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Don't be afraid of the dark

Esa húmeda y cálida oscuridad

Dont_be_afraid_of_the_dark

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  • Título original: Don't be afraid of the dark
  • Nacionalidad: USA | Año: 1973
  • Director: John Newland
  • Guión: Nigel McKeand
  • Intérpretes: Kim Darby, Jim Hutton, William Demarest
  • Argumento: Sally y su marido se mudan a la mansión victoriana del difunto padre de ésta. Al poco de redecorar, Sally descubre una habitación oculta, cuyas paredes susurran sobre la locura y amenazan su alma...

75 |100

Estrellas: 4

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Con motivo de la inminente llegada de La Noche de Difuntos, El Día de Muertos o Halloween (elija el nombre que más le guste para esta celebración pagana que ensalza el contacto y tributo con nuestros muertos y por ende, toda la parafernalia basada en el terror), me gustaría proponeros el visionado de una cinta que, desde mi humilde punto de vista, sintetiza magníficamente el lado más terrorífico, desde la perspectiva más norteamericana y tradicional, de esta festividad. Así pues… adentrémonos en la oscuridad

Sally, una nerviosa y candida ama de casa, y su marido, Alex, se mudan a la enorme mansión victoriana que el padre de ella les ha legado. En pleno proceso de mudanza, y mientras Sally entusiasmada disfruta de las posibilidades del caserón, descubren una habitación oculta. Al parecer se trata del viejo estudio de papá, pese a las advertencias del Sr. Harris, manitas que les está ayudando en el traslado, ella se empeña en usar la habitación como estudio para sus labores; y lo que es peor, reabrir un hueco cerrado que daba a una chimenea abandonada.

A partir de ese momento, ruidos y eventos misteriosos empiezan a llenar la vida de una Sally, que observa desolada como su esposo se concentra en el trabajo, ignorando los miedos de su esposa y recomendándole unos buenos barbitúricos para poner coto a su alocada imaginación. ¿Realidad? ¿Fantasía? ¿Pequeños demonios burlándose de ella tras las umbrías esquinas de la mansión? Ni siquiera Sally lo sabe, y las preguntas en su cabeza están comenzando a desquiciarla…

Lo primero que destaca al comenzar el recorrido por este tour de force de los miedos infantiles, es lo datado que nos resulta todo. Tenemos una pareja que, aunque joven, muestra todos los estigmas sociales de principios de los setenta; dícese de la forma en que la esposa asume un rol secundario, en cuanto a motor del matrimonio, y sus opiniones son juzgadas con desinterés por un rígido, pero cariñoso, marido al que la decoración del nuevo hogar le parece “cosa de mujeres”.
El despliegue visual tampoco ayuda a abstraernos de la época en que Don’t be afraid of the dark fue rodada. La fotografía seca nos revela inmediatamente que estamos ante una “vulgar” película para televisión; eso sí, filmada con bastante mimo y oficio, algo que no se puede decir hoy en día de la mayoría de producciones directas para la televisión por cable. Los atuendos de los actores, peinados, su actuación metódica y hasta cierto punto distante, la coloración apagada del film y una banda sonora bastante tradicional e intrascendente nos llevan, a algunos, a una época añorada donde debajo de la cama existía un mundo oscuro y asfixiante; y para otros, no dirá nada. Especialmente a aquellos alimentados con un cine más actual y menos dado a estimular nuestra imaginación, éstos se aburrirán soberanamente ante una película sin prisas. Vamos, a nadie epatará con insólitos giros arguméntales, puesto que no existen.

Pero al poco tiempo del metraje, si nos dejamos llevar por la inocencia de nuestra mirada, descubrimos un cuento gótico anclado en lo tradicional y efectivo. Y haciendo unicamente uso de los temores primitivos del hombre a la oscuridad, como generador de una atmósfera creíble y misteriosa, capaz de atrapar al espectador.
Vemos la tan siniestra como bella mansión victoriana, cobrando protagonismo propio de principio a fin de la cinta; subrayando unas fuertes raíces góticas enterradas en la prosa de Ann Radcliffe o Henry James. Incluso su mismo título, Don’t be afraid of the dark (“No temas a la oscuridad”), responde a esa frase tan odiada por los niños cuando contaban a sus padres sobre sus pesadillas nocturnas. ¿Y existe algo qué de más miedo que una pesadilla?

De eso se trata al fin y al cabo; una buena película de terror, una buena noche de Halloween, tienen que contener ese factor de pesadilla que nos engaña momentáneamente para temer que lo imposible, y lo desagradable, puedan suceder sin capacidad de control por nuestra parte. Eso le ocurre precisamente a Sally, impotente contempla como su esposo y amigos creen que está perdiendo la cabeza, incluso llega a dudar de si misma, pero, ¿y si las voces qué oye en las sombras del caserón fueran reales? Entonces eso sería peor, así que finalmente lucha contra sus demonios sola y sin el apoyo de nadie, hasta que Jim acepta los miedos de su mujer como algo “probable”, conciencia que llega demasiado tarde. Unos terrores intimistas que se reflejan en la omnipresente oscuridad, que se maneja con especial acierto en pantalla, evitando el tedio usando efectos de sonido escalofriantes y fugaces visiones de “algo” o “alguien”. Pequeños monstruitos, que a pesar de estar realizados con más ilusión que acierto, nos ponen de los nervios cada vez que su presencia atormenta a la indefensa Sally. ¡Y lo mejor! ¡Nadie nos explica de dónde narices han salido esas entidades!

Todos sabemos que es más eficaz sugerir que mostrar “pornográficamente”, y aunque en este caso también se deba a una escasez de medios que datan aun más la película; con esa sencillez de planteamientos, tanto arguméntales como escénicos, la tensión provocada por el deterioro mental de Sally llega a angustiarnos si asumimos el papel de espectadores infantiles. Ese público que se deja llevar por el escalofrío, antes que por el sobresalto, y no necesita profundos efectismos para desplegar su fantasía. ¡Resulta admirable cómo con unas técnicas en efectos visuales tan limitadas, se consiga inquietarnos lo justo para encender la luz antes de entrar al baño!
Quizás este siendo muy exagerado, debido a que la vi bastante joven, y es una de esas películas que según a que edad la veas, puede marcar bastante tus gustos. Parece que ahora, por querer hacer más llamativa cualquier producción, los cineastas se olvidan fácilmente de contar una historia sencilla pero con cuidados detalles que enriquezcan su trasfondo.

En el caso de Don’t be afraid of the Dark, son esos detalles, como la habitación secreta que parece amenazadora luciendo un aspecto inofensivo, los que hacen que esta cinta exceda el mero entretenimiento y complemente una buena noche de Halloween. Al fin y al cabo algo debe de tener, cuando Guillermo del Toro nos presenta en 2011 el estreno de su remake. Sin duda, el director mejicano ha visto el potencial de la cinta y ha creído factible actualizar una historia clásica con gusto por ese terror tradicional que parece estar volviendo con fuerza; al menos quiero creer eso antes que asumir la preocupante falta de ideas nuevas en la industria del cine…

Finalmente, sin entrar en revelaros nada, nuestro camino llega a un desenlace que satisfará a todos y creo que representa el lado más serio de la noche de difuntos. Las pesadillas casi siempre concluyen antes de que desencadenen tu muerte onírica, pero, ¿y si por una noche, todo lo malo de tu cabeza se hiciese realidad? ¿Se escondiese en las sombras los horrores imaginarios de tu infancia? ¿Y si la pesadilla nunca terminase?

Suspendamos brevemente la incredulidad, no hay más que predisponerse con un poco de buen humor y con ganas de pasar miedo, para descubrir que el cine fantástico de corte clásico no tiene nada que envidiar a otras cintas más “directas” pero menos eficaces. Una película largamente ignorada, que gracias a la exposición de internet está comenzando a revindicarse.
Un auténtico festín para Noche de Brujas que encarecidamente os recomiendo; no importa edad, no importa el sexo, la condición religiosa… en este caso, el verdadero protagonista es el miedo, y si una noche al año sirve de excusa para dejarse llevar por esta sensación tan fugaz y tan intensa; bien pueda ser esta película, la herramienta para recordar el terror que nos provoca “eso” que se oculta en la oscuridad…

Ya he comentado en la reseña acerca del próximo extremo (2011) del remake de este clásico, por parte de Guillermo del Toro y bajo la dirección de Troy Nixey. La necesidad del mismo entra dentro de la ya saturada polémica acerca de la conveniencia de revisitar obras del pasado sin motivo aparente. Sin embargo, y dado lo datado de la película original, no parece una mala opción como puesta al día de un clásico, que en su día pudo haberse convertido en una obra maestra de haber obtenido mejor financiación. Además, la presencia del siempre respetuoso para con el fantascine, del Toro, augura una propuesta interesante que vemos rubricada con un sugerente trailer que os ofrezco un poco más abajo. La única pega, para mí, es el protagonismo principal por parte de una Katie Holmes, hacia la que os confieso mi más profunda antipatía; así como un exceso decorativo mostrado en los trailers, que desvirtúa el miedo sincero y minimalista propio de la cinta de los años setenta. De todos modos, y para este treinta y uno de Octubre, podéis disfrutar de la producción original, arriesgándoos a no conciliar el sueño si os dejáis llevar por ese miedo a las sombras que tan bien nos hace rememorar esta pequeña gema oscura…

Lo mejor: La atmósfera de amenaza y locura mantenida, la omnipresente y aterradora oscuridad; y un final respetuoso con el espectador

Lo peor: Las deficiencias técnicas propias de la época y de su destino: la televisión por cable

Miedos 3D

Terror juvenil del bueno

Miedos 3D

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  • Título original: The Hole
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Joe Dante
  • Guión: Mark L. Smith
  • Intérpretes: Chris Massoglia, Nathan Gamble, Haley Bennett
  • Argumento: Dos hermanos y la vecinita de al lado descubren un misterioso agujero que pondrá de relieve sus miedos más profundos.

67 |100

Estrellas: 4

Miedos 3D

Uno se acerca a la sala de cine, se enfunda las cada vez más frágiles y destartaladas gafas 3D (por las que debo pagar un euro extra, que viene a sumarse a la cantidad adicional que debo abonar en taquilla por tratarse de una película 3D), y se dispone a reencontrarse con un héroe de la infancia, Joe Dante, un grande de los 80 en cuya filmografía encontramos un buen puñado de esos títulos que a muchos nos ayudaron a forjarnos como los adictos al cine fantástico y de terror que hoy somos: Gremlins, Piraña, Exploradores, Aullidos, Matinee…

Y le he encontrado. He encontrado a un Dante en estado puro. Quizás no sea el mejor Dante. Probablemente esté lejos de la rabiosa diversión de Gremlins o de las mejores cuotas de horror de Aullidos; pero Dante vuelve a demostrar, en su esperado regreso, esa capacidad suya para contar la misma historia de siempre ubicándola en un convincente, atractivo e inteligente escenario de fantasia y, en menor medida, horror.

Dos hermanos encuentran en el sótano de su nueva casa un extraño agujero que no parece tener fondo. Junto a la vecinita de ambos descubrirán que el mencionado agujero les tiene preparadas terroríficas sorpresas relacionadas con los miedos más profundos de cada uno de ellos.

Bajo el cansino – y en este caso, inútil – reclamo de la tecnología 3D, Miedos 3D (valga la redundancia), horrible traducción al castellano del título original The Hole, se sitúa en el terreno de temas universales tan trillados como la superación de miedos y traumas infantiles o la siempre difícil transición hacia la edad adulta.

El mérito de Dante lo hallamos en su habilidad para incorporar estos temas (junto a otros más conflictivos como puede ser el maltrato a menores) en el seno de una historia de terror adolescente que sabe tratar a su público (y de ello hablaré a continuación) con respeto y –nuevamente- inteligencia.

Y todo ello lo logra conjugando, con acierto, tanto elementos afines al terror más clásico (el muñeco/payaso), como elementos que aluden a un estilo de horror mucho más cercano en el tiempo (la niña que parece salida de un película japonesa de fantasmas).
Sin alarde de artificios innecesarios. Sin forzar excesivamente las situaciones, y sin necesidad de llevarlas al límite. Con unos protagonistas adolescentes más creíbles de lo habitual, unas correctísimas dosis de intriga – la historia avanza paso a paso, sin prisas, sin estridencias… pero manteniendo siempre la tensión en un punto óptimo y logrando instantes tan convincentes como la secuencia del servicio – y un envolvente ejercicio de ambientación (apoyado por una excelente fotografía), sobre todo en su tercio final, el único que parece justificar – escasamente – el epíteto de las 3D.

¿Dónde está entonces la trampa? Con estas credenciales uno podría llegar a pensar que estamos ante una de las mejores propuestas de terror del año. Pero este agujero surgido de la nada y servido por un cineasta de primer orden, esconde un secreto que quizás nos ayude a entender mejor las cosas: el público al cual va dirigido.

No esperéis de Miedos 3D grandes dosis de horror, ni un gran número de sustos (que los hay) y, por supuesto, ni una sola gota de sangre más alla de lo estrictamente necesario. Ni siquiera tendremos que lamentar bajas humanas ni daños colaterales.

Miedos 3D es una película de terror a contracorriente en el actual panorama del cine de horror, concebida para un público adolescente y preadolescente que se situaría entre los 12 y los 16 años (año más, año menos).
El aficionado al cine de terror que no entienda esto se expone, probablemente, a una película blanda, ingénua y carente de alicientes; adjetivos que en ningún modo hacen justicia a una película dirigida a un tipo de público muy concreto.

Para todos los que tengais hijos, sobrinos o nietos (quién sabe…) de edades comprendidas entre los 12 y los 16 años, Miedos 3D es una magnífica ocasión para arrastrarlos al cine y adentrarles en el universo del terror, a no ser que los dichosos críos os digan que prefieren esperar a la tercera entrega de Hostel… que es lo más probable.

¿Y qué hace una película como Miedos 3D, destinada a un público juvenil, en un lugar como Almas Oscuras? Dos razones: la primera es que la propuesta de Dante me hizo disfrutar (que se trate de un producto eminentemente juvenil no significa que los adultos no podamos disfrutarlo… que le pregunten a los tipos de Pixar). La segunda es una cuestión de pura nostalgia… Pese a que mis gustos actuales por el genéro terrorífico discurran por caminos muy distintos a Miedos 3D, sospecho que me hubiera encantado ver una película como esta cuando apenas era un mocoso preocupado por los primeros signos del acné juvenil.

Lo mejor: Es una buena película de terror juvenil.

Lo peor: Que con la excusa del dichoso 3D nos cobren una entrada más cara y un euro extra por las gafas.

Reverb

Algo pasa en el estudio de grabación

Reverb

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  • Título original: Reverb
  • Nacionalidad: UK | Año: 2008
  • Director: Eitan Arrusi
  • Guión: Eitan Arrusi
  • Intérpretes: Gregory, Eva Birthistle, Luke de Woolfson
  • Argumento: Maddy acompaña a Alex a terminar una canción en el estudio de grabación de un amigo. Pero en la pista de sonido, de repente, aparece un mensaje de auxilio...

50 |100

Estrellas: 3

Decía Alfred Hitchcock que era preferible partir de un tópico que acabar en uno. Tenía más razón que un santo, claro que también él era un privilegiado que podía permitirse decir eso, frente al resto de mortales que, lo más probable, es que acabemos en un tópico habiendo partido de uno. Dicha la cita culta del día, vamos a por “Reverb”, primera película de Eitan Arrusi.

Alex (Leo Gregory) y Maddy (Eva Birthistle) trabajan como teleoperadores en cualquier empresa de Londres; me refiero con lo de “cualquier empresa” a que, realmente, con verles el escaso minuto que les dedica el metraje a su manera de sobrevivir –todo un acierto- es suficiente para que entendamos que no les gusta su trabajo pero tienen que hacerlo, y que tienen otras inquietudes… (lamentablemente, esta historia es demasiado común); en el caso de Alex y Maddy, lo que los atrae es la música. Así que Maddy lleva a su amigo al estudio de grabación donde trabaja Dan (Luke de Woolfson) para pasar allí la noche. Dan les permite quedarse hasta las siete de la mañana, solos, por un precio por debajo del mercado; Alex quiere terminar una canción que, en sus propias palabras, puede darles fama y hacer que puedan dejar su trabajo.

El estudio de grabación es una maravilla: por fuera, es una vieja nave industrial inglesa; por dentro, una estancia moderna y sofisticada. Y, a los pocos minutos de estar allí, comienzas a tener miedo. Creo que, en este aspecto, Reverb hace suya una parte de la propuesta de House on Haunted Hill, de William Malone. Allí, se pretendía hacer una película de casa encantada a la vieja usanza pero en un entorno contemporáneo, pero creo que esta aspiración no estaba muy conseguida. En Reverb, sin embargo, el estudio moderno, el pasillo de moqueta con cristales translúcidos, la recepción vacía –agradable, con estilo, impersonal- se convierten en entornos hostiles y fantasmales donde es perfectamente posible que haya un morador sobrenatural… y es que, al poco de comenzar la sesión de grabación del nuevo tema de Alex, Maddy escucha algo en la pista original de audio. Gracias, por suerte, a la nueva tecnología del PC, consiguen aislar el sonido concreto y descifrarlo: una voz distorsionada grita “Ayuda”.

Comienza, así, el que sin duda es el mejor tramo de la película: ¿puede que la voz que pide ayuda no estuviera realmente en la pista original y se hubiera colado en la grabación? O sea: ¿hay alguien más en el edificio, a pesar de que Dan les dijo que se quedaban solos? Eitan Arrusi despliega, durante casi una hora de metraje, todos los recursos clásicos del cine de casa encantada, tópicos pero eficaces: sombras que acechan en las esquinas sin que los personajes se den cuenta, aparatos que se encienden solos, llamadas inquietantes, espacios indefinidos en penumbras, miradas sospechosas de los dos personajes… El tramo inicial, más de la mitad de la película, culmina bien con un descubrimiento igualmente inquietante. A su vez, ha dado las suficientes pistas como para que nos vayamos haciendo una idea de lo que puede estar sucediendo, todo ello narrado con bastante garra, estilo visual oscuro y brillante a la vez, y buenas interpretaciones por parte de los dos protagonistas. Es, sin lugar a dudas, un buen material el que se maneja a estas alturas de la película: historia clásica con las suficientes variaciones como para que parezca que está contando algo nuevo.

Mención aparte, por supuesto, merecen tanto fotografía como sonido. Sea porque Eitan Arrusi quisiera hacer una película con estilo, cool, contemporánea, sea porque esta historia en este entorno lo imponía –ojalá sea esto-, lo cierto es que fotografía y diseño de sonido están en consonancia absoluta con el lugar en el que se encuentran, y lo potencian. Creo, además, que esto es complicado: el interiorismo contemporáneo es bastante antiséptico y parece repeler cosas como humedades, telarañas o polvo, los elementos clásicos de este tipo de historia. En Reverb no los hay, y no se los hecha de menos. A fin de cuentas, estamos en un moderno estudio de sonido y, si hay algún espíritu, es el de un músico tipo Kurt Cobain. No tiene sentido ni cabida el castillo gótico. El montaje de sonido, por su parte, está plagado de zumbidos, ecos, bajos y altos bien colocados, levantando una planificación deudora –y mucho- del mejor Jaume Balagueró –y esto no es ninguna crítica ni ningún halago, sólo una constatación.

Reverb está organizada en dos noches en el estudio de grabación. La primera, casi una hora de metraje, ya ha terminado. Ahora llega la segunda.

Creo que en algunas historias hay que engañar. Con un poco de honestidad, pero hay que mentir, fingir que se va en una dirección para, llegado el momento, dar un giro y demostrar que se iba hacia otro lado. Esto no sucede en Reverb, y la sensación es muy frustrante. Todas las pistas que ha mostrado son correctas, todas las cartas –y algunas que no debía, porque revelan demasiado- estaban boca arriba desde el principio. No hay ningún as en la manga. En la segunda noche en el estudio de grabación ocurre exactamente lo que pensabas que iba a pasar. Rodado con mayor o menor fortuna, los acontecimientos se van sucediendo rutinariamente hasta llegar a un clímax facilón y previsible. Y, lo peor de todo, resuelto de un modo un poco ridículo. Realmente, cuando comienzan a aparecer los créditos de la película, tienes la sensación de que has perdido el tiempo; en ese sentido, me alegro sobremanera de haber hecho esta reseña. Así, he tenido que recordarla de principio a fin, repasando, por tanto, los buenos momentos –que los hay- y viendo, una vez más, cómo un mal final puede arruinar todo el trabajo que conlleva el hacer una hora y media de película.

Es mejor empezar en un tópico que acabar en él. Claro.

Reverb es, lamentablemente, el caso contrario. Parte de una situación original –un fantasma en un estudio de grabación- y la explota con toneladas de estilo y clase, encuentra su propio lenguaje a la hora de imaginar cómo sería un “espectro” de ese tipo en un entorno como este, y se recrea el tiempo suficiente en ello para ir dando pistas de lo que está pasando, a la par que nosotros, como espectadores, nos divertimos (asustamos) durante el recorrido. Pero, luego, llega la hora de las sorpresas, de dinamitar las expectativas y sustituirlas por otras nuevas, de vibrar porque nos han dado con la puerta en las narices con el plan maestro que había delante nuestra pero ni nos hemos dado cuenta… y se instala el vacío y la decepción.

Lo mejor: Tiene estilo, clase, y un clima muy bien conseguido en su primera mitad.

Lo peor: El clímax, sin ninguna duda.

La Centinela

Las puertas del infierno están abiertas

La Centinela

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  • Título original: The Sentinel
  • Nacionalidad: USA | Año: 1977
  • Director: Michael Winner
  • Guión: Jeffrey Konvitz
  • Intérpretes: Chris Sarandon, Cristina Raines, Martin Balsam
  • Argumento: La modelo Alison Parker se traslada a un viejo edificio de apartamentos. La aparición de unos extraños vecinos y las recurrentes pesadillas conducirán a Alison hacia su terrorífico destino.

73 |100

Estrellas: 4

La Centinela

Gracias a Bob Rock por la recomendación.

Hay dos momentos claves que convierten a La Centinela (The Sentinel, 1977) en una película no sólo rescatable, sino en una obra cumbre a caballo entre dos géneros, en ocasiones tan ligados, como son el satánico y el de las casas encantadas.

Uno de esos instantes es la desasosegante y extraña presencia de los vecinos del inmueble al que se traslada la protagonista de la película.
El otro es un apoteósico tramo final que eleva la cuota de horror y perversión de La Centinela hacia unos registros, hasta el momento, decididamente insospechados.

La Centinela cuenta la historia de Alison Parker (estupenda y bellísima Cristina Raines), una modelo en alza que en plena vorágine profesional y agobiada por el interés de su novio (un abogado de éxito interpretado por Chris Sarandon) por contraer matrimonio, decide mudarse a un viejo bloque de apartamentos para poder estar sola.

Una vez instalada en su nuevo piso, Alison será víctima de continuas pesadillas relacionadas con un oscuro y trágico acontecimiento perteneciente al pasado, y conocerá a sus insólitos, y cada vez más amenazadores, nuevos vecinos. Todo ello le obliga a plantearse si la recomendación de su agente inmobiliaria (una maravillosa Ava Gadner en plena madurez) no fue, quizás, la más acertada.

Michael Winner (más conocido por otorgarle a Charles Bronson el título oficial de vengador urbano en la saga Death Wish – Yo soy la Justicia), basándose en un guión de Jeffrey Konvitz (en el que adaptó su propia novela homónima), construye en La Centinela un intrigante y meritorio ejercicio de amenazas insinuadas, intangibles; de falsas y engañosas apariencias que, poco a poco, van cobrando forma hasta desembocar en un terror físico y emocional en el que el pasado es la clave para entender los horrores del presente y del futuro.

El poder de La Centinela se fundamenta en un enigmático clima de incertidumbre, en el que nada es lo que parece y en el que el terror se refugia bajo personajes y comportamientos, a simple vista, cotidianos.

Pero esa aparente cotidianidad se va transformando (al mismo ritmo en que se deteriora la salud física y psíquica de la protagonista, atormentada por unas terribles pesadillas que evocan un dramático pasaje de su vida) en algo enfermizo, sucio, depravado.
En este mismo sentido hay un par de momentos absolutamente magníficos: la fiesta de celebración del aniversario de un gato, que reúne a todos los vecinos del edificio en una secuencia en la que se respira un clima de agobiante locura; y la rompedora e incomodísima escena protagonizada por una joven e insana Beverly D’Angelo y su madura pareja (una escena que rompe todos los esquemas que nos hayamos podido crear sobre La Centinela hasta el momento y nos presenta una película mucho más tóxica y nociva de lo previsto).

De esta manera, siendo testigos del proceso de autodestrucción de la joven modelo, atormentada por un pasado que la persigue y atenaza hasta dejarla exhausta, y rodeada por las inquietantes presencias que suponen sus nuevos vecinos, La Centinela pone fin a su trayecto a través de un espeluznante tour de force en el que todo queda atado (y bien atado) y en el que se desborda (y se materializa) esa amenaza anteriormente sugerida mediante un impactante y aterrador tramo final que mezcla lo diabólico con lo monstruoso y lo deforme, lo mesiánico con lo apocalíptico; y que nos desvela un destino de la protagonista que, por más podamos intuirlo a mitad de película, no deja de ser sobrecogedor.

Visualmente sugerente (e incluso brillante, gracias sobre todo a la labor de maquillaje de Dick Smith), magníficamente interpretada (con un impresionante elenco de actores “secundarios” que incluye nombres propios de la talla de Ava Gadner, John Carradine, Eli Wallach, José Ferrer, Christopher Walken, Jeff Goldblum…), dotada de un armazón argumental sólido cómo una roca, un ritmo que apenas decae durante todo su metraje (únicamente flojean las secuencias protagonizadas en solitario por el novio de la protagonista), y un aterrador y polémico (*) tramo final; La Centinela se erige como una de las propuestas de género más sugerente, singular y desconocida de los 70. Imprescindible su recuperación.

(*) Para las secuecias del final de la película Michael Winner utilizó decenas de extras con deformidades físicas reales, lo que provocó cierta polémica en el momento de su estreno.

Lo mejor: el magnífico tránsito del terror más soterrado y sugerido al horror expreso y contundente del tramo final.

Lo peor: el personaje del novio de la protagonista.

Exorcismo en Connecticut

Tópicos y más tópicos tras los muros de una casa maldita

Exorcismo en Connecticut

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  • Título original: The Haunting in Connecticut
  • Nacionalidad: USA | Año: 2009
  • Director: Peter Cornwell
  • Guión: Tim Metcalfe and Adam Simon
  • Intérpretes: Virginia Madsen, Tim Metcalfe, Elias Koteas
  • Argumento: Una família, destrozada por la grave enfermedad del hijo mayor, se traslada a una viaje casa en Connecticut. Tras los muros de su nuevo hogar se esconde un terrible secreto que no tardará en amenazar sus vidas.

49 |100

Estrellas: 2

Exorcismo en Connecticut

No se le pueden pedir más a Exorcismo en Connecticut. Los abarca todos, absolutamente todos. No se deja ni uno solo por el camino.

Supuestamente basada en hechos reales (bufff, que pereza que me da escribir esta frase), Exorcismo en Connecticut cuenta la historia de una familia que, a causa de la dramática enfermedad del hijo mayor, se ve obligada a mudarse a un viejo caserón en Connecticut. Como no podía ser de otra manera, las cuatro paredes de la casa esconden un terrible secreto relacionado íntimamente con el mundo de los muertos que pondrá en jaque la integridad de todos los miembros de la familia.

Exorcismo en Connecticut es algo así cómo una desquiciada competición por reunir, en el menor tiempo posible, el mayor número de tópicos y clichés pertenecientes al actual cine de terror. Cómo ya he apuntado antes los tiene todos: espejos en los que más vale no reflejarse, sombras que deambulan por la casa con la única compañía del consabido efecto de audio que amenaza la salud de nuestros tímpanos, la secuencia que acaba siendo una simple pesadilla, puertas que no se abren, puertas que se abren y se cierran sin ayuda de nadie, puertas que chirrían… por tener, incluso tenemos la escena de la ducha. No falta de nada.

¿El resultado final? Un puzzle (pastiche) del que conocemos todas sus piezas y también la forma exacta en que cada una de ellas encaja. Un par o tres de piezas del puzzle pertenecen a Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), otro par a Terror en Amityville (Stuart Rosenberg, 1979), o a su remake, La Morada del Miedo (Andrew Douglas, 2005), algunas piezas más de House on Haunted Hill (William Malone, 1999) o La Guarida (Jan de Bont, 1999), y el resto de piezas extraídas de cualquier otra película perteneciente al género de casas encantadas que se os pase por la cabeza en este precisa instante.

Bajo este escenario, al debutante Peter Cornwell sólo le quedaba una vía de escape para salvar los muebles: el afortunado reciclaje de ideas. Agarrar todos esos clichés y tópicos, transformarlos, darles la vuelta, añadir elementos de su propia cosecha, y rezar para que el resultado final fuera lo suficientemente atractivo e innovador como para insuflarle nueva vida a su película. Por desgracia no es este el caso de Exorcismo en Connecticut.

Previsible y pronosticable en grado máximo, todo lo que nos ofrece Exorcismo en Connecticut ya lo hemos visto antes… y en muchas ocasiones, mejor. Y es que, al margen de que conozcamos de antemano todos los trucos que nos depara una película como Exorcismo en Connecticut, lo cierto es que el montaje demasiado acelerado y con exceso de planos en algunos de sus momentos, supuestamente, de mayor impacto, juega decididamente en su contra.

Lo que nos queda, nuevamente, es una película de terror que viaja con el piloto automático a pleno rendimiento. Conocemos todos sus sustos, todos sus sobresaltos, hemos vivido con anterioridad sus momentos de tensión y nos resulta familiar cada rincón de la casa. No hay un solo plano en Exorcismo en Connecticut que desprenda un cierto aroma a originalidad, a innovación. Hemos pisado ese mismo terreno en decenas de ocasiones.

Por supuesto no es la primera vez que esto ocurre. En realidad, y por desgracia, ya nos estamos acostumbrando. Sin ir más lejos, a principios de este mismo año, el bueno de David S. Goyer ya nos regaló una antología de trasnochados clichés sobre el cine de fantasmas en su paupérrima y prescindible La Semilla del Mal.
Por suerte Peter Cornwell no es David S. Goyer, y al menos Exorcismo en Connecticut nos regala a un director con un prometedor y nada desdeñable talento visual, lo cual unido a la más que aceptable labor de todos sus intérpretes (destacando las presencias siempre solventes de Virginia Madsen y Elias Koteas), y una parte final que contiene algunas de las imágenes y momentos más intensos de la película (aunque desde el punto de vista argumental deje bastante que desear), consiguen salvar in extremis a Exorcismo en Connecticut del desastre total. Es posible, incluso, que los más acérrimos y voluntariosos aficionados al subgénero de las casas encantadas y los fantasmas logren disfrutar de ella. Quién sabe…

Y para finalizar una pregunta malintencionada ¿a qué demonios espera esta familia para abandonar la casa lo antes posible y cómo alma que persigue el diablo?... sobre todo teniendo en cuenta que cuentan con otra casa de la que están pagando una hipoteca.

Lo mejor: Un final con algunos aciertos visuales y los actores.

Lo peor: Es un océano de tópicos.

House

¿Estaré condenado al infierno por no gustarme la película?

House

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  • Título original: House
  • Nacionalidad: USA | Año: 2008
  • Director: Robby Henson
  • Guión: Frank Peretti, Rob Green
  • Intérpretes: Michael Madsen, Reynaldo Rosales y Heidi Dippold
  • Argumento: Cuatro víctimas de un accidente, acosados por un asesino en serie, deberán hacer frente a sus pasados para escapar con vida de una siniestra casa.

25 |100

Estrellas: 2

Cada día se aprende algo nuevo. O al menos eso es lo que suele decirse.
Con "House", la película dirigida por el norteamericano Robby Henson, basándose en una novela de Ted Dakker y Frank Peretti, he descubierto un nuevo subgénero que, en los últimos tiempo, ha venido a denominarse “terror cristiano”.

Reconozco que la primera vez que escuché el término me pareció una absoluta ridiculez. ¿Definir todo un género basándose en unas determinadas creencias religiosas? No lo veía nada claro. Ni siquiera me pareció, en su momento, un concepto estrictamente novedoso. ¿Acaso los crucifijos y el agua bendita no son objetos de índole cristiana capaces de mantener a raya a los vampiros?¿O el padre Karras no puso a prueba su fe ante el mismísimo diablo en la clásica “El Exorcista”?
Da la impresión de que el mencionado “terror cristiano” ha existido desde siempre. Pero no es así. Por lo menos no en los términos expresados en "House".
La película de Robby Henson, en su tercio final, va más allá. Mucho más allá. Explorando campos que desconocía en un film de terror.

House

Pero no adelantemos acontecimientos.
Todo lo que "House" es capaz de ofrecernos previamente a su vergonzosa resolución (ya lo he dicho), es una película de terror de la que difícilmente podemos destacar alguna idea o planteamiento remotamente original, pero de la que, posiblemente, tampoco acabaremos aborreciendo ninguna de sus propuestas.
El paradigma de los que significa estar en la media. No destacar ni para bien, ni para mal. El gris como color de fondo.

"House" nos cuenta la historia de dos parejas que viajan en coche y sufren un accidente que les obliga a pasar la noche en un terrorífica casa con habitaciones de alquiler; propiedad de una família de energúmenos no menos terroríficos.
La cosa se complica al entrar en escena un asesino en serie (máscara de acero incluída), obsesionado con dejar mensajes en una lata metálica reclamando, a modo de tributo, una víctima mortal antes de que amanezca, a cambio de salvar la vida del resto de los habitantes de la casa.
Todos los presentes deberán luchar por su supervivencia, haciendo frente para ello a sus demonios del pasado.

A partir de un planteamiento inicial no exento de cierto interés, "House" no se avergüenza de hacer uso de todos los tópicos habidos y por haber en el género de las casas malditas: una fuerte tormenta que, casualmente, estalla nada más entrar los protagonistas en la casa, una recepción misteriosamente desatendida, unos propietarios salidos de la Casa del Terror de cualquier feria ambulante (en un momento dado, una de las protagonistas susurra a su compañero: “Hay algo extraño en esta gente”. ¡Qué perspicacia! ¡Pero si uno de ellos es la viva imágen del mayordomo de la Família Addams!), y unos visitantes que no disponen del mínimo sentido común para alejarse de ese lugar lo antes posible, y cuanto más lejos mejor.

Pero, pese a que nos lo sabemos todo de memoria, la película consigue ser entretenida. Gracias a una buena ambientación (y una excelente fotografia), unas actuaciones competentes, un ritmo que no decáe, una historia que no pierde fuerza con el paso de los minutos... logramos pasar un buen rato con lo que parece ser una película de terror sin demasiadas pretensiones, pero perfectamente disfrutable (pese a estar condenada a no permanecer demasiado tiempo en nuestra memoria).

¿Qué ocurre entonces en su tercio final para que todo lo logrado con anterioridad acabe tirado por la borda? Muy sencillo. No me gusta que me impongan lecciones de ningún tipo. Sobre todo si son lecciones de fe que no tengo la necesidad –ni la voluntad- de compartir; y mucho menos si esos dogmas de fe intentan colármelos impunemente en una película de terror.

El final de "House" causa vergüenza ajena por su obviedad y falta de escrúpulos a la hora de transmitir un mensaje que no se cansa en repetir, una y otra vez: si no eres bueno con Dios, arderás en el infierno.
No me molesta tanto el mensaje cómo la forma tan descarada en la que intentan inculcárnoslo. Uno de los personajes que cobra importancia en este tramo final de la película (una niña que parece recién salida de una película japonesa de fantasmas) no se cansa de recordarnos que “solamente la luz vencerá a la oscuridad”. Lo repite hasta en tres ocasiones distintas en un período escaso de veinte minutos.
Y la cosa llega al disparate más absurdo cuando una misteriosa luz, salida de no se sabe dónde, ilumina a la pareja protagonista, que logra vencer esos instintos primarios a los que antes hacía referencia, y actuar acorde a los designios del señor.

No me malinterpreteis. No tengo nada en contra de la religión cristiana ni de ninguna otra religión. Pero que intenten reclamarme para la causa de forma tan flagrante y panfletaria, acaba convirtiéndose en un insulto para mi inteligencia.

Si esto es el “terror cristiano”, yo paso...

Lo mejor: Antes de llegar al final, la película consigue ser entretenida.

Lo peor: Un final de auténtica catequesis.