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Hush

¡¡¡Siga a ese camión!!!

Hush

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  • Título original: Hush
  • Nacionalidad: Gran Bretaña | Año: 2009
  • Director: Mark Tonderai
  • Guión: Mark Tonderai
  • Intérpretes: William Ash, Christine Bottomley.
  • Argumento: Una historia de suspense que tiene como protagonista a Zakes, un conductor asediado y perseguido por un enigmático camión...

70 |100

Estrellas: 4

Hush

“Hush” me la recomendó un amigo durante una conversación en la que hablábamos sobre las películas que los americanos llaman “de bajo concepto”: historias nada originales y que, probablemente, nunca pasen a la historia del cine. Sin embargo, los dos estábamos de acuerdo en que hay bastantes “low concept” que tienen mucho encanto y cuyo visionado es muy agradecido y casi obligatorio, a pesar de todo (las dos partes de “Cold Prey”, “Alta Tensión”). “Hush” es, sin duda alguna, una de esas películas sin un historión pero con suficiente encanto como para recomendarla.

Ya desde el resumen, uno se da cuenta de que no va a encontrar –casi- nada original en ella: un joven, Zakes, entra en un peligroso juego del gato y el ratón con el conductor de un enigmático camión. Obviamente, vienen a la cabeza títulos como “El Diablo Sobre Ruedas” o “Nunca Juegues con Extraños”(y con mucha más justicia otro más que es mejor no decir para no desvelar demasiado).

Sin embargo, en el argumento han empleado sus buenas energías para que, dentro de lo previsible, la manera en la que nos presentan los hechos nos sorprenda: Zakes (William Ash) conduce de noche junto a su novia Beth (Christine Bottomley). Él trabaja colocando afiches en las áreas de servicio, de manera que va parando cada dos por tres para hacer su labor, que luego fotografía a modo de prueba para sus jefes. La relación con Beth no está en su mejor momento y, tras una discusión, ella se queda dormida. Zakes sigue conduciendo. Un camión les adelanta. La persiana del tráiler está semi abierta y Zakes puede ver –o cree ver- a una chica desnuda en el interior del remolque pidiendo auxilio. Primer punto: creo que es bastante impactante y novedosa esta manera de introducir el tema.

A continuación, Zakes despierta a Beth y le cuenta lo que cree haber visto. El azar se pone de su lado y, en un atasco, el camión de marras está junto ante ellos. Zakes baja e intenta abrir la persiana para cerciorarse, pero no puede subirla más de unos centímetros. Acojonado, coge su cámara de fotos, la mete en el interior y dispara… Una segunda gran escena de tensión y suspense, con pocos elementos – Zakes, cámara de fotos, un interior en el que no sabemos lo que hay, y el retrovisor del camión, que Zakes vigila constantemente para ver si el conductor le está viendo o no – .

Hasta aquí, los detalles concretos del argumento. Como se ha señalado, nunca ocurrirá nada que no podamos prever, pero es cierto que sucede de un modo curioso. “Hush” tiene esa virtud que es que consigue sorprenderte cada quince o veinte minutos con un nuevo giro. Algunos son más afortunados que otros, pero se agradece, y mucho, el esfuerzo puesto para conseguirlo…

…de hecho, esta es, quizás, la parte menos acertada de la película: los personajes llegan a conclusiones demasiado rápido, y abren puertas, hacen puentes a vehículos y sortean problemas la mayoría de las veces con demasiada facilidad. Es verdad que, si te está gustando la película, como fue mi caso, el asunto se limita a una mueca y un “bueeeeeno”, pero imagino que puede ser irritante para alguien que vaya buscando más. Hay que mencionar, a este respecto, que “Hush” tampoco engaña en ningún momento, y da exactamente lo que promete: suspense, un par de sustos, y tensión. Buscar más, quizás, es un error por parte del espectador.

Prácticamente, todo es correcto en esta producción: los dos actores principales están bien, el guión funciona – a pesar de los peros mencionados – y la dirección del debutante Mark Tonderai – también guionista – es acertada aunque, también abuse en determinados momentos de algunas trampas (tipo planos cerrados para que no veamos que el personaje no está donde pensábamos que estaba en la escena anterior y así solucionar con más facilidad algunos encierros). Por el contrario, dedica el tiempo necesario para crear la relación entre Zakes y Beth, que entendamos qué es lo que falla, que comprendamos a la chica y veamos que él no es precisamente un tío perfecto –incluso odioso, en algunos tramos del arranque de la cinta-, pero también le comprendemos y nos ponemos de su lado sin dudarlo cuando es necesario. Desde mi punto de vista, *son este tipo de detalles, aparentemente secundarios, los que convierten a una película del montón en una película con encanto. Y a un director en alguien a quien me apetece seguirle la pista: en teoría, Mark Tonderai está terminando otra peli de terror, “House at the End of the Street”, protagonizada por Elisabeht Shue.

Aparte, me gustaría señalar que la película es una producción de las que, tal día como hoy, son ya dos de mis productoras favoritas: Film 4 y Warp X.
Film 4 es la filiar cinematográfica de Channel 4 y, al igual que su madre televisiva, suele mimar, y mucho, los proyectos en los que se involucra. De ella han salido títulos como “Dead Man’s Shoes” (Shane Meadows, 2004), “Donkey Punch” (Ollie Blackburn, 2008), “Slumdog Millionaire” (Danny Boyle, 2008) o esta misma, y para mí son ejemplos válidos de cómo conseguir productos apañados y con una envolutra atractiva para la gente joven no necesariamente adolescente. Por otro lado, Warp X es la división cinematográfica de Warp, discográfica especializada en electrónica, y también colaboró en “Donkey Punch”, probablemente en la selección musical de la banda sonora. La música de “Hush” es una más que interesante partitura de electrónica entre ambiental e IDM obra de Theo Green. Imposible encontrar nada suyo editado –esperemos que sea cuestión de tiempo-, este hombre es también el compositor del score de “Dread” (Anthony DiBlasi, 2009), otra estimable película con música del mismo corte que esta. En los créditos finales, para colmo, suena “Live with Me” de Massive Attack. Musicalmente, no creo que pueda pedir más a una película.

Lo mejor: El mimo que han puesto en la producción y en el guión.

Lo peor: Apenas hay nada original en ella.

Coffin Rock

Un thriller psicológico de esta época

Coffin Rock

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  • Título original: Coffin Rock
  • Nacionalidad: Australia | Año: 2009
  • Director: Rupert Glasson
  • Guión: Rupert Glasson
  • Intérpretes: Lisa Chappell, Robert Taylor, Sam Parsonson
  • Argumento: Jessi y Rob llevan tiempo intentando tener un hijo, sin conseguirlo. Así que acuden a una clínica de fertilidad, ignorando que el dependiente, Evan, es un perturbado que se propone convertirse en el padre de la criatura.

70 |100

Estrellas: 4

Coffin Rock

“Atracción Fatal” (1986), de Adrian Lyne, dio el pistoletazo de salida a finales de los ochenta, y los primeros noventa fueron el reinado del llamado “thriller psicológico”, un nombre serio para encubrir películas de psicópatas desde una óptica realista, generalmente protagonizadas por personajes más adultos que los slashers, y haciendo hincapié en los caracteres que mostraban y en el desarrollo de sus historias, en vez de en los crímenes. Se trataba de un género muy codificado: cuando uno empezaba a ver una de estas películas, sabía que tenía aproximadamente una hora de exploración psicológica de personajes, más adscrita al drama y al suspense, con algunos tintes de terror, y que era en la última media hora o quince minutos cuando aquello se volvía oscuro.

Normalmente, siempre se reservaba algún susto para el final, que solía funcionar a la perfección debido al tono comedido del resto del trayecto. Así, tras la peli de Lyne, parecía que todos los directores con relevancia tenían que hacer su propio thriller psicológico: Barbet Schroeder dirigió “Mujer Blanca Soltera Busca…” (1992), John Schleshinger “De repente, un extraño” (1990), y hubo un par de pelis de bajo presupuesto que se convirtieron en sleepers del género y reavivaron la llama, “Malas Influencias” (1990), de Curtis Hanson, y “La Mano que mece la Cuna” (1992), también del mismo director.

Con este thriller psicológico sucede un poco lo que sucedía con el slasher: en el fondo, se trata de un género hiperconservador e incluso reaccionario. En “Atracción Fatal”, Michael Douglas se mete en líos por serle infiel a su mujer; el matriominio Bartel de “La Mano que Mece la Cuna”, por contratar a una niñera atractiva que puede poner en peligro su estabilidad familiar.

En la primera década del 2000 hemos tenido algunos ejemplos de este cine (“Fanática”, de John Polson, 2002), pero por mucho que hayan podido ir bien en taquilla, han sonado como productos ya fuera de su tiempo, coletazos tardíos de un género que, a lo mejor, no es tan flexible como el slasher o, simplemente, tiene menos seguidores que éste. Lo bueno de “Coffin Rock”, es que no transmite esa sensación.

Jessi (Lisa Chappell) es una joven que vive en una zona costera del sur de Autralia. Trabaja en una fábrica junto con su marido Rob (Robert Taylor), algunos años mayor que ella. Llevan bastante tiempo intentando tener un hijo, pero no lo han conseguido hasta el momento. Rob, además, se ha negado a hacerse una prueba para determinar si es estéril, pero por fin accede a hacérsela y la pareja va a una clínica en la que trabaja Evan (Sam Parsonson), un joven extraño y aparentemente desequilibrado. Por el breve momento que Evan está en contacto con Jessi y Rob, llega a la conclusión de que ella se merece a un hombre mejor que el que tiene. Así que busca la dirección de la pareja en su prueba, deja su trabajo de recepcionista y consigue un nuevo empleo en la fábrica de Jessi. Comienza, así, a acercarse a la chica.

Cuando por fin llega la carta con los resultados del análisis, Jessi y Rob discuten y él no llega a abrir la carta. Jessi se va a un bar con una amiga, bebe un poco más de la cuenta y tiene un pequeño affair con Evan.
Al día siguiente, Jessi ha quedado embarazada. Evan se convence de que el hijo es suyo, y empieza a amenazar a la chica con contárselo a su marido.

Al tratarse, por tanto, de un “thriller psicológico”, desde el momento en que vemos que Evan decide abandonar la clínica y seguir a la pareja, prácticamente sabemos todo lo que va a pasar a continuación, aunque siempre con coherencia: el problema de la pareja tiene que ver con la maternidad, y el conflicto de la película, también. Es el lastre de un género tan codificado. Así que, si esto te supone un gran handicap, no deberías ver esta película. Aún así, vale la pena adentrarse en ella: consigue la ilusión de que van a pasar cosas que no te imaginas, aunque luego no sea así, y está tan bien apuntalado el guión y sus personajes que te olvidas de lo previsible que es todo.

Para empezar, se quita de encima de un plumazo el sanbenito reaccionario: la culpa es, desde el primer momento, de Evan, que es un psicópata, porque la cinta emplea el tiempo suficiente para que entiendas a la perfección que Jessi tenga un desliz. Ella es mucho más joven que su marido Rob, un pescador honesto pero rudo y algo machista, y su relación no es perfecta. No es que se justifique la infidelidad, es que no se plantea en esos términos la cuestión, algo muy a valorar porque eleva a sus personajes a la categoría de “personas”.

“Coffin Rock”, además, ofrece un acertado y sutil retrato de una sociedad “rural” masculina, dominada por machos alfa, donde el orgullo varonil es algo sagrado que no puede tocarse y en el que las mujeres no son más que las señoras de sus maridos. Así, para Rob es un trauma que, quizás, la fuente del problema de su matrimonio, que no puedan tener hijos, sea un problema suyo. Aunque no le gusta nada pensar que su pareja le pueda ser infiel con otro, entiende que eso pueda suceder porque ella es una mujer y ellos son hombres. Y cuando descubre quién puede ser el padre del bebé que está engendrando Jessi, lo que le duele no es la infidelidad, sino que sea un niñato y no un hombre con quien ella se ha acostado.

Con bases tan sólidas como estas – a las que hay que añadir las buenas interpretaciones del trío protagonista y el firme pulso de su director, Rupert Glasson, debutante -, la película, dentro de la previsibilidad, funciona a la perfección. Todo es creíble y todo lo que sucede es inevitable. El tono es realista: se busca que parezca un fragmento de vida real antes que una obra de ficción, con una narración muy elaborada para transmitir la sensación de que no hay demasiada construcción detrás. Hace, como buen thriller psicológico, de la contención una virtud. Va soltando lastre con un cálculo muy medido, de manera que, cuando llega el tramo final – el ya mencionado momento en el que el thriller psicológico se mete abiertamente en el terror -, las tres o cuatro cosas que suceden sorprenden y afectan, no porque sean especialmente salvajes o atroces, sino porque no veías venir ese comportamiento de Evan pero, a la vez, entiendes y te encaja que reaccione así.

Lo mejor: Que es un thriller psicólogico a la antigua usanza pero que no huele a viejo.

Lo peor: Consigue evitar lo previsible del género sólo en apariencia.

The Experiment

Cuestión de poder

the experiment poster

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  • Título original: The Experiment
  • Nacionalidad: USA | Año: 2010
  • Director: Paul Scheur
  • Guión: Paul Scheur, Olivier Hirschiegel
  • Intérpretes: Adrien Brody, Forest Whitaker, Cam Gigandet, Clifton Collins Jr.
  • Argumento: 26 hombres son escogidos como participantes de un estudio psicológico sobre comportamiento humano bajo reclusión extrema. Algunos de los participantes serán carceleros y el resto, los prisioneros. La principal regla es mantener el orden o no cobrarán.

72 |100

Estrellas: 3

Photobucket

Aviso de posibles y más que probables spoilers a lo largo de la reseña. He intentado destripar lo menos posible, pero no sé hasta qué punto lo he logrado…

Hacer un remake de una película sólo ocho años después de su estreno, me parece excesivo y precipitado, pero teniendo en cuenta el poco gusto de los americanos a las versiones originales y los subtítulos, ya es extraño que el remake de “Das experiment” no hubiera sido un hecho todavía hace menos tiempo.
Confiemos en la “buena voluntad” de los que hacen un remake para publicitar de nuevo la obra original (ejem, ejem…).

The Experiment, recrea “Das Experiment” (2001), que a su vez es una adaptación de la novela “The experiment black-box” de Mario Giordano, quien se inspiró en el famosos experimento de la cárcel de Standford (1971), en el que el profesor Philip Zimbardo encierra a 24 estudiantes en una cárcel simulada para estudiar sus reacciones en determinadas circunstancias de desindividualización. Algunos de los estudiantes serán los carceleros (adquiriendo un rol de poder), y otros los presos (adquiriendo el rol de sumisión). El experimento debió haber tenido una duración de aproximadamente dos semanas, pero tuvo que ser suspendido al sexto día, debido a los graves incidentes ocurridos durante el transcursos de los cinco primeros días. Si os interesa conocer lo que realmente ocurrió, contado por el propio Zimbardo: Experimento Zimbardo.

The Experiment recrea, con buen hacer, los cambios psicológicos que van sufriendo los personajes. Eso es lo que hay que buscar. *El propósito de una película como ésta es hacer partícipe al espectador de las dos caras de la moneda: Por una parte la visión del poder absoluto, nunca antes experimentado por parte de los guardas, que rápidamente ven como característica propia y exclusiva, haciendo valer esa autoridad ante los presos de una forma totalmente humillante y cruel en tan sólo tres días.
Por la otra parte, el espectador empatiza fácilmente con los sujetos a los que les toca el papel de reclusos. El espectador va a vivir con ellos la rabia de la injusticia y la sorpresa de una situación desbordada.*

Se plantean así dos dilemas morales trasladables a cualquier ámbito de nuestra vida diaria:

1- La cuestión de otorgar poder a alguien que claramente no está preparado para manejarlo (supongo que todos, o casi todos, habréis tenido al típico jefe capullo que no sabe resolver ciertas situaciones y que actúa de una manera ilógica sólo para demostrar quién es el que manda…)

2- Cómo la rabia es mucho mas fuerte que la voluntad y que los propios principios (supongo también que todos hemos experimentado esa sensación tremenda de rabia en la que todo nos da igual…).
Estos dos temas son el epicentro de The Experiment. Estos son los temas que conforman el terror absoluto, genuino y real.

Imaginad un mundo aislado donde no hay reglas claras, o donde violar las pocas reglas que hay no implica castigo, donde la ausencia de justicia es un hecho palpable… un mundo donde la despersonalización prima y ayuda al ataque (los presos dejan de tener nombres para ser llamados por sus números. Incluso entre ellos, llegan a referirse unos a los otros como números. Así el ataque es emocionalmente más fácil). Imaginad ese mundo en que la gente no está preparada ni para ser recluso ni para ser guarda. Ese mundo es una auténtica bomba de relojería y precisamente es esa bomba la que mostró “Das Experiment” y la que pretende mostrar The Experiment, y digo pretende, porque, pese a que me gustó bastante, no tiene la desnudez, la crudeza y la oscuridad de la original.
Los personajes están demasiado estereotipados y eso va en detrimento de la película. Como guardas escogen a un hombre de 42 años que sigue viviendo con su autoritaria madre, totalmente sometido a ella, quien le humilla día a día. Eligen también a un chico con problemas de identidad sexual y a un cabeza hueca (entre otros).
Como presos escogen a un hombre sin personalidad y fácilmente manipulable; a otro que no termina de encontrar el rumbo de su vida, pero que precisamente en ese momento acaba de conocer a la mujer que le devuelve la sonrisa; y a un neonazi que se intuye que no es mala persona (entre otros).
Con semejante mezcla de personajes, hacer de “he Experiment algo predecible es dicho y hecho, y ese es su fallo fundamental.

De todos modos, el motor de The Experiment es la tensión; una tensión que se nota desde el mismo instante en que se cierran las celdas.

Con respecto a la labor actoral, destacar a Forest Whitaker(quien me pareció sobreactuado al principio, pero al que luego me terminé creyendo por completo), con una escena para mí ya mítica, que es su magistral expresión frente al espejo al tiempo que tiene una erección cuando saborea el poder de la autoridad por primera vez.
Destaco también a Cam Gigandent, quien me sorprendió gratamente.
A Adrian Brody me lo creí en ocasiones, pero creo que no supo transmitir toda la frustración que implicaba su personaje (Travis), aunque está mejor que en sus últimos trabajos…

La conclusión es que si os interesa ver un pedazo de la ley del más fuerte y desarrollar un poco la teoría de Thomas Hobbes, quien sostenía que “El hombre es un lobo para el hombre”, no os debéis perder The Experiment.
Eso sí, de no haber visto la original (“Das Experiment”), ni lo dudéis, primero visionad la alemana. Si ya la habéis visto y os gustó, este remake está conseguido.

Fue Abraham Lincoln quien dijo: “casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”… Todo dicho.

Lo mejor: El argumento, la tensión, el momento en que todo cambia y que la realidad del comportamiento humano supera a la ficción

Lo peor: Los personajes son predecibles y lo rápidamente que cambian el chip al finalizar

La Otra Hija

Amityville + La Huérfana + El Habitante Incierto

La Otra Hija

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  • Título original: The New Daughter
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Luís Berdejo
  • Guión: John Travis
  • Intérpretes: Kevin Costner, Ivana Baquero, Gattlin Griffith
  • Argumento: John, un escritor, intenta recuperarse de un duro divorcio mudándose con sus dos hijos a una casa en mitad del campo. Pero, pronto, comenzará a observar un alarmante cambio en el comportamiento de su hija.

40 |100

Estrellas: 2

La Otra Hija

Argumento 1.Recién divorciado de su mujer, un escritor se muda con su hija adolescente y su hijo pequeño a una casa en mitad del campo. A la hija adolescente le sienta peor el cambio que al pequeño: sus amigos quedan lejos, en el instituto se meten con ella y culpa al padre de no haber hecho nada por conservar a su madre. Conforme pasa el tiempo, el padre descubre que su hija, en realidad, no es su hija sino una pequeña psicópata dispuesta a acabar con todos sus enemigos.

Argumento 2.Recién divorciado de su mujer, un escritor se muda con su hija adolescente y su hijo pequeño a una casa en mitad del campo. A la hija adolescente le sienta peor el cambio que al pequeño: sus amigos quedan lejos, en el instituto se meten con ella y culpa al padre de no haber hecho nada por conservar a su madre. Pero la chica descubre una zona cercana a la casa, un montículo, que ejerce una extraña atracción sobre ella, y va poseyéndola poco a poco…

Argumento 3.Recién divorciado de su mujer, un escritor se muda con su hija adolescente y su hijo pequeño a una casa en mitad del campo. A la hija adolescente le sienta peor el cambio que al pequeño: sus amigos quedan lejos, en el instituto se meten con ella y culpa al padre de no haber hecho nada por conservar a su madre. Pero la nueva casa parece guardar un secreto: alguien entra y sale de la misma a su antojo, una presencia siniestra de la que sólo ven, en un principio, sus huellas…

El padre se llama John y lo interpreta Kevin Costner; la hija mayor, Louisa (Ivana Baquero), y el pequeño, Sam (Gattlin Griffith), y son los tres protagonistas de “La Otra Hija”, debut en Estados Unidos del español Luis Berdejo, coguionista de Jaume Balagueró en la saga Rec, y director de más que interesantes cortos como “…Ya no puede caminar” (2001) o “For®est in the Des(s)ert” (2006). Los tres argumentos arriba enumerados podrían ser los de la película y, de hecho, los tres lo son. Y creo que ponen a la vista el gran problema de la cinta: quiere ser tres películas a la vez. Lleva las tres historias adelante pero sin decidirse por apostar abiertamente por ninguna. Así, se van dando pinceladas de una y de otra, siempre muy superficialmente, sin atreverse a profundizar ni a darle más importancia a ninguna de las tres por si eso menosprecia a las restantes, como si fuese un padre con tres hijos que quiere ser absolutamente justo y equitativo con todos. Así, una conclusión satisfactoria es complicada y, de hecho, al final uno se queda con la sensación de que no se ha resuelto bien ninguna de las tres propuestas.

Por supuesto que la película tiene algunos aciertos, la mayoría de planificación: la primera aparición de la “presencia extraña” en el tejado funciona bien, y en el tramo final, los momentos en los que Louisa, la hija mayor que, a esas alturas, ya sabemos trastornada, y el pequeño Sam son inquietantes y se sufre por lo que pueda pasarle al niño. Sin embargo, el exceso de material consigue ensuciar prácticamente todo el metraje. Así, cuando se produce el asedio final a la casa, por ejemplo, se contempla con cierto escepticismo: ¿de pronto hay criaturas al acecho? Y recuerdas que las viste nada más empezar la cinta, pero hasta ese momento aquello parecía ir de espíritus… aunque, si se hubiera tratado de un ente inmaterial, el final hubiera resultado igualmente decepcionante, puesto que habría que solucionar asuntos –como las huellas- que sólo podía llevar a cabo una presencia física.

Por otro lado, la historia, a jucio de quien escribe, no está bien desgranada. El guión de John Travis tira de los tópicos de las películas de casa encantada: el agente inmobiliario que les vendió la casa, el anterior propietario de la misma, o el sempiterno profesor de universidad especializado en ciencias ocultas. Aparte, gracias a Internet, John, el padre, puede buscar tranquilamente en Google “montículo siniestro” y, sin problemas, le aparece la información que está buscando.

En otro sentido, mencionar la extrañeza que produce que un escritor sea el protagonista de una película de terror: es un tópico, pero parece que, al tener esa profesión, debe ser importante en el desarrollo de la trama de algún modo, y no lo es. Igualmente, se introduce un personaje femenino, la profesora de Sam, Cassandra (Samantha Mathis), para sembrar un romance entre ella y el padre. No acaba de consumarse, lo que podría ser un acierto, pero da más la sensación de ser algo que se queda inconcluso.

Del elenco actoral, defienden bien sus papeles los dos niños –la española Ivana Baquero hace lo que puede, sí, pero realmente pasada la media hora inicial, su presencia se limita a mirar seria al frente- y Kevin Costner se esfuerza como sufrido padre, pero cuando tiene delante a Cassandra, la profesora de su hija, salen a la luz su sonrisa y miraditas marca de la casa, y te acuerdas, de repente, que ese hombre es Kevin Costner, que bailó con lobos y que investigó el asesinato de Kennedy, que ha sido un seductor del cine americano durante décadas y ahora está un poco –bastante- trasnochado… y es sólo un elemento más que te saca de la película.

Lo mejor: Que siempre es de agradecer que “terror” y “español” vayan de la mano.

Lo peor: Que es un batiburrillo.

The Red Riding Trilogy

El año de nuestro señor

Red Riding Trilogy

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  • Título original: Red Riding Trilogy
  • Nacionalidad: Gran Bretaña | Año: 2009
  • Director: Julian Jarrold, James Marsh, Anand Tucker
  • Guión: Tony Grisoni
  • Intérpretes: Andrew Garfield, Paddy Considine, David Morrisey
  • Argumento: Trilogía de películas del canal Channel 4 donde se investigan las desapariciones de varias niñas a lo largo de dos décadas.

85 |100

Estrellas: 5

The Red Riding Trilogy

Una niña con alas de ángel: una imagen poética y tétrica a la vez.

A comienzos de octubre, vi en la Fnac del centro de Madrid que había salido a la venta la novela de David Peace Red Riding, The Year of Our Lord 1974, primera de las cuatro en las que se basa esta miniserie de tres películas. Y no hace mucho, en el suplemento literario de El País, se hablaba de la misma. Espero que no pasen desapercibidas, así como que algún canal de televisión se encargue de emitir su versión audiovisual. Si no, siempre queda Amazon o cualquier otra vía, porque vale la pena acercarse a ellas.

Año 1974. Yorkshire. Junto a la plana mayor de la policía, los padres de Clare Kempley denuncian la desaparición de su hija de 10 años y piden a quien quiera que la tenga que la deje volver a casa. Entre los asistentes a la rueda de prensa está el joven Eddie Dunford, corresponsal de prensa. Eddie cree encontrar similitudes entre la desaparicón de la pequeña Claire y otras tres acaecidas años atrás.

Año 1980. Yorkshire. El llamado “destripador de Yorkshire” ha matado a doce mujeres en los últimos cuatro años. Aunque la policía lleva tiempo investigando el caso, para intentar dar un nuevo enfoque y conseguir un avance, se coloca al frente del proceso a Peter Hunter, detective que llevó a cabo la investigación de la matanza del pub Karachi, que tuvo lugar en 1974 y que llevó a un callejón sin salida.

Año 1983. Yorkshire. Desaparece una niña de diez años, Hazel Atkins. John Piggot, abogado no muy hábil en su profesión cuyo padre era policía en la ciudad, será el encargado de intentar esclarecer las conexiones entre esta nueva desaparición, las sucedidas diez años atrás, y algunas de las muertes relacionadas con “el destripador de Yorkshire”.

De este escueto y sucinto resumen no debe deducirse que lo que ocurre en 1974 y 1980 queda inconcluso, y que el visionado conjunto de las tres películas que conforman Red Riding sea una experiencia fatigosa y confusa, de ir acumulando datos e informaciones hasta llegar, por fin, a la última y que se aten los cabos. De hecho, lo primero que sorprende es que, a excepción de ésta, las dos primeras pueden verse de un modo independiente sin ningun problema. Las conexiones entre la primera y la segunda están resueltas vía flashbacks lo mismo que en cualquier película cerrada en sí misma, así que no hay nada que temer. Y esto, ya de por sí, me parece todo un punto a su favor.

Red Riding es una trilogía de tv movies de Channel 4 que adapta las novelas homónimas de David Peace. Las novelas son cuatro, en realidad, pero en la primera película se unen las dos primeras novelas (1974 y 1977). Es un proyecto y una idea fascinante: a lo largo de tres años, se estructuran tres historias diferentes (?) con algunos personajes en común. Éstos son el hilo conductor de la historia de fondo, aunque no los personajes principales de cada película. Se trata de un grupo de policía de Yorkshire, encargados de la investigación de cada uno de los casos que tiene lugar durante estos años, y algún que otro secundario apartado de los agentes de la ley o, más bien, huyendo de ellos. Cada película dirigida por un director diferente, aunque el guión de las tres sea de la misma persona, Tony Grisoni (“Miedo y Asco en Las Vegas” o “Tideland”, ambas de Terry Gilliam). Red Riding se ha convertido ya, por derecho propio, en un arma arrojadiza para aquellos que auguran el final del cine debido a la calidad de los últimos proyectos de la pequeña pantalla.

Julian Jarrold se encarga del año 1974. Curtido en series de televisión inglesas, y director de algunos largometrajes (en España, hemos visto suyas “Pisando Fuerte” y “Retorno a Brideshead”), se encarga de entrar, por primera vez, en el universo de Yorkshire y su grupo de policías. El argumento de la misma gira en torno a Eddie Dunford (Andrew Garfield, “La Red Social”), joven periodista que vuelve a su hogar para ser el corresponsal del Yorkshire Post de la policía. Así, su primer encargo será cubrir la desaparición de la pequeña Claire Kempley. Eddie Dunford tendrá que empezar a entendérselas con el llamado grupo de Molloy, por su superior, Bill Molloy (Warren Clarke), respetados policías de la ciudad… Cuando el cuerpo de Claire es encontrado, Eddie es retirado del caso, pero eso no impide que el chico continúe con sus averiguaciones. Esta es, quizás la gran fuerza de este primer capítulo: su personaje central es un joven lleno de grandes esperanzas y ánimo, dispuesto a todo por ganarse un lugar en su trabajo; también, la película del 74 es quizás la más melancólica de las tres: está presidida por un áurea de constante tristeza, de fatalismo. Prácticamente, desde el minuto uno, sabes que no puede acabar bien, que cada avance del joven Eddie en la investigación implica un paso más hacia abajo en un pozo sin fondo.

Por el camino, mientras tanto, un par de imágenes se clavan en nuestro subconsciente: quien ha matado a la pequeña Clare Kempley, ha intentado coserle unas alas de cisne a la espalda. El primer “interrogatorio” policial que presenciamos, casi al final de la cinta. Y la esposa del constructor John Dawson, desequilibrada, digna heredera de Ramona Linscott, la madre de “La Dalia Negra”. No es casual este comentario: Red Riding es un escalofriante ejemplo de novela negra y, como las mejores, bordea el thriller más mórbido: asesinato de niñas, violaciones, abusos sexuales, prostitutas, chaperos, asesinos en serie… todo, en este primer capítulo, dentro del desencanto y la tristeza más absoluta.

James Marsh se encarga del año 1980. Director de las fantásticas “Man On Wire” y “Wisconsin Death Trip”, dota de un tono más moderno y contemporáneo a la cinta, lo que se convierte en un curioso contrapunto ya que su historia es, por así decirlo, la más “conservadora” de las tres. Peter Hunter (Paddy Considine) descrito al principio de la película como un hombre casado, sin hijos, honesto, con un expediente limpio, es requerido por el Ministerio del Interior para que lleve a cabo una investigación paralela a la que lleva la policía sobre el “violador de Yorkshire”, que ya se ha cobrado doce víctimas. En realidad, se trata más bien de limpiar su imagen: Peter Hunter fue el encargado de llevar a cabo la investigación de la matanza del pub Karachi, en 1974, suceso que cierra la cinta anterior, expediente que no pudo ser cerrado. Peter elige como compañeros de investigación a Hellen Marshal (Maxine Peake) y John Nolan (Tony Pitts), y juntos son supervisados por dos policías del grupo de Molloy; uno de ellos, Bob Craven (Sean Harris) no es, precisamente, el mejor compañero para un caso así, sobre todo tras haber visto “Red Riding 1974”. El capítulo del año 80 es más crudo que el del 74. Aquí, otro personaje honesto, como es Hunter, intentará arrojar luz por todos los medios en un caso en el que, quizás, se le han adjudicado al “violador de Yorkshire” más víctimas de las que son suyas por derecho propio… La relación que se establece entre Peter y Hellen, y la inusitada relevancia que adquiere entre ellos el sacerdote Martin Laws (Peter Mullan) configura el grueso de la película.

Nuevas imágenes para el recuerdo: una casa ardiendo. El terrible fin de un antiguo policía arrepentido.

Y, así, llegamos al año 83, dirigido por Anand Tucker.

El objetivo de este capítulo no era nada sencillo: cerrar la trama de continuidad y ofrecer, a su vez, un argumento interesante. Así que, para llevarlo a cabo, se reparte el protagonismo entre John Piggot (Mark Addy), hijo de uno de los policías del grupo de Yorkshire, que intenta que se libere de la cárcel a un falso culpable por las desapariciones y asesinatos del año 74, y Maurice Jobson (David Morrisey), policía del grupo que siempre había parecido estar un poco al margen, aunque partícipe, de las actividades de sus compañeros. 1983 es quizás el más violento de los tres episodios, sobre todo en lo que respecta a la crudezad de los “interrogatorios”, con alguna variación en el modus operandi. En el haber del capítulo hay que situar la negativa al golpe de efecto, sustituida por una sabia dosificación de la información: la identidad del asesino que lleva actuando quince años es sorprendente y sosegada, a la vez. Son muchas las historias que hay que orquestar, y todas importantes. Ninguna debe eclipsar las otras. Entre ellas, por ejemplo, comprender una motivación tan potente como es un problema de conciencia. En el debe, sin embargo, mencionar que, quizás, es el capítulo con menos identidad propia, asunto debido a una dirección un tanto despersonalizada, y una orquestación del clímax un poco gratuita: se acumulan demasiadas casualidades seguidas para el final. En general, esta entrega está más centrada en cerrar las tramas y descuida un poco su propia historia. Algo que, por otro, lado, puede satisfacer a muchos espectadores que, a estas alturas, no quieren material nuevo sino acabar de encajar las piezas.

A pesar de esto, el resultado final es enormemente satisfactorio. Los valores de producción son excepcionales, el equipo actoral hace un trabajo espléndido, y el argumento es absorbente. De hecho, sientes que has sido testigo de una parte de la historia de un lugar que, tres películas después, ya conoces. Y, sobre todo, has comprendido, un poco mejor, tus instintos: tanto los más elevados como los más bajos e innobles.

Lo mejor: Las dos primeras entregas.

Lo peor: Que la tercera entrega, siendo una buena película, baje el listón justo en su tramo final.

The Ward

Un regreso a medio gas

The_Ward_Poster

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  • Título original: The Ward
  • Nacionalidad: USA | Año: 2010
  • Director: John Carpenter
  • Guión: Michael Rasmussen, Shawn Rasmussen
  • Intérpretes: Amber Heard, Jared Harris, Danielle Panabaker
  • Argumento: 1966, Kristen ha sido internada en un psiquiátrico y no recuerda por qué. Poco a poco va descubriendo qué oculta su cerebro. Pero... ¿será más horrible que el ser que vaga por los pasillos matando a las internas antes de que consigan su alta?

65 |100

Estrellas: 3

The_Ward_Grande

Nueve años son muchos años. Sobre todo si estamos hablando de la ausencia de un maestro responsable de obras como La noche de Halloween, La Cosa, 1997: Rescate en NY ó la magistral En la boca del miedo. Estamos hablando de John Carpenter, ese genial director de más de sesenta años (dato en absoluto baladí), que desde la infravalorada Fantasmas de Marte (2001) se había sumergido en un silencio obligado por las enfermedades y un mercado, el del cine fantástico, que mira con lupa y excesivo criticismo las obras modernas de determinados autores consagrados.
Bueno, el citado silencio no ha sido absoluto; habiendo podido disfrutar de dos capítulos de la serie Maestros del Horror muy desiguales: El genial Cigarette Burns y el flojito Pro-Life.
Sin embargo, todos sus fans (entre los que me encuentro) llevabamos esperando con ansia el retorno a la gran pantalla de uno de los creadores más memorables del cine fantástico. ¿Ó alguno es capaz de negar qué Carpenter se encuentra entre los veinte mejores directores de cine de género? De acuerdo, quizás no tanto por su técnica como por su constancia, cariño para con los aficionados y los argumentos siempre interesantes de sus películas; pero es más de lo que podemos decir de figuras encumbradas en taquilla como James Cameron ó George Lucas.

Bien, pues el retorno ya está aquí; y no exento de polémica, opiniones enfrentadas y unas críticas, a mi juicio, excesivamente duras. Y este regreso, se trata de un thriller de tintes sobrenaturales, llamado The Ward; el cual tuve el placer de poder verlo en la actual edición del festival de Sitges rodeado de buenos amigos, fuerte olor a humanidad y grititos de expectación. El ambiente idóneo de un festival, vamos.

Corre el año 1966, Kristen Amber Heard es internada en un tenebroso psiquiátrico por incendiar una granja. Confundida, atormentada por difusos recuerdos ominosos y sin saber muy bien como ha llegado hasta esa situación, se ve retenida en contra de su voluntad y bajo un tratamiento de choque bastante severo para los cánones actuales. En el ala donde está internada, otras cuatro chicas son su única compañía frente a la dura actitud de las enfermeras y camilleros.

Al poco de llegar, Kristen empieza a intuir que algo no anda muy bien. Sus compañeras están aterrorizadas por algo que ronda de noche entre los pasillos de la institución. Condenadas a ser tomadas por locas, las chicas intentan ignorar la amenaza que poco a poco las va cazando antes de que puedan recibir el alta médica. Sin ayuda ni respeto por parte de los empleados del psiquiátrico, Kristen se ve avocada a desentrañar un misterio que atenta contra su propia vida y la de, las ahora, sus amigas.

The Ward no presenta argumental una historia novedosa, ni siquiera potente. El misterio en el manicomio, la lucha entre internos y sanitarios; el horror a verse atrapado en un edificio con algo peligroso sin que nadie te crea, es una trama que el mismo Carpenter ha usado con profusión e incluso otros autores han querido manejar dándole cierta vuelta de tuerca, como en el caso de la entrañable Bubba Ho-Tep de Don Coscarelli. Este es el primer handicap con el que se enfrenta Carpenter, y no es que el guión lo resuelva en modo alguno, usando giros, sorpresas, personajes brillantes u otros recursos. Entonces, ¿es recomendable esta película? Ante tan retorcida pregunta solo queda fijarnos en lo más importante de una producción terrorífica: Su guión, ambientación y actuaciones.

El libreto de los desconocidos hermanos Rasmussen (este es su primer trabajo de “peso”) se dedica a cimentar la película sobre situaciones manidas, personajes arquetípicos y sustos fáciles. No obstante, esta acumulación de escenas poco sorprendentes y originales no tiene una lectura tan sencilla e inmediata. Digamos que la saña e inquina de algunos “críticos” se ha dejado llevar por una primera impresión, a todas luces, desproporcionada.
Claramente, nos encontramos con una cinta que busca un enfoque clásico del cine de sustos; un equivalente moderno a los relatos de fantasmas de M.R. James. He podido leer que la historia de Kristen y sus compañeras resulta aburrida dada la falta de originalidad argumental, así como los sustos tontorrones que se repiten sin cesar, haciendo uso del aumento de volumen repentino. Bien, ¡así era el cine de terror hace treinta años! Y sigue siendo superior a más de la mitad de producciones de este nuevo siglo. Es como si los responsables del proyecto, se hubiesen tomado la vuelta detrás de las cámaras de Carpenter como una necesaria vuelta a su cine más característico. Muy recomendable me parece visionar La Noche de Halloween después de ver The Ward, los paralelismos formales asustarán a más de uno.
Además el argumento no es tan malo, funciona lo suficiente como para no perder el interés durante la escasa hora y medía de metraje; con que la presencia fantasmal hubiese tenido algo más de carisma ó enjundia todo hubiese tenido una repercusión más positiva.
Puede que sea un trabajo de encargo, pero lo veo igual de resultón que Vampiros (1998), la cual no fue tan vilipendiada.

Visualmente observamos rápidamente que la ambientación sesentera tiene un único propósito. Predisponer al espectador, ponerlo sobre aviso de que no va a ver una película “actual”. Con un ligero esfuerzo de fe, podríamos creer que estamos ante una producción de los setenta ambientada en los sesenta. Algo parecido (con cambio de décadas por medio) a The House of The Devil de Ty West, pero con mayor acierto (y presupuesto). Aquí ya tenemos el primer elemento diferenciador; el toque de estilo de un maestro: donde directores más jóvenes tropiezan, John Carpenter acierta de pleno. Sin efectismos pero con sobrada efectividad, nos vemos trasladados a una época, los años sesenta, con una veracidad increíble para los escasos recursos utilizados. Todo con un ritmo profesional que agudiza la sensación retro…
La ambientación nocturna, los viejos pasillos iluminados perfectamente (el uso de la iluminación y la fotografía es digno de estudio en escuelas de imagen y sonido), los enfoques exteriores de la arquitectura del siniestro manicomio, el vestuario datado… todo eso y poco más, nos sitúa en una década donde el cine era diferente; predecible en el siglo XXI pero dotado de una magia que todavía no se ha podido igualar, salvo en contadas ocasiones, en estos últimos años de paupérrimo género fantástico.
Lamentablemente, reconozco que esta atmósfera insana y misteriosa que se respira, está al servicio de este engaño cinematográfico y nada más; dejando al guión bastante desangelado en cuanto a desarrollo e interés, por eso de ver lo mismo en pantalla una y otra vez.
Quizás el exceso de sobresaltos debería haber sido controlado, más de uno saldrá aborrecido al comprobar como la “presencia” ó “fantasma” actúa siempre cuando uno espera y además en las ubicaciones más artificialmente preparadas que he visto en mucho tiempo… pero, insisto, no os engañéis; es algo premeditado…

Las actuaciones están a buen nivel, algo maniatadas debido a los personajes bidimensionales que pueblan el psiquiátrico. Sin embargo, volvemos a la intencionalidad… actores, como el televisivo Jared Harris, demuestran una solvencia sobrada bajo una dirección artística que se hace notar por la contención (muy de los setenta) en los diálogos. Amber Heard, buena amiga de Almas Oscuras debido a su papel en Todos los chicos aman a Mandy Lane y a uno de los cameos más divertidos de Zombieland, se destapa como una heroína de tomo y lomo, abandonando sus papeles más sexys para mostrar que es una buena apuesta de futuro dentro del género de terror. No se trata de una actuación deslumbrante, todavía le queda mucho para dominar la actuación a través de la expresividad facial, pero ese acercamiento al prototipo de Sarah Connor hace que gane como actriz; aunque no se la vea tan guapa como en otros trabajos… de hecho, aún puedo recordar los comentarios lascivos sobre ella que hacia un tipo sentado a mi derecha, y es que Amber destapa pasiones allí por donde pasa…
También me parece que los clichés en cuanto a personajes estereotipados (la loca que está como una cabra, la loca seductora, la loca mimosa y la loca intelectual) responden a ese deseo de llamar la atención sobre un estilo anticuado pero valido. Es más, mientras en otras cintas estos estereotipos se usan con torpeza, aquí están bien integrados en la trama, siendo parte esencial de la misma. Y es que a pesar de la superficialidad general, la cinta deja los cabos atados y bien atados, pese a la sensación de que se ha jugado con nuestra mente como en otros títulos que no nombraré para evitar destripes innecesarios. Baste decir que cerrar tan herméticamente un guión tampoco suele ser el estilo actual y en ese aspecto el film gana enteros.

Y aquí es cuando me gustaría volver finalmente al quid de la cuestión: ¿Es una buena película? Recomendar ó no The Ward es complicado, uno tiene que dejar de lado su amor por el cine de Carpenter y reconocer que la propuesta se queda medio gas; precisamente porque al ser un fanático de las películas de este cineasta, uno tiene este tipo de cine, el de las apariciones fantasmagóricas fuera de plano, muy trillado. Hay que aceptar que estas películas como homenaje a una época ya superada saben a poco en los tiempos que corren; sin embargo, superada la primera impresión de producto para encefalogramas planos, podemos disfrutar The Ward por su sabor añejo, unos planos interiores ejemplares y un amor al terror que yo no veo muy a menudo.

Otros dicen que a Carpenter siempre se le puede pedir más. Pero, ¿tú qué le pedirías a tu abuelo de setenta y dos años? “¡Súbete al andamio abuelo!” Un poco de perspectiva antes de despellejar, por favor. La película no es un hito en la carrera de este director, pero tampoco me parece el tropiezo que otros quieren ver. Si que me gustaría ver una cinta dirigida por él, escrita por él y musicada por él… pero veo injusto tirar a la basura una película porque mis deseos particulares no se plasmen en pantalla, una cosa es ser exigente y otra ser cáustico gratuitamente.

En definitiva, en una cartelera plagada de remakes, de cintas alejadas del verdadero cine terrorífico y de grandes presupuestos vacíos de contenido; el retorno de un genio a medio gas sigue pateando culos a Eli Roth, Robert Rodríguez y otros pseudo-sofistas del fantástico.

Lo mejor: El uso de la escenografía, cámara y efectos de luz; la guapa Amber Heard... y diablos!!! La vuelta de un auténtico maestro del horror siempre debe ser bienvenida

Lo peor: Lo manido de todos los elementos arguméntales, el uso de sustos fáciles y saber que John Carpenter podría haber dejado una mayor impronta personal, en este proyecto

Buried

Torrente de adrenalina en el interior de un ataúd

Buried (enterrado)

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  • Título original: Buried
  • Nacionalidad: España | Año: 2010
  • Director: Rodrigo Cortés
  • Guión: Chris Sparling
  • Intérpretes: Ryan Reynolds, Robert Paterson, Stephen Tobolowsky
  • Argumento: Paul Conroy, tras sufrir en Irak el ataque de un grupo de insurrectos, despierta enterrado bajo tierra en el interior de un ataúd.

90 |100

Estrellas: 5

Buried (enterrado)

Brillante, hipnotizadora, apasionante… no, no son palabras mías. En realidad son sólo una muestra de algunos de los calificativos que la crítica internacional le ha brindado a Buried (Enterrado), un thriller claustrofóbico dirigido por el español Rodrigo Cortés (El Concursante, 2007), con guión de Chris Sparling (se especula con que su libreto pueda estar presente en la carrera de los oscars), y con el protagonismo absoluto de un actor norteamericano de postín como es Ryan Reynolds (Terror en Amytville, 2005), en la que es, sin duda alguna y hasta la fecha, la mejor interpretación de su carrera.

Paul Conroy es un contratista civil norteamericano que presta servicios en territorio iraquí. Tras un terrible suceso que no conviene desvelar, Paul Conroy despierta en el interior de un ataúd de madera enterrado bajo tierra. Sus únicos aliados para salir con vida del ataúd serán un mechero y un teléfono móvil con escasa reserva de batería.

Brillante, hipnotizadora, apasionante… sí, ahora sí son mis palabras. Y para evitar ser acusado de plagio, ahí van unos cuantos adjetivos de mi propia cosecha: arriesgada, intensa, sorprendente, arrebatadora.
Buried (Enterrado) no tiene trampa ni cartón. Es tal y cómo nos la vendieron. Un tipo en el interior de un ataúd con 90 minutos por delante para lograr salir de él con vida. Una única localización, una única presencia física, la de Paul Conroy. Al resto de protagonistas únicamente les oímos la voz a través del teléfono móvil.

Las suspicacias que puede despertar un proyecto de estas características son innumerables (y lo digo por propia experiencia): que si su argumento da, cómo mucho, para un cortometraje; que aguantar durante 90 minutos a un único personaje en pantalla puede resultar una experiencia insufrible; que será prácticamente imposible mantener un buen ritmo debido a las propias restricciones de la trama y la puesta en escena… Olvidadlo. Olvidadlo todo. Olvidad cualquier idea preconcevida sobre Buried (Enterrado) que pueda llevaros a albergar dudas o recelos hacia la, por otro lado, arriesgadísima propuesta de Rodrigo Cortés.

El director gallego supera con creces todas las evidentes autolimitaciones de Buried para ofrecernos un thriller intenso, dinámico, emocionante y, en definitiva, un espectáculo cinematográfico puro y, sobre todo, inusual, susceptible de ser reivindicado, desde ya, como una de las mejores películas del año.

¿Y cómo consigue Cortés que una trama y una puesta en escena tan aparentemente minúsculas, anecdóticas, rígidas; devengan finalemente una experiencia dinámica capaz de mantener al espectador en un estado de constante tensión?

Por un lado el director rompe esa previsible rigidez y estabilidad que pudieran proporcionarle las cuatro paredes del ataúd utilizando su cámara con la energía y el ritmo adecuados para cada situación. Utiliza largos travellings que recorren el habitáculo de punta a punta para acentuar las situaciones de suspense. Una grúa nos aleja de la acción si se impone un mínimo respiro para el espectador. La cámara en mano y el montaje enérgico se dan cita en aquellos momentos en que la película ofrece acción y tensión en grandes dosis (ver al respecto la espectacular secuencia en la que el protagonista recibe la terrorífica visita de un indeseable compañero de viaje. Un magistral ejemplo de suspense resuelto con una potente inyección de adrenalina). En definitiva, Rodrigo Cortés nos obsequia con una inesperada (se trata de su segundo largometraje) lección magistral sobre como superar las limitaciones de un espacio y una historia minimalistas a través de una excelente concepción y uso del lenguaje cinematográfico.

En Buried (Enterrado) ocurren cosas constantemente, y Rodrigo Cortés sabe perfectamente qué ritmo debe otorgarle a cada uno de los acontecimientos que se suceden. Lograrlo supongo que fue todo un reto para el director, y de la posibilidad de sacar adelante dicho reto dependía en gran medida el éxito de Buried (Enterrado).

Pero Buried (Enterrado) no es tan sólo un prodigio de realización y montaje. Cuando abandonamos el terreno puramente formal (aunque en Buried es imposible desprenderse, defintivamente, de lo formal) para adentrarnos en su historia, nos damos cuenta de que su guión es un mecanismo de relojería suiza que consigue, en todo momento, el que supongo que fue el objetivo prioritario de Chris Sparling, su autor, en el momento mismo de concebir el proyecto: lograr que el espectador se metiera en la piel de Paul Conroy.

El sufrimiento y la angustia de Paul Conroy acaba siendo el sufrimiento y la angustia del espectador. Maldecimos la política antiterrorista del gobierno norteamericano que considera a Paul un daño colateral perfectamente asumible. Nos acordamos de la familia de todos aquellos burócratas que no saben reaccionar ante la situación de nuestro desdichado protagonista. Aceptamos la evidente crítica al conflicto irakí. Apretamos con rabia los puños cuando asistimos a la execrable maniobra de una gran corporación que intenta salvar el culo evitando toda responsabilidad ante la terrible situación vivida por Paul Conroy (la conversación telefónica entre el protagonista y el representante del gabinente jurídico de la empresa en la que presta servicios y que le envío a Irak, resulta, sencillamente, magistral… y provoca en el espectador una sensación de rabia e impotencia poco menos que insoportables) y nos estremecemos cuando éste decide llamar a uno de sus familiares más cercanos.

En definitiva, vivimos una auténtica montaña rusa de emociones y acumulamos un alto grado de tensión, sin abandonar, en ningún instante, el estricto esquema de un tipo atrapado en el interior de un ataúd. Mérito absoluto del director – montaje, planificación y ritmo – y de la riqueza emocional de un guión que apenas muestra una sola fisura.

Y sí… el final es previsible. Sabemos, o al menos intuímos lo que va a ocurrir (como en tantas otras ocasiones, interesa menos el final que el camino recorrido). Pero nuevamente Rodrigo Cortés nos sirve una última secuencia de una intensidad y una fuerza tal que, pese a su previsibilidad, nos lleva a mordernos el labio inferior y a arquear nuestra espalda sobre el respaldo de la butaca.

Buried (Enterrado) es una magnífica película. Original (va mucho más allá que el ya célebre – y estupendo – episodio de la serie televisiva CSI Las Vegas, dirigido por Tarantino), inesperada, intensa y sobrecogedora. Toda una experiencia.

Lo mejor: El grado de intensidad que logra con tan pocos elementos a su alcance.

Lo peor: Su final no será del agrado de muchos espectadores.

Road Kill

Gasolina

Road Kill

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  • Título original: Road Kill
  • Nacionalidad: Australia | Año: 2010
  • Director: Dean Francis
  • Guión: Clive Hopkins
  • Intérpretes: Bob Morley, Xavier Samuel, Georgina Haig y Sophie Lowe
  • Argumento: Cuatro jóvenes son perseguidos por un enorme trailer en cuya naturaleza parece haber algo sobrenatural.

40 |100

Estrellas: 2

Road Kill

“Road Kill” cuenta la historia de dos parejas de jóvenes que están de viaje por el sur de Australia y, en medio de una carretera desierta, se pican en una carrera con un enorme trailer de dos cuerpos. ¿El resultado? El viejo coche de los jóvenes vuelca y uno de ellos, Craig (Bob Morley), se parte un brazo. Sin vehículo, en mitad de ningún sitio, los chicos se angustian hasta que avistan, a lo lejos, el enorme camión que les ha agredido. Detenido, unos metros adelante. Siendo, como es, su única esperanza, se acercan, a ver si consiguen hacer entrar en razón al conductor para que lleve a su amigo a un hospital…

Empezamos regular, ¿verdad? Si un loco con un camión gigantesco se lanza a por ti en una carretera, creo que por mucho que pueda ser tu única esperanza, es difícil encajar que estos chicos se acerquen a por él. Por tanto, en los primeros diez minutos de película, hay que hacer la vista gorda. Se plantea uno, por tanto, la siguiente cuestión: puede que no esté todo perdido. Puedo olvidar esto si lo que sigue es apasionante.

Marcus (Xavier Samuel) y Liz (Georgina Haig), la pareja indemne, van hacia el camión, mientras Nina (Sophie Lowe) se queda con el malherido Craig. Los jóvenes llegan hasta el vehículo. Está vacío. Las puertas delanteras abiertas. Del conductor no hay rastro. Además, las llaves están puestas. Suben, justo cuando a lo lejos, se divisa al conductor, que corre hacia ellos, disparándoles. Los chicos arrancan y recogen a sus amigos. Dejan atrás al conductor. Carretera adelante, ¡bien!, pueden salir de esa…
…pero hay algo raro en el trailer. En vez de la insignia de la marca, en el capó hay una pequeña figurita de un perro con tres cabezas que Marcus, el conductor, ha mirado fascinado durante un buen rato. Así, mientras todos duermen, Marcus intenta mantenerse despierto mientras algo, quizás ese extraño perro, aparece en su cabeza, vence su voluntad y le hace salirse de la carretera y tomar un camino sin salida. En ese punto, cuando los demás descubren que se han desviado de la ruta, comienzan los enfrentamientos entre ellos, las tensiones que hay bajo sus aparentes buenas relaciones, siempre a la sombra amenazante del camión…

“Road Kill” no disimula su inspiración directa, “Christine”, la novela de Stephen King. Pero, eso sí, la “personalidad” del coche del novelista americano es mucho más fascinante que la de este mamotreto. Si el plymouth era una suerte de novia celosa, el camión es un animal egoísta que sólo busca su sustento más básico. Y no tiene ningún reparo en utilizar a los jóvenes a su antojo, siempre “poseyendo” al que pueda saciar su instinto de un modo más inmediato.* Así, uno diría que un pilar básico de “Road Kill” debe ser, por tanto, la personalidad de sus cuatro protagonistas. Así debería ser, pero no lo es, y es una de las grandes carencias de la película. Los personajes apenas se mantienen. Marcus, Liz y Nina no cambian su registro en toda la hora y media. Marcus es guapo y un poco engreído, Liz está enamorada de Craig, y Nina es una chica entregada a su novio y buena (…hasta el extremo de ser tonta). Sólo Craig, sobre el papel, empieza de un modo (sexy, majo, bienintencionado) y acaba de otro (utilizando sus virtudes para manipular a los demás).

Eso sí, sobre el papel. Si hay un problema grande y decisivo en “Road Kill” es la labor de dirección de Dean Francis. Puede que los actores no sean los mejores del mundo, pero su batuta al mando es inexistente. El tono de la película también parece navegar sin rumbo fijo: en los primeros minutos, parece que estemos ante una película de Greg Mclean, también australiano y fascinado por la belleza negra y mórbida del entorno natural del país. Pero en cuanto la trama avanza, nos metemos de lleno en el terreno de la serie B –en el sentido malo del término-, aunque al final intente recuperar el pulso estético. A esto, hemos de sumar la planificación: no se sostienen momentos en los que, por ejemplo, Craig abandona el sitio en el que Nina le había dejado, y vemos a dónde se dirige. Posteriormente, Nina sale a buscarle, y no tiene ningún sentido ver cómo la chica mira en un lugar en el que sabemos, porque lo hemos visto, que Craig no está, y que el director nos ofrezca la réplica a la mirada de Nina mostrando el lugar vacío y enfatizando con música la supuesta sorpresa de que el chico no esté allí.
Por otra parte, en el tramo final de la película, se acumulan los sinsentidos y fallos de racord gordos –el trailer lleva dos contenedores, y el mismo interior se encuentra en uno y otro indistintamente. A esto hay que sumar el guión de Clive Hopkins: en tres ocasiones, un personaje, en un momento de tensión, se queda dormido (!!!) y despierta un tiempo después… tiempo que se necesitaba para colocar los elementos del siguiente tramo de la película. O el clímax, estirado hasta la extenuación para alcanzar los noventa minutos de película.

Puede que esté siendo duro. Pero es que da rabia porque, aunque no era original, la trama daba de sí. Y algunas cosas están la mar de bien resueltas –la presentación del mecanismo del camión, por ejemplo, dibujada en la pared de la que parece la guarida del conductor, o el motor del vehículo, una imagen no por tópica menos perturbadora-, por lo que da que pensar por qué otras no se han pensado del mismo modo. Además, hasta que llega el ya mencionado y estirado clímax, la película, a pesar de sus peros, no se ve mal del todo.

En definitiva, que podía haber estado bien. Y eso duele.

Lo mejor: El motor del camión.

Lo peor: En general, es floja