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Truco o Trato

La más terrorífica y divertida noche de Halloween

Trick'r Treat

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  • Título original: Trick'r Treat
  • Nacionalidad: USA | Año: 2008
  • Director: Michael Dougherty
  • Guión: Michael Dougherty
  • Intérpretes: Brian Cox, Dylan Baker, Anna Paquin
  • Argumento: Cinco terroríficas historias se dan cita durante la noche de Halloween en la pequeña localidad de Warren Valley y bajo la atenta mirada de Sam.

90 |100

Estrellas: 5

Trick'r Treat

Me gustaría dedicarle la reseña de Trick’r Treat a Eli Campora. Mientras asistía al despliegue de humor negro que desprende la película no pude evitar pensar en los relatos de Eli y en el estilo propio que les imprime. Espero que la película te guste Eli.

¡Por fin! Llevaba muchísimo tiempo –demasiado- esperando tener la oportunidad de ver Truco o Trato (Trick’r Treat), tras la excelente acogida que ha tenido la película de Mike Dougherty en los diversos festivales especializados en los que se ha proyectado (incluido el pasado Festival de Sitges).

Como ya he dicho antes la espera ha sido larga (supongo que a muchos os ha ocurrido lo mismo), por lo que el riesgo de que todo acabara en decepción existía, y a medida que pasaba el tiempo ese riesgo se hacía cada vez más fuerte.
Por suerte, en esta ocasión, cualquier amenaza de desengaño o frustración no ha acabado materializándose: Truco o Trato ES LA PELÍCULA.

Durante las celebraciones del festival de Halloween en Warren Valley, una pequeña localidad de Ohio, una joven pareja discute sobre la conveniencia de respetar las normas de la noche de los difuntos, un director de escuela saca a pasear su naturaleza más oscura y salvaje, una bella jovencita disfrazada de Caperucita Roja anda preocupada por la pérdida de su virginidad, un grupo de amigos investiga el terrible accidente sufrido por un autobús escolar que transportaba a niños con deficiencias mentales, y un huraño vecino tendrá que hacer frente a un sádico y burlón espíritu de Halloween.

Unos fabulosos títulos de crédito en forma de viñetas de cómic animadas, que inevitablemente nos traen recuerdos de las añoradas Historias de la Cripta (Tales From the Crypt) o del Creepshow de G.A. Romero, dan paso a cinco terroríficas historias, aparentemente independientes, que tienen como escenario (y respiran, se empapan…) la festividad de Halloween.
Dichas historias tan sólo son independientes en apariencia porque, en realidad, lo que ha hecho Mike Dougherty, guionista además de director de Truco o Trato, es trazar con tiralíneas y matemática precisión uno de esos guiones que están construidos para que podamos saborear y deleitarnos con cada uno de los espectaculares detalles y giros argumentales que nos ofrece en apenas 80 minutos de metraje.

La estructura narrativa que posee Truco o Trato es, sencillamente, extraordinaria.
Lo que en principio no son más que detalles que presumiblemente escapan a nuestra compresión, e incluso corren el riesgo de pasar desapercibidos, poco a poco cobran vida y adquieren sentido a medida que Mike Dougherty va hilvanando cada una de las historias, relacionándolas entre ellas, mezclando situaciones y personajes y, en definitiva, dando forma definitiva a este regocijante puzzle que acaba siendo Truco o Trato. Es como si el mejor Tarantino de Pulp Fiction hubiera puesto todo su empeño y esfuerzo en crear la película de Halloween definitiva (y en esta ocasión prescindiré, con plena convicción, de la trillada frase “salvando las distancias”).

Fantasmas, monstruos, asesinos en serie, leyendas urbanas… todo tiene cabida en la más terrorífica de las noches de Halloween (con permiso de Carpenter). Lejos de quedar malherida por el exceso de equipaje (y acabar siendo un insufrible pastiche como sí lo fue el Van Helsing, de Stephen Sommers), Truco o Trato sabe combinar con asombrosa habilidad un amplísimo abanico de referencias, tradiciones y criaturas nocturnas, dando como resultado un amplísimo crisol de horrores que en ningún momento cae en el ridículo o en la simple parodía, y que atesora un impresionante poder de seducción.

En el aspecto técnico Truco o Trato se apunta un nuevo y rotundo triunfo. Visualmente resulta una experiencia fascinante. Sencillas (en apariencia) transiciones como la de la calabaza transformándose en luna llena, o las hojas otoñales cayendo de un árbol y dando paso al único flashback de la película (un necesario, contundente y espectacular flashback que nos muestra el accidente de un autobús), nos ponen sobre la pista de que todo, absolutamente todo en Truco o Trato –fotografía, ambientación (impresionante la secuencia en la que los niños encuentran el citado autobús), montaje, diseño de producción, música…- está cuidado con mimo y dedicación.

El trabajo de los actores es otro de los puntos destacables. Desde un experimentado Brian Cox, perfecto en su enfrentamiento, cara a cara, con Sam, un pequeño diablillo de Halloween que tiene todos los números de convertirse en un nuevo icono del cine de terror moderno (atención a los "juguetitos" que utiliza para perpretar sus "travesuras"); pasando por un inspiradísimo Dylan Baker en el papel de un director de escuela perturbado y dotado de un macabro sentido del humor; una frágil y deliciosa Anna Paquin como virginal caperucita roja (tras su éxito en True Blood, la Paquin anda cerca de convertirse en una de las presencias femeninas más determinantes del género); y finalizando con la excelente labor de todos y cada uno de los niños que protagonizan el episodio del autobús (en mi opinión, el mejor de toda la película).

Truco o Trato es una película genial, que creo que convencerá tanto a aquellos que veamos en ella una forma de hacer cine de género que pertenece al pasado, y que ya no teníamos demasiadas esperanzas de volver a ver (con ecos a películas del estilo de Noche de Miedo, En Compañía de Lobos, Una Pandilla Alucinante, e incluso Los Goonies); cómo a aquellos nuevos aficionados que sean lo suficientemente anchos de miras para darle una oportunidad a una propuesta alejada, tanto en el fondo cómo en la forma, de la enésima secuela de Saw, el enésimo sucedáneo de Hostel, o el enésimo remake estilizado de algún clásico del horror.

Terror sin estridencias, sin sobrecarga de artificios, sin rancias y gastadas premisas argumentales ni reiterativos recursos mil veces vistos. Terror de altura, basado en la atmósfera y en el suspense, en la imaginación, en la fantasía, y en un afortunadísimo humor negro que se filtra sigilosamente por cada uno de los fotogramas de esta magnífica película de género que es Truco o Trato. Absolutamente imprescindible.

Y para finalizar me abro un turno de ruegos y preguntas a mí mismo (esto sí que es una estupidez). ¿Podremos disfrutar de Truco o Trato en una sala de cine? Efectivamente es a la vez un ruego y una pregunta, aunque por supuesto tengo muy claro cual es la respuesta (al fin y al cabo incluso en los USA el estreno de Truco o Trato se ha visto relegado al mercado doméstico... ojalá me equivoque). Pero en fín... por rogar que no quede.

Lo mejor: Todo

Lo peor: Que un servidor no tuviera la suficiente paciencia para verla en la noche de Halloween.

REC 2

Más y... ¿mejor?

REC 2

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  • Título original: REC 2
  • Nacionalidad: España | Año: 2009
  • Director: Jaume Balagueró y Paco Plaza
  • Guión: Jaume Balagueró, Paco Plaza y Manu Díez
  • Intérpretes: Jonathan Mellor, Oscar Sánchez Zafra, Ariel Casas
  • Argumento: Quince minutos después de lo acontecido en REC, un grupo de GEOS armados hasta los dientes y acompañados de un inspector sanitario, se adentran en el viejo edificio para rescatar a los posibles supervivientes de la infección.

55 |100

Estrellas: 3

REC 2

EL ORÍGEN DE TODO
Desde el primer instante en que se anunció la continuación de REC, las espadas se mantuvieron en alto.
REC fue, junto a El Orfanato de Juan Antonio Bayona, y para sorpresa de propios y extraños, la gran triunfadora del 2007 en materia de cine de género. Una auténtica marea que arrastró consigo a una legión de fans (entre los que me incluyo) tanto en España como a nivel internacional.

Las claves del éxito de REC fueron varias: situar la acción en un viejo edificio de apartamentos del Eixample barcelonés (una localización que aunaba el realismo requerido para el evento con una logradísima sensación de claustrofobia), un continuo uso del punto de vista en primera persona que, sin ser estrictamente innovador (ver El Proyecto de la Bruja de Blair), Balagueró, Plaza y Pablo Rosso (director de fotografía) elevaron hasta un nivel superior -magistral- convirtiendo un recurso puramente formal en un auténtico sello de distinción de la película.
Unos personajes (vecinos, policias, bomberos y equipo ENG) que resultaban todos ellos cercanos e incluso familiares, lo cual facilitaba enormemente la tarea de identificarnos con cualquiera de ellos de manera inmediata y sin demasiado esfuerzo.
Y, finalmente, una trama de virus e infecciones ignotas de la que apenas obteníamos información alguna y que desembocaba en un tramo final, con un asombroso giro hacia lo sobrenatural, que acababa de redondear la propuesta.

La conjunción de todos estos elementos, sabiamente mezclados por Balagueró y Plaza, dieron como resultado una película de género extraordinaria, fuera de lo común; cargada de tensión, sobresaltos, adrenalina, ingenio, sensación de realismo y, sobre todo, sobrada de talento por parte de sus creadores. En pocas ocasiones una película nos ofreció tanto con tan poco.

Y mientras REC se convertía prácticamente en una pieza de culto instantáneo, la posibilidad de una inminente secuela que intentara aprovechar el éxito de su predecesora se hacía inevitable (pese a que Balagueró y Plaza siempre reconocieron plantearse REC como una única entrega sin necesidad de continuación).

REC 2: MÁS Y… ¿MEJOR?
El punto de partida adoptado por Balagueró y Plaza para sacar adelante la secuela de REC me pareció inmejorable.
Situar la acción de REC 2 en los instantes inmediatamente posteriores a lo acontecido en REC y conservar dos de las grandes señas de identidad del original, su localización y el punto de vista en primera persona son, sin duda alguna, grandes aciertos.

Por un lado, todos los que disfrutamos de la horrible experiencia que supuso en su momento REC, estábamos deseando regresar al viejo inmueble del Eixample barcelonés y conocer el destino final de buena parte de quienes fueron sus inquilinos.

Por otro lado era obvio que Balagueró y Plaza mantendrían vigente en REC 2 el recurso formal que tanto bien le hizo a su predecesora: el punto de vista en primera persona. Pero Balagueró y Plaza son dos tipos inteligentes que de esto saben mucho. Conocedores del hecho de que cualquier buena secuela que se precie debe estar regida por el principio del “Más y Mejor”, Balagueró y Plaza explotan al límite el mencionado recurso formal para obsequiarnos con un fabuloso juego multicámara que nos ofrece el punto de vista de distintos personajes (GEOS, a través de las cámaras de sus cascos, y la handycam de un grupo de adolescentes), lo que permite a estos dos creadores (y magníficos creativos) divertirse de lo lindo con la rotura constante de la linealidad temporal y espacial de la narración (al tener diversos puntos de vista podemos viajar constantemente de un lugar a otro del inmueble con tan sólo cambiar de cámara, o incluso rebobinar el material grabado de alguna de las cámaras para volver atrás en el tiempo), y lo que es más complicado, lograr que dicho juego siga resultando atractivo y divertido, no únicamente para ellos, sino también para el espectador.

Por supuesto la máxima del “Más y Mejor” no solamente iba a ser aplicada por los creadores de REC 2 en un plano meramente formal. REC 2 tiene más de todo (o casi): más cámaras, más infectados (por llamarlos de alguna manera), más niña de Medeiros, más sangre, más sobresaltos, más acción (mucha más acción) y, sobre todo, muchas… muchas más explicaciones.

Balagueró y Plaza, apoyándose en los últimos quince minutos de REC, se suben a lo alto del trapecio y realizan un triple salto mortal hacia delante sin red. Si lo que, aparentemente, conocimos en REC era una especie de virus extraño que campaba a sus anchas por el edificio y que convertía a los infectados en criaturas rabiosas y sedientas de sangre… en REC 2 mejor nos vamos olvidando del tema. Balagueró y Plaza nos obligan a una nueva relectura de los hechos (repito: apoyándose en el tramo final de REC) y nos aproximan a una nueva realidad mucho más cercana a la Posesión Infernal (Evil Dead, 1981) de Sam Raimi que a los 28 Días Después (28 Days Later, 2002) de Danny Boyle. Es un salto muy, pero que muy arriesgado. Intuyo que no pocos fans del primer REC acabarán renegando de esta nueva realidad y se sentirán traicionados por un devenir de los acontecimientos que rompe la esencia más realista de la película original para decantarse, definitivamente, por el sendero de lo rigurosamente sobrenatural y demoníaco. Ver a los ¿infectados? comportarse, puntualmente, de forma tan distinta a cómo lo hacían en REC, resulta complicado de asimilar.

Personalmente acabé aceptando esta nueva realidad propuesta por REC 2. Creí que lo más acertado era, una vez puestos, dejarse llevar y entrar de lleno en la nueva apuesta de Balagueró y Plaza. Al fin y al cabo es una apuesta que demuestra valentía (más allá de que cada uno de nosotros la acepte o no). Así que, si en lugar de simples “infectados” ahora tenemos algo distinto… no hay problema (me dije)… sigamos adelante.

PERO AHORA, ¿CON QUIÉN NOS IDENTIFICAMOS?
Otro de los aspectos que cimentaron el éxito de REC era esa sensación de realismo que se reflejaba perfectamente en la descripción de los personajes, especialmente en el comportamiento y las reacciones de policias, bomberos e inquilinos del inmueble (y que Balagueró y Plaza supieron plasmar tan eficazmente en la secuencia de las entrevistas a estos últimos).

En REC 2 los protagonistas que se adentran en el inmueble son un grupo de GEOS armados hasta los dientes, un inspector de sanidad que les acompaña y que sabe más de lo que aparenta, un bombero que anda muy despistado, y tres adolescentes de la era YouTube que se adentran en el inmueble (situación bastante inverosímil) dispuestos a grabar un vídeo que será la envidia de sus compañeros de instituto.
En pocas palabras: me importaba muy poco el destino de todos y cada uno de estos personajes (algo que no ocurría en REC).
Hubo momentos en los que me pareció asistir a una cacería de infectados por parte de los GEOS (aunque la situación también funcionaría a la inversa: infectados dando caza a los GEOS), en la que me daba absolutamente lo mismo si la próxima víctima era un infectado o un GEO (y por supuesto tenía muy claro que me iba a alegrar cuando la víctima fuera uno de los estúpidos adolescentes que acceden al edificio a mitad de película). No sentí empatía alguna por ninguno de los personajes que aparecen en REC 2 y creo que ese es uno de los elementos que juegan en contra de la película.

MÁS ACCIÓN, MÁS SANGRE… MENOS SUSTOS.
Es cierto que uno de los principales escollos que debe superar cualquier secuela es la pérdida del factor sorpresa. REC 2 intenta superar esta dura prueba a través de un giro radical de los acontecimientos y de la acumulación de secuencias de acción (mucho más numerosas que en el REC original). Sin embargo se pierde por el camino uno de los aspectos básicos que hicieron de REC un éxito a escala internacional: la sensación de miedo. Un mayor número de ataques por parte de los infectados no significa un aumento de la sensación de miedo que llegan a trasmitir dichos ataques. En realidad, el efecto final es el contrario. REC 2 gana en adrenalina y energía lo que, por otro lado, pierde en suspense y capacidad de horror. Los ataques de los infectados, mucho más directos y rápidos que los vistos en REC, ya no sorprenden, ya no impactan de la misma manera que lo hicieron antaño, e incluso tuve la extraña (y desapacible) sensación de que algunas escenas de los ataques de REC 2 eran prácticamente calcadas a lo que ya vi en REC hace un par de años.

Sé que en este sentido Balagueró y Plaza lo tenían realmente complicado. El REC original exprimía sus virtudes (y su originalidad) hasta cuotas insospechadas, lo que exigía un esfuerzo extra a la hora de presentar algún tipo de innovación en las secuencias de violencia protagonizadas por los infectados. No creo que finalmente lo consiguieran…
REC 2 tiene mucha más acción que el primer REC, pero también resulta mucho menos terrorífica.

EL FINAL PARA EL FINAL… Y CONCLUSIONES
El giro final de REC 2 tan sólo contentará o convencerá a aquellos que previamente hayan pagado el peaje del giro argumental hacia lo sobrenatural al que me referí con anterioridad. Personalmente celebré el regreso de uno de los personajes principales de la serie y también el hecho de que tuviera en su mano la llave de una posible (y muy probable) tercera entrega.

En definitiva, REC 2 no me ha convencido. Y es una verdadera lástima ya que soy un incondicional de la primera parte y estaba ansioso por comprar mi entrada y sentarme en la cómoda butaca del cine para disfrutar de esta esperadísima secuela.

REC 2 aporta más acción y más hemoglobina, pero en cuanto a sensación de horror puro y de experiencia angustiosa sale terriblemente malparada al compararla con el original.
La sensación de realidad que ofrecían los personajes y las situaciones del primer REC se pierden en esta continuación. Y no solamente por ese controvertido giro hacia lo sobrenatural en la trama de REC 2, sino también por la poca empatía que son capaces de generar los nuevos personajes que se adentran en el inmueble.

Aún así creo que lo más oportuno para todos aquellos que disfrutasteis con el REC original es que os acerquéis a este REC 2. Cierto que, personalmente, me llevé una leve decepción, pero también es muy cierto que la película está cosechando muy buenas críticas, hasta el punto de leer, en varias ocasiones, que se trata de “la secuela perfecta”.
Por supuesto, y como siempre, la última palabra es vuestra.

Lo mejor: El esfuerzo por parte de Balagueró y Plaza por ofrecernos algo distinto e innovador pero respetando las constantes vitales del original.

Lo peor: Que dicho esfuerzo no se vea recompensado con un resultado final a la altura de las expectativas. Más acción pero menos horror.

Grace

Nada más poderoso que el amor de una madre

Grace

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  • Título original: Grace
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Paul Solet
  • Guión: Paul Solet
  • Intérpretes: Jordan Ladd, Samantha Ferris, Gabrielle Rose
  • Argumento: Madeleine vive obsesionada por ser madre. Ni siquiera el accidente de tráfico que le cuesta la vida a su hija le impedirá seguir adelante con el embarazo. Lo daría todo por tener en su brazos a Grace.

62 |100

Estrellas: 4

Grace

Explorar el concepto de maternidad (hasta sus últimas consecuencias) e intentar definir los límites de los vínculos materno-filiales (empujándolos hacia los extremos) desde la perspectiva de una película de género, no se me antoja, a priori, una tarea sencilla.

Las preguntas que nos plantea Grace, debut en el largometraje de Paul Solet adaptando su propio cortometraje homónimo de 2006, son obvias, pero no por ello carentes de interés: ¿hasta dónde estaría dispuesta a llegar una madre para alimentar a su hijo?¿Qué límites estaría dispuesta a traspasar para mantenerlo con vida?

Madeleine (estupenda Jordan Ladd) desea, por encima de todo, tener entre sus brazos a su primer hijo (la primera secuencia que inaugura la película en la que vemos a Madeleine haciendo el amor con su marido en una actitud totalmente pasiva, es una plasmación perfecta de la determinación de la protagonista por ser madre –además de esconder alguna pista sobre su condición sexual-). Tras dos embarazos previos fallidos, parece ser que en esta ocasión las cosas van por buen camino. Sin embargo, tras ocho meses de cómodo embarazo, Madeleine y su marido sufren un accidente de tráfico. Madeleine sobrevive, pero tanto su marido como la hija que alberga en su vientre, mueren. En un acto de desesperación y respaldada por su comadrona, Madeleine decide seguir adelante con su embarazo y parir, de forma natural, a su hija sin vida. Ante el asombro y desconcierto de todos los asistentes al parto, la recién nacida emite su primer sollozo. La niña vive, y su nombre es Grace.

Como podéis comprobar el argumento de Grace dispone de una intensísima carga emocional. El principal reto de Grace (y de su director Paul Solet) era plasmar todo ese sustrato emocional asumiendo, en todo momento, que se trataba de una película de género, y evitando, en la medida de lo posible, ser engullido por la propia trascendencia o magnitud del mensaje que transmitía.

Y para llevar a cabo semejante tentativa de equilibrio, Paul Solet opta por dotar a su Grace de un tono frío, dramático, sobrio, grave; y acompañarla de un ritmo pausado, solemne y contemplativo (todo ello hasta llegar al tramo final de la película, en el que Solet rompe, con acierto, el ritmo narrativo imperante y convierte Grace en un espectáculo visceral y terrorífico de primer orden).
Su decisión trasciende de lo puramente formal, y acaba aportando tanto cosas positivas cómo negativas a la película.

Durante buena parte del metraje de Grace, ese ritmo pausado y contemplativo ayuda a crear una logradísima atmósfera de inquietud y subrayar los puntuales momentos de tensión que nos reserva la película. De esta manera Paul Solet aprovecha los instantes de calma aparente para insertar, a modo de cruel mazazo, secuencias de una tremenda angustia que logran estresar al espectador (el traslado al hospital, el momento del parto…). La fórmula, efectivamente, parece funcionar durante la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, también hay momentos en que Grace parece languidecer, quedar suspendida en el tiempo, dando la impresión de que nada ocurre y corriendo el riesgo de caer en la fatiga. Son esos momentos en los que Solet más se acerca a los dos personajes principales (abusando, en ocasiones, del primerísimo primer plano) para intentar definir y estrechar los lazos psicológicos (y también físicos) que unen a esta madre con su hija. Son también esos instantes en los que vemos a la abuela de Grace haciendo gala de su obsesión por volver a sentirse útil como madre. O incluso son esos amagos de relación lésbica (uno de los puntos más desdibujados, fugaces y también desacertados de la trama) entre Madeleine y su comadrona.

Lo dije al principio de esta reseña: Paul Solet lo tenía realmente complicado. El bagaje emocional de Grace era muy firme, muy sólido. Batallar con semejante carga de profundidad e intentar quedar siempre adscrito al género terrorífico (y todo ello sin caer en la pedantería), estaba claro que le iba a traer a Paul Solet no pocas complicaciones.
Pese a que la inquietud, la ansiedad y la acongoja sobrevuelan prácticamente todo el metraje de Grace, su sosegado ritmo narrativo (una opción plenamente consciente del propio Paul Solet, quién considera que es el ritmo ideal para estrechar los vínculos entre madre e hija) puede dejar en la cuneta a más de un aficionado al terror.

Grace no es una película perfecta(tampoco sería justo pedirle algo así a un debutante como Paul Solet). Tiene altibajos en el ritmo y deja algunos cabos sueltos en su argumento (de nuevo ese intuido triángulo amoroso que forman Madeleine, su marido, y la parturienta).
No obstante sus aciertos superan con creces a sus defectos. El tratamiento visual que Solet lleva a cabo sobre la degradación física y psíquica de la protagonista es excepcional. La necesidad (la obsesión) de Madeleine por mantener a su lado a Grace queda perfectamente reflejada en la película. La determinación de la protagonista por derribar todos los muros (éticos, morales o legales) que sean necesarios para preservar la vida de su hija se materializa en un tramo final frenético y ciertamente turbador, en el que Paul Solet abandona definitivamente cualquier pretensión de trascendentalidad en el mensaje y abraza, de una vez por todas, las formas más plausibles del género, ofreciéndonos un colofón de quince minutos sobrados de tensión, nerviosismo, desolación y horror.

Grace es una buena película (con sus aciertos y sus imperfecciones) y un excelente debut de un director al que, sin duda alguna, habrá que seguirle la pista.

Lo mejor: La inquietud y el ambiente malsano que respira toda la película.

Lo peor: en ocasiones el ritmo es algo lento y cansino.

Timber Falls

Esta ya la he visto antes...

Timber Falls

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  • Título original: Timber Falls
  • Nacionalidad: USA | Año: 2008
  • Director: Tony Giglio
  • Guión: Daniel Kay
  • Intérpretes: Josh Randall,Brianna Brown,Nick Searcy
  • Argumento: Una pareja de jóvenes enamorados se dispone a pasar un romántico fin de semana de acampada en mitad de un bosque. La escapada se verá truncada al caer en manos de una familia de fanáticos religiosos que les exigirán un tributo para seguir con vida.

35 |100

Estrellas: 2

Timber Falls

A estas alturas todos los que somos aficionados al cine de terror sabemos (o al menos intuimos) de la dificultad que supone encontrar inéditos e inexplorados caminos dentro del género. Solemos tener esa desapacible sensación de que todo está ya inventado y de que estamos condenados a deambular, una y otra vez, por terrenos conocidos.

Esa es también la razón por la que, con la misma premura con la que podemos deprimirnos -en ciertas ocasiones- al plantearnos el estado actual del género (remakes, secuelas, repetición de fórmulas…), solemos entusiasmarnos ante cualquier propuesta que implique una mínima promesa, por liviana que esta sea, de originalidad o singularidad.
Pero debemos reconocer que este segundo supuesto no es el más habitual. La originalidad, dentro del género, y en términos generales, brilla por su ausencia. Así que en nuestra condición de infatigables fanáticos del género (o aficionados… o lo que quiera que cada uno desee considerarse), no nos queda más remedio que aceptar, aunque sea a regañadientes, que dentro de ese “terreno conocido” también es posible toparnos con propuestas lo suficientemente virtuosas y entretenidas como para dar pos satisfechas nuestras expectativas.

En Timber Falls una joven pareja se dispone a pasar un fin de semana de acampada en mitad de un bosque. Transcurrida la primera noche de acampada, la chica desaparece y su novio emprende la desesperada búsqueda. Ambos caerán finalmente presas de una familia de integristas religiosos que exigen de sus víctimas un tributo.

El argumento de Timber Falls no admite segundas lecturas. Es tan simple como parece. Si a ello le sumamos una secuencia de apertura en la que otra joven (distinta a la anterior) corre, ensangrentada, a través de un bosque para, finalmente, tropezar y caer justo frente a la cámara; nos aseguramos de que el punto fuerte de Timber Falls no es, precisamente, su originalidad.

Así que, partiendo de la premisa de que la falta de originalidad y la utilización masiva de clichés son moneda de cambio asegurada en Timber Falls, la única esperanza que nos queda es confiar en que Tony Giglio, su director, sea lo suficientemente hábil para ofrecernos algo con un mínimo de frescura, con un mínimo de garra, con un mínimo de atrevimiento, con un mínimo de algo, lo que sea, siempre que logre captar nuestra atención y nuestro interés de algún modo, y nos recompense, al menos, con un rato de insano entretenimiento.

Giglio lo intenta. Desea hacernos partícipes de la causa de Timber Falls. Y lo intenta de la forma menos sutil: a través de la violencia. Lo único remarcable en una película cómo Timber Falls son las secuencias de violencia, y no por que sean unas secuencias especialmente afortunadas o que destaquen por su brutalidad, o su estética; en realidad dichas secuencias de violencia sobresalen en Timber Falls por una cuestión de simple descarte. En Timber Falls, todo aquello que no sea violencia gráfica apesta, cansa y aburre.

La interminable sucesión de diálogos que se establecen entre los miembros de la familia de fanáticos religiosos explicando lo que está ocurriendo y la razón de su conducta (lo cual resulta absurdo ya que todo ello lo estamos viendo), provoca que, durante buena parte de su metraje, Timber Falls sea una carga difícil de soportar. Y es una auténtica lástima, ya que temas tan aparentemente graves como la intolerancia, el fanatismo religioso, la intransigencia, el sectarismo… Timber Falls los toca, en ocasiones, con un acertado distanciamiento e incluso con un puntito de sarcasmo e ironía (ver la secuencia de la boda). Sin embargo, ese exceso de verborrea apuntado entre los miembros de la familia acaba echando a perder lo que podría haber sido una excelente aproximación a todo este tipo de cuestiones (siempre sin perder de vista de que nos enfrentamos a una película de género sin demasiadas pretensiones).

Tampoco la descripción de los personajes ayuda a que Timber Falls remonte el vuelo.
La presencia del brazo ejecutor de los fanáticos religiosos es un auténtico desastre. Un deforme y retrasado psicópata armado con una especie de guadaña de mano, víctima de la represión sexual en la que vive sumergido, y carente de la menor personalidad o carisma. Su sola presencia en lugar de sumar, resta.

Y, por favor, por favor, por favor, no más escenas finales como la de Timber Falls. Uno acaba sintiendo vergüenza ajena ante este tipo de escenas. No son necesarias. No aportan nada, y caen en el ridículo más espantoso. Basta.

En definitiva, Timber Falls es una película que ya conocemos, que ya hemos visto antes. Una galería de tópicos y clichés que nos remite a títulos tales como Km666 (Wrong Turn), Las Colinas tienen Ojos, La Matanza de Texas, y un larguísimo etcétera…
Acepto la falta de originalidad si el producto final es válido y entretenido, pero desgraciadamente no es este el caso de Timber Falls, una película mediocre a medio camino entre el survival y el torture porn (sic- cada vez me cuesta más trabajo pronunciar estas palabras) que se pierde entre una marea de diálogos innecesarios, personajes estereotipados y mal trazados, y que sobrevive únicamente gracias a sus secuencias de violencia. Insuficiente.

Lo mejor: la violencia gráfica.

Lo peor: exceso de diálogos y una escena final penosa

La Centinela

Las puertas del infierno están abiertas

La Centinela

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  • Título original: The Sentinel
  • Nacionalidad: USA | Año: 1977
  • Director: Michael Winner
  • Guión: Jeffrey Konvitz
  • Intérpretes: Chris Sarandon, Cristina Raines, Martin Balsam
  • Argumento: La modelo Alison Parker se traslada a un viejo edificio de apartamentos. La aparición de unos extraños vecinos y las recurrentes pesadillas conducirán a Alison hacia su terrorífico destino.

73 |100

Estrellas: 4

La Centinela

Gracias a Bob Rock por la recomendación.

Hay dos momentos claves que convierten a La Centinela (The Sentinel, 1977) en una película no sólo rescatable, sino en una obra cumbre a caballo entre dos géneros, en ocasiones tan ligados, como son el satánico y el de las casas encantadas.

Uno de esos instantes es la desasosegante y extraña presencia de los vecinos del inmueble al que se traslada la protagonista de la película.
El otro es un apoteósico tramo final que eleva la cuota de horror y perversión de La Centinela hacia unos registros, hasta el momento, decididamente insospechados.

La Centinela cuenta la historia de Alison Parker (estupenda y bellísima Cristina Raines), una modelo en alza que en plena vorágine profesional y agobiada por el interés de su novio (un abogado de éxito interpretado por Chris Sarandon) por contraer matrimonio, decide mudarse a un viejo bloque de apartamentos para poder estar sola.

Una vez instalada en su nuevo piso, Alison será víctima de continuas pesadillas relacionadas con un oscuro y trágico acontecimiento perteneciente al pasado, y conocerá a sus insólitos, y cada vez más amenazadores, nuevos vecinos. Todo ello le obliga a plantearse si la recomendación de su agente inmobiliaria (una maravillosa Ava Gadner en plena madurez) no fue, quizás, la más acertada.

Michael Winner (más conocido por otorgarle a Charles Bronson el título oficial de vengador urbano en la saga Death Wish – Yo soy la Justicia), basándose en un guión de Jeffrey Konvitz (en el que adaptó su propia novela homónima), construye en La Centinela un intrigante y meritorio ejercicio de amenazas insinuadas, intangibles; de falsas y engañosas apariencias que, poco a poco, van cobrando forma hasta desembocar en un terror físico y emocional en el que el pasado es la clave para entender los horrores del presente y del futuro.

El poder de La Centinela se fundamenta en un enigmático clima de incertidumbre, en el que nada es lo que parece y en el que el terror se refugia bajo personajes y comportamientos, a simple vista, cotidianos.

Pero esa aparente cotidianidad se va transformando (al mismo ritmo en que se deteriora la salud física y psíquica de la protagonista, atormentada por unas terribles pesadillas que evocan un dramático pasaje de su vida) en algo enfermizo, sucio, depravado.
En este mismo sentido hay un par de momentos absolutamente magníficos: la fiesta de celebración del aniversario de un gato, que reúne a todos los vecinos del edificio en una secuencia en la que se respira un clima de agobiante locura; y la rompedora e incomodísima escena protagonizada por una joven e insana Beverly D’Angelo y su madura pareja (una escena que rompe todos los esquemas que nos hayamos podido crear sobre La Centinela hasta el momento y nos presenta una película mucho más tóxica y nociva de lo previsto).

De esta manera, siendo testigos del proceso de autodestrucción de la joven modelo, atormentada por un pasado que la persigue y atenaza hasta dejarla exhausta, y rodeada por las inquietantes presencias que suponen sus nuevos vecinos, La Centinela pone fin a su trayecto a través de un espeluznante tour de force en el que todo queda atado (y bien atado) y en el que se desborda (y se materializa) esa amenaza anteriormente sugerida mediante un impactante y aterrador tramo final que mezcla lo diabólico con lo monstruoso y lo deforme, lo mesiánico con lo apocalíptico; y que nos desvela un destino de la protagonista que, por más podamos intuirlo a mitad de película, no deja de ser sobrecogedor.

Visualmente sugerente (e incluso brillante, gracias sobre todo a la labor de maquillaje de Dick Smith), magníficamente interpretada (con un impresionante elenco de actores “secundarios” que incluye nombres propios de la talla de Ava Gadner, John Carradine, Eli Wallach, José Ferrer, Christopher Walken, Jeff Goldblum…), dotada de un armazón argumental sólido cómo una roca, un ritmo que apenas decae durante todo su metraje (únicamente flojean las secuencias protagonizadas en solitario por el novio de la protagonista), y un aterrador y polémico (*) tramo final; La Centinela se erige como una de las propuestas de género más sugerente, singular y desconocida de los 70. Imprescindible su recuperación.

(*) Para las secuecias del final de la película Michael Winner utilizó decenas de extras con deformidades físicas reales, lo que provocó cierta polémica en el momento de su estreno.

Lo mejor: el magnífico tránsito del terror más soterrado y sugerido al horror expreso y contundente del tramo final.

Lo peor: el personaje del novio de la protagonista.

Infestation

Una plaga de insectos de lo más recomendable

Infestation

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  • Título original: Infestation
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Kyle Rankin
  • Guión: Kyle Rankin
  • Intérpretes: Chris Marquette, Diane Gaeta, Deborah Geffner
  • Argumento: Cooper despierta envuelto en un capullo de seda. Junto a unos cuanto supervivientes deberán hacer frente a una terrible plaga de monstruosos insectos.

69 |100

Estrellas: 4

Infestation

Apenas cinco minutos de metraje (suficientes para facilitarnos una escueta carta de presentación del protagonista) ¡¡¡y empieza la acción!!!

Infestation, película independiente escrita y dirigida por Kyle Rankin, se suma así a la moda imperante de no facilitar ninguna información concluyente sobre las razones que nos conducen hasta el leit motiv de su trama: una delirante (y divertida) invasión de bichos mutantes que desprende un delicioso aroma a las lejanas y añoradas monster B-movies de los cincuenta (Them, Tarántula… con permiso de revisitaciones más actuales como la estupenda Arac Attack, 2002).

Cooper es un teleoperador con muy poco apego al trabajo. A punto de ser despedido por enésima vez, Cooper despierta en la oficina débil y envuelto en una especie de fina tela de seda. La ciudad (y quién sabe si el mundo entero…) ha sido tomado por unos insectos gigantes con aspecto de cucarachas. Nuestro héroe, junto a un reducido grupo de supervivientes, deberá hacer frente a la amenaza.

Siguiendo el ejemplo de Infestation, no me andaré por las ramas: la película de Kyle Rankin es una auténtica delicia. En una reciente entrevista, el director norteamericano declaró que su única intención al afrontar un proyecto como Infestation era la de crear una película de monstruos, al estilo de la vieja escuela, y que resultara lo más fresca, divertida y “cool” que fuera posible… Os puedo asegurar que, en buena parte, ha logrado su objetivo.

Infestation es una inteligente combinación de acción, horror (en menor medida), humor (en mayor medida), y nostalgia. Todo ello ejecutado bajo los estrictos límites impuestos por una producción de bajo costo, pero con un resultado final que destaca muy por encima de sus restricciones presupuestarias.

La historia es harto sencilla y abarca a un reducido número de supervivientes luchando por salir con vida del contratiempo que les ha supuesto encontrarse en mitad de una invasión de monstruos-insectos.

A partir de aquí, todos en Infestation tienen su parcela de protagonismo. Por supuesto los monstruos, una suerte de enormes cucarachas mutantes que son una mezcla de efectos CGI y fabricación artesanal, quedando el resultado final más cercano al cartón-piedra que a la última revolución en creación digital. Y esto último no es, ni mucho menos, una recriminación. Todo lo contrario. El diseño de los monstruos es magnífico, y su aire retro encaja a la perfección con ese homenaje a las viejas monster-movies de los 50 que señalaba al principio de esta reseña. Salvando las distancias, es algo similar a lo que hizo recientemente Frank Darabont en su espectacular adaptación de La Niebla, de Stephen King; y está en las antípodas de los desastrosos mutantes del Soy Leyenda, de Francis Lawrence.

Las secuencias de acción en las que participan los monstruos, sin llegar en ningún momento a ser espectaculares, sí mantienen un acertado ritmo y ofrecen suficientes alicientes como para no desmerecer al resto de la propuesta.
Una especial mención a los impresionantes bichos-humanos, una deforme criatura que nace a consecuencia de la picadura del bicho sobre un humano y que mezcla “lo mejor” de ambas razas en un único organismo. El bicho-humano supone la nota más terrorífica de Infestation, además de traernos ecos –de nuevo salvando las enormes distancias- de esa obra maestra que es La Cosa, de John Carpenter (The Thing, 1982).

Por otro lado los supervivientes, en cuya descripción individual y lazos que se establecen entre los mismos, Kyle Ranking fundamenta gran parte de la fuerza de Infestation.

Pese a que al sobrevolar por las distintas personalidades que se dan cita en Infestation uno pueda pensar que la totalidad de los personajes de la película no hacen más que responder a gastados clichés y arquetipos incapaces de despertar el menor interés (la chica guapa pero estúpida, la chica menos guapa pero mucho más inteligente, el forzudo de buen corazón…), a poco que nos esforcemos un poquito en darles una oportunidad a cada uno de ellos, seremos recompensados con divertidísimos instantes que van desde las ansias de sexo de una de las chicas (cómo único medio a su alcance para sobrellevar el miedo) hasta un severo padre eternamente decepcionado por la actitud de su despreocupado hijo.

A destacar el trabajo del actor Christopher Marquette, quién tiene a su cargo uno de esos papeles (Cooper) susceptibles de convertirse en una auténtica carga difícil de soportar para el espectador (suyas son el 90% de las frases ocurrentes del guión de Infestation), pero que finalmente supera el trance con una naturalidad pasmosa, dibujando a un personaje que no solamente se esfuerza por parecer gracioso, sino que, en muchas ocasiones, acaba siéndolo.

Infestation es un sencillo pero ineludible ejercicio de diversión Serie B plagado de acción, humor, personajes entrañables y monstruos añejos. Cine de doble sesión de un viernes noche, acompañada de palomitas, un “refresco de cola” (un eufemismo para evitar hacerle publicidad a coca-cola… soy adicto), y buena compañía. Bienvenida sea la plaga…

Lo mejor: la sencillez de la propuesta, en este caso, juega a su favor. Simple entretenimiento de serie B con magníficos monstruos y divertidos protagonistas. Nada más… y nada menos.

Lo peor: quizás su falta de pretensiones acabe jugando en su contra. Para algún aficionado puede resultar “demasiado” simple.

¿Dónde conseguirla?
GoreNation: "Infestation" en VOSE.

Grotesque

Bienvenidos al ultragore japonés

Grotesque

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  • Título original: Gurotesuku
  • Nacionalidad: Japón | Año: 2009
  • Director: Kôji Shiraishi
  • Guión: Kôji Shiraishi
  • Intérpretes: Tsugumi Nagasawa, Hiroaki Kawatsure, Shigeo Ôsako
  • Argumento: Una joven pareja, Aki y Kazuo, son secuestrados, cuando pasean por la calle, por un sádico demente que los encierra en un sótano y los somete a degradantes torturas, degradación y toda clase de mutilaciones.

60 |100

Estrellas: 3

Grotesque

Pornografía de la violencia. No se me ocurre en este instante un mejor término para describir Grotesque. Si la pornografía es el género artístico que muestra con detalle escenas de carácter sexual para excitación de quien las contempla; tan sólo debemos reemplazar “sexo” por "violencia extrema", y el resultado obtenido será algo muy cercano a Grotesque. Y si me apurais ni tan siquiera es necesario eliminar el sexo de la ecuación, porque Grotesque también tiene sexo… sexo putrefacto, doloroso, sucio y enfermo; en definitiva, sexo acorde con el resto de la propuesta.

Olvidaos del reciente torture-porn, una etiqueta cuyos límites de explicitud de la violencia quedan muy lejos de lo ofrecido por Grotesque. Si de encontrar referentes se trata, deberíamos buscarlos en rincones tan radicales y oscuros como la serie Guinea Pig o el ultragore alemán.

Grotesque, escrita y dirigida por el japonés Kôji Shiraishi, son setenta minutos de torturas, humillaciones, vejaciones, violaciones, mutilaciones, desmembramientos, sadismo, crueldad y, en definitiva, violencia extrema (tanto psíquica como, sobre todo, física).

El planteamiento es minimalista. Dos jóvenes que acaban de tener su primera cita son secuestrados y torturados por un mad doctor que se excita llevando a sus víctimas hacia los límites de la humillación, el dolor y el sufrimiento. La única posibilidad de supervivencia pasa por plantear el sacrificio personal cómo una vía para salvar la vida de un ser querido.

Es complicado afirmar que Grotesque me gustó (y lo hizo, aunque sin llegar a entusiasmarme), por la sencilla razón que si lo hago, me veo en la obligación de justificar mis palabras, y no es fácil.
Y me gustaría justificarlas más allá de los aciertos visuales de la película, de su excelente fotografía, sus impresionantes y realistas efectos gore, el magnífico uso de una banda sonora clásica que sirve de excelente contrapunto a las imágenes, la esforzada labor de los actores o su imaginativo (y liberador) final.

Antes he mencionado la pornografía como un arte (o un género artístico) que busca la excitación de quién lo contempla a través de explícitas escenas de sexo.
Es obvio que hubo algo en aquella sucesión de brutales estampas, que jugaban a descomponer en pedazos muy pequeños el alma y el cuerpo de un ser humano, que me atrajo. No me excitó en absoluto (al menos no en el sentido en que puede hacerlo la pornografía), pero me atrajo. Algo que me retuvo pegado a la pantalla y mantuvo férrea mi curiosidad por conocer dónde estaba dispuesta a establecer Grotesque sus propios límites (si es que estaba realmente dispuesta a ello).

Quizás sea hora de buscar una justificación como consumidores de este tipo de productos (o quizás no). Hay caminos fáciles para hacerlo. Desde que el hombre es hombre (y desde que el cine es cine) la violencia, en mayor o menor medida, nos ha fascinado. Forma parte de nuestra naturaleza humana, y por muy polémico y censurable que pueda resultar intentar otorgarle a una expresión manifiestamente brutal y atroz la categoría de arte, lo cierto es que, la mayoría, seguimos sintiéndonos atraídos por la exposición gráfica de la violencia (por supuesto con sus filtros, sus niveles y sus graduaciones… no estoy afirmando, en absoluto, que a todo el mundo deba gustarle una propuesta tan limítrofe como Grotesque).

Pero, por encima de cualquier explicación que apele a las debilidades o circunstancias de nuestra propia naturaleza a la hora de sentirnos atraídos por este tipo de experiencias, siempre nos sentiremos protegidos por el argumento que todo lo puede y todo lo justifica: Grotesque es ficción. Todo lo que ocurre en Grotesque es falso, irreal. Tras todo ese cúmulo de imágenes atroces y enfermizas hay un director, unos actores, unos iluminadores y un director de fotografía (que, por cierto, realiza espléndidamente su trabajo). Quizás este hecho no justifique, por sí solo, lo reprobable y censurables que resultan algunas de las imágenes de Grotesque; pero a nosotros, cómo espectadores afines a este tipo de propuestas (quiénes lo sean), debería bastarnos. Cómo espectadores potenciales de ficciones violentas y brutales, jamás deberíamos sentir la necesidad de justificarnos.

Soy aficionado al cine violento, incluso al cine extremadamente violento (aunque no devoto), al cine gore… pero le doy tanta importancia a los conceptos “violencia”, “extrema” y “gore” como al término cine (entendido como una manifestación artística que nos muestra unos hechos ficticios –aunque puedan estar basados en la realidad-, y sin querer entrar en el abominable fenómeno de las snuff-movies).

Grotesque es violencia extrema. Gore extremo. Sin coartadas de ningún tipo. Quizás puro sensacionalismo de baja estofa. Y aún así me gustó (aunque dudo que vuelva a verla). Sus imágenes de desorbitada violencia me atraparon.

Quien sienta deseos de arrojar sobre Grotesque todo tipo de reproches morales tiene las puertas abiertas de par en par para hacerlo. Pero que nadie olvide que por muy abyecto, degradante, infame y censurable que a algunos les pueda parecer lo ofrecido por una película como Grotesque, deberíamos tener siempre la posibilidad de decidir qué es lo que queremos ver y lo que no (la distribución de Grotesque ha sido terminantemente prohibida en Gran Bretaña).

No es una película que pueda recomendaros (a riesgo de resultar su visión demasiado hiriente para algunas personas). He intentado dejar claro qué es lo que nos ofrece un producto como Grotesque. A partir de ahí… la decisión es vuestra.

Lo mejor: la radicalidad de la propuesta en general y el excelente giro de los acontecimientos a mitad de película.

Lo peor: la secuencia de vejación sexual casi pudo conmigo.

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GoreNation: "Grotesque" en VOSE.

Audie and the Wolf

Desventuras de un lobo despistado

Audie and the wolf

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  • Título original: Audie and the Wolf
  • Nacionalidad: USA | Año: 2008
  • Director: B. Scott O'Malley
  • Guión: B. Scott O'Malley
  • Intérpretes: Derek Hughes, Tara Price, Christa Campbell
  • Argumento: Un lobo propiedad de un indio abatido a tiros por un grupo de agentes federales huye hacia la ciudad. Atropellado por una bella aspirante a actriz, el lobo despierta en un habitación convertido en un ser humano.

38 |100

Estrellas: 2

Audie and the wolf

Contar con una buena idea que vender es, sin duda alguna, algo bueno, algo positivo. Intentar dilatar en exceso esa misma idea con la pretensión de que ofrezca un rendimiento más allá de lo que realmente da de sí… es peligroso. Me explico.

Audie and the Wolf, comedia independiente firmada por B. Scott O'Malley, parte de una atractiva idea (casi una anécdota), y en ningún momento se despega de ella. De manera que da vueltas, y vueltas, y más vueltas sobre la misma hasta lograr extenuarnos.

Un indio propietario de un lobo y sobre el que pesa una acusación de terrorismo, es abatido por un grupo de agentes federales. El lobo consigue escapar previa advertencia de su moribundo amo de que se aleje del mundo de los humanos.

Desorientado y sin rumbo fijo, el lobo es atropellado en mitad de la noche por una escultural (y siliconada) aspirante a actriz, quién, en un gesto que la honra (y que le acabará costando caro), recoge al lobo herido y lo lleva hasta su casa.

Un tipo desnudo y ensangrentado despierta en una habitación acompañado de una hermosa mujer tumbada en la cama… y degollada.

La idea que nos vende (o al menos lo intenta) B. Scott O'Malley es sencilla, pero lo suficientemente atractiva (a priori… al fin y al cabo alguien dijo que las ideas sencillas son siempre las más efectivas) cómo para captar nuestra atención y despertar nuestro interés por el devenir de este desdichado (y desconcertado) lobo convertido en humano.

B. Scott O'Malley le da la vuelta al género licántropo. Lo pone boca abajo y su Audie and the Wolf nos presenta a un antihéroe cuya naturaleza original es la de un animal salvaje (un lobo) que, por obra y gracia de no se sabe muy bien qué o quién, acaba convertido en hombre.

A partir de este punto de partida, que nos puede parecer más o menos original, más o menos simpático o gracioso (particularmente, la sola idea del lobo convertido en hombre, y las posibilidades cómicas que atesoraba dicha situación, me empujaron a darle una oportunidad a Audie and the Wolf), la película de B. Scott O'Malley se precipita hacia un terrible y doloroso desacierto: la monotonía.

El arsenal cómico de Audie and the Wolf se limita a Jon Doe (nombre que recibe el lobo en su versión humana) intentando, con pobres resultados, hacer frente a sus instintos animales (su hambre carnívora) y almacenando a un buen número de víctimas casuales (todo aquel que se acerque a los aledaños de la casa) en el sótano, con el propósito de mantener salvaguardado el secreto de su verdadera naturaleza salvaje.

El destino final de las víctimas de Jon Doe me lo guardo por ser uno de los puntos álgidos en la trama de Audie and the Wolf.

Cómo ya he apuntado antes, la idea inicial me parece atractiva. Incluso bien resuelta durante los primeros treinta minutos de la película, en los que B. Scott O'Malley aprovecha la extraña situación vivida por el sufrido protagonista para insertar todo tipo de chistes, más o menos acertados, muchos de los cuáles vienen acompañados con generosas dosis de sangre y gore (sin llegar en ningún momento al punto de que ello afecte a nuestros curtidos estómagos).
A destacar la esforzada labor de Derek Hughes, quién logra salir airoso de su arriesgadísima recreación de un lobo con apariencia humana.
Las posibilidades de caer en el más ridículo de los esperpentos eran muy elevadas, y sin embargo Hugues logra mantener el tipo en todo momento.

El gran inconveniente de Audie and the Wolf es que la fórmula se agota demasiado pronto. Y además se agota por el camino más cruel posible: el de la reiteración y, como consecuencia de ello, el aburrimiento.

El desarrollo de Audie and the Wolf es absolutamente plano. Lo experimentado en esos treinta minutos iniciales (Jon Doe acumulando víctimas en el sótano) vuelve a repetirse una y otra vez hasta llegar al final con las fuerzas muy justitas y con nuestro interés por la historia muy deteriorado.

B. Scott O'Malley intenta romper esa monotonía introduciendo un elemento romántico personalizado en la figura de Audie, una joven repartidora de carne a domicilio que se enamora perdidamente de Jon Doe. Sin embargo la relación entre ambos queda tan desdibujada y tan carente de emoción que, lejos de suponer un bálsamo o una tabla de salvación al tedioso desarrollo de la trama, acaba siendo un obstáculo más en el camino.

Con todo, Audie and the Wolf no es un desastre total. Logra funcionar puntualmente en la medida en que alguno de sus chistes funciona (pocos). Pero es una lástima que B. Scott O'Malley haya confiando tan ciegamente en su idea original y no haya sabido otorgarle a la historia algún otro aliciente que rompiera un desarrollo de la misma excesivamente rutinario.

Lo mejor: Su arranque.

Lo peor: Se vuelve monótona.