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La cajita china

Un relato de Francesc Marí

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El profesor Mark Shepherd estaba frente a la puerta del apartamento su colega, Martin Shade. Desde que había presentado sus descubrimientos respecto a la tercera carabela a un reducido grupo de personas, unas semanas atrás, tanto él como sus compañeros se habían sumergido en una curiosa búsqueda de sucesos extraños que pudieran estar relacionados con lo que le había sucedido a la nave desaparecida. En ese mismo momento, bajo su brazo, llevaba una carpeta con los respectivos informes de sus colegas, desde la enigmática historia del abuelo del doctor Martínez, a la extraña muerte de un monje en un monasterio español, que estaba investigando la doctora Towers. Todos habían aportado su granito de arena. Todos, excepto Shade, del que ninguno de ellos tenía noticias desde hacía días.

Al no responder al teléfono, ni a los mensajes, ni a los correos electrónicos, Shepherd había decidido dirigirse a su casa, con la esperanza de encontrarlo a él o, como mínimo, alguna evidencia de su paradero.

Shade vivía en unos apartamentos, pequeños pero cómodos, no muy lejos del edificio de la Universidad de Miskatonic, en el mismo centro de Arkham. En concreto vivía en el número trece de la quinta planta, justo dónde se encontraba Shepherd, que dudaba qué hacer mientras examinaba detenidamente los dorados números que colgaban de la gruesa puerta de madera.

No quería molestar a Shade, lo había pasado muy mal tras la muerte de su tío y mentor, y podía ser que se ofendiera si Shepherd se inmiscuía en su intimidad. Pero lo que al principio había sido una preocupación egoísta por la investigación que tenían entre manos, ahora se había convertido en un claro sentimiento de angustia sincera por el estado de Martin.

«Lo siento, Shade», se dijo para sus adentros Shepherd mientras alzaba los nudillos de su mano derecha para golpear con suavidad la pulida superficie de madera de la puerta.

Tras hacerlo, en lugar de oír la esperada voz de su compañero, lo único que se escuchó fue el chirriar de los goznes metálicos que aguantaban la puerta, mientras se abría lánguidamente, impulsada por los suaves golpes de la mano del preocupado visitante.

Al ver como la puerta se abría, el profesor Shepherd se quedó atónito, con los pies clavados en la parte exterior del apartamento. Por un segundo se temió lo peor. Tras la sorpresa inicial, Shepherd se abalanzó sobre la puerta acabándola de abrir y entró en el apartamento de Shade, esperando no encontrarse con el cuerpo sin vida de Shade. No sabía por qué pensó en aquello, a pesar de la pesadumbre que se había cernido sobre el joven profesor de mitología, no mostró motivos para quitarse la vida; pero, desde que había iniciado su peculiar investigación, había notado algo extraño en el ambiente, que le hacía sentirse siempre pesimista.

El apartamento estaba formado por una sola y amplia sala, en la que cocina, comedor y dormitorio confundían sus espacios, dejando solo el baño al otro lado de una puerta. Al entrar, Shepherd se detuvo tan rápido como había entrado, solo una vez había visitado a Shade en aquel lugar, y estaba impecablemente ordenado, pero ahora parecía que alguien hubiera revuelto todos los cajones, estanterías y armarios que hubiera encontrado. Desde la encimera de la cocina, a la cama, pasando por la mesa del comedor, todo estaba cubierto por un sinfín de libros abiertos, cuadernos desperdigados, fotocopias subrayadas con marcador amarillo y papeles llenos de abarrotadas notas, tirados de cualquier manera.

—¿Shade? ¿Martin?
Fue todo lo que se atrevió a decir en voz alta Shepherd, mientras procuraba no pisar nada que pudiera tener alguna importancia. Con sumo cuidado, el recién llegado se encaminó hacia aquellos lugares que, a simple vista, no podía ver, ya que, a menos de que Shade se hubiera escondido bajo una montaña de libros, no lo veía por ninguna parte. Shepherd pudo comprobar que no estaba detrás de la isla de la cocina, ni al otro lado de la cama, así que, si Martin seguía allí, solo podía estar en el baño.

Apartando con los pies los libros que se interponían a su avance, Shepherd se dirigió al baño y, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta de un empujón, haciendo que golpeara con la pared.

Tras el estrepitoso impacto, que sorprendió hasta el propio autor, este pudo escuchar unos suaves gruñidos que procedían del otro lado de la cortina de la bañera. Esperando encontrar a Shade malherido o moribundo, Shepherd se acercó a la bañera y, de un tirón, apartó la plastificada tela para descubrir, para su alivio, al profesor Martin Shade perfectamente sano, aunque no en el mejor de sus momentos.

Shade estaba tumbado en el interior de la ducha, vestía una camisa blanca, unos calzoncillos bóxer estampados a cuadros rojos y unos calcetines deportivos con unas rayitas azules y amarillas. El lugar y el aspecto del profesor hubieran hecho dudar a cualquier del motivo que lo habían llevado a esas condiciones, sin embargo, lo que tenía entre sus brazos, lo explicaba perfectamente. Como si fuera el peluche más querido de su infancia, Shade estaba abrazando una botella, absolutamente vacía, de whiskey escocés, que aclaraba, como mínimo, su deplorable aspecto.

Sin intentar despertarlo o avisarlo antes, Shepherd accionó el grifo de la ducha, y una gran cantidad de agua fría se precipitó sobre el ebrio Shade que no pudo evitar incorporarse de golpe, completamente sorprendido y asustado.
—¡Por todos los demonios! —exclamó con voz pastosa.
—Buenos días, Shade, por fin te encuentro —dijo sin más Shepherd.
—¿Mark? ¿Pero qué…?
—Te espero en el comedor —interrumpió Shepherd saliendo del baño en búsqueda de un lugar en el que sentarse.

Mientras dejaba que Shade refunfuñase, Shepherd consiguió liberar de libros y papeles una silla, y se sentó, justo cuando el sonido del agua se apagaba y aparecía en escena un empapado Shade.
—¿Se puede saber dónde te has metido los últimos días? Todos estábamos muy preocupados, temiendo que te hubiera sucedido algo —preguntó Shepherd.
Shade no contestó, solo le dedicó una penetrante mirada de odio, mientras buscaba una toalla para secarse.

Shepherd no quiso insistir y se quedó en silencio, viendo como su colega sacudía la esponjosa tela de una toalla marrón sobre su cabeza, para después enrollársela sobre sus hombros.
—He estado ocupado —dijo Shade con voz molesta.
—Mira Martin, te entiendo, la muerte de tu tío te ha afectado, a todos nos afectó, y eso que solo éramos colegas. Pero tienes que seguir adelante, no puedes ahogar tus penas en alcohol —afirmó Shepherd.
—No lo entiendes, Mark, esto va más allá de mi tío.
—¿Coger una melopea de campeonato y pelearte contra el apartamento va más allá de tu tío?
—Yo no me he peleado con mi apartamento —contestó extrañado Shade, admitiendo a la vez la borrachera.
—¿Y todo esto? —repuso Shepherd extendiendo sus brazos intentando abarcar el desorden que reinaba en aquel lugar.
—Estoy investigando sobre algo de lo que nos pediste… Sucesos extraños y esas cosas —aclaró Shade.
—En ese caso, por favor, ilústrame, a ver si yo también tengo motivos para coger una buena cogorza —insistió el visitante.

Shade esbozó una leve sonrisa, vació otra de las sillas del comedor y se sentó frente a Shepherd.
—Como supongo que sabrás, según los médicos, mi tío murió de un súbito ataque al corazón. Sin embargo, yo pongo en duda ese diagnóstico, ya que, como te mostré hace unas semanas, dejó para mí un curioso correo electrónico en el que hablaba de una máscara que ha desaparecido.

Shepherd asintió, conocía la historia de la máscara y el templo submarino.
—Pues bien, confiando plenamente en las palabras de mi tío, y siguiendo tu recomendación de buscar extraños sucesos, decidí investigar su misteriosa muerte —dijo mientras rebuscaba entre los papeles que había sobre la mesa, hasta dar con un pliegue que había dentro de una carpeta rosada—. En un principio, a parte del correo y la cajita china, no tenía absolutamente nada. Empecé por documentarme respecto a los elementos que mi tío describía en su mensaje: la máscara, el templo al pie de la montaña y la figura que aparecía en el tímpano de este. Sacando provecho a los estudios de dibujo que me obligó a seguir mi madre, realicé estos esbozos de ellos —explicó mostrando a Shepherd diversos dibujos. Había leído el correo del difunto Oliver Shade las suficientes veces para reconocer en el dibujo de su sobrino la desaparecida máscara, el templo griego sumergido y la criatura que lo decoraba. Mientras Shepherd examinaba aquellos excelentes dibujos, en los que parecía poder tocar los elementos dibujados, Shade prosiguió con su discurso—: Sin embargo, los escasos detalles que daba mi tío de ellos hacían de este un camino sin salida. A pesar de la descripción de la máscara, los las pocas referencias en cuanto a los símbolos que había en ella, hacen imposible esclarecer de dónde podía proceder o que significado podía tener. Lo mismo sucede con el templo. Sí, de acuerdo, se trata de un templo de inspiración griega, pero si es así, ¿por qué su decoración no lo es también? Simplemente, es imposible saberlo. Sin ir más lejos, a pesar de los años dedicados a la mitología, mi tío no hacía una referencia clara a la criatura que reinaba sobre la decoración del templo, si él la hubiera reconocido, no hubiera hecho esa descripción tan vaga. Además, ahora, sin poderla ver con mis propios ojos, no puedo más que suponer su aspecto, pero, y eso ya te lo digo ahora, no sé parece a nada que haya visto en mi vida.

—Entonces, ¿qué puñetas has estado investigando? —preguntó Shepherd dejando los dibujos sobre la mesa, junto con un par de copias del correo del tío de Shade, y un sinfín de hojas en las que había anotadas todas las criaturas de las que podría tratarse la que describía su tío.
—Al ver que por esta vía no podía seguir, ya que nunca avanzaría, recordé un elemento que mi tío describía bastante bien y que, para mi suerte, no había desaparecido como la máscara.
—¿La cajita china?
—Exacto, la cajita china. Podía ser que esa extraña máscara se hubiera perdido para siempre, pero la cajita había seguido ahí. Además, la cajita había llegado a las manos de mi tío a partir de un envío de objetos para el museo del que era conservador, por lo que alguien había poseído antes esa pieza y, a diferencia de mi desafortunado tío, seguía con vida.

Al oír aquello, Shepherd no pudo evitar sonreír emocionado y expectante.
—Tras recuperar la cajita de la policía, que la había recogido como prueba, alegando que era una pieza del museo y que, si mi tío había muerto de un infarto, no había motivos para que ellos conservaran aquel objeto, me puse a rebuscar en todos los papeles que había en el despacho de mi tío, hasta que encontré esto.

Sin añadir nada más, Shade le mostró un hoja de papel a Shepherd, era el comprobante de un envío, en el que si bien no se especificaba si la cajita iba en su interior, correspondía al paquete que Oliver Shade afirmaba haber recibido dos días antes de su misteriosa muerte.
—¿Ves de dónde proviene? —preguntó Martin.
Shepherd dudó unos instantes, hasta que encontró la información que le pedía.
—Vietnam.
—Exacto, así que hice lo que todo buen investigador hubiera hecho, seguir la pista.
—¿Viajando hasta Vietnam?
—En concreto a Hoi An —aclaró Martin—. Por lo que pude descubrir de la empresa de transporte, el paquete, adquirido casi a ciegas por la comisión del museo, provenía de un viejo anticuario instalado en esta pequeña ciudad del Mar de la China.

Shepherd observó a su interlocutor, esperando que siguiera con su narración.
—Tras dar mil vueltas a las estrechas calles de la ciudad, abarrotadas de tiendas de antigüedades, talleres de artesanía y turistas, conseguí dar con la tienda en cuestión. Era un lugar pequeño, casi discreto, en el que pocos fijarían su vista sino lo estuvieran buscando. El cartel con el nombre estaba extremadamente gastado, los cristales, tras años de polvo acumulado, eran opacos y su interior estaba tan oscuro como la más negra de las noches. Al cruzar su puerta, el sonido de unas campanillas me precedió, y en seguida apareció un señor mayor de rasgos asiáticos. Lucía un pobre bigote canoso sobre una dentadura destartalada y amarillenta. Me dijo algo en vietnamita que no pude comprender, así que empecé a hablar en inglés, preguntando si podía responderme algunas preguntas sobre un objeto y, amable y servicialmente, me respondió: «Por supuesto, querido extranjero». Sin más, saqué la cajita de mi bolsa y se la mostré. Al verla abrió los ojos como platos y se puso rígido, había reconocido el objeto. «Llévese ese objeto maldito de mi tienda, ¿no sabe qué mal habita en su interior?», me dijo airado. Rápidamente abrí la caja y le mostré su interior vacío. «Quiero entender el mal que había en su interior y que se llevó a mi tío», le respondí. Al verla vacía, el hombre se relajó un poco y volvió a mostrarme su amarillenta sonrisa. «Quiero saber por qué murió mi tío, ¿usted podría explicarme qué había?», insistí. El hombre, sin dejar de sonreír y con cierto aire de alivio, me respondió: «Lo lamento, pero no soy más que un humilde anticuario. Solo compro y vendo cosas, muchas de ellas no las comprendo». Parecía que el hombre había dado con la respuesta perfecta para deshacerse de mí, pero, justo cuando estaba a punto de darme por vencido, se me ocurrió una idea. «En ese caso, ¿a quién le compró esta cajita?», pregunté. Al oír aquellas palabras el hombre tragó saliva y respondió entre titubeos: «A un hombre mayor, hace muchos años, debe haber muerto». «Siento insistir, pero ¿dónde podría encontrar a este hombre, si estuviera vivo?», pregunté. Pude comprobar como la mente de aquel hábil negociador funcionaba a pleno rendimiento, intentando decidir cuáles serían sus próximas palabras. Pero, tras unos segundos de titubeo, tomó un trocito de papel de encima del mostrador y, con un lápiz, apuntó una dirección y me la entregó. —Shade le mostró a Shepherd el papelito con una dirección apuntada en caracteres asiáticos y latinos—. «Ahora, por favor, abandone mi tienda para no volver jamás», me dijo sin perder ese tono de falsa amabilidad propia de los vendedores de antiguallas. Le hice caso y partí.

Shepherd se echó hacia atrás mientras lanzaba un suspiro al aire, el relato de Shade estaba siendo poco menos que emocionante.
—¿Y después? —preguntó Shepherd a su anfitrión esperando saber el final de tan curiosa investigación.
Al oír la pregunta, Shade no pudo evitar bajar la cabeza con una expresión de lamento en su cara. Parecía como si el trepidante relato tuviera un final abrupto y desesperanzador.
—Hice lo lógico, busqué un taxi y le di la nota, y en pocos minutos estaba frente a una vieja casa a las afueras de la ciudad, en la que el tiempo parecía haber hecho más estragos que en el resto. Tenía el tejado inclinado, las paredes negras de suciedad y los todos elementos propios de los edificios antiguos del sudeste asiático rotos o resquebrajados. Un muro de piedra circundaba el terreno y una puerta de metal laboriosamente decorada hacía de entrada. Al no ver a nadie en el exterior y ningún timbre cerca de la puerta, la empujé con las yemas de mis dedos y entré en la propiedad. El jardín estaba igual o más abandonado que la casa, solo en el caminito de gravilla por el que me acercaba a la casa, parecía no haber malas hierbas. A cada paso las piedrecitas crujían bajo mis pies, anunciando mi llegada, por lo que no me sorprendió demasiado cuando una mujer mayor con el pelo recogido en un oscuro moño, irrumpió desde el interior de la casa profiriendo lo que me parecieron insultos. Intenté explicar mi situación de algún modo. Pero fue imposible, aquella mujer parecía tenérmela jurada sin motivo aparente, así que, movido por un impulso, le mostré la cajita china, consiguiendo que una expresión de terror surgiera en la cara de la mujer. Perplejo por la reacción, me acerqué poco a poco y abrí la caja para mostrarle el interior vacío. Al verlo, la mujer me interrogó con la mirada y solo pude decir: «Necesito saber, mi tío a muerto por esta cajita». Por un momento temí que la mujer no me entendiera, pero no fue así. Con una expresión comprensiva, me pidió que la acompañara al interior de la casa.

»Una vez dentro pude comprobar que la oscuridad de las paredes exteriores, también se había trasladado al interior, además, la ausencia absoluta de luz hizo que mis piernas temblaran, temiendo que aquella mujer pudiera acabar conmigo en cualquier momento. Pero en su lugar, posó su mano sobre mi hombro, como si se apiadara de mí, y me condujo por los oscuros pasillos hasta la única sala iluminada por la tambaleante luz de unas velas, permitiéndome comprobar que no estábamos solos. En aquella pequeña habitación con suelos de madera, había un hombre que, por su aspecto, debía tener más de cien años. Tenía la piel surcada por miles de arrugas, la boca carente de dientes y el poco pelo que todavía colgaba de su cabeza era más blanco que el papel. A pesar del silencio que reinaba en aquel lugar, el hombre pareció no darse cuenta de que alguien estaba a su lado, permaneciendo tan quieto que podía confundirse con una estatua. La mujer se arrodilló a su lado y lo abrazó por los hombros, pero el hombre siguió sin inmutarse. Con gestos, la mujer me invitó a mostrarle la cajita al hombre, que bien podía ser su padre, así que me acerqué y se la puse ante los ojos, para descubrir después que las pupilas de ese hombre estaban veladas y eran de un blanquecino color perla. Al mirar a la mujer, pude ver como una lágrima descendía por su mejilla lentamente. Ante aquel panorama, no se me ocurrió otra cosa que depositar la cajita sobre las manos extendidas del anciano. Tras unos segundos en los que pareció que nada había cambiado, el hombre se despertó de golpe, imbuido por el tacto de la cajita, empezando a murmurar un sinfín de palabras incomprensibles para mí. Abatido me encogí de hombros mirando a la mujer, a la vez que negaba con la cabeza, intentando darle a entender que no comprendía nada de lo que el anciano estaba diciendo. Ella dirigió la mirada al cielo, como si en su mente buscara la traducción a las palabras que su enfermo pariente pronunciaba. Mientras tanto, el hombre, que parecía haber recuperado la energía perdida durante años, se balanceaba adelante y atrás, a la vez que con sus esqueléticos dedos repasaba todos los detalles de la superficie de la cajita. «Templo», dijo la mujer de repente para mi sorpresa con un pobre acento, supongo que el mismo que hubiera tenido yo al intentar hablar en vietnamita. «Su-Sumelgido», prosiguió a pesar de no comprender el significado de lo que estaba diciendo el anciano. «Monstluo, divino, templo, mal, atlacción ileflenable». Después de unas pocas palabras, la mujer calló mientras no dejaba de mirarme como si una palabra se le resistiera. Con gestos empezó a dibujar un elemento invisible alrededor de su cara, como un círculo agujereado. «¿Máscara?», pregunté sin pensar en lo que decía y, como respuesta, conseguí que la mujer sonriera y asintiera. «Máscara», repetí abstraído entre susurros.

»Mientras la mujer y yo jugábamos a adivinar palabras, cada una más incomprensible que la anterior, si no fuera por el relato de mi tío, el anciano, cuando parecía haber repasado todos los detalles del exterior, abrió la cajita y con unos inquietos y escuálidos dedos rebuscó en su interior, pero al encontrarla vacía, soltó un alarido y arrojó la cajita al otro extremo de la sala. Antes de apagarse de nuevo, el hombre pareció que me veía y, dirigiéndose directamente a mí con una voz mucho más clara que antes dijo seis palabras que, una vez más, no conseguí entender. A la vez atraído y asustado por el sonido de aquellas palabras, si es que no eran balbuceos de una mente senil y enajenada, miré a la mujer esperando que las tradujera, pero me dedicó una mirada angustiada, atribuyéndolas al desvarío de su pariente, negando al mismo tiempo con la cabeza.

»El hombre se había apagado de nuevo, no se movía, no decía absolutamente nada. Comprendí que la pista de la cajita china se había enfriado de golpe, todo terminaba con un anciano que había perdido la cabeza por culpa de la cajita y de su contenido. Estaba claro que ese hombre había pasado por algo parecido a lo que había pasado mi tío, pero también era más que evidente que poco más tendría que contarme ese desgraciado. Inclinándome frente a la mujer en señal de agradecimiento, me despedí, recogí la cajita y regresé de inmediato. Llegué ayer mismo, cogí la botella de whiskey más cara que encontré e intenté olvidar todo lo relacionado con esta maldita cajita y lo que fuera que había en su interior —explicó Shade, cargando con odio cada una sus últimas palabras.

Shepherd lo observó con atención, no sabía decir si él hubiera hecho lo mismo si un ser querido hubiera muerto en esas circunstancias, pero era muy probable que hubiera sido así. Sin embargo, seguía habiendo algo que daba vueltas por su cabeza, como ese mosquito que te molesta en las calurosas noches de verano.
—¿Y las palabras?
—¿Qué? —preguntó Shade extrañado mientras revolvía los papeles que había sobre la mesa.
—Las palabras que dijo el anciano, ¿las tienes anotadas en algún lugar?
Shade tardó unos instantes en reaccionar, pero en seguida sacó un papel con un sinfín de palabras escritas y tachadas y se lo acercó.
—Se quedaron grabadas, pero eran tan extrañas que me costó reproducirlas en un papel —explicó pero, al ver la sonrisa que había surgido en la cara de Shepherd, calló y esperó que su visitante le dijera por qué estaba sonriendo.

Por su parte, el profesor Shepherd abrió la carpeta que no había dejado de sostener entre sus manos en todo el rato, y empezó a revisar todos los papeles que había en su interior. Shade pudo ver que había recortes de periódico escritos en castellano, lo que parecía un informe del ejército, un pequeño papel sucio por lo que parecía ser sangre y un montón más de papeles con notas escritas por diversas manos. Por fin extrajo una hoja de papel, parecía una fotocopia de un libro antiguo, en las que había seis palabras enmarcadas en boli azul, y se la entregó a Shade.

Cuando pudo leerlas, Martin no pudo más que quedarse atónito, eran exactamente las mismas palabras que había pronunciado el anciano vietnamita.
—«Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn» —dijo leyendo en voz alta—. ¿Cómo es que las mismas palabras que dijo tu anciano loco estaban escritas en un antiguo volumen medieval europeo? —preguntó Shade sin dejar de repasar el texto fotocopiado.
—Excelente pregunta, pero, para nuestra desgracia, de momento sin respuesta —contestó Shepherd.
—¿De dónde ha salido? —preguntó Shade alzando la fotocopia.
—La doctora Towers lo descubrió en la celda de un monje que se suicidó en extrañas circunstancias.
—¿Extrañas circunstancias?
—Se tiró desde un monasterio en la montaña envuelto en llamas.
Al escucharlo Shade levantó las cejas sorprendido, pero seguía más interesado en aquellas seis palabras.
—¿Towers sabe si existe una traducción posible a nuestro idioma?
Shepherd sacó otro papel de la carpeta y se lo entregó a Shade.
—«En la morada de R’lyeh, el difunto Cthulhu espera soñando» —recitó Shade, antes de preguntar—: ¿Qué significa?
—Eso esperaba que me dijeras tú, como experto en mitología, en algún lugar deberás haberlo leído, sino la frase entera, puede que alguna de las palabras, ¿no?

El profesor Martin Shade observó a su colega con extrañeza. Jamás había oído esas palabras, sin embargo, algo le decía que, de entonces en adelante, lo haría más a menudo de lo que podría desear.

Por Francesc Marí

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