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Juniperus Menstruo

Otro relato extraño de Jorge P. López

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Me cansé de verla arrastrarse por la vida como una cucaracha avergonzada y compré ese espejo para que pudiese contemplarse en toda su gloria. Era lo más próximo a materializar mis recuerdos sobre una superficie pulida, los momentos iluminados por anocheceres de ensueño lucen bien cuanto más falsos parecen. Pero el tiempo pasa, el típico vendedor cetrino y misterioso hizo poco hincapié en los efectos secundarios, endosándome la mercancía con la sutileza de los relatos góticos.

Ahora el cansancio es de otro tipo. Físico, si analizo el rostro del hombre que me saluda desde las fotografías de nuestro cuarto. Mental, al intentar juntar las cifras que nos permiten llegar a fin de mes. El desinterés económico es otra memoria deslucida frente a la gravedad de los ciclos lunares. ¿Por qué el menstrual dura aproximadamente lo mismo? Llena, menguante, nueva, creciente. A veces los designios planificados del azar me provocan nauseas, las mismas que cada cuatro semanas la sentaban delante del espejo, desnuda, mirándose y luciendo ojos de éxtasis mientras en la cocina se oía bullir un líquido. Creo que tardé bastante en darme cuenta. La noche en que la vi saludando a la sartén con la mejor de las sonrisas se indignó porque no podía entender que no quisiera unirme a la pitanza. El cuajo, la costra oxidada era un manjar reservado a los estómagos a prueba de caos:

“Es normal, me siento más fuerte y no tengo que lidiar con la vida. Ese fue el trato cuando me rogaste.”

¿Vino el libro después? Objetos comunes, parte de la cotidianeidad de cualquier hogar, sólo que los cambios abismales provienen de interruptores ocultos tan pequeños y prosaicos como esos vulgares enseres. Puedes encontrarlas agazapadas, las mutaciones incómodas, dentro de las hendiduras de la corteza del pan. Agotado por las necesidades de una casa ruinosa, cada día más similar a un mausoleo, apenas me fijé en el tomo de gruesas tapas que terminó por morderme cuando revolví las pilas de facturas que lo custodiaban. Chupándome el dedo en gesto pueril de dolor, observé detenidamente los arabescos y las filigranas, el lomo desgajado y la peste bubónica que lo aureolaba como si de un alma se tratase. Me enfermó aquella puta parafernalia digna de un circo ocultista, ¿qué faltaba para el ritual?

“El espejo tenía una etiqueta en la parte trasera, con la dirección de un local de antigüedades”.

Lo importante no era imaginar que la animó a escudriñar las intimidades de su pertenencia favorita, lo importante era visualizarla dentro de la atestada tienda donde una tarde lluviosa perdí el poco control que tenía sobre los asuntos del hogar. Compleja tarea teniendo en cuenta los infructuosos viajes, hasta el momento, a las áreas más sórdidas de esta pequeña ciudad: callejones que cada visita cambiaban de disposición; edificios bajos con tejados de uralita carcomida por las pedregadas; vallas cubiertas del orín de los perros y quién sabe qué otras odiosas criaturas; escaparates ofreciendo su mercancía de cristales rotos…

Nada; nunca; pero ella sí.

Asustado, pensando que en cualquier momento podría salir la luna llena por el horizonte, la dejé hacer sin atreverme a tocar aquel compendio de horrores, seguro de que sus intimidades la ataban al dormitorio, de donde salía únicamente para examinarse como la virgen de un cuento de hadas. De reojo, yo intentaba buscarme sobre el cristal, a cada semana más trasparente. Por momentos una puerta.

Tarde o temprano llega la ira, la violencia de la incomprensión; y me sentí un cerdo al abrazarme a ella. ¿Qué otra opción queda cuando la vigilia te encuentra rígido ocupando el colchón, acompañado de un témpano de hielo? Pálida como esa luna que tanto me obsesionaba, respiraba plácidamente cuando el sol se ocultaba, queriéndose parecer a los gatos y compartir su extraño sentido del tiempo. Nunca osé acercar mi oído para comprobar si respiraba, a todos los efectos quedó muerta cuando aceptó mi regalo con una melancolía que no tardé en echar de menos.

“Jamás me había sentido tan bien, gracias”.

Las palabras complacientes se clavaron en mí igual que el anzuelo de cualquier pescador más sabio y curtido que un servidor. El viejo lobo de mar hubiese mascado entre dientes palabras de desprecio hacia el amor. Siempre se acaba, tarde o temprano, es igual de sólido que la cuenta corriente de un proletario. ¿Un simple “gracias” fue lo que detonó la fiesta de bricolaje y chillidos? Tomé un butacón, un sólido mazacote de madera negra, y agujereé el asiento, consiguiendo un círculo perfecto. En esa circunferencia aserrada me miré y pude ver el asco que una parte de mí sentía, el propietario de esa repulsa era yo, preparando la palangana, las cuerdas y un cuchillo para pelar patatas. Fue peor que esquivar personas erráticas andando despacio.

No se resistió, ¿por qué debería haberlo hecho? Continuamente me miraba como si supiera de un secreto que no pensaba desvelar, segura de cómo iba a acabar la función. Durante el proceso –quitándole el camisón, sujetando con ferocidad sus extremidades, probando el tacto de sus blancas carnes– estuve tentado de preguntarle por el punto y final de nuestra historia, pero la presencia del libro, inocente sobre la mesilla, me aconsejaba el silencio como armadura contra mi propia vergüenza. No quería hacerle daño, aunque tampoco veía clara una salida a la transformación que yo mismo había iniciado. Nos dejamos llevar, sin analizar quién era víctima y quién verdugo, fue el inicio de una larga temporada que vio pasar varias estaciones.

Cayesen las hojas caducas de los árboles o el sol doblase impenitente la pintura de las paredes con su calor abrasador, intenté cubrir sus necesidades como mejor pude, pero no dejé de vigilar al tomo maldito cuando creía que él no me devolvería la mirada, confundiéndome. La alimenté y limpié mordiéndome los carrillos mientras ejercía de doncella. Tras la primera semana la lividez, allí donde las sogas violaban su piel, adquirió una tonalidad mórbida que me recordaba a las judías verdes. Un alimento tan humilde parecía la mejor ancla mental ante el suplico propietario de toda la casa.

“¡Qué pague él a los bancos, qué combata contra los sentimientos que nos unieron, matrimonio libre y deseado, frente al altar poblado de flores rotas!”

Ella sonreía enigmática, burlándose de mis exabruptos y desvaríos sin saber que se los había robado a una novela. No le faltaban motivos, me había vuelto un títere obtuso, un ridículo monigote que bailaba entre espejo, libro y hembra. Sabedor de que cada veintiocho días tocaba recoger los tejidos de su feminidad, como si fuese alguna especie de tributo mesiánico, una burla a la incapacidad de juntar palabras para expresar mis sentimientos. Me había transformado en un recolector que no echarían de menos en la oficina.

“Si quieres secar el río pon ahínco, tu descanso durará nueve meses al menos”.

Era un desafío al que ella misma nunca quiso atender, el clásico “te quiero” sonaba a hueco dentro de mi pecho vaciado con la cuchara de la locura. Sin embargo, ante la menstruación, sudábamos profusamente y ambos sentíamos el malestar en el bajo vientre, como si pequeños insectos nos arrancasen finas tiras de carne; dentro, tan dentro que ya no sabía dónde buscar. La tortura era a su vez una búsqueda de alivio, el deseo de alcanzar un estado extraordinario que detuviera la hemorragia periódica. Se revolvía, y debo reconocer que me provocaba una sonrisa difícil de justificar ante un jurado que no creyese en fenómenos paranormales, cuando la palangana pasaba cerca de ella. Torcía los labios y babeaba, otra vez semejando la gata de las películas. ¿Qué hubiera hecho de saber que guardaba en la nevera el espeso líquido lleno de escamas rojizas?

Como los meses pasaban inmisericordes y el sabor metálico de su intimidad demostraba la condición inhumana a la que todavía estaba sometida, decidí intentarlo por otra vía, pero los moratones dejaron escapar a los demonios de mi alma, no de la suya, y así el libro se convirtió en la única vía. Hojeé, mesé mi barba aterrada, traduje de un idioma antiguo; y todo lo hice delante de ella para que supiera cual iba a ser el siguiente paso. Asentía cuando las frases engarzaban entre sí, formando una gargantilla de resonancias que de seguro molestó a los vecinos, esas gárgolas inmóviles. Me dejé guiar por las insinuaciones de su barbilla, sabiendo que cada palabra superada destilaba el bálsamo que curaría nuestro malestar.

“¿Qué has pensado hacer con eso?”

Sujeté con fuerza la rama de sabina hasta manchar de verde la palma de mi mano, a juego por fin con los miembros hinchados de mi amada mujer.

Vuestros comentarios

1. nov 6, 21:54 | Vira

Vete a tomar por culo tu y tu puta capucha

2. nov 7, 03:18 | Lady Necrophage

te vas tú, que no tienes educación, subnormal

3. nov 7, 12:18 | Caraculo

Dios mío! Relato sublime. Dominio total y absoluto del lenguaje. Adjetivación exquisita, superlativa… ¿Pero sabes qué? Las editoriales huyen como de la peste de cualquier frase que tenga subordiadas y que no se construya con un sujeto + verbo + predicado. Lo que se lleva son libros con un título super molón y un autor cuyo nombre cueste pronunciar (si es de origen nórdico mucho mejor). La alternativa: reeditar títulos y autores clásicos a los que nadie se atreve a toserles, aunque los textos sean pura bazofia o rebuscar textos libres de derechos de autor. Pobres editoriales, abocadas a publicar una y otra vez la misma papilla, con el señuelo de una portada diferente, ilustraciones de pacotilla o cualquier otra cosa que pretenda presentar algo sobradamente conocido como novedoso. Vete a tomar por culo con tu capucha, pero prefiero esta mierda a tener que releer otra vez lo mismo. Lástima de mundillo editorial. Hay que estar loco para querer dedicarse a esto en este país. El dilema: reeditar o apostar por autores que sabes que no van a vender más que a amigos y familiares. Lo peor es que ni tan solo así se consige insuflar aire fresco a la literatura de género. Muchos autores viven todavia de las sempiternas influencia anglosajonas. Dale que te pego con refritos de los putos Mitos de “cuchuchú”, Poe y compañía. Menos mal que siempre nos queda Stephen king… Joooder, que hartazgo. Lo dicho, “vete a tomar por culo con tu capucha”.
PD: espero leerte el año que viene.

4. nov 7, 12:53 | Bob Rock

Vira.- Tus comentarios son pura poesía.

Lady Necrophage.- Gracias! Ni gastes un segundo en contestar a este tipejo, para eso ya lo pierdo yo!

Caraculo.- No sé que tienen mis relatos que suelen atraer a la gente esquizofrénica con tendencias depresivas. ¿Eres uno de esos? Porque no sé si te estás cagando en mis muelas o en las muelas de todo el universo editorial. Lo que me sorprende de veras es tu cerrazón de miras, ¿qué problema hay, si tienes una empresa privada, en publicar lo que te salga de las pelotas? Critica al público si quieres, esa masa aborregada que se empapuza de partidos de fútbol y noticias sobre la sagrada cruzada Catalana, son ellos los que ponen el dinero en la mesa para que tal o cual libro recaude, cuando no son dictados por los iluminados que manejan los hilos.
Y además, a pesar de mis insultos nada velados a la piara, la humanidad puede hacer lo que le salga de las narices, que para eso los seres humanos son entes de luz libres como el rabo de una vaca, siempre juguetón y envuelto en mierda.

Recuerdo que hubo un tiempo en que yo mismo y unos colegas, “Chico” y “Harpo”, quisimos traer a este erial cultural llamado España películas de terror “independientes”. ¿Vampiros gay? ¿Zombies mormones? ¿Ninjas ortopédicos? El resultado fue el total desinterés de la masa “mortadelica” que no tiene otro interés más que en el nuevo éxito comercial que los medios deciden venderle como cierto… ¡pero diablos! Si los tres hermanos Marx hubiésemos podido distribuir “El Señor de los Anillos” lo hubiésemos hecho de mil amores. Y cuando los billetes nos hubiesen caído de este santo agujero que tantos tenéis ganas de rellenar, muy apropiado para la próxima cena de Acción de Gracias, hubiésemos seguido editando películas taquilleras para complementar nuestras piscinas con champán y odaliscas. Porque es condición humana el vicio y la vida a todo pasto. Robin Hood se casó con Marian y ahora está pagando la hipoteca del bosque de Sherwood.

El amor al arte es pegarte una buena cena con tus amigos, regada de caldos reserva y vestido con una bata de seda japonesa. Por eso a veces me molesta tanto que los nuevos creadores se crean por encima del bien y el mal. Y también me molesta que la gente siga asumiendo las mismas basuras de historias como ciertas, sólo porque las revistas de actualidad y modernismos. Para ver la mierda “nueva” prefiero ponerme en blanco y negro las viejas obras que siguen valiendo algo. ¿De eso se hace abuso? Sí, pero mueve tú a cien personas para que compren un libro de Jorge P. López.

El único autor nuevo que me motiva a seguir escribiendo es Tony Jiménez. El Stephen King español, porque muchos criticáis a los que se parecen al maestro de Maine, pero Tony ha demostrado con su esfuerzo, se alimenta de libros y no duerme, como el Sr. Galindo, que se puede inundar el mercado con frases sin palabras esdrújulas que supongan una nueva Biblia para muchos de nosotros.
¿Lo que yo escribo? Pues gilipolleces que me salen de la capucha, pero jamás osaré a reconocer lo contrario… hasta que me lluevan los millones, entonces me untaré el nabo de caviar y os rellenaré vuestro agujero de iniquidad.

Toma adjetivos rebuscados y frasecillas demagógicas!!

Un abrazo!

5. nov 7, 16:48 | Lady Necrophage

Hola Bob!! el relato es fantástico y maravilloso y, sobre todo, no se ciñe a las normas “comunes” y estipuladas a lo que se lleva, vamos que no sigue la senda “stephenkingeana”. Lo que más me gusta siempre e tus relatos es la conclusión final que, en este caso, fíjate que me recuerda un poquito a un relato mio que publiqué hace poquito en Caosfera :)

Estaré encantada de publicar algo tuyo, ya que encaja perfectamente en mi editorial y en mi línea ;). Ya vamos concretando por privado.

Un beso!

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