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Afilado Verano

Un terror veraniego por Jorge P. López

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Hace calor en España, especialmente en el Valle del Ebro. Por aquí no veo a Heidi si no a los perros del Infierno, echándome el aliento sobre el cogote y volviéndome loco. Los efectos de ese calor extremo detonan en una tormenta, un relato más bien, que habla de los cambios de la adolescencia que suele provocar el verano. Si este cuento os ha llamado la atención y creéis que podréis soportar una dosis mayor, podríais darle una oportunidad a mi última antología, Cuervología Nº 13, en dicho caso podéis comprarla aquí. ¡Nos vemos en la próxima tormenta!

“Ten cuidado, no te cortes”
Con siete años metes la mano donde no debes, ¿cómo evitarlo? Es casi una enfermedad, lo haces a sabiendas y nadie puede detener tu curiosidad. De esa forma lo vive el Niño, secuestrado por sus propias extremidades llenas de una voluntad y vigor irresistibles.
Una vez tuvo un nombre, pero se difuminó entre los títulos que sus hazañas conquistaron: Azote de los gatos, Rey Pirata de los mares del Sur, Emperador Galáctico, Señor del sofá, Condenado Pequeñajo…
El verano se agostaba y ningún rincón del jardín se había librado de las pisadas de aquel Atila en miniatura; los árboles, llenos de temor, intentaban ocultar sus amados nidos de las manitas pegajosas, pero los huevos eran unas gemas difícil de ignorar; el césped, ya cansado de torturas, raleaba allí donde se había enterrado un hámster o una botella con monedas de céntimo; el tejado se combaba quejumbroso a causa del peso de los balones y las cometas… Incluso fuera de su territorio, heredado por derecho propio, se dejaban ver las improntas de su silueta, si los perros guardianes del vecindario pudiesen hablar pedirían la jubilación anticipada junto a los buzones de toda la calle, hasta las narices de toser debido a los petardos de aquella bestia de menos de un metro. Seguir leyendo…

Las llamas del infierno

Un relato de Francesc Marí

las llamas del infierno

Apresuradamente cerró la puerta tras él. No estaba nervioso, pero no quería que nadie lo interrumpiera. Su celda, iluminada por la reluciente luz del mediodía, era mucho más alegre de lo que a él le parecía. Las largas noches sin poder dormir le habían enseñado a temer a la oscuridad, y más desde que había descubierto algo inconcebible. Algo que la percepción humana era imposible de asimilar y comprender…

Con largas zancadas sobre el suelo enlosado, cruzó los apenas tres metros de profundidad de su dormitorio, acercándose a la ventana del fondo. En el exterior, como era habitual todos los domingos y fines de semana, centenares de turistas e infieles llenaban las pocas y estrechas calles del monasterio en el que vivía. Aquel lugar de culto y reflexión se había convertido, con el paso del tiempo, en una atracción turística más y en una fuente de ingresos para los avariciosos dirigentes del obispado. Seguir leyendo…

El Búnker

Un nuevo relato de Francesc Marí Company

el bunker

Normandía, madrugada del 9 de junio de 1944

Cuatro hombres armados salieron de entre los árboles que formaban aquel pequeño bosque a las afueras del pueblecito normando de Sainte-Mère-Église. Corrían al trote cargando sus fúsiles, ataviados con conjuntos caquis y cascos de color verde rebotando sobre sus cabezas. Eran los soldados rasos Martínez y McKenna, el soldado de primera Keshner y el sargento Nielsen, pertenecientes al Tercer Batallón de la 82 División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos. Estaban alejados de su unidad, pero era por una buena razón, tenían una misión. Las fotos aéreas, tomadas apenas unas horas antes, habían detectado una serie de búnkers alemanes en la zona aliada, que debían ser neutralizados antes de que causaran cualquier desgracia y pusieran en jaque la mayor operación militar de la historia. Así que diversos equipos de los soldados habían sido distribuidos por la zona para localizar, examinar y neutralizar posibles reductos de soldados alemanes.

Tras unos pocos minutos de carrera al descubierto, el grupo de soldados llegó a un enorme bloque de cemento armado. Con un par de gestos, Nielsen separó al grupo en dos, con la intención de rodear el lugar y detectar posibles amenazas. Sin embargo, las dos parejas se encontraron al otro extremo del búnker sin ninguna novedad. Mientras el sargento establecía una nueva estrategia, los demás pudieron comprobar que en aquel lugar reinaba el silencio más absoluto que habían escuchado desde que habían saltado sobre Francia tres días antes.
–Si el búnker estuviera lleno de alemanes, ¿no se debería escuchar algo? –susurró McKenna, sin embargo ninguno de los otros le respondió, simplemente afirmaron en silencio igual de sorprendidos que el joven soldado de Boston. Seguir leyendo…

El precio de un imperio

Un relato de Francesc Marí Company

El precio de un imperio

París, 2 de diciembre de 1804

—¡Largo! —le espetó crudamente al sirviente que gentilmente le abría la puerta—. No quiero ver a nadie.
Mientras el sirviente huía con paso acelerado del despacho de su amo, este cerró dando un portazo que hizo temblar las altas paredes de aquel palacio. Esa noche no estaba de humor para tratar con amantes fervientes y, mucho menos, con criados excesivamente serviles. Él era solo un hombre.

Lentamente, pero con paso firme, se dirigió a su escritorio y se dejó caer en aquella butaca que tan pocas veces usaba. Hincó el codo derecho en el apoyabrazos de la butaca y se frotó la frente con tan sólo el pulgar y el índice. A pesar de que aquel debería ser el día más feliz de toda su vida, sabía que no podía celebrarlo como el resto de la ciudad y de la nación lo estaban haciendo en aquel preciso instante. Si París y Francia supieran que había hecho para subir al trono, probablemente dejarían de tratarlo como a un dios viviente.

Cerró los ojos intentando relajarse, pero antes de que su mente intentara buscar algún agradable recuerdo, como el día que conoció a su esposa o el agradable tacto de las manos de su madre, escuchó unos suaves pasos. Seguir leyendo…

Fiesta Sorpresa

Un relato breve de Jorge P. López

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Como celebración de la Noche de Difuntos me gustaría regalaros un cuento corto que ambiente alguno de los escalofriantes momentos que viviréis durante Halloween. Si os gusta y queréis darme otra oportunidad como narrador, quizás os tiente mi última antología, Cuervología Nº 13, en dicho caso podéis comprarla aquí. ¡Felices pesadillas!

Intentaba enumerar las bolsas, comprobar que había una para cada invitado, finalmente las cuentas salían y con ellas su sonrisa resquebrajada se ensanchó hasta resultar dolorosa. Le costaba horrores concentrarse, la palpitación se volvía insoportable aunque creyó poder mantenerla a raya repasando los detalles de la fiesta: los globos, los cubiertos, el confeti, las bolsas… Especialmente esos pedazos de plástico negro, minados de un festivo contenido: el que arrancaría lúgubres gestos de sorpresa a los comensales. Sabía que se mostrarían puntuales ante la misteriosa tarjeta imposible de obviar, pues ellos deseaban volver al salón de baile, al mismo lugar donde la anterior velada acabó en desastre.

Hasta ese momento había olvidado lo fácil que fue encubrir la hecatombe, ni siquiera los insoportables pinchazos de las articulaciones habían conseguido avivar su memoria, sin embargo las sillas colocadas en la idéntica posición que la fatídica noche habían disparado los recuerdos. Se resistió a ellos; no quería visualizar otra vez el contenido de la tarta y la reacción de los presentes, pues eran sus caras, sonrojadas como luces de alarma, las que provocaron la primera de todas sus penurias, por suerte se había librado de ellas metiéndolas una por una en aquellas bolsas venenosas.

Maldijo por lo bajo, unas manos hinchadas no eran la mejor herramienta para preparar las coronas de papel, pero la estancia debía mostrarse como la fotografía estática que le regalaron al entrar al reciento durante aquella noche difusa; al fin y al cabo era todo lo que guardaba intacto de su juventud. Oyó salpicaduras sobre el parquet del salón, por lo que tuvo que controlar su excitación, los espumarajos de baba podían delatarle, así que se agachó a secarlos con las mangas de su camisola, por fin entendió que una prenda tan holgada no solo era útil para ocultar cicatrices y deformaciones. Una serpiente plateada se deslizó dentro de él llevando un escalofrío de anticipación a su espina dorsal, sabía que aquella era la señal, y la única compañía placentera que disfrutaría al besar la tumba.

Imitando a un espectro, canturreó cuando oyó el motor del primer coche. Eran puntuales: la curiosidad resultaba tan intensa como la aflicción que le habían infringido. Se escondió para recibirlos a su debido momento; lo hizo tras las enormes cortinas grises porque hacían juego con su alma, vapuleada desde que se jugaron a los dados, esos malditos cubos trucados, quien sería el primero en probar la tarta. Esta vez había un pedazo para todos, aunque tuviese que esperar un poco, más de una década lo había acercado a este momento de cristalina venganza, ¿acaso importaba esperar durante unos minutos? Lanzó una risita depravada, su deteriorada sinapsis componía imágenes de los rostros de los comensales, sus ojos como platos, las venas del cuello a punto de estallar, los gritos volando de sus gargantas. La risita volvió, desafiando el silencio preludio de la tormenta, no podía dejar de reír cuando imaginaba a los invitados en el momento que descubriesen los zapatones rojos asomando incongruentes desde los bajos de las cortinas…

Halloween Gaélico

La noche en que se tienden puentes...

relato Halloween

Noche de los difuntos. Me ha encantado la manera en que describe nuestra querida Beatriz T. Sánchez tan señalada fecha en su poema Halloween Gaélico: “Cuidado con esta noche en que se tienden puentes…”. Un año más Beatriz nos regala un relato - en realidad en esta ocasión se trata de un poema – que os invitamos a devorar justo antes de acostaros, con la esperanza de que os ayude a conciliar vuestras peores pesadillas. Halloween Gaélico nos transporta a un universo de monstruos, tradiciones y puentes que nos acercan a nosotros, los vivos, hacia la tierra de los muertos. ¿O quizás el trayecto es justo al contrario?

A Beatriz T. Sánchez creo que ya podemos considerarla - siempre con su permiso – una vieja amiga de Almas Oscuras. Con el poema de hoy ya son un total de 12 obras de esta escritora gallega las que hemos publicado en el blog, y no me resisto a nombrarlas todas y cada una de ellas, con la esperanza de que sus relatos os hagan compañía y alimenten vuestros sueños y pesadillas: El averno de Lovecraft, La hora de las Valkirias, Irem, Sin clemencia, En los jardines de Casandra, Tengo su corazón, La dama de sombra, El Bosque, Hacia el país borroso, El regalo y Furia, este último escrito junto a Jorge P. López. Y sin más dilación os dejo con Halloween Gaélico. Disfrutadlo y… feliz Halloween. Seguir leyendo…

El Bosque

Un nuevo relato de Beatriz Troitiño

el bosque

Otra vez. Los golpes en las ventanas. Otra vez. A intervalos irregulares. Son piedrecitas, pequeñas y ruidosas, pero no tan grandes ni lanzadas con la fuerza suficiente como para romper el vidrio. Tlac, tlac… tlac… tlac, tlac, tlac……… tlac.

¿Por qué no sucede de día, ni tampoco a primeras horas de la noche? Siempre de madrugada. Al principio se asomó a ver pero no vislumbró a nadie, ni rastro del supuesto bromista pesado. Si se esconde en el bosque, no entiende como pueden llegar las piedrecitas hasta la casa, pues tendrían que romper los cristales con la fuerza necesaria para lanzarlas hasta aquí. Pero no es así, los impactos no dejan la menor huella en las ventanas, pero por la mañana los pequeños proyectiles continúan abandonados al pie de la pared.

Tlac, tlac… tlac… tlac, tlac, tlac…… tlac.

La verdad es que ya está harto, el ruido le desvela y no puede pegar ojo en lo que resta de noche, deseando ser sordo para no oír el inmisericorde sonido repetitivo. Es un acto tan absurdo como incomprensible ¿Quién puede estar dispuesto a pasarse la noche fuera medio congelado simplemente por molestar a un vecino tirándole piedrecitas contra las ventanas? Seguir leyendo…

Noche y muerte. 20:30 Sala B

Un relato de Manu

relato

Me siento en la tercera fila. Es imposible saber dónde se sentó ella , pero esta fila está bien. Cerca de la pantalla, donde se ubican los dos únicos y viejos altavoces; lejos de la puerta de entrada, que chirría.

Espero.

Se oyen pasos en alguna otra parte del cine, pero no en esta sala. Estoy en el sótano. En la sala grande exhiben un estreno americano. Sería una exageración decir que había cola, pero al menos se percibía un cierto revuelo. En la sala “B” se oyen, se sienten, sus pasos: el techo, el suelo que ellos pisan, tiembla, a pesar de la moqueta.

¿Por qué vendría Alicia a ver una película como “Noche y Muerte”?

Su compañera de piso, Elena, estuvo a punto de acompañarla, pero en el último momento se lo pensó mejor. También me dijo: “es enfermizo seguir los pasos de tu exnovia por toda la ciudad”.

Puede ser, pero aquí estoy, ¿no?

Los altavoces tiemblan, como si acabaran de hacer contacto. Seguir leyendo…