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The Resident

Para entrar a vivir

The Resident

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  • Título original: The Resident
  • Nacionalidad: UK-USA | Año: 2011
  • Director: Antti Jokinen
  • Guión: Antti Jokinen, Robert Orr
  • Intérpretes: Hilary Swank, Jeffrey Dean Morgan, Lee Pace
  • Argumento: Juliet se muda a un apartamento y pronto empieza a sospechar que alguien entra por las noches en su nuevo hogar mientras duerme...

50 |100

Estrellas: 3

The Resident

Como no podía ser de otra manera, demos la bienvenida a la vuelta a la actividad a una productora como la Hammer. Hace más de diez años que abandonaron su “Hammer House of Mistery and Suspense”, y sin embargo han reaparecido con fuerza. El remake de “Déjame Entrar”, dirigido por Matt Reeves, lanzó las campanas al vuelo, puesto que se trataba de un producto repleto de aciertos – algo especialmente valorable en el mundo de los remakes.

Sin embargo, los otros productos que nos han llegado hasta ahora arrojan dudas sobre su buenhacer. “Beyond The Rave” era irregular, aunque evidenciaba la voluntad de la compañía de quitarse el sambenito de “clásicos” a través de un tema tan suyo como los vampiros.

“The Resident” se suma al palo de las películas con psicópatas. Hilary Swank interpreta a Juliet, una enfermera que se fue a Manhattan por amor y cuya relación ha terminado. Por eso, busca piso. Sus pesquisas la llevan hasta un fantástico apartamento recién reformado y a un precio increíble. El casero, Max (Jeffrey Dean Morgan) le explica que el precio se debe a pequeños inconvenientes, como el ruido de la calle o el temblor que sufre el edificio cada vez que pasa el metro por debajo, algo que la propia Juliet experimentará en primera persona en los siguientes días. Sin embargo, el piso le gusta, así que se muda. Prácticamente desde la primera noche, alguien entra en la casa mientras ella duerme…

Hay que señalar que se agradece que, desde el primer momento, aparezca la figura del gran Christopher Lee, August, familiar de Max que vive en la misma planta que Juliet. ¿El que entra en la casa de nuestra protagonista es Max o August? Bueno, no se tarda mucho en averiguar quién es el malo, y es el que nos imaginamos.

Lo que resulta más curioso en una película como “The Resident” es que triunfa donde otras de su categoría fracasan… y, lamentablemente, fracasa donde las demás triunfan.

Normalmente, este tipo de pelis suelen provocar un poco de pereza: sabes que estás allí para llegar a los momentos de tensión, pero para ellos, hay que aguantar la historia pasada y presente de un protagonista que rara vez es interesante. En esta ocasión, Hilary Swank le da cuerpo y personalidad a una protagonista bien dibujada, con un buen conflicto (ruptura con pareja y ganas de sexo con la persona equivocada) que, además, no está sobredimensionado: Juliet es adulta y, por tanto, nos ahorramos verla llorando por su amor mientras oye canciones tristes. También, la figura de su ex, Jack (Lee Pace), con una única aparición en el primer tercio de la película, está bien jugada: ¿será él el psicópata?

Como Juliet se siente desprotegida emocionalmente, la ciudad se convierte en una amenaza. Lo mismo que cuando es un bosque la fuente del peligro y, para crear ambiente, se suceden las escenas de exteriores sombríos y siniestros, aquí se crea un buen clima con las carreteras, los neones y los sonidos urbanos. El piso de Juliet, igualmente, está diseñado de manera que parece un lugar sin seguridad ninguna, donde es fácil entrar; de hecho, da la sensación desde el primer momento de que, quien vive allí, vive expuesto a la gran urbe de Nueva York.

El psicópata de la cinta tiene, también, un conflicto muy básico pero eficaz. Está bien explicado, es comprensible y funciona como detonante para hacerle reaccionar.

Y, en el apartado técnico, es muy destacable el buen look de la película. Como se ha mencionado arriba, la Hammer parece no tener ningún tipo de problema en adaptarse a los nuevos tiempos y no agarrarse a las señas de identidad que le han dado momentos gloriosos en décadas pasadas. Así, es una producción barata pero que luce muy bien.

Sin embargo, conforme avanza el metraje y nos adentramos en la parte de terror, que a fin de cuentas es el motivo que nos ha llevado a verla, la película se desmorona. Todo el esfuerzo dedicado a tener unos personajes creíbles y sólidos no se ha hecho para tener una historia creible y sólida. Ofrece alguna escena impactante, en concreto una en la que juegan un papel importante una aguja hipodérmica y el ojo avizor de Juliet, pero la historia no avanza bien. Un primer paso en falso es la decisión de la protagonista de instalar un determinado sistema de seguridad en casa (¿seguro es esta la reacción más inmediata, en vez de cambiar la cerradura o largarte de esa casa, por ejemplo? ¡¡¡Demonios!!!, no es que hayan entrado a robar, es que puede ser que alguien se pasee por allí tranquilamente), y un segundo y desacertado avance es su razonamiento, en el tramo final: acierta a la primera y con apenas datos suficientes. De esta manera, se llega al clímax de un modo errático: Juliet ya sospecha del psicópata pero éste no sabe que ella tiene un sistema de vigilancia en casa. Así que, ¿por qué demonios la ataca, como si ya la situación fuera irresoluble?

Una persecución y un intento de susto final culminan una sesión que, a esas alturas, muy a mi pesar, ya ha perdido todo el interés. Es cierto que la película no te trata como un imbécil pero, para mí, eso no justifica su visionado, más allá de pasar una hora y media medianamente entretenido.

Lo mejor: El mimo y el cuidado de la parte técnica.

Lo peor: La parte del terror.

¿Quien puede matar a un niño?

¿Quién puede hacer obras maestras del terror en España?

¿Quien puede matar a un niño?

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  • Título original: ¿Quién puede matar a un niño?
  • Nacionalidad: España | Año: 1976
  • Director: Narciso Ibáñez Serrador
  • Guión: Narciso Ibáñez Serrador
  • Intérpretes: Lewis Fiander, Prunella Ransome
  • Argumento: El extraño comportamiento de los niños de una isla anuncia la inesperada realidad que respiran sus calles; los niños se han convertido en crueles homicidas.

98 |100

Estrellas: 5

¿quien puede matar a un niño?

Una pareja de turistas ingleses disfruta de sus vacaciones en un pueblo español. Deciden alquilar una barca para alejarse del ruido de las fiestas y descansar en una apartada isla con pocos habitantes Allí, no encuentran a ninguna persona adulta, y las tiendas y bares están sin atención. El extraño comportamiento de los niños de la zona anuncia, poco a poco, la inesperada realidad que respiran sus calles; los niños, de algún modo, se han convertido en crueles homicidas.

Hablar de cine de terror en España, al menos de cine actual, es casi una utopia. Cierto es que, esporádicamente, aparecen cosas interesante, y también aparecen otras tantas que pasan con más pena que gloria. De todos modos, aún contando la morralla, salen al año muy pocas producciones que podamos adjuntar al género. Una sequía que fue incluso más habitual durante los noventa. Años atrás, en los setenta y parte de los ochenta, sí hubo cierta industria de este tipo de cine de producción nacional. Uno de los cineastas imprescindibles, por no decir uno de los pocos destacables, fue Narciso (también conocido como Chicho) Ibáñez Serrador. Este señor, que posteriormente se decantó por televisión rancia variada, estuvo detrás de la mítica serie Historias para no dormir (1964-1982), así como de dos de las películas más exitosas del cine patrio; La residencia (1969) y la que nos ocupa, ¿Quién puede matar a un niño?, adaptación de la novela El juego de los niños, escrita por Juan José Plans.

Nunca he sido defensor de La residencia. Me provocaba antes, y me sigue provocando, la sensación que obtengo al ver películas (eso si, inferiores) como El orfanato (2007); historias de intriga más que de terror, muy bien empaquetadas, clásicas, pero que no me terminan de llenar. Me dejan una molesta sensación de vacío. Eso no ocurrió, ni ocurre, con ¿Quién puede matar a un niño? Es más, la primera vez que me puse delante del televisor para verla tuve las mismas sensaciones que había experimentado recientemente con obras maestras como El Exorcista (The Exorcist, 1973) o Alien: El octavo pasajero (Alien, 1979) y su secuela, Aliens: El regreso (Aliens, 1986). Por aquel entonces, siendo aún adolescente, descubrí la que hoy en día sigue pareciéndome la mejor película de terror española de la historia.

¿Quién puede matar a un niño?, podría definirse como una versión hard de los mejores episodios de Historias para no dormir; por ejemplo, el de El televisor (1974), aquel en el que un espléndido Narciso Ibáñez Menta, padre del propio Chicho y protagonista de muchos de los episodios, interpretaba a un hombre obsesionado con la, por aquel entonces, nueva moda de la televisión. Esas historias tétricas, adictivas y con moraleja social, son también el epicentro tanto de La residencia como, sobretodo, de ¿Quién puede matar a un niño? Ya, durante el largo y malsano prólogo, en el que acontecen imágenes reales de guerras y catástrofes mundiales en la que los niños son los sufridos protagonistas, nos avisan de la intención del relato. Lo que el espectador virgen no espera es el devenir del mismo.

La pareja de ingleses, bien interpretada por los televisivos Lewis Fiander y Prunella Ransome, es el contrapunto perfecto dentro de una tierra que no es la propia, a la hora de enfrentarse a una amenaza totalmente inesperada. La creciente soledad de la sociedad moderna – algo de lo que Chicho también habló en su serie, sobretodo en aquel genial episodio titulado El asfalto (1966) – queda impuesta aquí en el contraste entre el mundanal ruido de las fiestas del pueblo playero y el posterior viaje a la isla en la que los niños silenciosos han tomado el control. No hay adultos con los que hablar, debatir lo que sucede, y un simple capricho como comprar un helado se vuelve un imposible. Gran parte de la película se desarrolla en el pueblo isleño, aumentando la tensión por lo que allí sucede. Solo hay que recordar lo que rezaba la publicidad de Alien; “En el espacio nadie puede oír tus gritos”; algo parecido a lo que sucede en tal lugar, con la mayor impotencia de no estar en el espacio exterior, sino rodeado de gente que, de pronto, ha desaparecido del mapa o se ha quedado varios kilómetros atrás en la costa disfrutando del sol.

El que esta película siga funcionando hoy en día, sin perder contundencia y desafío para el espectador, es debido al inteligente y desprejuiciado empleo de la violencia realista por parte del director; no se corta en mostrar temas tabúes (más en aquella época) como disparos a bocajarro con los niños como destino de la bala, o a los propios niños usando esas y otras armas intentando asesinar a los protagonistas. Por no citar la imborrable escena de la piñata o el tenso clímax final en el que Chicho se guarda alguna que otra referencia a La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968). Nada es gratuito ni morboso, sino que sirve para enlazar con el mensaje del citado prólogo. A modo de cuento macabro, los niños, víctimas potenciales de los males del mundo adulto, han decidido llevar hasta el final su venganza. Aquí podemos encontrar, aunque con contexto y motivos diferentes, referencias obvias a El pueblo de los malditos (Village of the Dammed, 1960).

Aclarar que existen dos versiones de la película; una de ellas, la buena, mantiene la versión original subtitulada, con la pareja de ingleses actuando en su propio idioma, mientras que en la otra, algo cutre, el doblaje deja sin coherencia parte del relato en el cual los protagonistas deben charlar con habitantes del pueblo español. O, sin ir más lejos, resta coherencia a las conversaciones entre ellos mismos y sus gestos (los de la mujer, pues él se supone que entiende algo de castellano) quedan fuera de contexto. Tampoco es muy esperanzador que, a fecha de hoy, un clásico del cine español no tenga una edición, ni siquiera en DVD, que valga la pena. La última, que supongo estará descatalogada, data de hace bastantes años y su calidad de formato, imagen y sonido dejaba mucho que desear. Esperemos que a alguien le aparezca el dibujo de la bombilla y la repesquen en una buena edición para el disfrute y/o descubrimiento por parte de muchos aficionados.

Lo mejor: Prácticamente todo

Lo peor: Prácticamente nada

8213 Gacy House

El proyecto del payaso de Des Plaines

8213 Gacy House

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  • Título original: Gacy House
  • Nacionalidad: USA | Año: 2010
  • Director: Anthony Fankhauser
  • Guión: Anthony Fankhauser
  • Intérpretes: : Jim Lewis, Matthew Temple, Michael Gaglio
  • Argumento: Un grupo de investigadores de fenómenos paranormales se cuelan en la casa del famoso asesino en serie, John Wayne Gacy, ejecutado el 9 de mayo de 1994 por la violación y asesinato de 33 jóvenes enterrados en el sótano de su domicilio.

40 |100

Estrellas: 2

8213 Gacy House

Quisiera darle la bienvenida a Samdra, segunda voz femenina en incorporarse a esta ya gran familia que es Almas Oscuras. Bienvenida a tu casa Samdra.
Joan Lafulla.

Me fascina la figura de los asesinos en serie. Supongo que es algo que comparto con muchos de los que pasáis por este blog sedientos de títulos donde las etiquetas de ‘miedo’ o ‘terror’ se queden cortas. Pero del mismo modo que Freddy, Michael Myers o Jason no son lo mismo que Ted Bundy, Andrei Chikatilo o Ed Gein (aunque muchos de los primeros estén inspirados en estos últimos), mi digestión de visionados como el de Henry: retrato de un asesino o El caníbal de Rotemburgo (ya, este no entra en el saco de asesinos en serie, pero es tan o más demencial que aquellos), dista mucho del entretenimiento festivo de ver a Leatherface acechando a un grupo de niñatos repelentes bajo el amenazante sol de Texas. Aun recuerdo cuando volví del videoclub con una copia de la sobrecogedora historia del caníbal alemán, no fui capaz de terminar la cinta sin tomarme un respiro.

Por otro lado, he de confesar que siento bastante devoción por los mockumentaries o cintas de “terror subjetivo”, ese mismo que pusieron sobre la mesa Eduardo Sánchez y Daniel Myrick con El proyecto de la bruja de Blair hace ya diez años. No digo que éstos patentaran la idea (la sombra de Holocausto Caníbal es demasiado alargada) pero sí que estrenaron la tramposa manipulación sobre el espectador, previa al visionado de la cinta, infundiendo un terror de base que influye directamente en la perspectiva con la que uno entra a la sala de cine. Fue tal el impacto que ejerció sobre mí esa película que la considero una de mis obras predilectas. En su momento me horrorizó su realismo y la sutileza del horror (no) mostrado en pantalla, todo ello unido a una fabulosa campaña de marketing en la que acepté caer de pleno sin cuestionarla lo más mínimo. Aun hoy cuando la vuelvo a ver, las voces de los niños alrededor de la tienda de campaña me siguen estremeciendo como la primera vez. Quizás por esa razón tiendo a dar una oportunidad al sinfín de propuestas similares que de alguna manera le han tomado prestada su esencia (algunas con más acierto que otras): The Poughkeepsie Tapes, The St. Francisville Experiment, Cloverfield, [REC], Paranormal Activity, o la recientemente pre-estrenada en Sitges Atrocious.

Si juntamos las dos premisas iniciales nos encontramos con 8213 Gacy House, producción de los incansables Asylum para explotar de nuevo la sombra de Paranormal Activity (la cual ya copiaron a su manera en Paranormal Entity) aprovechando el estreno de su (nefasta) secuela. Lo que empieza como un episodio del equipo de Ghost Hunters, interesante programa que emite el canal Buzz sobre dos fontaneros que dedican sus ratos libres a investigar y desmentir los supuestos fenómenos paranormales en los más ilustres enclaves encantados de Estados Unidos, termina con 6 cuerpos, una desaparecida y varias cintas de vídeo con 24 horas de grabación en la casa en la que vivió, asesinó y enterró a sus víctimas John Wayne Gacy.

Para situaros brevemente, el amigo Gacy era esa clase de vecino amable del que uno jamás sospecharía nada malo. Casado en dos ocasiones pese a su homosexualidad reprimida, Gacy se enfundaba en su tiempo libre un terrorífico disfraz de payaso (en el que se basó más tarde el personaje de Pennywise en It) para entretener a los niños enfermos en hospitales. Un buen día, exhausto de evitar su condición, secuestró a un joven e intentó violarlo y acabar con él, pero su falta de experiencia hizo que éste se escapara y le denunciara, lo que le llevó a pasar 18 meses en la cárcel. Con su salida de prisión se inició el verdadero destape de una personalidad perturbada, convirtiéndose en un maníaco que violó y mató a 33 jóvenes que posteriormente enterró en el sótano de su casa entre 1972 y 1978. Gacy fue detenido y ejecutado con una inyección letal el 9 de mayo de 1994. Sus últimas palabras fueron: “Besadme el culo” en un claro intento de arrepentimiento.

La película da comienzo con el logotipo del departamento de policía de Des Plaines (Illinois) alertando de que lo que veremos a continuación es el material recuperado en el lugar del crimen, ¡pero ojo!, “editado de forma narrativa para su exhibición”. Ah vale, hacen bien en matizar esta última parte, porque excepto el insignificante detalle de que es imposible el montaje de grabaciones que no han pasado previamente por la sala de post-producción, el aviso inicial de ‘basado en hechos reales’ es de una credibilidad absoluta (/ironía off). Me cuesta aceptar que aun hay gente a estas alturas que sigue creyendo en esas advertencias. Además es totalmente lógico que un departamento de policía se dedique a montar el material real de un fantasmal asesinato múltiple para comercializarlo, claro. Y con la recaudación se pueden hacer accionistas del Dunkin Donuts (antes era más bien /ironia pause).

El film continua con la presentación de los personajes en una especie de confesionario al estilo Gran Hermano, en el que conocemos a un doctor viejuno que no se moja mucho el culo, dos jefes de expedición que llevan tiempo recorriendo lugares supuestamente encantados, una estudiante de Psicología criminal, operarios de cámara y una médium con aspecto de stripper de club de carretera. Lo que sucede desde entonces hasta el fatídico final de la cinta es un tour guiado cronológicamente por el 8213 de la West Summerdale Avenue en una sucesión de escenas supuestamente aterradoras que flojean en el último instante de clímax paranormal y nos dejan con cara de idiotas esperando algo que no llega hasta los últimos minutos de la película (¿os suena de algo?). Se encienden luces, se abre puertas, se oyen ruidos, y…nada más. Todo ello con lo que supone parte del metraje realizado con la brusquedad de la grabación documental del cámara en mano: encuadres imposibles, zarandeos, caos, etc…, un mareo de la ostia, vamos.

8213 Gacy House está más cerca de la parodia del mundo de la investigación paranormal que del terror, y las escenas que lo demuestran son de un surrealismo magistral: el plano detalle de la delantera de la médium tras ser atacada por el fantasma de Gacy dejándole un buen arañazo en una teta (¿pero no era gay?); una sesión de espiritismo en la que la misma pechugona le ofrece a la entidad espectral una camiseta de su hijo en un gran detalle por su parte sabiendo la debilidad del payaso por los adolescentes; las caras de sorpresa del equipo al encontrar supuesto ectoplasma con apariencia de residuo sexual; la sabia y coherente decisión de dos personajes de echar un polvete en plena investigación, seguido en directo por quinientas cámaras de seguridad (solo faltaba Mercedes Milá comentando la jugada); la captación de una psicofonía de “Besadme el culo”; o mi favorita, el cambio de outfit en las apariciones del espectro de Gacy, antes muerto que sencillo.

Las decisiones estúpidas, el ritmo nulo y el tratamiento cómico de la mayoría de escenas que se podrían haber resuelto con más sutileza, le restan cualquier destello de terror pretendido. Aun así, voy a ser sincera y voy a reconocer que la primera aparición de Gacy en el pasillo (la cual recuerda a una escena que implica a los espíritus de unos doctores dementes y a una cámara en el remake de House on Haunted Hill) se asentó en mi subconsciente durante un par de días y se reproducía a modo de holograma en mi campo de visión cuando menos lo necesitaba, seguro que sabéis de lo que hablo. A excepción de ese detalle, el visionado de 8213 Gacy House solo es recomendable para los que disfruten de los mockumentaries por malos que sean o para engrosar la lista de material friki de los amantes del mundo de los asesinos en serie. Los demás, ni os molestéis.

Lo mejor: La primera ‘aparición’ de Gacy. Acojona.

Lo peor: Que se anule un interesante planteamiento a causa del tratamiento paródico de las imágenes y la poca credibilidad del reparto. Ah, y el despechugue de la médium (de traca).

The Loved Ones

El baile de nuestras vidas

The Loved Ones

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  • Título original: The Loved Ones
  • Nacionalidad: Australia | Año: 2009
  • Director: Sean Byrne
  • Guión: Sean Byrne
  • Intérpretes: Xavier Samuel, Jessica McNamee, Robin McLeavy
  • Argumento: Cuando Byrne, un joven atormentado por la muerte de su padre, rehúsa la invitación de Lola al baile de fin de curso, no se imagina el infierno que se le viene encima.

88 |100

Estrellas: 5

The Loved Ones

Por fin ha llegado. Disfrutada por algunos en el pasado Festival Internacional de Sitges, The Loved Ones, película australiana escrita y dirigida por Sean Byrne, ha sido capaz de no destrozar las altas expectativas que se crearon a su alrededor y erigirse, por méritos propios, en la propuesta terrorífica más inteligente, fresca y terriblemente entretenida del año (a la espera, precisamente, de lo que nos depare la actual edición del Festival).

Brent es un adolescente atormentado por la culpa tras la muerte de su padre en accidente de tráfico. Sumido en una fuerte depresión que le lleva a coquetear con la idea del suicidio, Brent encuentra en Holly, su preciosa novia, una excelente razón para seguir adelante.
Pero un mal día se cruza en su camino Lola, una estudiante algo retraída y tímida que invita a Brent a acompañarla al baile de final de curso del instituto. Brent rehúsa amablemente la invitación… gran error. Lola no acepta un “no” por respuesta, y está dispuesta a que Brent no olvidé jamás el infierno del que podría ser, sin duda, el último de sus bailes de final de curso.

The Loved Ones podría describirse como una mezcla de las comedias adolescentes norteamericanas con baile de graduación de por medio, las torturas de Hostel, y el malsano concepto de familia de La Matanza de Texas (“ojos brillantes”, uno de los estupendos personajes secundarios de The Loved Ones, me recordó al abuelo de la mítica película de Tobe Hopper).

Pero acerca de la mención de Hostel, permitidme un breve inciso. Me niego a considerar The Loved Ones como una muestra más del subgénero “torture-porn”. Las intenciones de la película de Byrne; la densidad, el interés y las sorpresas que atesora su argumento, y la maravillosa descripción de los personajes, superan ampliamente el concepto y el alcance de lo que en los últimos años se nos ha vendido como “torture-porn”. En The Loved Ones hay tortura, hay violencia sobre una persona indefensa atada a una silla (imagen paradigmática del género de torturas), y también encontramos generosas dosis de sangre y algo de gore; pero me niego en rotundo, a la vista de lo que nos ha ofrecido recientemente el agotador subgénero del torture-porn, a calificarla como tal.

Lo primero que sorprende en The Loved Ones es el encomiable talento que demuestra Sean Byrne al conseguir que la escasez de elementos que presenta el argumento de su película (un adolescente sometido a la tortura de una jovencita despechada) acabe transformándose en una de las propuestas más insólitas y disfrutables del año gracias, principalmente, a tres elementos: la magnífica descripción de los personajes, tanto los principales como los secundarios; las intensas secuencias de tortura, salpicadas de sangre pero también de un finísimo y delicioso humor negro; y su capacidad para, en un momento dado, abandonar radicalmente el terreno por el que se movía hasta ese instante y sorprender al espectador con uno de esos formidables giros de guión que acabarán haciendo de The Loved Ones una de las películas de horror más recordadas y reivindicables del 2009/10.

El trazo de todos los personajes que aparecen en The Loved Ones es, sencillamente, magistral. Desde la víctima, Brent, un adolescente con serios problemas emocionales por el que resulta muy sencillo sentir empatía y cuyo comportamiento durante la tortura, sin articular prácticamente una sola palabra, me pareció un acertadísimo detalle a nivel de guión; pasando por el padre de Lola, cuya genial interpretación por parte de John Brumpton nos deja entrever desde el principio, y de manera muy sutil, la incestuosa relación que le une a su hija; y finalizando con el que, sin duda, es uno de los puntos álgidos de The Loved Ones: el personaje de Lola.
Interpretado por la desconocida Robin McLeavy, el personaje de Lola se nos presenta como una adolescente insegura y desequilibrada cuyo depravado dominio del arte de la tortura, tanto física como psíquica, está llamado a convertirlo en un icono imperecedero del horror del nuevo siglo. Lola transita de la ingenuidad, la candidez y la ironía, hacia la crueldad y el sadismo con una facilidad pasmosa y sin caer, en ningún momento, en la caricatura o el ridículo. Su personaje es de aquellos capaces de calar hondo y permanecer en el subconsciente del aficionado durante un largo tiempo.

Incluso la historia pararela del mejor amigo de Brent, manteniendo una turbulenta cita con una guapísima, silenciosa, taciturna y oscura muchacha, funciona a la perfección como contrapunto a la violencia y al sufrimiento del propio Brent. Y por si fuera poco, el extraño comportamiento de la mencionada muchacha adquiere sentido justo en la parte final de la película.

Por otro lado, las secuencias de tortura, que copan la parte central del metraje, vienen definidas por un destaclabe nivel de violencia explícita (aunque totalmente soportable) pero, sobre todo, por un sentido del humor negro, negrísimo, y delicioso, personificado en la actitud, los gestos y los diálogos de Lola y en la relación que une a ésta con su sumiso progenitor. Son instantes que mezclan gore e ironía en unas proporciones de exactitud matemática, logrando que la violencia de The Loved Ones se aleje de la escabrosidad o la brutalidad que, de otra manera, sus imágenes hubieran transmitido. Todo ello provoca que la violencia gráfica expuesta en The Loves Ones no sea solamente tolerable, sino plenamente disfrutable y divertida. Terriblemente atractiva.

Pero hasta el momento The Loved Ones no deja de ser la película en la que una chica desequilibrada y despechada tortura al pobre desgraciado de turno. Una excelente película, sí… pero, en el fondo, más de lo mismo. Sin embargo, a unos treinta minutos del final, Sean Byrne se saca un as de la manga y consigue llevar la historia a un nuevo e insospechado nivel (a un nivel del que, por supuesto, no pienso dar ninguna pista). Y es en ese preciso instante cuando The Loves Ones deja de ser una película más para convertirse en una película absolutamente imprescindible, una auténtica delicia que, de ninguna manera, bajo ninguna excusa, deberíais dejar pasar.

Y por cierto, he llegado a la conclusión de que The Loved Ones es una joyita de obligada visión, sin necesidad de decir nada acerca de su excelente fotografía, su magnífica realización, el trabajo soberbio de todos los actores o su sarcástica selección de canciones; aspectos a los que no suelo prestar demasiada atención en mis reseñas por pura insensatez.

ATENCIÓN: el siguiente trailer oficial desvela demasiados secretos de The Loved Ones. Si queréis disfurtar de la película sabiendo lo menos posible sobre su argumento (algo que os recomiendo encarecidamente), no veais el trailer.

Lo mejor: Lola, su nivel de violencia, su humor negro, sus últimos treinta minutos, su fotografía, sus personajes secundarios...

Lo peor: Que alberguemos serías dudas sobre si se distribuirá de alguna manera en nuestro país.

The Children

Cría cuervos y te sacarán los ojos

The Children

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  • Título original: The Children
  • Nacionalidad: Gran Bretaña | Año: 2008
  • Director: Tom Shankland
  • Guión: Tom Shankland, Paul Andrew Williams
  • Intérpretes: Rachel Shelley, Stephen Campbell Moore, Eva Birthistle
  • Argumento: La plácida celebración de las fiestas navideñas por parte de dos familias se ve interrumpida cuando los niños empiezan a mostrar signos de estar sufriendo una enfermedad que afecta a su comportamiento.

81 |100

Estrellas: 5

Quisiera dar las gracias a los amigos de Gore Nation (como viene siendo costumbre) por permitirme ver esta película con unos subtítulos en castellano impecables. En segundo lugar dar las gracias al amigo Espaumfromgel por ser el primero en avisarme de que "The Children" valía la pena. Y finalmente al amigo Iván, que quedó tan decepcionado tras ver "Dead Snow" y me solicitó la recomendación de una buena película de terror. Pues bien Iván, aquí va mi recomendación. Espero acertar en esta ocasión.

The Children

Narciso Ibáñez Serrador fue espantosamente explícito en el título de su gran obra maestra, ¿Quién puede matar a un niño?
Han pasado más de 30 años, y ahora es el turno del británico Tom Shankland (“Waz”, 2007), quien acaba de firmar –y ya no me resisto más a soltarlo- una de las mejores y más terroríficas películas de horror de los últimos años, para intentar dar respuesta a dicha pregunta en "The Children".

Dos familias deciden pasar las vacaciones navideñas en una gran casa, rodeados de un nevado paisaje. Nada más llegar y salir del coche, uno de los niños parece estar indispuesto. Su cara está pálida, tose y tiene arcadas. Su madre no le presta demasiada atención. Lo atribuye todo a un simple mareo por culpa del largo viaje.

¿En cuantas ocasiones, durante los últimos años, nos hemos lamentado por la manifiesta incapacidad del cine de terror moderno, para provocar esa sensación tan natural y primaria que es el miedo?
"The Children" lo logra. "The Children" da miedo. O quizás sería más conveniente afirmar que, a un servidor, "The Children" le causó miedo.

Es evidente que Shankland apuesta a un caballo ganador. La sola presencia de unos delicados críos transformados, por obra y gracia de lo que aparenta ser un simple resfriado, en amenazantes bestias salvajes es, sin lugar a dudas, un excitante y perturbador punto de partida.

Shankland lo sabe muy bien, y no duda un instante en cederles todo el protagonismo a los niños a la menor oportunidad. Y lo hace de forma demoledora. Cada intervención de las criaturas, dispuestas a arruinarles la vida a sus progenitores, acaba desembocando en una turbadora y enfermiza experiencia para el espectador.
Algunas de esas escenas disfrutan de un nivel de suspense y tensión acumulada sorprendentes. Es cierto que en esta ocasión la propia naturaleza de la amenaza –los niños- provocan, de entrada, que el nivel de pesadilla esté un peldaño por encima de lo que estamos habituados. El hecho de que el brutal asesino sea un niño nos predispone a un mayor nivel de sufrimiento. Somos más vulnerables. Estamos más indefensos que nunca. Y todo por una sencilla pero contundente razón: nuestro mayor enemigo son aquellos a quienes estamos acostumbrados a proteger y a quienes más queremos.

Pero tampoco sería justo restarle méritos a Shankland, quien manipula, de forma magistral, todos los recursos y mecanismos de horror que tiene a su alcance. Sus esfuerzos están siempre encaminados a edificar una insoportable atmósfera de inquietud, de intranquilidad. Y supera el reto con sencillez y eficacia: desde el mismo instante en que un crio tose y reclama la atención de su madre, sabemos que algo terrible está a punto de ocurrir y nos sumergimos, de lleno, en la pesadilla que nos propone "The Children".

Por si fuera poco, cuando la violencia toma, definitivamente, forma, "The Children" no se reprime, ni pisa el freno, por el simple hecho de que los instigadores de la misma tengan, todos ellos, menos de diez años de edad.
Los actos de violencia protagonizados por los crios tienen consecuencias brutales, furiosas; y Shankland no muestra ningún reparo en mostrarlos en toda su crudeza, incluyendo un par de escenas que posiblemente convencerán incluso a los amantes del gore.

Al margen de todo lo que sucede alrededor de los niños, la película funciona también a un nuevo nivel: la reacción de los padres. "The Children" refleja a la perfección la angustia de los padres, que jamás logran afrontar –ni siquiera comprender o asimilar- la pérdida de inocencia y la corrupción de sus hijos. Ni siquiera son capaces de hacer frente a los niños cuando estos amenazan con acabar con sus vidas.
Los adultos se sienten desprotegidos. Sin capacidad de reacción. Imaginando imposibles coartadas que excusen a los pequeños de sus actos de maldad. No aceptan la realidad, no la soportan; y esto les convierte en víctimas fáciles y propicias para las criaturas.

¿Quién puede matar a un niño? Sheckland nos da una respuesta contundente: un padre no puede acabar con su hijo. ¿O quizás sí?

Es posible que quienes suelen buscar siempre respuestas a lo que está sucediencido, se sientan decepcionados. "The Children", de la misma forma que ocurría en el mencionado clásico de Narciso Ibáñez Serrador, o en la mítica "La noche de los muertos vivientes", de George A. Romero, no aporta ninguna información determinante sobre el orígen de la enfermedad que convierte a los críos en esbirros del mismísimo diablo. Los síntomas son los de un resfriado común. Las consecuencias son mortales para todos aquellos que permanezcan cerca.

"The Children" es una pequeña gran película de horror. Sería una auténtica lástima que, por las razones que todos conocemos, "The Children" pasara desapercibida.
Personalmente sólo me queda recomendarla de forma efusiva y sin reservas como una excelente película de terror, con magníficas dosis de suspense, tensión y violencia. Una película de terror que da miedo.

Lo mejor: Una sencilla película de terror que da miedo.

Lo peor: Que en España se haya estrenado en cines "La Semilla del Mal" y que probablemente debamos rezar para que "The Children" acabe distribuyéndose en el mercado doméstico.