nada más que ver en la cartelera digital. De darse el caso, y si no la habéis visto ya, os recomiendo darle un tiento a “Review”, serie cómica que he descubierto recientemente y de la que he obtenido muy buenos momentos.

Imágenes de la película

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Lo mejor: Su protagonista, Martin Dingle Wall, consigue recabar un mínimo de dignidad teniendo en cuenta lo limitado del proyecto.

Lo peor: Unas escenas de acción penosas.

Vuestros comentarios

1. sep 30, 20:40 | Varón Dandy

De acuerdo con lo de la elegía. Cuando sintetiza el etanol, por unos momentos su adicción parece ser una especie de super poder, tipo las espinacas de Popeye.

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