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Splinter

¡Cuidado, pincha!

Splinter

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  • Título original: Splinter
  • Nacionalidad: USA | Año: 2008
  • Director: Toby Wilkins
  • Guión: Toby Wilkins, Kai Barry e Ian Shorr
  • Intérpretes: Paulo Costanzo, Jill Wagner, Shea Whigham
  • Argumento: Cuatro personas intentan sobrevivir en una gasolinera al ataque de un extraño organismo que les asedia desde el exterior.

60 |100

Estrellas: 3

Seth (Paulo Costanzo) y Polly (Jill Wagner) se disponen a celebrar su aniversario de acampada pero, cuando se les rompe la tienda de campaña, cambian sus planes y buscan un motel. Sin embargo, cometen el error de recoger a Dennis (Shea Whingham), un exconvicto, y su novia Lacey (Rachel Kerbs), toxicómana, que les obligan a llevarles en coche hasta su destino. Cuando paran en una gasolinera, descubren con horror que el dueño de la misma ha sido contagiado por una especie de parásito. Desde ese momento, ambas parejas tendrán que colaborar para conseguir salir de allí con vida.

La amenaza que Splinter presenta es un monstruo bastante interesante, empezando porque no es un monstruo en sí. Es un organismo sin forma, una suerte de alfileres o astillas similares a los de un puercoespín que, si se te clavan, te contagian. Su comportamiento es como el de una célula invasiva cancerígena: su inteligencia no va más allá de la mera expansión o supervivencia, lo que es bastante, por otro lado. Va anexionando a sus víctimas conforme las necesita para seguir activo y con movilidad, y puede lanzar sus púas como un erizo cabrón, de manera que se expande todo lo que quiere y más.

Probablemente, si el director Toby Wilkins y los dos guionistas con los que coescribe, Kai Barry e Ian Shorr, hubieran querido, habrían convertido la película en una hecatombe mundial, pues el parásito de marras tiene potencial. Pero, imagino, que entonces habrían entrado en otra categoría de película: con ese dinero, habría sido una película más grande pero con menos calidad técnica. Y es que, lo primero que llama la atención de Splinter es su cuidada –mimada, más bien- factura. Tiene una fotografía exquisita, un montaje afinado, buenos efectos especiales –aunque discretos- un sonido y una banda sonora decididamente acertados. Los actores, por su parte, no están nada mal, y ayuda bastante que tengan personajes a los que agarrarse. Pero Splinter es una película pequeña, casi minúscula, lo que se convierte, a la larga, en su mayor virtud y su mayor defecto.

Por un lado, no vamos a ver en ella nada que no hayamos visto con anterioridad unas cuantas veces: choque de caracteres, monstruo al acecho y situaciones humanas al límite. Por otro, esto, que bien podría jugar en su contra es, sin embargo, una de sus mejores bazas. ¿Por qué? Porque, realmente, no hay tantas películas de monstruos que estén realmente bien construidas, y Splinter lo está. A pesar de lo artificioso que resulta en su primer tramo la presentación de los personajes, puesto que cada vez que hablan o actúan parecen empeñados en dejar claro qué tipo de personas son, lo cierto es que cuando llegan a la gasolinera, cada uno hace lo que tiene que hacer y se comporta según se espera de él, sin que nada salte o chirríe, lo que es muy de agradecer. Quizás, lo más discutible en este sentido, a mi parecer, es que Seth, el chico de la pareja buena, sea biólogo (¿Realmente, para acabar descubriendo que ésa es la manera de matar al monstruo hacía falta que él fuera biólogo?). Sí está fantásticamente bien utilizada esta dimensión del personaje cuando decide arriesgarse por los otros y salir, haciéndose invisible al monstruo de una manera que, es verdad, sólo un biólogo podría saber. El problema es que este paso no es tan importante ni tan decisivo en la trama, por lo que la necesidad de su profesión se me queda un poco forzada.

Respecto a los demás, Polly, la novia de Seth, está perfectamente descrita como una chica decidida y lanzada, por oposición a su chico –un auténtico ratón de biblioteca-, y entre Dennis y Lacey, la pareja de delicuentes, hay buena química. Conforme avanza la cinta, descubrimos que no son tan malos como aparentaban, sobre todo Dennis, lo que da un poco de rabia: Toby Wilkins se lo pone demasiado fácil a sus protagonistas (la misma sensación se tiene con el susodicho Seth al saber que es biólogo y que, casualidad, se va a encontrar con un extraño organismo en su camino). Pero, salvando estos matices, no es especialmente molesto: al fin y al cabo, lo que quieres es ver cómo mueren o se las apañan para sobrevivir al monstruo, no cómo se enfrentan entre sí.

…y aparte de los personajes, ¿qué pasa con el monstruo, con la acción, con el suspense? Pues muy cuidados, sí, aunque siempre sin olvidar que no hay nada que no nos sepamos ya. Splinter le saca partido a un bicho que realmente no es un bicho, y a un único escenario –una gasolinera- que tampoco es especialmente grande. Los mejores momentos, sin duda, se dan cuando el organismo hostil se encuentra afuera y los humanos en el interior. Se nota que el director tiene un buen dominio de la tensión y el suspense, juega con ruidos, direcciones y momentos muertos. Así, ofrece escenas de corte clásico como la típica en la que unos intentan atraer al monstruo hacia un extremo del edificio para que otro pueda salir… vista mil veces, sí, pero no siempre es lo suficientemente efectiva, y aquí lo es.

Otro punto a su favor es el ahorrarnos una explicación sobre la procedencia del organismo. En la primera escena, puede parecer que cae del cielo; y en la siguiente, Seth y Polly pasan con su coche por una carretera que está junto a una base del ejército. Y no vuelve a hacerse mención al tema. Creo que es una decisión inteligente: por ninguno de esos dos parece que haya nada original que decir, así que mejor dejarlos sembrados y punto. Las explicaciones vienen con ambos dos datos por sí mismas, sin necesidad de que nadie más las cuente.

Por el contrario, Splinter sabe a poco. Durante los primeros veinte minutos, parece que nos encontramos ante una película más amplia, con mayor recorrido, pero desde que los protagonistas llegan a la gasolinera y se ve que van a quedarse ahí atrincherados, el universo se restringe muchísimo, hasta casi asfixiar la película en su tramo final. Hemos visto tantas de este tipo que parece que nos quedamos esperando que en el último momento aparezca el ejército o un grupo de científicos y veamos con claridad a la criatura. Pero, claro, la película es consecuente en este punto –insisto, el parásito es como alfileres negros que salen de la carne de sus huéspedes y hacen de costura con los cuerpos nuevos que mata- y, como no existe tal criatura, no tiene nada que mostrar. Así que la traca final queda en bajo. Al menos, esta voluntad de ser consecuente consigo misma acaba convirtiéndose en el mejor recuerdo que deja en la cabeza. Aunque parece ser que Toby Wilkins y compañía sí que hablaron de “un nuevo concepto de película de monstruos” o “El monstruo definitivo” en el International Fantastic Film Festival de Bruselas (según algunos usuarios de IMDB), la película que les ha salido es todo lo contrario: perfectamente consciente de su dimensión. Nunca intenta ser más de lo que es, ni gustar a quien no disfruta con este tipo de producto. Por tanto, si como espectador se disfruta con este tipo de obra, Splinter proporciona 80 minutos de entretenimento garantizado. Y demuestra, además, que cuando hay personajes –y no sólo unos tipos que están allí para ser asesinados– y una trama bien construida –aunque sea muy sencilla-, las cosas fluyen, pasan ante ti, suceden como por naturaleza, sin que nadie las fuerce, y se puede sostener un material tópico e hiper utilizado.

Lo mejor: Lo acertado que está prácticamente todo en la mayoría del metraje.

Lo peor: Es minúscula.

Ghost Machine

Terrorismo fantasmal en la realidad virtual

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  • Título original: Ghost Machine
  • Nacionalidad: UK | Año: 2009
  • Director: Chris Hartwill
  • Guión: Sven Hughes, Malachi Smyth
  • Intérpretes: Sean Faris, Rachael Taylor, Luke Ford
  • Argumento: En unas instalaciones militares secretas de Gran Bretaña se entrena a soldados con la última tecnología en realidad virtual. Pero algo sale mal y en la red se despierta un ente sediento de venganza.

45 |100

Estrellas: 2

¿De qué va todo esto?

Unos militares empujan con violencia a una mujer esposada y con la cara cubierta. La llevan entre varios a la celda de un edificio que ha visto sus mejores años. La golpean, la torturan, la amenazan y en los fríos pasillos que rodean su celda solo se oyen sus gritos y lamentos.

9 años después…

El gobierno británico explota las nuevas tecnologías en una base secreta a las afueras de una pequeña ciudad irlandesa. Están usando un último sistema en realidad virtual para el entrenamiento de fuerzas especiales. Todo parece desarrollarse sin problemas hasta una típica noche de viernes. Tom (Sean Faris) es el jefe del proyecto experimental subvencionado por una corporación ajena a las fuerzas armadas, un hombre dedicado a su trabajo. Entre el y su ayudante Vic (Luke Ford) deciden probar, con un par de adictos a los videojuegos, el sistema a máximo rendimiento. Si de paso se corren una buena juerga mejor que mejor. No en vano es viernes y ellos son jóvenes promesas dentro de su empresa.

La fiesta se celebra lejos de la base, en la vieja prisión donde trabaja como guarda uno de los invitados. Los fríos pasillos reciben a los dos técnicos devolviéndoles el eco de sus chistes y bromas. Tras conectar los dispositivos y crear un soporte dentro del procesador central que replique la estructura del edificio, proceden a conectar a sus dos amigos para que comience el juego.

Durante los preparativos, Jess (Rachael Taylor), la novia de Vic, que entrena como marine en las mismas instalaciones de las que su pareja ha extraído el material de alta seguridad para sus juegos; ha dejado su camareta en busca de su chico. No debería haber dejado que se marchase con Tom tan alegremente porque saben de lo que son capaces. Por fortuna, ha descubierto en que prisión buscar.

La capacidad de las maquinas para emular un entorno real de combate son impresionantes. Sus sentidos están subyugados. El olor de la pólvora tras un disparo, el color de la sangre de los enemigos no jugadores…todo es tan real. Incluso esa sombra que perciben por el rabillo del ojo. Una figura negra, con el rostro embozado bajo un saco de tela vieja. Una silueta rodeada de cadenas. Un recuerdo del pasado que se aferrará a su venganza contra los vivos a cualquier precio…

¿Cómo llegué a ver todo esto?

Llegué hasta esta cinta por pura casualidad. Me intento patear todos los medios para descubrir una película de mi género favorito, terror, cuyo visionado no produzca una excesiva muerte de neuronas por simple tedio. Así que cuando me encontré con Ghost Machine, de un tal Chris Hartwill, cuya portada era más que horrible, con un argumento muy de serie B y con unos actores que ni me sonaban; pensé ensimismado: “¿Y si este es uno de los ‘sleepers’ del año?”. En el mundillo del videojuego se conoce como ‘sleeper’ a los juegos que sin hacer mucho ruido contienen una calidad y jugabilidad reconocida por los usuarios (dada la temática me parecía acertado usar el termino). Cierto que algunas críticas especializadas en Internet hicieron medrar esa sensación de estar ante una película entretenida, pero en mayor medida tenía la esperanza de que un film británico sobre realidad virtual y fantasmas podría ser un soplo de aire fresco a esta especie de fiebre del remake, olas de zombies y fantasías demasiado irrelevantes ó presuntuosas. Quizás el recuerdo de Dog Soldiers me empujo un poco hacia esta producción.

Bueno, en cuanto a eso de mi desconocimiento sobre el casting he estado un poco exagerado. Conocía a la guapa y rubísima actriz australiana Rachael Taylor, que aquí ejerce como co-protagonista mostrando esfuerzo en su trabajo pero pocas cualidades interpretativas. Exactamente igual que en otros proyectos en los que ha participado: Man-Thing, Transformers ó Shutter. Para mi solo es una guapa más de las tantas que pueblan la gran pantalla. Obviamente este factor no me influyo para decidirme por Ghost Machine.

Tenía por delante hora y media de apariciones espectrales y efectos especiales de bajo presupuesto pero bien conseguidos (según esas críticas bien intencionadas), un mínimo de interés y una predisposición sana a divertirme con poco. No creo que ningún director de serie B pudiese pedir un espectador mejor. Evidentemente, algún familiar hubiera estado más optimistamente predispuesto, pero no hay nada más enriquecedor para una manifestación artística como una opinión objetiva. Y aunque parezca un comentario baladí, tras leer más y más comentarios sobre proyectos independientes como este que nos ocupa, me doy cuenta de que la objetividad y la exigencia va siendo un bien escaso en la generación del microchip. El género fantástico padece de una condescendencia que nos debería sacar los colores a los aficionados. Después de esta perorata vamos al meollo del asunto.

¿Cómo me sentó todo esto?

El inicio, descrito profusamente en los primeros párrafos de esta reseña, no prometía ni mucho ni poco. Una mujer maltratada que sabemos, desde el segundo uno de proyección, va a ser un horrendo espíritu vengativo y, por ende, toda la madre del cordero. Luego, y a posteriori del manido letrero “9 years later”, vemos unos entrenamientos virtuales bien traídos y con unas dosis de acción acordes al binomio guerra/marines modernos. La fotografía convence, y sin ser nada especial denota una frialdad más europea que estadounidense; lo cual es un punto a su favor. Ya que el objetivo de la cinta es narrar venganzas espectrales a través de maquinas modernas. Vamos, que no es una comedia.
Continuo viendo la película y los jóvenes actores ya me empezaban a escamar: Ninguno conoce el significado de las palabras “casta” y “carácter”. Un sueldo, una película directa al videoclub y a dormir que mañana será otro día. Si tuviera que destacar a alguien sería a Sean Faris (Tom), aunque no se si por sus dotes interpretativas ó por su severo parecido con Tom Cruise. De hecho, el que su personaje se llame como el famoso actor no dejaba de resultarme gracioso, acabando por caerme simpático y todo.

Finalmente, al llegar la línea argumental hasta la prisión; la bomba marrón acaba por detonar. Los dos fenómenos que se disponen a probar el sistema, son dos viciados a los videojuegos que se ganaron mi odio nada más aparecer. ¡Favorezcamos los tópicos! Rodeados de marihuana, patatas fritas, cerveza y porno; ¿estos cabezas huecas se proponen probar la tecnología más cara y experimental de todo el imperio británico? Y por mucho que quieran colarnos un giro argumental al final de la película para hacernos creíble tamaña chorrada; la realidad es que desde el minuto quince hasta el final tenemos la sensación de ver bobada tras bobada con algún destello de calidad discutible. Desgraciadamente, no solo estos dos personajes me pusieron de los nervios. El jefe de los entrenamientos tiene un papel destacado en la trama como secundario, y es precisamente cuando se revela dicho papel con su aparición estelar en la prisión cuando ya la película se complace en dar lo peor y lo más tópico de la serie B terrorífica. No descarteis incluso referencias gratuitas a Guantanamo, una lastima.

Por resumirlo brevemente, los guionistas (Sven Hughes y M. Smyth) intentan reinsertar el clásico cuento gótico de fantasma vengativo, con cadenas incluidas, en la época actual a través de las nuevas tecnologías. En algún sitio he leído que el marco temporal del film es un futuro cercano, bueno como no quiero cabrearme solo diré que a día de hoy los modelos de PSP que se pueden comprar son más modernos que los mostrados en Ghost Machine.

Retornando a los destellos de calidad, destacar las transiciones entre realidad e irrealidad que sufren los protagonistas, no estando mal del todo. Dado el ajustado presupuesto con el que se realizaron me parecen más que decentes; salvo algún CGI ocasional que hace que te chirríen las pestañas.
Los otros puntos destacables son los escenarios (y bien saben cientos de películas lo resultonas que son las prisiones abandonadas) y el final que navega entre lo cómico y lo siniestro, con un uso del croma que de haberse extendido a todo el metraje y no solo a los últimos segundos hubiese dado un empujón hacia arriba a la falta de ritmo de la que adolece toda la película.

Como veis, lo rescatable se acaba pronto; y en el otro lado de la balanza pues todo lo demás que compone una película. Especialmente hiriente es la precariedad de la historia, la uní dimensionalidad de los personajes y la dinámica de tortuga que lastra un título que primordialmente debería ahondar en la tensión y en la acción.
Me he visto cientos de veces delante de la estantería de un videoclub formulándome la pregunta acerca del probable “sleeper”, delante de una carátula similar a la de Ghost Machine; y como todas esas veces he acabado viendo una película de segunda fila que sin ser lamentable, es demasiado mediocre en todos sus aspectos como para siquiera divertirte. ¡Ni tan solo la banda sonora llega a salvar el día! Como el resto de la cinta: mediocre.
Me extrañan mucho esos comentarios positivos sobre el diseño del fantasma y las muertes tan sangrientas. Excepto segundos aislados, la cinta es bastantes ligera en cuanto a sangre y el dichoso espectro es bastante grimoso y no logra dar miedo, ni pena, ni “na” de “na”..

¿Y en conclusión?

No recomiendo la película. No es tan mala como alguno de los últimos bodrios de Charles Band y desde luego tiene intenciones más serias, pero el infierno esta pavimentado de intenciones como esas. Tal vez si en lugar de reinventar el cuento romántico de fantasmas con adictos a los videojuegos fumetas, hubiesen ahondado en la dicotomía realidad/simulación con visceralidad y honestidad; estaríamos hablando de otra forma bien distinta. Se ha sacado un gran partido técnico del escaso presupuesto sí, pero ¿en pro de qué?.
Más suerte la próxima vez a un equipo que orientó la producción a los jóvenes adolescentes que han crecido con los “shooters” en primera persona, sin dar un paso más allá…y que conste que yo he jugado a muchísimos “shooters”.

Lo mejor: Su final simpático y oscuro; y unos escenarios simples pero con capacidad de sugerir.

Lo peor: Un nivel general que la hace justa merecedora de un puesto secundario en las estanterías de cualquier videoclub

Bitch Slap

Sangre, sudor y chicas de infarto

Bitch Slap

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  • Título original: Bitch Slap
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Rick Jacobson
  • Guión: Eric Gruendemann, Rick Jacobson
  • Intérpretes: America Olivo, Julia Voth, Erin Cummings
  • Argumento: Tres despampanantes mujeres viajan hasta el desierto de Mojabe a la búsqueda de un botín valorado en dos millones de dólares.

78 |100

Estrellas: 4

Me gustaría dedicarle la reseña a nuestra queridísima amiga Mariana, que siempre ha sido mi voz de la conciencia en todo este asunto de Bitch Slap.

Llevo más de un año hablando de Bitch Slap. Fotografías de las chicas, portadas de revistas, videos promocionales, un teaser, dos trailers, más fotografías de las chicas, más fotografías de las chicas, más fotografías de las chicas…

Por fin he tenido la oportunidad de ver Bitch Slap y ya os puedo adelantar que he disfrutado como un niño (o mejor dicho, como un impúber adolescente con las hormonas revolucionadas) con este desvergonzado homenaje al sexploit norteamericano de los 70 cocido, a fuego lento, bajo el abrasador sol del desierto.

Tres chicas de infarto, Trixie, Hell y Camaro (sensacional America Olivo), se encuentran en mitad del desierto intentando sonsacarle a un pobre desgraciado al que tienen secuestrado, el lugar exacto en el que están enterrados unos diamantes por valor de dos millones de dólares.
La misión presenta sus dificultades. El mencionado tipo no parece muy dispuesto a colaborar, las chicas empiezan a desconfiar seriamente las unas de las otras, y un entrometido policia mete las narices dónde no le llaman.

El arranque de la película ya es toda una declaración de intenciones. Las tres chicas abandonan el coche que les ha traído hasta el desierto poniendo un especial énfasis en que sus generosos escotes, sus larguísimas piernas y sus ceñidísimos vestidos queden perfectamente visibles para el deleite de todos los espectadores (y me niego a distinguir entre espectadores masculinos y femeninos). Por supuesto, un exhaustivo recorrido por el cuerpo de las chicas, palmo a palmo, y a cámara lenta, nos ayudará a no perder detalle.

No hay necesidad de engañar a nadie. Bitch Slap ofrece, a grandes rasgos (y con un par de reproches que veremos más adelante) lo que prometía. Una historia justita de interés (aunque tampoco es una estupidez de las que te empujan a acordarte de la família del guionista) que se viene arriba gracias a tres imponentes chicas cuyos personajes responden a tres estereotipos sexuales carentes de toda sutileza: la bailarina de streap-tease frágil, delicada y de buen corazón; la fría y ambiciosa ejecutiva que antepone los negocios a los sentimientos; y la apasionada y aguerrida amazona que intentará ganarse el respeto a puñetazos.

Todas ellas llegan al dichoso desierto por caminos muy distintos.
A través de sendos flashbacks conoceremos los motivos que han llevado a cada una de las tres chicas a la delicada situación en la que se encuentran en la actualidad.
Son instantes en los que los colores saturados y los fondos generados por ordenador (gracias a sus compañeras de fechorías, las pantallas verdes) toman un absoluto protagonismo, ofreciéndonos una estética CGI no exenta de simpleza y cutrez pero que, lejos de perjudicar seriamente a la película, son un fiel reflejo del espíritu y el estilo del que hace gala Bitch Slap. Y por si su acertado acabado visual no fuera suficiente, estos flashbacks también nos deparan algunos de los momentos más desvergonzados y divertidos de la película, destacando un delirante homenaje a la saga de James Bond que tiene lugar en las montañas de los Alpes y la primorosa secuencia en el interior del convento. Impagables…

Pero regresemos al lugar dónde abandonamos a nuestras heroinas. El exploit cobra vida y se apodera de cada grano de arena del polvoriento desierto de Mojave. Sexo lésbico, violencia, armas, sangre, lenguaje impropio de un trio de ¿señoritas? y muchas curvas. Bitch Slap se sabe conocedora de su obligación de mantener muy alta la temperatura, y por si el sol abrasador del desierto no fuera suficiente para ello, se suceden secuencias tan demenciales como aquella en la que las tres chicas se entregan, en cuerpo y alma (sobre todo en cuerpo), a una sensual y lasciva batalla en la que no paran de arrojarse cubos de agua las unas a las otras (de nuevo a cámara lenta y sin perder detalle de cada centímetro de ropa empapada). El resultado… supongo que ya os hacéis una idea. ¿Una secuencia prescindible?¿Una secuencia que no aporta nada? No, en absoluto. Jamás dicha secuencia debería ser considerada prescindible o inútil en Bitch Slap, cuando en realidad forma parte de la propia idiosincrasia de la película. No entender esto significa darle escasas oportunidades de éxito a una película como Bitch Slap.

Para ser sincero Bitch Slap ni siquiera me parece una película sexista. ¿Por qué iba a ser sexista una película protagonizada por tres chicas de anatomía imponente que no tienen ningún reparo en golpear, disparar, engañar, escupir, usar su sexualidad, y patearle el culo a cualquier varón que ose hacerles frente? Las chicas de Bitch Slap son duras, violentas, sibilinas, mal habladas, sexys y terriblemente ambiciosas… ¿qué hay de malo en todo ello?

¿Sexista? No (aún así, quién quiera considerarla sexista tendrá a su disposición decenas de argumentos que un servidor no tiene intención de revatir). ¿Sexy? Sí. ¿Lo suficientemente sexy? Aquí es dónde llega el momento de los reproches. Siguiendo con mi insana costumbre de tirar piedras sobre mi propio tejado, inmediatamente después de afirmar que Bitch Slap no es una película sexista, paso a comentaros cual es uno de los principales defectos de la película: a la hora de mostrar a las chicas en todo su esplendor, Bitch Slap se queda corta. Demasiado timorata. Demasiado contenida.
Quien espere de Bitch Slap un festival de carne voluptuosa al mejor estilo de las “Super”, “Mega” o simplemente Vixens de Russ Meyer, se equivoca. Las chicas de Bitch Slap nunca enseñan más de lo estrictamente necesario, algo que se hace muy evidente en un par de recatadas secuencias de sexo lésbico montadas a ritmo de videoclip, cuyo contenido erótico sería susceptible de ser emitido por Disney Channel el mismo día en que a Hannah Montana se le ocurra ampliar sus horizontes sexuales experimentando con su compañera de habitación en la Facultad.
Queríamos más de las chicas. Queríamos toda la carne en el asador… (¿ha sido un párrafo lo suficientemente sexista?… en fin, os recuerdo que se trata de un homenaje al sexploit).

Pero, afortunadamente, Bitch Slap no son tan sólo Trixie, Hell y Camaro, y el total de centímetros de su piel que queda al descubierto. La historia, pese a su sencillez y su predecibilidad, logra mantener el interés (por los pelos). La acción es frenética y contínua, la sangre salpica la pantalla en más de una ocasión, las secuencias de lucha cuerpo a cuerpo son espectaculares (Zoe Bell, una de las protagonistas del Death Proof de Tarantino, conocida también por ser una de las mejores especialistas femeninas de Hollywood, participó en Bitch Slap como supervisora de las peleas), las explosiones se suceden, las armas de impresionantes dimensiones no dejan de escupir balas, los diálogos tienen su gracia y los engaños, mentiras y traiciones están a la orden del día.

Bitch Slap es una película visualmente atractiva; sexy (que no sexual), sangrienta y violenta en su desarrollo, y a la que hay que achacarle un exceso de metraje en su recta final (le sobran, fácilmente, unos 20 minutos), sobre todo teniendo en cuenta que su conclusión esconde una de esas fallidas sorpresas que acaba siendo más evidente que el escote de sus protagonistas.

Pese a ese par de reproches a los que hacía referencia… Bitch Slap me pareció una auténtica gozada.

Lo mejor: la acción, el humor, la violencia, su estética y, por supuesto, las chicas.

Lo peor: un par de escenas hacia el final que se alargan en exceso y que las tres chicas no sean más generosas a la hora de mostrarnos todas sus dotes físicas.

Seventh Moon

La luna llena ilumina escenas confusas

Seventh_moon

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  • Título original: Seventh Moon
  • Nacionalidad: USA | Año: 2008
  • Director: Eduardo Sánchez
  • Guión: Eduardo Sánchez
  • Intérpretes: Amy Smart, Dennis Chan, Tim Chiou
  • Argumento: Una pareja de recién casados celebra su luna de miel en China. Desgraciadamente, una noche, se pierden en un páramo aislado e irónicamente, es la luna llena la que ilumina la persecución a la que son sometidos por las fuerzas del infierno que se levantan.

57 |100

Estrellas: 3

Julio, el séptimo mes del año. Melissa (Amy Smart) y Yul (Tim Chiou) son una pareja de recién casados pasando su luna de miel en la provincia de Sichuan, en el centro de China. En esas fechas se celebra un festival religioso, en el cual y por diversas creencias budistas, se ofrenda y venera a los espíritus con fiestas, comida y fuegos artificiales.
Yul esta exultante, su familia oriental va a conocer a su flamante y bella esposa. Ella también esta encantada y se deja llevar por la celebración. Bastante ebrios y enamorados vuelven al coche de su guía, el amable y eficiente Sr. Ping (Dennis Chan).
Mientras el traqueteo del coche los mece suavemente, ellos se sumergen en el sueño etílico, saben que la familia de Yul les espera cerca pero no tienen prisa en su viaje. Son jóvenes, están en un país exótico y la luna llena les sonríe desde el cielo.

Mel se despierta en el asiento de atrás, con la boca pastosa y se da cuenta de que están parados en ninguna parte. Un enorme páramo de alta vegetación los rodea y el único signo de civilización son unas viejas casas blancas que la observan en silencio. Siendo tan confusas las carreteras de la zona hasta su guía se ha perdido. Ping parte hacía las casas para pedir indicaciones, quedándose la pareja en el coche a la espera de reanudar el viaje. Sin embargo…el tiempo pasa, el conductor no regresa. Parece que la tierra se lo hubiese tragado. Si al menos sus móviles tuviesen cobertura. La pareja esta sumamente inquieta, no se sienten cómodos en un paraje tan agreste y aislado. Deciden ir a las casas a buscar a su guía. Nadie abre una puerta, ni siquiera una ventana; y todos los animales de las familias que presumiblemente viven allí se encuentran atados en las calles. ¿Una broma ó continuación de los ritos de celebración de esa noche mágica?

Desde las casas se empiezan a oír voces en chino. Dicen repetitivamente algo que ni siquiera Yul entiende. Asustada, la pareja decide volver al coche dejando atrás la letanía. Cansados de esperar, arrancan el motor del vehiculo con rumbo a ninguna parte. La resaca les pesa, el desconocimiento de su ruta los inquieta. Ya no se sienten tan afortunados. De repente salta algo ante los faros del coche. La luz ilumina la pálida forma. ¿Era un animal ó una persona? Saben que algo ha cambiado, los paramos nos están tan desiertos como parecía y una sensación de acoso se hace tangible hasta que finalmente detona con los ataques de una criaturas que vienen de cerca y de muy lejos a la vez…

Vale, hasta aquí los diez primeros minutos, más ó menos, de Seventh Moon. Otra película más del responsable de una de las grandes decepciones ó producciones (depende de a quien le preguntes) de los noventa. Me refiero al director cubano Eduardo Sánchez y su película The Blair Witch Project (El proyecto de la bruja de Blair). Director y cinta que dinamitaron el género del terror en la antesala del siglo XXI. No creo que haya mucho que añadir a los ríos de tinta que han corrido sobre el falso documental. Solo dos notas personales:
Primero, para mi TBWP, sí que supuso una decepción de cierta envergadura aunque la considero de obligado visionado así como un entretenimiento muy influyente aún a dia de hoy (¡¿Alguien aun no ha visto [REC]?!)
Segundo, resultan curiosos los paralelismos que se producen entre Paranormal Activity y la opera prima de Sánchez diez años después. Resulta difícil negar que el cine de terror sea el más cíclico de todos.

Os pido disculpas por entretenerme con esta vieja película, pero Eduardo Sánchez empezó muy fuerte en esto del séptimo arte y es algo que todavía le lastra a mi forma de ver y, desde luego, deja sus huellas en la cinta de la reseña.
Este director también cuenta en su haber con Altered, una producción que cámara al hombro (y es que, finalmente, ese estilo de filmación va a ser la marca de la casa) narra las aventuras que viven un grupo de rústicos de la América profunda raptando a un alienígena. Película muy recomendable y que ojala hubiese servido como punto de referencia para esta Seventh Moon.

Así pues tenemos a la pareja de recién casados perdidos en medio de la nada, conduciendo un coche en la oscuridad. Solo han pasado diez minutos y ya comienza el horror. Como bien anuncia el prologo de la cinta y su estupendamente diseñado cartel: “En la luna llena del séptimo mes, las puertas del infierno se abren y los espíritus de los muertos son liberados para vagar entre los vivos”. Y no estamos hablando de publicidad engañosa, en cuanto Yul y Mel se montan en el coche intentado buscar el camino a casa de su familia, vemos a los muertos acosando a los vivos, sin ningún tipo de piedad (ni control), hasta el mismo final de la película por unos paisajes oscuros y bastante misteriosos. Esto es un acierto, muy en la línea de Altered, en seguida se nos sitúa en un contexto sencillo (China, sus leyendas y una pareja de americanos) y se inicia el bombardeo de imágenes frenéticas.
Ahora bien, no se puede esperar nada más allá de la frase promocional de la película. A Eduardo Sánchez, que firma el guión como en todas sus películas, pareció fascinarle la leyenda china sobre la séptima luna y luego decidió rellenar con su estilo propio hora y media para generar un cuento de terror de ideas muy tradicionales y, realmente, poco sanguinarias. Y es que quizá algo más de hemoglobina hubiese animado el conjunto general, dadas la escasa profundidad argumental.

Por supuesto que intenta explicar porque Yul y Mel están siendo sometidos al acoso de los demonios de los abismos infernales, pero es en ese preciso momento cuando la película termina por estallar en una burbuja de humo.

Antes de continuar hablando sobre el guión, me tengo que detener en el aspecto técnico más destacado/crticado/alabado de la película. Todas las escenas están rodadas con la cámara al hombro y en planos muy cerrados. Admito que hay que ensalzar el trabajo de planificación para que las imágenes nos lleguen tan naturales. La primera mitad de la película parece que la estemos viviendo con sus protagonistas “in situ”. La iluminación de la luna, los efectos de sonido (que me parecieron soberbios durante todo el metraje y luego al ver el número de responsables en este apartado me di cuenta de porque), el bamboleo de la cámara, las sombras desdibujadas y apenas vislumbradas de los demonios, las creíbles actuaciones de los tres protagonistas, especialmente precisa Amy Smart, que resulta muy auténtica durante casi la totalidad del film, y algún que otro detalle; todo eso nos traslada mágicamente a ese páramo chino para bien y para mal…

Para bien porque transmite sensaciones vividas e intensas, para mal porque rompe cualquier intento de narrativa. Es complicado ver claramente nada, incluso en las tomas estáticas parece que el objetivo tenga vida propia (y una vida muy epiléptica amigos). Con lo cual llegas a la mitad del metraje exhausto, algo mareado y muy confuso. Por mi parte no había ningún problema porque entendí que eso trataba Sánchez, pero cuando las (innecesarias) explicaciones se hicieron presentes, envueltas en unos aires místicos difíciles de creer y con una escena de sexo, que consigue confundirte aún más (tranquilos, no existe ningún enfoque jugoso), pues me sentí un poco estafado. En definitiva, la última media hora me sentí aburrido con ese intento de vuelta de tuerca y ya no me molesté en prestar atención a la confusión que se producía en pantalla.

Incluso las decisiones y actos de Amy, en el último tramo de película, no me parecieron ni lógicas ni amenas. Poco más que correr hacia el final de la película de forma patética. Lo peor con diferencia es la aparición estelar en escena de “un viejo amigo” en momentos claves de la trama para ayudar en su avance (porque si no se quedaba finalmente estancada, claro). En fin, esperaba más de un guionista que escribe cada cuatro años.

Pero no todo es negativo. Toda esa potencia sin control (rubricada con los dichosos movimientos espásticos del cámara) nos regala, cara al final, una escena un poco más pausada y que, en mi opinión, se quedará en la memoria colectiva de los fanáticos del terror sugerido. Pero mejor dejemos la escena en el aire y esperando que la disfrutéis, siempre hay que sacar algo bueno de hora y media delante de una pantalla. Aunque remarco que ni esta ni ninguna otra escena justifican por si solas el visionado integro de este cuento de ultratumba.

No me voy a extender con el resto de detalles. La película esta muy bien planificada y Eduardo Sánchez nos ha mostrado fielmente lo que quería; incluso los demonios navegan entre lo cutre intencional y el diseño realista, de tal forma que a ratos dan miedo y otros dan risa. Para nada es una película barata, los títulos de crédito finales son bastante largos y atestiguan el esfuerzo invertido en darle un “look” natural y amateur a Seventh Moon (insisto positivamante sobre los efectos de sonido, la banda sonora ambiental perfectamente entretejida en cada escena y el juego de luces y sombras constante), pero creo que ese estilo de filmación no permite narrar una historia intensa ni involucrarnos con los protagonistas. Al fin y al cabo no vemos lo que pasa en pantalla la mitad del tiempo, principalmente por los movimientos de cámara y uno termina la película casi suspirando aliviado por sus pobres ojos. Obviamente es lo que su director pretendía, aunque si una idea no da para más yo creo que mejor no rellenarla con imágenes ininteligibles.

Aplaudo las buenas y esforzadas intenciones que rodean todo este proyecto, pero no solo de buenas intenciones vive el cinéfago. Me resisto a considerarla una mala película pero por muy prevenido que estés, acabas enervado con una dinámica que supera en “temblores”, “saltos” y confusión a la mismísima Bruja de Blair. ¡Y sin tratarse de un falso documental!

Si finalmente os interesa verla, ser conscientes de que el grado de movimiento de las imágenes es mareante y si podéis lidiar con ello “disfrutareis” de un par de conceptos interesantes y de una de las pocas películas actuales, que basándose en siniestras leyendas orientales, se sale de la tónica del susto fácil.

Lo mejor: Una escena puntual que reúne todos los ingredientes que hacen grande al terror sobrenatural.

Lo peor: La cámara, capaz de provocarte una borrachera inducida.

Bienvenidos a Zombieland

Tierra de zombis, acción y carcajadas.

Bienvenidos a Zombieland

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  • Título original: Zombieland
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Ruben Fleischer
  • Guión: Rhett Reese, Paul Wernick.
  • Intérpretes: Woody Harrelson, Jesse Eisenberg, Emma Stone.
  • Argumento: Columbus, un joven universitario que sigue vivo gracias a sus reglas para sobrevivir al apocalipsis zombi, se une al duro Tallahassee, a la guapísima Wichita y a la hermana menor de esta, Little Rock, en un viaje plagado de zombis, romance y mucho humor.

78 |100

Estrellas: 4

Tras una ardua lucha por evitar la tentación de echarle un vistazo a Bienvenidos a Zombieland antes de tiempo, finalmente me encontraba frente a la entrada de la sala de cine, acompañado de una horda de adolescentes dispuestos a dar buena cuenta de los enormes cubos de palomitas caramelizadas que habían pagado a un precio desorbitado, y predispuesto (un servidor) a disfrutar de una entrañable velada navideña rodeado de risas, órganos internos y muertos vivientes.

En lo primero en que me fijé, antes de iniciarse la proyección, es en el magnífico aspecto que presentaba el aforo. Algo más de media entrada vendida, lo cual teniendo en cuenta que se trataba de una película de zombis estrenada el mismo día en que muchísima gente celebra el nacimiento de Jesucristo, y que justo al lado se proyectaba el nuevo milagro destroza-taquillas de ese otro semidios que responde al nombre de James Cameron (Avatar), me pareció una excelente noticia para Bienvenidos a Zombieland.

Tras los consabidos espacios publicitarios (menos cutres de lo habitual), un par de trailers (entre ellos el prometedor trailer de Legión) y la parejita que llegaba tarde a la sala y alumbraba el pasillo con un teléfono móvil con el objetivo de averiguar dónde demonios estaban las butacas que les habían asignado; por fin dio comienzo la proyección.

Y en esos instantes (segundos) previos al inicio de Bienvenidos a Zombieland, hizo acto de presencia mi “yo” más deprimente y pesimista, planteándome la posibilidad de que todo ese largo período de espera hubiera sido en vano y que la película acabara siendo una terrible decepción, algo bastante habitual cuando se barajan grandes expectativas.
¿Hubiera sido mejor gastarme la pasta en gozar del nuevo “juguetito tecnológico” de Cameron?

Gracias a Dios (me está saliendo una reseña de lo más devota… supongo que es una cuestión de las fechas en las que nos encontramos) todas las dudas se disiparon al dar comienzo la soberbia secuencia inicial que acompaña a los títulos de crédito de Bienvenidos a Zombieland.
Columbus, un escuálido universitario con cara de pasar hambre (sexualmente hablando), ha logrado sobrevivir al Apocalipsis zombi gracias a una serie de reglas que cumple con exhaustivo rigor. En la secuencia inicial de Bienvenidos a Zombieland, la voz en off del propio Columbus nos informa de cuáles son las más importantes de dichas reglas, mientras en pantalla observamos las delirantes consecuencias que para algunas víctimas tiene el no seguir diligentemente las mismas. Una secuencia de apertura simplemente genial, extraordinaria, y que marcará, en cierto modo, el estilo y el tono de Bienvenidos a Zombieland.

La película de Ruben Fleischer, director de Zombieland, es pura diversión.
Humor, acción, romance juvenil y zombis (por este orden). Sin embargo tampoco hay que dejarse engañar. La historia que subyace en Bienvenidos a Zombieland no cuenta absolutamente nada que no conozcamos ya o que implique una mínima innovación dentro del subgénero zombi: una típica epopeya de cuatro supervivientes deambulando de un sitio a otro con la vaga esperanza de encontrar un paraíso libre de escoria zombi.

A partir de aquí cabe preguntarse por aquellos elementos que logran hacer de Bienvenidos a Zombieland un entretenimiento de primer orden y apto para prácticamente todos los públicos.
En primer lugar cabe destacar el diseño de los personajes. Especialmente la extraordinaria química que surge entre dos personajes tan antagónicos y contrapuestos como son el de Tallahassee (genial Woody Harrelson), un tipo duro, armado hasta los dientes, que lo ha perdido absolutamente todo (atención al juego de flashbacks que involucran al personaje) y que centra todos sus esfuerzos en destrozar cráneos de zombis y buscar, desesperadamente, una muestra intacta y no caducada de su bollito favorito; y el propio Columbus (Jesse Eisenberg), un tierno y solitario antihéroe que sobrevive gracias a su ingenio y a una visión ciertamente pragmática de lo que significa el apocalipsis zombi.
El encuentro y la posterior relación que surge entre ambos da pie a algunas de las situaciones y diálogos más divertidos, e incluso hilarantes, de Bienvenidos a Zombieland.

Por otro lado tenemos a Wichita (Emma Stone) y Little Rock (una Abigail Breslin a la que supongo que muchos recordaréis como la dulce protagonista de Little Miss Sunshine), dos pícaras hermanas que se las apañan perfectamente entre tanto devorador de carne humana y superviviente sin escrúpulos.

Wichita es también la encargada de aportar el elemento romántico a la historia, estableciéndose entre ella y Columbus una relación afectiva que nos deparará algunos de los momentos más intrascendentes y menos disfrutables de Bienvenidos a Zombieland. Supongo que es el precio que hay que pagar en pro de la comercialidad de la película, al menos en el sentido que suele entenderlo el cine norteamericano (y este mismo sentido cabría añadir el discurso sobre la família que también encierra Zombieland).

Otro de los aspectos a destacar en Bienvenidos a Zombieland es su acertadísimo empaque visual. Su excelente fotografía, la magnífica recreación de las calles de Los Ángeles devastadas a consecuencia del Apocalipsis, el fabuloso diseño de los zombis, la ejecución de las secuencias de acción, e incluso unos efectos gore que, sin perder de vista que estamos ante una comedia pretendidamente comercial (y no hay nada de despectivo en este último comentario), resultan absolutamente efectivos y lo suficientemente explícitos cómo para arrancar alguna que otra expresión de asco entre el público asistente (supongo que poco habituado a este tipo de producciones).

Y sin duda, el último aspecto que me gustaría mencionar es su frenético ritmo. Zombieland se sabe en todo momento conocedor de su estatus de honesto entretenimiento cuyo único objetivo es hacernos pasar unos ajustadísimos (y acertadísimos) 88 minutos de irresistible diversión; razón por la cual Fleischer tiene muy claro que el ritmo no puede decaer en ningún momento. A cada secuencia de acción le sigue un diálogo gracioso, a cada diálogo con gracia le sigue la irrupción repentina de un zombi hambriento, a cada zombi hambriento le sigue alguna divertidísima payasada de Tallahassee (Woody Harrelson), alguna ocurrencia de Columbus (Jesse Eisenberg), o incluso un jugoso cameo que no conviene desvelar; y así hasta llegar al final y darnos cuenta de que apenas ha habido espacio para que el aburrimiento asome su temida cabecita en Zombieland.

Para finalizar romperé una regla que me había interpuesto a mí mismo al hablar de comedias con zombis (el tercio final de Zombieland demuestra que es recomendable saltarse las reglas de vez en cuando). En muchos sitios se ha hablado de Bienvenidos a Zombieland como la alternativa Hollywoodiense a Zombies Party (Shaun of the Dead, 2004), la genial comedia británica dirigida por Edgar Wright. No es un comentario fuera de lugar. Al fin y al cabo Bienvenidos a Zombieland me parece la mejor comedia zombi norteamericana desde El Regreso de los Muertos Vivientes, así que hasta cierto punto es lógico que se la compare con la que, para muchos, es la mejor comedia zombi de la historia del subgénero. Así que para todos aquellos que queráis saber mi opinión al respecto, ahí va: Zombies Party / Shaun of the Dead sigue siendo, para un humilde servidor, la mejor comedia zombi de la historia del género.

Pero esto no significa, ni mucho menos, que Bienvenidos a Zombieland sea una comedia zombi de segunda fila… ni hablar. Bienvenidos a Zombieland es una gran película, un entretenimiento de primera, y una excelente comedia. Divertida de principio a fin, con algunos momentos que invitan a la carcajada, y con una acción y ritmo trepidantes que la convierten en un excelente espectáculo apto para todo tipo de público (no solamente el público devoto del cine de zombis).

Lo mejor: entretenimiento zombi de principio a fin.

Lo peor: el corto recorrido de la historia y ciertos mensajes que son prescindibles (amor juvenil, la importancia de la familia…).

Giallo

Amarillo Pálido

Giallo

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  • Título original: Giallo
  • Nacionalidad: Italia/USA | Año: 2009
  • Director: Dario Argento
  • Guión: Jim Agnev, Sean Keller, Dario Argento.
  • Intérpretes: Adrien Brody, Emanuel Seigner, Elsa Pataky.
  • Argumento: Cuando un asesino psicópata secuestra a Celine, su hermana Linda se alía con el comisario Enzo para intentar rescatarla...

40 |100

Estrellas: 2

Después de El Sídrome de Stendhal (1996), cada vez que Dario Argento se sitúa tras algún proyecto, siempre alguna voz clama: por fin, el regreso del auténtico Dario Argento. Exceptuando su versión de El Fantasma de la Ópera (1998) –esa no había por dónde cogerla-, esto ha sucedido con Insomnio (2001), en El Jugador (2004), los dos capítulos que dirigió para Masters of Horrors, La Terza Madre (Mother of Tears, 2007) y, ahora, en Giallo. Son demasiados títulos dudosos, ¿no?, y más teniendo en cuenta que, en la mayoría de ellos, la supuesta recuperación se basa en destellos brillantes aislados. A estas alturas, a alguien que nos ha entregado películas tan válidas y absorbentes como Inferno o Tenebre no se le exculpa por detalles: se le exigen, como mínimo.

Giallo arranca bien: dos chicas japonesas van a la ópera pero, como es su última noche en Turín y les aburre un poco la representación, deciden irse de juerga. En una discoteca, una de ellas conoce a un chico y la otra decide volverse al hotel. Para ello, pilla un taxi… y ese es el comienzo de su final. Es una escena bien narrada, con clase si me apuras, algo de lo que Argento no suele hacer gala demasiado a menudo. Así, mientras descubrimos que el conductor de ese vehículo no es, precisamente, un taxista, conocemos a Celine (Elsa Pataky) en mitad de un pase de modelos, y a su hermana Linda (Emmanuelle Seigner), que acaba de llegar a la ciudad y se va al piso de la primera a esperar a que termine el desfile.

Inevitablemente, sucede lo que tiene que pasar: Celine, para llegar antes a casa y que su Linda no pase demasiado tiempo sola, coge un taxi, ése taxi, y nunca llega al piso. A la mañana siguiente, Linda denuncia su desaparición y entra en contacto con el detective Enzo Avolfi (Adrien Brody), que lleva tiempo encerrado –literal y metafóricamente- en la investigación que concierne a las chicas guapas que, últimamente, aparecen brutalmente mutiladas en varios puntos de la ciudad. Entre los dos, se lanzan a una investigación contrarreloj para que el psicópata no acabe con Celine.

Y aquí, que estaremos rondando el minuto quince o veinte de la película, se estanca. Y no pasa nada más hasta el final. En serio, no exagero. Nada de lo que averiguan Linda y Enzo sirve, realmente, para nada –y con esto no estoy desvelando nada, lo nota el que ve la película. Más allá de otra cuestión, este es el principal problema que tiene Giallo. *En ocasiones anteriores, Dario Argento ha aprovechado esta nadería narrativa para adentrarse en el mundo escalofriante y fascinante de las pesadillas. Fue el caso de la mencionada Inferno, donde el argumento era una mera excusa para desarrollar fabulosos crímenes y enigmáticas escenas nocturnas embrujadas. O la archifamosa “Suspiria” donde el nivel del guión era reamente ínfimo, pero el potencial visual e imaginativo de Argento la hacía remontar el vuelo, convirtiéndola casi en el clásico de culto de su filmografía.

En Giallo, este vacío narrativo está aprovechado para adentrarse en un torture porn bastante light. Gran parte de la película es el asesino torturando primero a la chica japonesa y luego a Elsa Pataki. No es especialmente violento, ni chocante, ni nada de nada. Lo que este torturador hace son cosquillas preparatorias, si acaso, de lo que sucedía en los sótanos de la fábrica en Hostel, por no poner, ni siquiera, un ejemplo muy extremo. Y, ¡maldita sea, es Darío Argento!, el retorcido personaje que pegó alfileres con papel adhesivo en los ojos de Christina Marsillach en “Terror en la Ópera”, o que dejó que un perturabado Thomas Kretschmann besara a su hija Asia con una cuchilla en los labios en El Síndrome de Stendhal… sabe de torture porn, claro que sí.

Giallo es el primer guión que dirige no escrito por él mismo. Cuidado, que los escriba él no es sinónimo de calidad: tanto Insomnio como El Jugador son suyos, y son un desastre. De hecho, en los créditos finales se ve que el propio Argento ha colaborado en el mismo. Pero, ¿por qué embarcarse en esta historia cuando cualquiera se da cuenta de que algo no funciona en “Giallo”, ya sobre el guión?

En algún momento, parece empeñado en recordar formalmente sus giallos clásicos, quizás como homenaje a sí mismo y al título que tiene entre manos. Pero Giallo no es un giallo. No tengo ni la más remota idea de lo que define en concreto a este subgénero pero, desde luego, esta película no está dentro de él, y basta verla para darse cuenta. Elsa Pataki empieza bien: su personaje es una mujer guapa pero guerrera. Después, pierde toda entidad: está presa, no puede contraatacar y es una víctima más. Hay un momento en que se insinúa que ella puede llegar a manejar al psicópata sólo con la palabra, debido a la debilidad/predilección que éste siente por la belleza, pero es sólo un detalle que se deja pasar de largo. Emmanuelle Seigner es, con su perturbadora presencia, quizás lo mejor del film. Aunque su personaje prácticamente no exista, no tenga nada a lo que agarrarse para interpretarlo, su sola presencia lo justifica. Y Adrien Brody tiene personaje, tiene pasado, pero es víctima del desorden caótico y de otro de los males endémicos que aquejan a toda la película. Cuando nosotros llegamos, las cosas ya han pasado, y nos las cuentan. Y Adrien Brody se limita a contarnos su pasado, sin que haya una repercusión, un eco, una consecuencia determinante en esta investigación que está llevando a cabo, en su presente. Esto acentúa mucho más la sensación de que en Giallo no pasa nada.

El final ofrece, contra todo pronóstico, dos últimas escenas interesantes y que encierran parte de la poesía malsana de la que Argento ha hecho gala en otras –y pasadas- ocasiones. La última escena, que no cierra del todo la película, tiene ese algo, ese aroma de posiblidad, de puerta abierta, que a fin de cuentas es el suspense, que no tiene toda la película anterior, pese a ser una escena cerrada y pequeña. Y la penúltima, la última conversación que mantiene Brody y Seigner… me encanta: es dolorosa, poética y negramente romántica. A mí me gusta pensar que pequeñas perlas como ésta son las que realmente ha incorporado Argento al guión, y que en realidad el productor o los guionistas son los malos de todo este circo y le han obligado a hacer una película así para hundirle la carrera. Sería tan bonito…

Lo mejor: breves destellos... sniff.

Lo peor: la desgana y apatía que destila el resto de la cinta.

I Sell the Dead

El fatídico negocio de los muertos

I Sell the Dead

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  • Título original: I Sell the Dead
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Glenn McQuaid
  • Guión: Glenn McQuaid
  • Intérpretes: Dominic Monaghan, Ron Perlman, Larry Fessenden
  • Argumento: Dos pillos que malviven profanando tumbas, descubren que hay un tipo muy especial de muertos que pueden reportar mayores benficios a su negocio.

62 |100

Estrellas: 4

Viendo la película es fácil imaginarse lo mucho que llegó a disfrutar el irlandés Glenn McQuaid escribiendo, en primer lugar, y dirigiendo finalmente la comedia I Sell The Dead.
Es más, no tengo el placer de conocer personalmente al bueno de Glenn McQuaid, pero tras disfrutar de su segunda película como director (la primera se tituló The Resurrection Apprentice, 2005) podría apostar mi cuello (algo que encaja perfectamente con el espíritu de la película), a que es un enorme aficionado a la serie B terrorífica, a los monstruos de la Universal, a las maravillas de la Hammer, a los comics de la EC… en definitiva, y tal y como gritarían los entrañables seres deformes de La Parada de los Monstruos (Freaks, 1931): “uno de los nuestros”.

Ambientada en la segunda mitad del siglo XIX, I Sell The Dead (algo así como “Vendo la Muerte”) cuenta la historia de un par de delincuentes de baja estofa cuyo principal medio de subsistencia es la profanación de tumbas. Por desgracia para ellos viven a expensas de un médico que experimenta con los cadáveres y al que se ven obligados a vendérselos a un precio irrisorio, bajo amenaza de aquel de ser denunciados a la policía por sus actividades delictivas.

Una afortunada noche descubren que existe una clase muy especial de muertos que podrían aumentar considerablemente las expectativas de beneficios de su particular negocio.

A partir de una línea argumental tan sencillita como la que os acabo de describir, Glenn McQuaid se saca de la chistera una demencial mezcla de géneros repleta de guiños al aficionado al terror. Fantasmas, muertos vivientes, vampiros, mad-doctors, asesinos, cadáveres, tumbas… todos tienen su minuto de gloria en I Sell the Dead. Incluida una desternillante aparición especial susceptible de provocarle un intenso orgasmo al mismísimo Fox Mulder de Expediente X.

La vida de estos dos pillastres se cuenta a través de una serie de flashbacks que, en la mayoría de ocasiones, funcionan como historias totalmente independientes las unas de las otras, lo cual facilita enormemente a Glenn McQuaid la posibilidad de ir incluyendo toda una galería de variopintos personajes, extravagantes situaciones y elementos sobrenaturales que, en un estilo narrativo más lineal, difícilmente hubieran podido compartir un mismo espacio.

El resultado, en la práctica, es que asistimos a una experiencia muy similar a una antología de episodios (tomemos como referencia el Creepshow de George A. Romero) en el que el único punto de conexión entre las distintas historias es nuestra estrafalaria y torpe pareja de protagonistas.
Y como suele ocurrir en toda antología de episodios, en I Sell The Dead conviven momentos de un más que satisfactorio sentido del humor (ver la divertidísima secuencia del vampiro o la reacción de un zombi al contemplar la cara desfigurada de un miembro de la banda rival), junto a otros mucho menos inspirados, carentes de sofisticación, y en los que el exceso de diálogos intrascendentes y sin gracia logran despistar al espectador al tiempo que suponen un duro lastre para el ritmo de la película.

Pero si como comedia I Sell The Dead resulta tremendamente irregular y echamos decididamente en falta un puntito extra de locura y gamberrismo; como ejercicio formal y de estilo la película de Glenn McQuaid no tiene desperdicio alguno. Pese a contar con un presupuesto de guerrilla, I Sell the Dead hace gala de una excelente ambientación que nos transporta, sin aparente esfuerzo, a las añejas, góticas, coloristas y deliciosas piezas de la Hammer británica. E incluso cuando la película, en su recta final, nos transporta a una isla abandonada de largas palmeras y arenas blancas, tenemos la firme impresión de haber cruzado el umbral de la Isla del Tesoro de Stevenson y asistir a un delirante espectáculo de aventuras, piratas y tesoros ocultos (aunque en esta ocasión el tesoro oculto tenga los rasgos de un par de estúpidos muertos vivientes). En este sentido, la labor de Glenn McQuaid resulta impecable.

De la misma manera que también resulta sobresaliente el esfuerzo de todos los actores que forman parte del elenco de I Sell The Dead, desde la imponente presencia del siempre resolutivo Ron Perlman (Hellboy, 2004), pasando por las divertidas y revitalizantes interpretaciones del dúo protagonista, Dominic Monaghan (El Señor de los Anillos, 2001) y Larry Fessender (The Last Winter, 2006), y culminando con la enigmática y disfrutable participación de Angus Scrimm, al que los más viejos del lugar recordamos como el mítico Hombre Alto de la saga Phantasma.

No es una película para reír a mandíbula batiente ni tampoco creo que vaya a pasar a la historia como una de las mejores mezclas de comedia y horror. Pero tan sólo por recompensar la desfachatez y el atrevimiento mostrados por Glenn McQuaid al reunir en una película de época tal cantidad de monstruos y elementos sobrenaturales, sin que el experimento nunca llegue a descarrilar, y logrando que la cosa tenga su gracia en determinados momentos, vale la pena darle una oportunidad a este I Sell the Dead.

Una comedia simpática, amena, perfectamente ambientada, con grandes interpretaciones, alguna que otra sorpresa y, en definitiva, un ligero soplo de aire fresco para todos aquellos que deseéis descansar, durante unos instantes, de tanta sangre, tripas y horror.

Lo mejor: La acertada mezcla de subgéneros, monstruos y elementos sobrenaturales. Determinadas secuencias realmente graciosas.

Lo peor: Determinados momentos lastrados por el exceso de diálogos que no acaban de funcionar.

¿Dónde conseguirla?
Gore Nation: “I Sell the Dead” en VOSE.

Triloquist

Un muñeco y dos peleles

Triloquist

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  • Título original: Triloquist
  • Nacionalidad: USA | Año: 2008
  • Director: Mark Jones
  • Guión: Mark Jones
  • Intérpretes: Rocky Marquette, Paydin LoPachin, Katie Chonacas
  • Argumento: Una pareja de hermanos, totalmente disfuncionales, viaja por los EEUU con un muñeco más desequilibrado que ellos.

35 |100

Estrellas: 2

Corre el año 1993 en California, una decadente artista se mete el último chute de su vida. Sobredosis, salida digna al hundimiento por no poder pagar el alquiler del cuchitril donde vive, con sus dos hijos Angeline y Norbert, y ver en el retrete su carrera como ventrílocua, en un mundo que se burla de ella. En un cuartucho con olor a sudor, heroína y muerte, comienza la vida real para los dos hermanos y el espantoso muñeco de madera, con el que sus padres obtuvieron, una vez, fama y gloria.

De casa en casa de acogida, los dos muchachos son maltratados, repudiados y odiados. En todos sus hogares temporales se ven acompañados por Dummy, el muñeco vestido de vaquero, que observa el crecimiento de sus dueños rodeados por la degeneración y la miseria: Angelina se convierte en una guapa jovencita, de diecisiete años, adicta al alcohol, psicótica, violenta, mentirosa y adicta al sexo (ella recuerda con especial cariño las violaciones a las que le sometía su tío). Norbert, por otro lado, autista y totalmente ido se convierte en un clon del muñeco, vistiendo como el mismo. Un vaquero mudo portando a un muñeco pequeño y clónico, incapaz de expresarse más que a través de la ventriloquia.

Pronto, sus cerebros llegan al punto de ebullición. Y Dummy se convierte en el instrumento perfecto para descargar la ira de Angeline. Niños muertos, policías muertos, todos muertos a manos de un muñeco que parece tener una vida propia ligada mágicamente a la de sus dueños.
Angeline piensa que en Las Vegas pueden tener su oportunidad para encajar. Su hermano Norbert es el mayor ventrílocuo de todos los tiempos y sabe que en la ciudad que nunca duerme, podrán encontrar su espectáculo y con el, sus sueños.
El hecho que de camino haya robo, prostitución, incesto y muerte una y otra vez; solo supone más encanto para su viaje. Pero la rubia Angeline se da cuenta de que les falta algo. ¡Claro! Un descendiente para que pueda continuar el legado artístico de su familia. ¿Y existe alguna forma mejor para dar continuación a su saga, qué raptar a una jovencita para qué su hermano la deje preñada, tras violarla, y continuar así su mágico camino hacía Las Vegas? Dummy no está muy convencido con el plan pero al fin y al cabo solo es un muñeco y no puede hacer nada.

Este guión absurdo, bizarro, mediocre y pretendidamente divertido, es lo que nos regala Mark Jones en su última película, una supuesta comedia de horror llamada Triloquist y distribuida, con un par de narices, por Dimension Extreme. Mark Jones se encarga de escribir, producir y dirigir este largometraje directo a DVD; después de estar detrás de toda una saga de lo descacharre y absurdo, como era Leprachaun. También tuvo, hace más de diez años, la idea de rodar un bodrio bastante infumable (y de argumento paralelo a Leprachaun) llamado Rumpelstilskin. Es cierto que nuestro director no puede presumir de un gran currículo; pero yo me divertí bastante, en su momento, viendo como Jennifer Aniston era acosada por un duende irlandés interpretado (¿?) por el entrañable Warwick Davis. Esos chillidos nerviosos de “¡Quiero mi oro! ¡Mi oro!”, son un clásico chascarrillo de borrachos entre mis amigos. Entonces, ¿qué nos depara ahora esta mezcla imposible de road-movie, psychokillers, muñecos asesinos y explotation burda?

Interludio sobre los efectos del ácido
El LSD ó ácido lisérgico es un compuesto semisintético famoso por sus efectos alucinógenos, que incluyen leves alucinaciones sensoriales, así como alteraciones en la percepción general y, especialmente, de la temporal. Para que me entendáis, es lo más parecido a tener, despierto, una pesadilla provocada por un empacho ó un bonito sueño húmedo (depende de la persona y la noche).

En mi opinión, Mark Jones, intenta dar un discurso sobre la locura y la mente de un psicópata desde una perspectiva interior y amoral (Vease Asesinos Natos). Usa, como puede, elementos grotescos y desconcertantes, desde perspectivas retorcidas hasta fundidos propios de los dibujos de Bugs Bunny. Y estoy siendo benevolente en mi opinión, porque la película no se si me ha gustado, ni si quiera si me ha divertido; pero la verdad: ó pienso que era un experimento de su creador ó directamente digo que todo este tinglado ha sido montado por personas bajo los efectos del LSD (por ello creía didáctica la nota sobre el ácido).

Qué despropósito, qué actuaciones, qué efectos de sonido (lo peor que he escuchado en bastante tiempo), qué edición, qué planificación. A ratos, de lo mala que es, incluso quiere intentar seducirte. Ver a uno de los muñecotes más feos de la historia del cine (lo único que está diseñado dignamente) involucrado en unos diálogos que saltan de lo vergonzoso a lo absurdo en cuestión de milisegundos; pues tiene “su aquel”. Aunque no os preocupéis, cuando os sintáis minimamente interesados, lo cutre de lo que veis en pantalla os llevará a tierra firme.
Me niego en rotundo, a realizar dobles lecturas; por muy buena intención que tuviese su director, todas las escenas carecen de un mínimo de elegancia. No pretendería retratar la locura con bailes a cámara rápida, ¿verdad? Ni siquiera se salvan los típicos desnudos gratuitos ni los chistes sexuales.
Tanto Paydin LoPachin (Angeline) como Rocky Marquette (Norbert), dan autentica grima; siendo los actores pilares de esta producción. Mientras la primera tenía que hacer de psicópata sexy y acaba pareciendo una niña de berrinche, el otro solo tenía que hacer de autista y acaba pareciendo directamente imbécil. A lo mejor no he sabido ver la parte de comedia de la película, pero es que estaba todo tan fuera de contexto que no podía dejar de preguntarme que veían mis ojos. Especialmente hiriente el uso del blanco y negro de forma puntual que solo aportaba más odio hacía los efectismos de todo a cien por parte de Mr. Jones. Es que fijaos, ni funciona como road-movie, yo no tuve en ningún momento la sensación de que los personajes viajasen ni real ni moralmente; simplemente rellenaban los planos.

Con todo lo dicho, no creo que sea una película recomendable. Pero todos tenemos el día tonto en que nos apetece ver algo casposo y difícil de creer. Insisto, aún no entiendo la sensación que me ha dejado en el cuerpo Triloquist (y por eso aun salva su nota ligeramente) pero no quiero ver nada nuevo de este director hasta dentro de cuatro años. Sé que la película deseaba mostrar un mundo muy particular y delirante, pero yo me quedo con la sensación de poco oficio y mucho LSD.

Y no os dejéis llevar porque sea una distribución de Dimension Extreme; esto esta a años luz de un Feast ó un Automaton Transfusión.

Lo mejor: En algún momento puede hacernos dudar de lo que contenía nuestra bebida.

Lo peor: El desproposito a nivel general.