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Incomprensible

El arte de dejarse llevar

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La siguiente historia de amor es una exaltación al sentido único de cada partícula que la forma. Cada letra, cada fragmento de papel, cada gota de tinta, cada palabra formada por la agrupación de sílabas combinadas a su vez, por las parejas y tríadas de letras, resaltan el romanticismo caótico compuesto por disposiciones cósmicas más allá del entendimiento humano. Como en toda historia de amor hay melancolía al igual que toda persona que contempla sus movimientos ante un espejo levantando su mano derecha obtiene como respuesta una imagen burlona de si mismo levantando la mano izquierda. ¿Pero que sería el amor sin este término, sino puro capricho?

Todo empezó con un color, el azul. Mucha simbología gira en torno a este color: muerte, tristeza… Ya que más de uno, se considera “muchos”, por lo menos en nuestro caso. Pero el azul al que me refiero no se puede encontrar en ningún bote de pintura, ni aunque sea una de esas marcas caras que tienen una gama de colores casi infinita. Era más bien el azul que desprende el brillo de un único componente de un banco de peces. ¿Sabíais que los peces nunca duermen?

Mi abuelo se había pasado tres semanas delante de una pecera acompañado tan solo de la cálida voz de la cafetera, que de vez en cuando le silbaba dulcemente anunciando que su café ya estaba listo. El octavo día de la tercera semana, aunque parezca increíble, vio como el pez cerraba los ojos, así que emocionado corrió a por su antigua cámara de fotos, la misma con la que había fotografiado a un duende en el jardín de su casa la mañana de su vigésimo segundo cumpleaños, pero que al revelarla, resultó para su desilusión ser un simple Trasgo con la mano agujereada, de esos que solía ver siempre rondando su casa. Como el abuelo era cojo debido a un problema de piratas, ya sabemos cómo se las gastan estos de la SGAE, tardó más de lo esperado en llegar a la estantería donde guardaba la máquina de retratar y como a la vuelta le entró un poco de gula, se detuvo en la cocina para prepararse un tentempié acompañado con unos culinos de sidra, con tan mala suerte que tras la ingesta de alcohol se quedó dormido en su mecedora hasta que, sobresaltado despertó con la idea en la cabeza de retratar al pez. Así que prosiguió su viaje, pues como he dicho anteriormente mi abuelo andaba muy despacio debido a que era calvo, y no quería sobrepasar la velocidad de la luz pues había leído en un libro moderno la teoría de la relatividad de Einstein y temía que su peluca no fuese atraída por su calva si caminaba lo suficientemente rápido.

¡Y vaya desilusión se llevó mi abuelo cuando al llegar al punto de partida se encontró no solo con que el pez no tenía los ojos cerrados, sino que la pecera no tenía pez! Malhumorado, que tenía un significado diferente para mi abuelo al que viene en el diccionario, en términos de mi antecesor, tener mal humor es emprender raras y curiosas aventuras.

Hay mucha gente a la que le gusta coleccionar cosas como: animales de dos cabezas, pelos de musaraña, lunares y pecas de pelirrojos, osos polares albinos e incluso los agujeros de las rosquillas. Pues a mi abuelo lo que le gustaba coleccionar eran fotografías familiares y otras relacionadas con su vida. Rebuscando entre todos sus álbumes se decidió por el del verano del 63: “Mis vacaciones con Nemo” para así, obtener alguna idea o ayuda del mismo.

Pasando las páginas entre recuerdos y el humo de la pipa… – ¡Eureka! – Encontró la solución: recuperar el viejo traje de buzo que se hallaba en la imagen. Y con mucha delicadeza para no doblar las esquinas del papel fotográfico, introdujo su mano en el marco que contenía la antigua y monocromática estampa y alargando un poco los dedos, comenzó a sentir el frío y húmedo tacto del traje de submarinista, regalo del anfitrión del Nautilius como recompensa por obtener el primer premio en la carrera de submarinos a pedal, tan conocida que incluso las Sirenas hacían aparición a tal espectáculo bullicioso e ilegal causando estragos entre los peces más gordos.

Vestido para la ocasión, mi abuelo, al que no le gustaba dejar casos sin resolver se dispuso a emprender la búsqueda de su antiguo compañero marino. En primer lugar y por si acaso, se dirigió al inodoro. Asómese pues el anciano al blanco y cristalino precipicio cuyo dique se mantenía cerrado y estremeciese al contemplar tan dantesca visión, una hez descuidada por el olvido matutino, del que mi abuelo solía hacer gala en las reuniones familiares, no sin provocar algún que otro espanto; flotaba inerte en el agua de la taza.

Tras su visita al inodoro, un poco más ligero, decidió emprender otro tipo de búsqueda, la búsqueda interior. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
Y terminó en el bingo, pues cualquier día puede ser tu día de suerte. Aquel no era el día del abuelo, así que decidió volverse para casa.
Confuso, temeroso, abochornado, deprimido y muy a su pesar, debido al esfuerzo inútil por el cual se vio sometido en la jornada presente, decidió en un último esfuerzo usar la lógica, además hoy era tercer miércoles de mes, el día del pescado en el mercado del pueblo, debido a estas premisas, mi abuelo se dispuso a saltar, como bien puede un viejo senil, dentro de la pecera.

Arrecifes de coral de plástico, que venían por defecto en la decoración de la pecera, se extendían más allá del horizonte que acertaba a ver sus ojos, porque ahora los ojos de mi abuelo eran mucho más pequeños, pues no esperaríais que se introdujese en la pecera sin encoger su tamaño, ¿Verdad? Durante su exploración, se encontró el veterano, con otro viejo aventurero que sabía que llevaba mucho tiempo ahí porque su traje era de los antiguos, de aquellos en los que una enorme escafandra te envuelve la cabeza proporcionándote tu propia atmósfera terrestre bajo los decilitros del agua de una pecera. Mi abuelo, que siempre fue muy cortés y educado hízole al hombre unas preguntas relacionadas con su búsqueda, tales como:- ¿Ha visto usted algún pez por aquí?
Pero el arisco buzo amarillo se negaba a responder a mi abuelo, no sin burlase rítmicamente de él expulsando una ráfaga de pompas de aire, que no tenían ningún significado comprensible para mi abuelo. Así que decidió continuar la empresa atravesando varios cientos de piedras de colores.

El sentimiento de aislamiento que produce la sensación de estar rodeado tan solo por agua en la soledad del mar, hizo que mi abuelo se sintiera observado, y de vez en cuando se giraba para comprobar que nadie le seguía. Tras muchos kilómetros, desde el punto de vista de mi abuelo, tropezó con una barrera invisible, que podríamos llamar cristal. Y ahí es donde todo cobró sentido, en este caso para todos. Ya que al acercar mi abuelo su cabeza adornada con su mano a modo de visera para ver más allá, se encontró con que unos enormes ojos que no parpadeaban mirándole.

No sé cuánto tiempo permaneció mi abuelo en esa posición, eso sí, fue el suficiente como para comprender que los peces nunca duermen.

Para terminar este relato no me queda más que utilizar de nuevo la palabra con la que terminamos el primer párrafo: capricho. El mismo capricho con el que los dedos danzan sobre el teclado apoyándose en las diferentes letras conformando esta pequeña narración para transmitir el amor de nuestras ideas. ¿Y qué hay más hermoso que el amor a la creatividad y la imaginación?

Aquí concluye nuestra historia de amor.

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