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Rare Exports

¿Quién dijo que el gordito barbudo de traje rojo era un tipo de fiar?

Rare Exports

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  • Título original: Rare Exports. A Christmas Tale
  • Nacionalidad: Finlandia-Noruega | Año: 2010
  • Director: Jalmari Helander
  • Guión: Jalmari Helander
  • Intérpretes: Onni Tommila, Jorma Tommila, Per Christian Ellefsen
  • Argumento: Una compañía norteamericana lleva a cabo unas excavaciones en la montaña de Korvatunturi con el objetivo de localizar a un célebre personaje de la mitología finlandesa.

79 |100

Estrellas: 4

Rare Exports

La última vencedora del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya (Festival de Sitges para los más profanos) se esfuerza en demostrarnos la existencia de un Santa Claus que nada tiene que ver con el simpático y orondo anciano de barba blanca, mejillas sonrojadas y traje rojo que nos vendió coca-cola a principios del s.XX (Habdon Sundblom, pintor norteamericano de orígen sueco, cambió para siempre la iconografía de la Navidad en una serie de retratos de Santa Claus que pintó entre 1931 y 1966 por encargo de la compañía de refrescos).

Rare Exports, dirigida por el joven Jalmari Helander, es fiel a la mitología finlandesa y cede buena parte del protagonismo de su trama a Joulupukki, nombre finés con el que se conoce popularmente a Santa Claus o Papa Noel y que, más allá de tratarse de un vocablo de difícil pronunciación para todos aquel que no esté acostumbrado a congelarse el bigote a orillas del Polo Norte; designa a una terrible criatura que vestía pieles y cuya testa estaba coronada por unos enormes cuernos de cabra (Joulupukki significa, literalmente, “cabra de Navidad”). Un auténtico monstruo que, lejos de sentir el menor aprecio o cariño por los niños, dedicaba gran parte de su tiempo a entrar en casas ajenas y exigir regalos (en lugar de repartirlos) durante la celebración del solsticio de invierno, amén de asustar y castigar severamente a todos aquellos chiquillos que no se comportaran correctamente. Vamos… una joya.

Bajo semejante panorama no es de extrañar que el joven Pietari, protagonista de Rare Exports, sienta pánico al sospechar que unas misteriosas excavaciones en la montaña de Korvatunturi, promovidas por una compañía norteamericana, puedan dejar libre a la bestia. Ni más ni menos que al mismísimo (y temido) Santa Claus. Las sospechas del pequeño parecen confirmarse cuando todos los componentes de un enorme rebaño de renos aparecen muertos y devorados por dentro, provocando la bancarrota de Rauno, su padre, cazador profesional de dichos animales.

El bueno de Rauno intenta resarcirse de sus pérdidas pidiendo una suculenta compensación económica a cambio del extraño anciano que ha aparecido, de repente y totalmente desnudo, en el interior de su granero. Rauno, a instancias de su hijo, acaba creyendo que puede tratarse realmente de Él… del mítico Santa Claus. Pero como en tantas otras ocasiones las cosas no son exactamente lo que parecen, de manera que Pietari y Rauno deberán enfrentarse a un horror superior al que presumían en primera instancia.

Siendo su principal protagonista un muchacho de unos diez años (más o menos), y el principal leitmotiv de su argumento un, a priori, entrañable barbudo encargado de transmitir, año tras año, la felicidad a millones de crios en todo el mundo; era lógico pensar que Rare Exports nos depararía una fantasía de tintes juveniles, llena de imaginación y de alcance familiar. Se citaban clásicos del calibre de Los Goonies o Regreso al Futuro, pero quizás su referente más cercano debamos buscarlo en los Gremlins de Joe Dante.

Rare Exports comparte con los bichos orejudos de Dante el ser un delicioso cuento macabro de corte navideño(aunque sólo sea por la presencia de Santa Claus) en el que no falta, por supuesto, la fantasía y la imaginación; pero que tampoco se olvida del horror, el cual toma forma en la siniestra presencia de una serie de personajes (no conviene desvelar demasiado) capaces, por sí solos, de traumatizar a un posible público infantil que, desde luego, no es el público idóneo para una película como Rare Exports.

La película de Helander combina con evidente acierto géneros tan dispares como el drama (presente en la sincera relación que se establece entre padre e hijo), la aventura, la comedia - negra – , y el terror; y todo ello arropando una historia, un guión, que si por algo destaca es por su originalidad y frescura. Rare Exports engancha. Su historia te mantiene en vilo y sus personajes se vuelven extraordinariamente familiares, cercanos y creíbles (pese a llevar una vida tan supuestamente distinta a la nuestra). La labor del joven director finlandés tras las cámaras es sencillamente magnífica. Una fotografía extraordinaria, un ritmo que va de menos a más hasta llegar a unos últimos treinta minutos en los que la acción finalmente toma el protagonismo, unos personajes muy bien construídos (excelente la mencionada relación entre padre e hijo, y excelente también la labor de todos los actores implicados, con una mención especial para el niño que interpreta a Pietari), y uno de esos villanos cuya sola presencia justifica buena parte de los alagos de los que se hace merecedora una película como Rare Exports.

Pese a todo creo que no será una película que convenza a todo el mundo por igual. Mezclar géneros siempre es complicado, y Rare Exports no es una excepción. Posiblemente habrá quien la encuentre demasiado blanda, y posiblemente también habrá quién eche de menos un mayor despliegue de aventura y fantasía. Habrá quiénes critiquen su ritmo en ocasiones algo lento, su falta de truculencia, o un final que tiende, definitivamente, hacia el humor más descarado (un final que, personalmente, me encantó).

Pero lo que creo que nadie podrá negar, guste más o menos la película, es que Rare Exports es una propuesta distinta, que su historia cautiva, atrapa, y que personajes como el del niño que acaba convertido en un auténtico “action hero”, o el siniestro anciano que irrumpe en la trama otorgándole a la película un halo de terror inesperado; logran que finalmente Rare Exports se erija como una de las pocas películas indispensables del pasado año.
Por cierto, de su estreno en salas de cine españolas, de momento, nada de nada. Supongo que tendremos que esperar a ver qué se les ocurre hacer a los norteamericanos con su inevitable remake de Rare Exports… al tiempo.

Lo mejor: Su historia.

Lo peor: Que las esperanzas de poder verla en pantalla grande sean escasas.

Best Seller

Cuando tu musa es un fantasma

Best Seller

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  • Título original: Be-seu-teu-sel-leo
  • Nacionalidad: Corea del Sur | Año: 2010
  • Director: Jeong-ho Lee
  • Guión: Jeong-ho Lee
  • Intérpretes: Uhm Jung-hwaAs, Ryoo Seung-yong, Lee Do-kyeong
  • Argumento: Después de ser acusada de plagio, una escritora de éxito viaja con su hija a una casa rural para recomponer su vida literaria. Un fantasma que deambula por ahí y un oscuro secreto, no impedirán que esta joven escritora escriba su best seller.

68 |100

Estrellas: 4

Best Seller

Hace tiempo que estaba desconectado del cine oriental. Después de toda la avalancha que nos llegó –y me tragué- es normal que uno quede saturado; y si además son siempre los mismos sustos y los mismos fantasmas melenudos, ya ni te digo.

Best Seller repite lo que muchas otras historias: un gran halo de misterio, algún pequeño susto previsible, un fantasma - esta vez con el pelo más corto – , y un guión que ya hemos visto mil veces. Sabiendo esto, y sabiendo que la peli dura casi dos horas, ¿qué me impulsó a verla? Supongo que mi autoflagelación no conoce límites; aunque siempre hay una pequeña probabilidad de éxito, y a veces, acaban siendo entretenidas. En esta ocasión, aunque la duración es algo exagerada, he pasado un buen rato.

Alguna vez en la vida todos hemos copiado de algún sitio. Esta es la perfecta excusa para Baek Hee-soo, una escritora de éxito acusada de plagio cuando da a conocer su último libro. Abatida por las circunstancias que provoca esta situación, su editor le aconseja que se refugie en una casa y que empiece a escribir otra obra lejos de las miradas y la críticas que supone estar en la ciudad. Es aquí cuando empieza la odisea de Hee-soo.

Ella y su hija (una de las repercusiones del plagio es que su marido se separa de ella, aunque hay algo más que no desvelaré para no cargarme parte del misterio) son recibidas con especial simpatía, y despiste, por algunos habitantes del pueblo donde se halla la casa. Todo son alabanzas y buenas maneras para la escritora. Al llegar a la casa en cuestión, una figura misteriosa hace su puesta en escena tan característica en las películas de miedo: la vieja loca, aunque en este caso no va acompañada de una manada de gatos, sino más bien de un montón de hojas, que no sabemos lo que tienen escrito.

De una manera muy pausada, se irán desvelando los misterios que esconde la casa. ¿Cuáles? Pues los típicos: un asesinato injusto, un muerto que quiere que se sepa la verdad, amigos imaginarios para los más pequeños y un terrible secreto que la escritora lleva consigo.

La escritora, a falta de buenas ideas, utiliza a su hija para que hable con el nuevo amigo imaginario. Todo lo que cuenta este amigo es trasladado al ordenador de la escritora para su posterior publicación. Con todo lo que sale a la luz los aldeanos se mosquean un poco porque no quedan muy bien parados, pero a la escritora le da igual. Sabe que su nuevo libro será un éxito de ventas. Todo parece ir de nuevo sobre ruedas, pero una llamada de su editor lo volverá a cambiar todo: “¡Pero mujer, ¿Por qué has vuelto a plagiar?!”

Y es ahí donde la película hace uno de esos giros que tanto nos gustan.
Todo el suspense, que ya llegaba a ser aburrido, pasa a un segundo plano para dar paso a la acción. Al no creer posible que haya vuelto a plagiar, algo se despierta en la conciencia de la propia escritora. Su miedo inicial por los nuevos acontecimientos se convierte en una lucha para demostrar que no esta loca, que en la casa pasó algo realmente malo y sobretodo, que no plagió nada. ¿Cómo pudo plagiar un relato explicado por un fantasma? ¿Acaso el fantasma estudió letras y quería jugar un poco con el ego de la chica?

En esta deliciosa segunda parte todo cambia. Los aldeanos tan simpáticos y que caían tan bien, son en realidad más cabroncetes de lo que parecen. El aire paranormal que atesoraba el film durante su inicio se ofusca dando paso a las personalidades de los personajes y sus actos pasados. Los misterios que aún quedan se van resolviendo a golpe de ostias y el ex-marido, en un acto de “te sigo queriendo y te creo”, aparece justo en el momento oportuno y… espera ¡que demonios! Esta peli sí vale la pena verla, aunque nos tengamos que tragar una hora lentísima.

Lo mejor: Jin-woong jo (el hijo del comisario) y su segunda parte.

Lo peor: Aguantar una primera parte dando cabezazos.

Red Hill

La venganza de un aborígen maltratado

Red Hill

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  • Título original: Red Hill
  • Nacionalidad: Australia | Año: 2010
  • Director: Patrick Hughes
  • Guión: Patrick Hughes
  • Intérpretes: Ryan Kwanten, Steve Bisley, Tom E. Lewis
  • Argumento: El joven agente de policia Shane Cooper, en su primer día de servicio en Red Hill, deberá hacer frente a la escalada de violencia de un convicto fugado de prisión.

59 |100

Estrellas: 3

Red Hill

Desde la lejana Australia nos llega un debut, el de Patrick Hughes (director, guionista y productor de Red Hill), que transpira aires de viejo western por todos sus poros.

Una pequeña población lejana al mundanal ruido, unos defensores de la ley corruptos, un presidiario fugado que clama venganza y un joven policia obligado por las circunstancias a ejercer de auténtico héroe de la función. Estos son, básicamente, los elementos que maneja Hugues para edificar un debut cinematográfico del que así, de buenas a primeras, sorprende por una razón: Red Hill es una película visualmente hermosa, digna de ser contemplada.

El joven agente de policia Shane Cooper llega a su nuevo destino, Red Hill, acompañado de su mujer, que está a punto de dar a luz al primer hijo de ambos. El primer día de Cooper en el servicio será inolvidable. Un peligroso criminal aborígen escapado de prisión que responde al nombre de Jimmy Conner ha regresado a Red Hill. Silencioso, despiadado y con una puntería prácticamente infalible, Jimmy Conner parece dispuesto a no dejar títere con cabeza en Red Hill. ¿Sus motivaciones? Le corresponde a Cooper, el recién llegado, averiguarlas.

A medio camino entre el thriller, el western crepuscular de Sam Peckimpah y los personajes vengativos de Clint Eastwood (las similitudes con Infierno de Cobardes, dirigida y protagonizada por Eastwood, son evidentes en la presencia de un Jimmy Conner cargado de cierta aura mística e incluso sobrenatural); Red Hill es, ante todo, un ejercicio de estilo cuyo objetivo fundamental es el de recuperar el sabor, la textura y la banda sonora del western adaptándolo a una historia de evidente corte clásico pero ambientada en la actualidad.

Desde un punto de vista meramente formal Red Hill es un ejercicio de estilo impecable. La película de Hughes no solo es capaz transmitir todo el sabor del western en una historia que hace auténtica apología de la venganza (una situación muy ligada al género y que tiene en Sin Perdón, nuevamente de Eastwood, una de sus piezas cumbre), si no que además logra destacar como un producto ciertamente atractivo, a simple vista, gracias a su excelente fotografía, su cuidada banda sonora y a unas correctísimas interpretaciones por parte de todos los actores implicados.

El director australiano tiene el enorme acierto – y mérito – de dar siempre con la atmósfera adecuada para su relato, tanto cuando la acción sucede a plena luz del día y los vastos paisajes australianos toman su habitual protagonismo; como cuando el impacable Jimmy Corner busca la oscuridad opresiva de las calles de Red Hill para perpretar su salvaje vendetta (instantes de una violencia seca, contundente y en los que Cooner deviene una especie de asesino deforme e implacable dotado de una resistencia prácticamente inhumana. Son también los instantes en los que Red Hill se acerca al género terrorífico puro y duro).

Pero pese a todas las virtudes que atesora Red Hill a lo largo de su metraje, hay algo que falla. Algo que le impide convertirse finalmente en la película imprescindible que debería haber sido. Le falta pegada. La historia que nos cuenta Red Hill se fundamenta en una sucesión de lugares comunes que Hughes sabe integrar en un envoltorio de gran belleza pero que, a fin de cuentas, nos deja esa incómoda sensación de que lo que estamos viendo ya lo hemos visto antes… en incontables ocasiones. El western es un género estricto, en el que los lugares comunes son prácticamente inevitables, incluso necesarios. Pero de la mezcla, a priori atrevida, de western moderno, thriller y película de venganzas; un servidor auguraba (o al menos mantenía viva la esperanza de que así fuera) un resultado más atrevido, más singular… menos trillado.

El trayecto de Red Hill es el de una línea recta, sin socavones, sin desniveles, sin sobresaltos, sin curvas peligrosas… Sabes lo que va a ocurrir en cada momento porque, sencillamente, conoces la historia. Y todo ello hasta el punto de que cuando Patrick Hughes se decide a mostrarnos, en un flashback en blanco y negro, el pasado de Jimmy Conner y, por extensión, las motivaciones que le empujaron a cometer las salvajadas que comete, nos damos cuenta de que no es necesario. Que está de más. Lo que nos cuenta dicho flashback ya lo sabíamos prácticamente desde el primer instante en el que Jimmy Conner aparece en pantalla.

La frontera entre buenos y malos es demasiado clara, demasiado evidente; lo que provoca que no haya espacio para la sorpresa y que cada personaje se comporte y reaccione exactamente de la manera que se le presupone.

Pero en cualquier caso no debemos perder de vista el horizonte. Red Hill es el prometedor debut de un director al que a partir de ahora habrá que seguirle los pasos muy de cerca. Una película violenta, áspera, visualmente atractiva, y un auténtico caramelo para todos aquellos que seais aficionados al western. Lástima que el resultado final venga lastrado por un desarrollo previsible en exceso.

Lo mejor: Se trata de un interesantísimo neowestern con un acabado ciertamente destacable.

Lo peor: Transita demasiados lugares comunes reduciendo la capacidad de sorpresa al mínimo.

Lynch Mob

Empacho de escalopines en mal estado

Lynch Mpb Poster

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  • Título original: Lynch Mob
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Byron Erwin
  • Guión: Rachel Stamper, Scott Stamper
  • Intérpretes: Tony Darrow, John J. Cornetta, Michael H. Cole
  • Argumento: Al Dr. Weasel, torturador en nomina de la "familia", lo aíslan en la pequeña localidad de Lynchburg como testigo protegido. Sin embargo, el pueblo semi abandonado esconde un secreto... caníbal!!!

40 |100

Estrellas: 2

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Lynch Mob no es una buena película. Resulta difícil comenzar la reseña con una frase tan lapidaria, pero sería injusto para con otras cintas razonar los errores de ésta con “buenas intenciones”, “contaban con un presupuesto ridículo”, etc. La verdad que la premisa de la opera prima de Byron Edwin, un joven cineasta norteamericano como imagino que habrá miles, no deja de resultar interesante; otra cosa muy distinta es que se haya sabido resolver con gracia y desparpajo, esquivando la clara vocación de cine sub-b (aquel que está a caballo entre la serie b clásica y el cine amateur) y las limitaciones económicas. En este sentido es imposible darle la enhorabuena al señor Edwin: capaz de aburrir en numerosas ocasiones, luciendo escenas de acción muy ramplonas, actuaciones anodinas, efectos de sonido y cámara sonrojantes. Aún sin esperar mucho de ella, Lynch Mob no se sostiene durante su metraje, que ya puestos es excesivo para una cinta cuyas pretensiones tendrían que ser mínimas. Curiosamente, a este respecto cabría destacar el auto bombo que se ha dado a este proyecto; puesto que los “comentarios” y “recomendaciones” del trailer, como el vergonzoso “una de las mejores películas de horror en los últimos veinticinco años”, parecen más fruto de una broma personal de los productores que un intento serio de publicitar una cinta, que se toma insufriblemente en serio a si misma. ¡Ojo! Cuando comento estos pormenores evito encarecidamente hacer leña del árbol caído, hecho que se refleja en la, hasta cierto punto, neutra puntuación. Me resulta imposible ser igual de duro con una película “low-cost” mala que con una superproducción mala; al fin y al cabo entiendo que el personal técnico y artístico de una serie sub-b participa por amor al arte antes que por dinero, algo que a mi entender es loable, siempre y cuando este cariño hacia el cine sea patente en pantalla. Ahora, ¡no me pongáis en un compromiso preguntando si esta cinta luce enamorada de las luces de candilejas!

La “familia”, una banda de criminales italianos cuyo “look” sería la envidia de Tony Montana, ha prescindido de los servicios de su extractor de información particular: el sombrío, torturador, violador, sicótico y pedófilo Dr. Weasel, un tipo execrable cuyo único destino debería ser la más vil de las muertes. Este personaje continúa sus degeneradas correrías por la ciudad hasta que es apresado por la policía.
Para evitar ser ajusticiado como se merece, entrega las cabezas de los cabecillas de la “familia” sin ni siquiera pensárselo dos veces. El gobierno, a cambio de sus confesiones, lo aísla en un pueblo semiabandonado de Georgia como testigo protegido. Pero no hay mal que cien años dure, ni condena a la mafia que no termine con el criminal de turno buscando venganza. Y así, la “familia” comienza a buscar a su buen amigo Weasel para hacerle algo más que cosquillas en el hígado.
Nuestro antihéroe vive muy tranquilo en Lynchburg, el pueblo donde se esconde, hasta que descubre el secreto de sus habitantes: bajo la maldición de una hechicera vudú están condenados a no morir nunca, a no salir de los límites del pueblo y… ¡a comer carne humana! Sin embargo, mama Weasel criaría a un hijo psicópata pero no a un hijo tonto, así que al execrable doctor se le enciende la bombilla y pregunta a sus nuevos vecinos que opinan de la cocina italiana… y parece ser que les encanta!!

Como os comentaba, la premisa de una clásica “vendetta” mezclada con psicópatas perversos, caníbales de la Norteamérica profunda, un pueblo maldito y una buena dosis de casquería podría haber quedado resultona en pantalla con un poco de estilo y siendo conscientes de que ciertas limitaciones no se pueden salvar por la vía “seria”. A veces, Lynch Mob se hace pedante; sí, los actores que encarnan a los mafiosos dan el pego, parecen italianos y sus diálogos no son una completa basura, pero cuando ponen sus cuerpos en acción… diría que es la principal pega: las escenas de acción, tiroteos o, incluso, multitud de forcejeos son tan anodinos y cutres que el espectador se ve sustraído de la más mínima inmersión narrativa. Y, obviamente, siendo una película de gángsters contra caníbales vais a tener una buena ración de estos ortopédicos momentos a los que solo les falta el uso del “slo-motion” para sumergirse en el patetismo más recalcitrante. El avance de la trama tampoco hace crecer la película, no ayuda para nada el que las dichosas escenas de acción parezcan introducidas aleatoriamente en el guión; todo esto hace que a ratos lancemos alguno bostezo acompañado de maldiciones por habernos vuelto a meter en una película tosca.

Antes nombraba a los mafiosos como actores que dan el pego, pero he de incluir en este aspecto positivo (uno de los pocos) al resto del elenco; no son una maravilla pero al menos están un escalón por encima de lo que podemos esperar de este tipo de producciones. Mención aparte merece Michael H. Cole que brilla con luz propia como el Dr. Weasel consiguiendo un personaje despreciable (como debe ser), cuyas andanzas en Lynchburg son de lo poco que hace mantener nuestro interés en la película. Lamentablemente su fin no es el que esperábamos, sí en cuanto a su buena dosis de justicia poética pero en absoluto con respecto a su resolución. Lo cual apunta hacia el peor fallo de la película:
Se nota que, ante los puntos claves del guión, los responsables de Lynch Mob tiran por la calle de en medio y no se replantean escenas si no que asumen el todo vale como metodología de trabajo. Algo muy patente en el desarrollo del personaje de Johnny Romano y sus acciones, este supuesto protagonista y mafioso justiciero por excelencia se diluye en escenas que acaban cortadas bruscamente ante la confusa ubicación (literalmente) de Johnny y la mala planificación física del resto de actores. El clásico epílogo de película directa a DVD o televisión por cable, es el mejor ejemplo de todos los errores que contiene esta producción, amen de ser capaz de invalidar los escasos detalles positivos vistos anteriormente.

¡Ay! Por favor, si algún director quiere realizar una película de acción con tintes serios, que recurra al menos a un especialista.

Con respecto a la casquería, un detalle que suele ser lo único salvable del cine sub-b, tampoco tenemos buenas noticias. A pesar de publicitar a los cuatro vientos el uso de sangre real (¡ya ves!), los efectos especiales son pobres y rodados con el mayor de los nerviosismos (¡ese cámara epiléptico!), para ocultar lo pobre de los maquillajes. Al menos donde no hay calidad, hay cierta cantidad y aún podremos asistir a decenas de momentos caníbales que os invitarán a tomar vuestro móvil y rodar mejor gore con cuatro colegas aunque solo sea como reto personal.

No creo que sea necesario ahondar más en las virtudes (escasas) y pecados (excesivos) de Lynch Mob y podemos pasar directamente al entierro: aún siendo poco exigentes, llegaremos a aburrirnos con una cinta que además molesta ligeramente por tomarse demasiado en serio a ella misma (las reuniones mafiosas no pretenderán darse un aire a la trilogía del padrino, ¿verdad?). Si las pequeñas dosis de humor, la acción y la violencia gore han sido tan penosamente planificadas, los detalles técnicos destacan por insulsos y los actores no son ninguna maravilla, ¿qué justificación tengo para ver Lynch Mob? En mi caso, que nunca había visto la misma mezcla de conceptos en otra película. Pero comparada con cintas de las que bebe como 2001 Maniacos o Ghost Town se queda en una cinta prescindible sin pena ni gloria…

PD: Atención a la forma de deshacer la maldición vudú y la oportuna presencia de los “ingredientes” justo al final de la película… creo que escribir un guión en una servilleta es ser poco respetuoso con el público; más si cabe cuando se trata del público del fantástico, el cuál ha visto casi de todo…

Lo mejor: Mezclar caníbales, pueblos malditos, mafiosos y truculencia, es una buena idea a priori. Michael H. Cole realiza un papel muy creíble como despreciable torturador

Lo peor: El ritmo, ciertas actuaciones, los efectos sonoros y las vergonzosas escenas de acción rompen cualquier intento de ambientación: un lastre inexcusable

7 Days

Por mi hija ¿mato?

7 days

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  • Título original: Les 7 jours du talion
  • Nacionalidad: Canadá | Año: 2010
  • Director: Daniel Grou
  • Guión: Patrick Senécal
  • Intérpretes: Claude Legault, Rémy Girard, Martin Dubreuil
  • Argumento: Bruno Hamel es un doctor que vive junto a su esposa y su hija de 8 años, Jasmine. Un día la niña aparece en un bosque muerta con signos de violación. Cuando detienen al sospechoso, Bruno planea su secuestro y se encierra con él en una cabaña.

70 |100

Estrellas: 4

7 days

Siete días para darle forma al mundo y un segundo, una escena, una sola imagen, para destruirlo. El cuerpo pálido, sucio y apaleado de una pequeña de 8 años, tu hija. El terror es multiforme, solemos asociarlo a amenazas externas que provienen de lo desconocido, pero el miedo, el horror, está tan cerca que podemos sentir su respiración en nuestras narices. No hay nada más horrible que el sufrimiento y la muerte de un ser querido. ¿Qué opciones le quedan a un padre que se estampa ante el retrato de su pequeña brutalmente violada y asesinada?

Los guionistas del cine de terror tienden a empatizar con el número siete. “Si ves esta cinta de vídeo, morirás a los siete días”. “Siete son los pecados capitales”. Siete, un número mágico, místico. Un año menos que la edad de Jasmine en su muerte. Los días que faltan para su cumpleaños. 168 horas en las que Bruno Hamel (y nosotros con él) pretende torturar y asesinar al hombre que mató a su hija y con ella se llevó su vida, su estabilidad y su cordura.

No voy a tardar más en decirlo, Les 7 jours du talion no es una película gore, no es un ‘torture porn’ gratuito y ni siquiera es una película de terror al uso. 7 Days nace del horror y de la violencia, se apoya en ella para explicar su historia, pero en definitiva no es más que un drama que ahonda en lo más profundo de la naturaleza humana, la más primitiva, la que agarra por los huevos y te dice: “¿Y tú qué harías en mi lugar?”

Craso error el equiparar esta cinta con lo visto en Saw y Hostel, de ahí surgen los rostros de decepción de los hematofílicos. Puede que se hallen en la misma cuerda, pero lo hacen en extremos totalmente opuestos. Las dos primeras hacen de la tortura un espectáculo del mismo modo que Tarantino viste la violencia con complementos y colorines, mientras que Daniel Grou ofrece en 7 Days una propuesta que encaja mejor en el cine de autor del Antichrist de Von Trier (culpabilidad) o el descubrimiento de Ellen Page en Hard Candy (venganza). Un film que huye de la explotación de la sangre por la sangre, las escenas desagradables de tortura física (que las hay) se pueden contar con los dedos de una mano. En cambio, apuesta por el desgaste psicológico del protagonista, un padre que inicia una búsqueda desesperada de liberación mediante la tortura y que acaba cediendo a un paulatino descenso al infierno a medida que se va dando cuenta de que la redención es imposible, que el vacío de su alma es cada vez más grande y que nada de lo que le haga al asesino de su hija (Anthony Lemaire) podrá calmar su dolor. Claro y conciso mensaje el de Daniel Grou.

La venganza es un tema muy recurrente en la historia del cine, quizás porque es un sentimiento que va intrínseco al ser humano, del que es tan difícil desprenderse como llevarlo a cabo. ¿Cuántas veces hemos pensado en las barbaridades que le haríamos a pedófilos, maltratadores o asesinos? Pero si nos encontráramos realmente en la situación, ¿seríamos capaces? Eso es lo que nos plantea el guión de Patrick Senécal, basado en una novela del mismo autor, y notablemente dirigido por Daniel Grou. Enfrentarnos a 7 Days es aceptar un reto y obligarnos a nosotros mismos a posicionarnos ante un dilema moral, sufrir con la víctima o aplaudir al verdugo. Dos caras de la misma moneda que acaban fundiéndose en una misma persona. Llega un punto extraño en el que dejamos de odiar al pedófilo y empezamos a sentir lástima por él. Cuando intento buscar el porqué solo puedo agarrarme al extremo realismo de la película y a la deshumanización del padre convertido ahora en lo que intenta destruir. Un hombre que inicia un plan frío, calculado al milímetro (véase la escena del localizador de llamadas) pero se va desinflando a medida que las torturas aumentan de crueldad pero le acercan al abismo, y la visceralidad da paso a la decepción.

Paralelamente al encierro del pedófilo y el padre de la niña asesinada, la película muestra el desarrollo de la investigación policial y el seguimiento del secuestro en los medios de comunicación, dos líneas que funcionan de contrapunto a la tensión claustrofóbica de la tortura, del mismo modo que lo hacen la racionalidad de su mujer y un detective (totalmente innecesario) que va de colega porque vivió una experiencia parecida a la suya. El propio protagonista observa el boom mediático por la televisión y asiste apático a un vertido de opiniones de la calle que apoyan su decisión y le animan a seguir adelante. Un reflejo de la hipocresía de nuestra sociedad, mucho ruido y pocas nueces. De todas ellas, llama especialmente su atención la de la madre de otra víctima de Lemaire, una mujer que optó por superar su pérdida ignorando la figura del asesino, desechando la rabia, la impotencia y las ansias de venganza a favor del olvido. Es en este punto cuando asistimos al clímax de autodestrucción de Hamel, que obliga a la mujer a enfrentarse a la imagen, ya deteriorada tras días de tortura, del asesino de su hija. La fuerza a recordar, a volver a sufrir, a recuperar aquello que lleva tiempo queriendo olvidar. La desesperación y la soledad del padre es tal que no le basta con caer solo, necesita llevarse a los demás con él.

Es un viaje lento, de planos fijos, eternos, cargado de silencios que invitan a la reflexión, con una fotografía bella pero melancólica que va muy acorde a la historia que nos cuenta. Claude Legault (Humel) y Martin Dubreuil (Lemaire) encarnan con notable habilidad a la pareja protagonista y reflejan con un realismo apabullante el dolor físico y psicológico sin apenas dar uso a la palabra. Aunque en mi opinión es justamente ahí donde reside el fallo de la película. Se entretiene tanto en el derrumbamiento interno del padre que deja de lado la relación entre torturador y asesino. Podría haber sido un duelo dramático elevadísimo, un desnudo absoluto de personalidades enfrontadas por un crimen atroz, héroe y villano encerrados en un mismo lugar en desigualdad de condiciones, un asesino de niños sin nada a lo que aferrarse que no sea su condición humana… Daniel Grou diseña una puesta en escena perfecta y decide no sacarle jugo.

7 Days es además de todo lo contado hasta ahora, una gran patada en la boca a la ineficacia de la justicia. Que un hombre de clase media, sin antecedentes ni contactos con la mafia, pueda secuestrar con tanta facilidad a un sospechoso escoltado por la policía y llevar a cabo la justicia por su cuenta es un ¡ZAS, EN TODA LA BOCA! a nuestro sistema penal. Bastante revelador, ya que todos sabemos que en un máximo de 20 años el detenido estaría de patitas en la calle nuevamente. No quiero justificar ni posicionarme aquí y ahora con la decisión del protagonista de esta historia, me resulta demasiado complicado, pero sí creo que es un toque de atención más que necesario.

Me consta que hay mucha gente insatisfecha con el final, pero os puedo asegurar que es el desenlace más conciso y coherente que he visto en mucho tiempo.

Lo mejor: El intercambio de frases entre detective y protagonista en la última escena.

Lo peor: Que no profundice más en la relación víctima-asesino.

¿Quien puede matar a un niño?

¿Quién puede hacer obras maestras del terror en España?

¿Quien puede matar a un niño?

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  • Título original: ¿Quién puede matar a un niño?
  • Nacionalidad: España | Año: 1976
  • Director: Narciso Ibáñez Serrador
  • Guión: Narciso Ibáñez Serrador
  • Intérpretes: Lewis Fiander, Prunella Ransome
  • Argumento: El extraño comportamiento de los niños de una isla anuncia la inesperada realidad que respiran sus calles; los niños se han convertido en crueles homicidas.

98 |100

Estrellas: 5

¿quien puede matar a un niño?

Una pareja de turistas ingleses disfruta de sus vacaciones en un pueblo español. Deciden alquilar una barca para alejarse del ruido de las fiestas y descansar en una apartada isla con pocos habitantes Allí, no encuentran a ninguna persona adulta, y las tiendas y bares están sin atención. El extraño comportamiento de los niños de la zona anuncia, poco a poco, la inesperada realidad que respiran sus calles; los niños, de algún modo, se han convertido en crueles homicidas.

Hablar de cine de terror en España, al menos de cine actual, es casi una utopia. Cierto es que, esporádicamente, aparecen cosas interesante, y también aparecen otras tantas que pasan con más pena que gloria. De todos modos, aún contando la morralla, salen al año muy pocas producciones que podamos adjuntar al género. Una sequía que fue incluso más habitual durante los noventa. Años atrás, en los setenta y parte de los ochenta, sí hubo cierta industria de este tipo de cine de producción nacional. Uno de los cineastas imprescindibles, por no decir uno de los pocos destacables, fue Narciso (también conocido como Chicho) Ibáñez Serrador. Este señor, que posteriormente se decantó por televisión rancia variada, estuvo detrás de la mítica serie Historias para no dormir (1964-1982), así como de dos de las películas más exitosas del cine patrio; La residencia (1969) y la que nos ocupa, ¿Quién puede matar a un niño?, adaptación de la novela El juego de los niños, escrita por Juan José Plans.

Nunca he sido defensor de La residencia. Me provocaba antes, y me sigue provocando, la sensación que obtengo al ver películas (eso si, inferiores) como El orfanato (2007); historias de intriga más que de terror, muy bien empaquetadas, clásicas, pero que no me terminan de llenar. Me dejan una molesta sensación de vacío. Eso no ocurrió, ni ocurre, con ¿Quién puede matar a un niño? Es más, la primera vez que me puse delante del televisor para verla tuve las mismas sensaciones que había experimentado recientemente con obras maestras como El Exorcista (The Exorcist, 1973) o Alien: El octavo pasajero (Alien, 1979) y su secuela, Aliens: El regreso (Aliens, 1986). Por aquel entonces, siendo aún adolescente, descubrí la que hoy en día sigue pareciéndome la mejor película de terror española de la historia.

¿Quién puede matar a un niño?, podría definirse como una versión hard de los mejores episodios de Historias para no dormir; por ejemplo, el de El televisor (1974), aquel en el que un espléndido Narciso Ibáñez Menta, padre del propio Chicho y protagonista de muchos de los episodios, interpretaba a un hombre obsesionado con la, por aquel entonces, nueva moda de la televisión. Esas historias tétricas, adictivas y con moraleja social, son también el epicentro tanto de La residencia como, sobretodo, de ¿Quién puede matar a un niño? Ya, durante el largo y malsano prólogo, en el que acontecen imágenes reales de guerras y catástrofes mundiales en la que los niños son los sufridos protagonistas, nos avisan de la intención del relato. Lo que el espectador virgen no espera es el devenir del mismo.

La pareja de ingleses, bien interpretada por los televisivos Lewis Fiander y Prunella Ransome, es el contrapunto perfecto dentro de una tierra que no es la propia, a la hora de enfrentarse a una amenaza totalmente inesperada. La creciente soledad de la sociedad moderna – algo de lo que Chicho también habló en su serie, sobretodo en aquel genial episodio titulado El asfalto (1966) – queda impuesta aquí en el contraste entre el mundanal ruido de las fiestas del pueblo playero y el posterior viaje a la isla en la que los niños silenciosos han tomado el control. No hay adultos con los que hablar, debatir lo que sucede, y un simple capricho como comprar un helado se vuelve un imposible. Gran parte de la película se desarrolla en el pueblo isleño, aumentando la tensión por lo que allí sucede. Solo hay que recordar lo que rezaba la publicidad de Alien; “En el espacio nadie puede oír tus gritos”; algo parecido a lo que sucede en tal lugar, con la mayor impotencia de no estar en el espacio exterior, sino rodeado de gente que, de pronto, ha desaparecido del mapa o se ha quedado varios kilómetros atrás en la costa disfrutando del sol.

El que esta película siga funcionando hoy en día, sin perder contundencia y desafío para el espectador, es debido al inteligente y desprejuiciado empleo de la violencia realista por parte del director; no se corta en mostrar temas tabúes (más en aquella época) como disparos a bocajarro con los niños como destino de la bala, o a los propios niños usando esas y otras armas intentando asesinar a los protagonistas. Por no citar la imborrable escena de la piñata o el tenso clímax final en el que Chicho se guarda alguna que otra referencia a La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968). Nada es gratuito ni morboso, sino que sirve para enlazar con el mensaje del citado prólogo. A modo de cuento macabro, los niños, víctimas potenciales de los males del mundo adulto, han decidido llevar hasta el final su venganza. Aquí podemos encontrar, aunque con contexto y motivos diferentes, referencias obvias a El pueblo de los malditos (Village of the Dammed, 1960).

Aclarar que existen dos versiones de la película; una de ellas, la buena, mantiene la versión original subtitulada, con la pareja de ingleses actuando en su propio idioma, mientras que en la otra, algo cutre, el doblaje deja sin coherencia parte del relato en el cual los protagonistas deben charlar con habitantes del pueblo español. O, sin ir más lejos, resta coherencia a las conversaciones entre ellos mismos y sus gestos (los de la mujer, pues él se supone que entiende algo de castellano) quedan fuera de contexto. Tampoco es muy esperanzador que, a fecha de hoy, un clásico del cine español no tenga una edición, ni siquiera en DVD, que valga la pena. La última, que supongo estará descatalogada, data de hace bastantes años y su calidad de formato, imagen y sonido dejaba mucho que desear. Esperemos que a alguien le aparezca el dibujo de la bombilla y la repesquen en una buena edición para el disfrute y/o descubrimiento por parte de muchos aficionados.

Lo mejor: Prácticamente todo

Lo peor: Prácticamente nada

Devil

Es duro ser el diablo

Devil

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  • Título original: Devil
  • Nacionalidad: USA | Año: 2010
  • Director: John Erick Dowdle
  • Guión: Brian Nelson
  • Intérpretes: Chris Messina, Jacob Vargas, Matt Craven
  • Argumento: Cinco desconocidos se quedan encerrados en un ascensor, y todo apunta a que uno de ellos es el mismísimo diablo…

60 |100

Estrellas: 3

Devil

Tiene que ser duro ser el diablo. Al menos, por lo que nos ha enseñado el cine. Cualquier batalla puede ser la última. Para empezar a conquistar el mundo, primero has de poseer a una persona o encontrar un niño en el que reencarnarte. Y rara vez lo consigue. Así que el mal más absoluto de toda la tierra rara vez ha conseguido dar un paso adelante en su apocalipsis particular sin que un humano toca pelotas le fastidie el plan hasta dentro de cien años o algo así.

“Devil” narra el enésimo intento de este ente por extender su legado. Así, la película comienza con un suicidio y una voz en off que nos informa que así suelen comenzar las andanzas del diablo, con la muerte de un inocente. Después, vamos conociendo poco a poco los que serán los personajes de esta historia: el detective Bowden (Chris Messina), encargado de la investigación de tal suicidio, dos guardias de seguridad del edificio en el que se produjo la muerte, Ramirez (Jacob Vargas) y Lustig (Matt Craven), y cinco desconocidos que coinciden en un ascensor que, en pleno ascenso, se detiene, dejándolos encerrados. Estos cinco desconocidos no tienen relación aparente entre sí e intentan no darle importancia a lo que les ha sucedido. Son un guardia de seguridad del edificio, una atractiva joven, una anciana (estupenda Jenny O’Hara), un joven con pinta de conflictivo y un hombre bastante insufrible. Sin embargo, la luz del ascensor comienza a fallar y, tras un apagón, la chica joven y atractiva resulta herida. Algo o alguien le ha dejado unas extrañas marcas en la espalda. Los dos guardias de seguridad del edificio, que están siguiendo la situación del ascensor a través de los monitores de la sala de control, piden ayuda a la policía. El agente Bowden, que estaba investigando el suicidio que dispara la trama, se une a ellos para intentar esclarecer qué ha podido pasar en el interior de ese ascensor.

Pronto, alguien lanzará la tesis de la película: uno de ellos es el mismísimo diablo. Y el mecanismo de avance de la trama se convierte en averiguar las identidades de las personas atrapadas para intentar discernir de quién puede tratarse. Como es relativamente sencillo imaginarse, hay algún tipo de relación entre estas cinco personas y… Y mejor no avanzar nada más.

Durante la mayor parte del trayecto, “Devil” funciona como un interesante thriller sobrenatural deudor, hasta cierto punto, del primer “Saw”, en el que dos desconocidos se despertaban en un lugar extraño y su supervivencia dependía de que consiguieran averiguar por qué estaban allí y qué lazo les unía. Pero, también desde un primer momento, en “Devil” está presente el componente sobrenatural. O, más bien, religioso.

“Devil” es la primera de las llamadas Night Chronicles, y el “aval” de la misma es que la historia viene de la mente de M. Night Shyamalan.* El director de “El Sexto Sentido” es, y a estas alturas ya nos hemos dado cuenta todos, un hombre profundamente religioso (vease “Señales”) y no duda en experimentar con ese sentimiento, en explorarlo e intentar comprender por qué el ser humano se empeña o está obligado a sentirse religado a una entidad superior (“El Incidente”, por ejemplo, era una defensa a ultranza del pensamiento científico frente al fanatismo y, una de las formas de fanatismo que destacaba, era la religión, quizás como forma suya de compensación por sus anteriores defensas de la misma). Así, no es de extrañar que su historia para las “Night Chronicles” se centre en un viejo tema para él: que, un buen día, descubramos que el desconocido viaja a nuestro lado en el metro es el diablo. Shyamalan sabe cómo hacer del terror algo cotidiano (en el fondo, es la misma técnica que ha llevado al éxito también a Stephen King: ambos creadores sitúan el horror en un plano de tú a tú, lo mismo te toca un vecino coñazo en la habitación de al lado que un asesino en serie, versus obras como “El Resplandor”, basada en novela de Stephen King pero de un creador mucho más elitista como Stanley Kubrick, que en vez de situar el miedo a tu altura parece querer decirte: dame la mano, que yo te llevo a un lugar donde nunca llegarías por ti mismo), prácticamente convenciéndote de que la realidad es sólo un telón aparente que oculta un reino de oscuridad que es mejor no ver para poder seguir viviendo con tranquilidad. Desde este punto de vista, su labor como “creador” es bastante clásica, barroca, incluso: iluminar para los demás esa parte de la existencia. Y haciéndolo bajo el marco del horror, presuntamente para que le temamos a la misma pero, en realidad, provocándonos para que nos acerquemos a él. Todo este rollo es para dejar claro que no me gusta ni un pelo Shyamalan pero creo que es un “creador” en el sentido clásico de la palabra, con un mundo propio y un discurso más o menos bien estructurado. Y, como hombre religioso que parece ser, se acerca al diablo desde una concepción absolutamente religiosa: si no te portas bien, viene el demonio y te lleva. Yo creo que eso es lo que el creyente quiere que haga el diablo. Porque, en el fondo, no deja de presentar al señor del mal como un último juez ante el que, quizás, si te arrepientes de tus pecados en el momento final, pueda perdonarte. Y lo que a mí me preocupa es: ¿ese no es, precisamente, el papel de Dios, según los cristianos? Shyamalan y su historia dan una respuesta a este asunto en “Devil”: el plan de Dios es más amplio y supera con creces al trazado por el diablo. Vamos que, como siempre, al pobre ser de los cuernos y el rabo no se le pueden poner las cosas más difíciles. El sentimiento cristiano, en el fondo, ha creado a un rival muy débil.

Volviendo a la tierra… La historia de “Devil” tiene el problema de tener al diablo de por medio, con todos los prejucios –en el caso de quien escribe- que eso conlleva –o todas las virtudes, si disfrutas con este tipo de material. John Erick Dowdle, que se encargó de dirigir “Quarantine”, se desenvuelve con pulso y acierto, haciendo incluso algún que otro homenaje al propio Shyamalan (el suicidio inicial), y el guión de Brian Nelson (“30 Días de Oscuridad”, “Hard Candy”) avanza bien de ritmo aunque tenga más de una trampa propias de este tipo de material (que el inspector Bowden y los dos guardias de seguridad del edificio, Vázquez y Lustig, no puedan oír lo que hablan los encerrados en el ascensor para que no puedan averiguar sus nombres fácilmente… y poder jugar a una supuesta confusión con el de uno de ellos), pero en general es una película entretenida y con la que puedes llevarte, incluso, algún sobresalto.

Vuelvo a la religión porque ahí reside el verdadero problema de “Devil”: hay una voz en off que nos introduce al diablo desde el primer momento, y que luego descubrimos que se trata de Vázquez, uno de los guardias de seguridad, un hombre muy pío que, mira tú por dónde, se encuentra justo en el escenario donde está actuando el diablo para contarle al detective Bowden todo lo que sabe de él y, de paso, explicarnos a los espectadores la lectura “religiosa” del asunto… y canta como la traviata que esto es así. Vázquez sobra, y quizás también todo el punto de vista “divino”, que vuelve forzada la trama con la inclusión de este personaje para que sea entendible. Es curioso como, después de haberla visto, si uno la repasa sin la voz en off y sin la figura de Vázquez, descubre que “Devil” hubiera sido una película muy bizarra, con algún punto realmente incoherente pero, decididamente, muchísimo más excitante e incorrecta que lo que finalmente ha sido.

Lo mejor: El Diablo

Lo peor: La religión

I Saw the Devil

Venganza, la ley del Talión

I Saw The Devil Poster

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  • Título original: Akmareul boatda
  • Nacionalidad: Corea del Sur | Año: 2010
  • Director: Ji-woon Kim
  • Guión: Hoon-jung Park
  • Intérpretes: Byung-hun Lee, Min-sik Choi, Yoon-seo Kim
  • Argumento: Un agente secreto del gobierno coreano persigue al asesino de su prometida, a la espera de poder inflingirle tanto sufrimiento como el que padece desde la muerte de su único amor

83 |100

Estrellas: 4

I Saw The Devil Grande

¿El mejor thriller de los últimos diez años? Bien, algunos lo cacarean a los cuatro vientos, pero supongo que para asegurarlo deberíamos ver todos los thrillers editados desde el 2000; algo, que dadas mis escasas preferencias por este género, no veo factible en mi caso. Sin embargo, lo que se puede asegurar sin temor a ruborizarse es que estamos ante una muestra de cine con mayúsculas. Esta cinta surcoreana demuestra que cuando se trata de hacer despliegues espectaculares, estos orientales no son solo buenos mandando tanques a las montañas, en maniobras militares de dudosa catadura. De hecho, los valores de producción son los propios de cualquier proyecto hollywoodiense de altos vuelos: actores de renombre (destacando de forma ejemplar Min-sik Choi, protagonista de la magistral Old Boy y de otras películas de la serie de la venganza de Chan-wook Park), tomas faraónicas complementadas con cientos de extras, escenas espectaculares basadas en delicados efectos visuales y otros juegos de cámara que a más de un cinéfilo excitarán hasta el inevitable orgasmo estético al que cada fotograma incita. En definitiva, una superproducción en toda regla, desarrollada alrededor del trabajo como director de Ji-woon Kim, cineasta sobradamente conocido en occidente por la tan magistral como terrorífica Tale of Two Sisters y ese western cómico de acción llamado The good, the bad, the Weird, el cuál resultó otro deleite para la vista y, por qué no, cúmulo de risas tontas a destajo. Tal vez a I Saw the Devil se le pueda achacar una duración excesiva viendo el simple argumento que se nos presenta, pero este suele ser un mal endémico del cine oriental y, si como es el caso, se presenta cada minuto del metraje con una intencionalidad y un tempo pensados para enganchar al espectador, bien sea despertando su asco, sorpresa, incredulidad, tensión o pena; pues su larga duración se nos presenta como un mal menor fácil de ignorar. Sobre todo cuando las medidas explosiones de violencia, explícitamente gráfica pero siempre al límite de lo que podríamos considerar pornográfico, se nos suministran dosificadamente, generando una difícilmente descriptible adicción hacia este cuento de venganza.

Kim, es un agente secreto del servicio de inteligencia coreano que se las promete muy felices con Se-jung, su novia, y se prepara mimosamente para celebrar con ella su cumpleaños. Por desgracia está trabajando en una misión y no podrá reunirse con su chica hasta la noche, en la remota casa de los padres de ella; ante dicha ausencia solo puede jurarle amor eterno vía telefónica sin saber que, a poco de colgar, ella se verá secuestrada, vejada y torturada por un frío psicópata cuyo grado de crueldad y perversión alcanza cotas inhumanas.
No pasa mucho tiempo hasta que la policía, y es que curiosamente la novia de Kim es hija de un importante comisario retirado, encuentre los restos de la pobre Se-jung: una cabeza cercenada.
Cegado por la ira, la pena y el deseo de venganza, Kim se embarca en una cruzada personal, al margen de su propio cargo como agente de la ley, en busca del maldito psicópata. Al poco de dar con él y conocer su crapulenta forma de vida, al parecer las fuerzas del orden público llevan años tras su fechorías, comienza un juego del gato y el ratón donde el objetivo de nuestro buen agente secreto no es otro que el de hacer pagar a Kitaro, el asesino de jovencitas, diente por diente y sangre por sangre; aunque para ello se tenga que convertir en un monstruo peor que la manada de salvajes dementes que pueblan las carreteras olvidadas de Corea del Sur.

Y con la sinopsis anterior casi podríamos llegar al final de la película, argumentalmente hablando, claro. En este punto alguien podría preguntarse por qué es tan recomendable una película que no dispone de profundidad en base a su guión. Muy sencillo, cuando se utiliza de forma excelsa la narrativa, hasta la historia más simple y tonta puede envolvernos haciéndonos sentir dolor cuando los músculos se rasgan en pantalla o pena cuando una lágrima se desliza parsimoniosamente por una mejilla de porcelana congelada bajo capas de eterno sufrimiento. Se produce aquí un caso similar al que os comentaba hace no mucho en el CAT III Dream Home, pero incluso poseyendo una vuelta de tuerca más a nivel de seriedad y respeto para con el espectador, que la hace a todas luces superior cinematográficamente al citado slasher chino. Lo que no quita para que una cinta vaya por unos derroteros (el gamberrismo en el caso de Dream Home) y otra por lares completamente distintos (el thriller dramático más visceral, en el caso de I Saw the Devil); con lo cual un público concreto podría llegar a preferir cualquiera de las dos frente a la otra.

Su preciosista envoltura se traduce en un dominio del tiempo y de la dirección artística perfecta. En ningún momento se hace pesada, justo cuando el drama ha llegado al cenit y las desventuras del protagonista y su antagonista podrían resultar tediosan (recalcar que la dualidad entre el bien y el mal, y los puntos de unión dentro de la locura y lo que la provoca, de este particular ying y yang están integrados escrupulosamente dentro de la esencia de cada escena); un nuevo personaje, una nueva situación polémica o dilema moral se nos presenta para descubrirnos, a través de violentas y directas secuencias de refinada fotografía, que la mal llamada “alma” humana es solo un pozo de mierda donde la frustración reina inmisericorde sobre los débiles. Golpes, golpes, golpes… los golpes de I Saw the Devil duelen por su realismo y por su implicación: el viaje de Kim lo lleva a rastrear las huellas de un psicópata, señales de muerte y caos, imbuyendo a su campaña de una justicia totalmente comprensible que se troca rápidamente en repulsión, por nuestra parte, al comprobar finalmente que la ira sin control se convierte en un sinsentido tan grande como la propia demencia de los asesinos. Como nota negativa a este último punto me gustaría señalar un par de aspectos:

La actuación de Byung-hun Lee, como agente secreto, se me hizo algo fría. Es decir, llega un punto con el cine oriental que uno ya no sabe si es la propia idiosincrasia de esas culturas la que hace a los actores ser poco expresivos y transmitir de forma tan parca sus emociones, o uno mismo carece de la sensibilidad necesaria, para entender el drama interno que vive un hombre que ha perdido lo que más amaba y ahora solo busca castigar con el mismo sufrimiento al asesino de su prometida. Sinceramente, Byung-hun Lee y otros muchos actores (como la gran mayoría del elenco “policial”) transmiten escasa credibilidad dado el pragmatismo que destilan sus expresiones durante todo el metraje. Curiosamente, y por eso comento que tal vez me falte algo de perspectiva, Min-sik Choi directamente borda el papel de Jang, psicópata inhumano (el diablo al que hace referencia el título de la película), vicioso, sádico y prepotente; bastante alejado de uno de sus papeles más destacados: Dae-su Oh, en Old Bay. Solo por él merece la pena ver esta película.

Por otro lado, creo que un buen trhiller debería ser más cuidadoso con detalles de coherencia. Resulta difícil creer que la policía coreana lleve años “mosqueada” por la vida de Jang y, sin embargo, tenga que ser un novio justiciero quien lo ponga a escuadra. Ya sé que suele ser moneda común el que este tipo de incongruencias ronden el séptimo arte, pero no deja de molestar el que se pasen por alto tantas victimas en el camino y tantos hechos “delicados” que pondrían en alerta incluso al becario más reciente de la comisaría. Aunque tampoco sería justo decir esto sin señalar la obvia intención de Ji-woon Kim por llevar su proyecto hacia derroteros distintos; que son, en este caso, la excelencia narrativa de “una venganza real, una venganza completamente real”. Y para ello no es necesario detenerse en minucias; muchísimo más inteligente el centrarse en el acoso y derribo que Kim somete a Jang, ya que es la verdadera razón de ser de la cinta.

Por si fuera poco, y dejando aparte el ineludible final donde todo llega a su conclusión lógica (ante lo cual quedé ligeramente decepcionado dada mi manía de valorar todo el cine oriental bajo el prisma de las locuras de Takashi Miike), el film está sazonado con ciertos encuentros gloriosos sufridos por Jang que suben la temperatura de nuestro termómetro especializado en tensión. Impresionante escena la que encierra un taxi, donde una cámara girando constantemente juega con nuestros sentidos reflejando una de las grandes verdades de la vida: su fragilidad. Y no menos destacable resulta la reunión de nuestro psicópata de hielo con un viejo amigo de peculiares gustos culinarios, uno de los momentos más desconcertantes de la película y, ¿por qué no?, un macabro cántico a la locura y pieza central del resto de esta estupenda producción.

En resumen, técnicamente nos encontramos, a todos los niveles, un trabajo que solo puede provocar envidia a cualquier amante del cine (mención especial para la fotografía y la música siempre tan acorde con el espacio donde se ubican, ya sea un descampado nevado o un cobertizo desvencijado), la dosificación de los tiempos te suelta y te atrapa constantemente, un actor protagonista en estado de gracia dando toda la fuerza de su madurez al personaje (realmente llegamos a detestar a Jang y todo el sufrimiento que le es devuelto por el impasible Kim nos parece justificable aún sabiendo que es monstruoso), unos efectos visuales sobrecogedoramente realistas, ese bisturí cortando el talón… No se trata de una cinta de la que se puedan extraer sesudas lecturas, pero… ¡Ah, cómo se disfruta un trabajo tan bien hecho! Rápido, que nadie te la destripe, a punto está de acabarse el año y no te puedes perder una de las mejores películas del mismo… solo puedo añadir: ¡gracias Ji-woon Kim!

Lo mejor: Decir que técnicamente es sublime sería quedarse corto, las explosiones de violencia explicita son un verdadero lenguaje propio dentro de la película y no desentonan.

Lo peor: Falta de credibilidad en las decisiones tomadas por el protagonista, las cuales son el único avance real del escaso guión…

¿Dónde conseguirla?
Gore Nation: “I Saw the Devil” en VOSE.