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Misterio en el psiquiatrico

En la noche iluminada bajo la mirada de la árida luna de Agosto, la puerta del psiquiátrico se encontraba inauditamente abierta. Anteriormente, incluso en la madrugada, arremolinándose en torno a la estructura gris del enorme edificio, se podían escuchar los gritos y lamentos de los pacientes. Pero en esta ocasión la voz de los dementes se había apagado de forma súbita. Solo los sonidos de la naturaleza nocturna se molestaban en crear una banda sonora para tamaña desolación.
En el interior, por los pasillos iluminados con fluorescentes titilantes, flotaba un aroma almizcleño casi tangible. Bordeando armarios oxidados, cuadros de tonos relajantes y las plantas, en sus respectivas macetas, como único signo de vida; una neblina rojiza, intuición de una tragedia, nos invita a entrar en las estancias del frenopático.
En el ala oeste, allí donde los más enfermos lloraban sus penas embutidos en camisas de fuerza, todas las celdas, abiertas sus puertas, bostezaban un halito de malignidad. Dentro de las celdas, el acolchado manchado de orines, heces y desesperación; saluda desconcertado al visitante imaginario: “¿Dónde están las cabezas impactando? ¿Las uñas, ansiosas por respirar aire libre, desgarradas en la blanda dureza de esta prisión? ¿Dónde se ocultan los celadores amables qué una vez al mes limpiaban nuestras carnes de tela?” Pertenencias olvidadas, las de algunos afortunados, decoran un paisaje desértico que bajo el calor húmedo del verano parece compuesto a toda prisa. Unas gafas pisoteadas, correas retorcidas, un fino rastro de gotitas de sangre que como hormigas forman una línea que no podemos entender, una dentadura postiza llena de sarro luciendo una sonrisa eterna…
En el ala este, hogar de los locos menos agresivos, llamada amablemente por el personal de la institución como “el ala de los sonados”; las celdas, aunque más confortables que sus hermanas occidentales, se encontraban desprovistas de vida igualmente. Casi, y solo casi, uno podría esperar la fantasmal aparición de una bella enfermera con su cofia, sus medias blancas y una bandeja llena de golosinas tranquilizantes para sus pacientes. ¿Tal vez en la zona de hidroterapia? No, solo bañeras llenas hasta los bordes de agua estancada. Las baldosas de las prístinas paredes, recién limpiadas, todavía se burlan del moho que está por venir. Una pulsera de oro, con sus eslabones rotos, yace junto a una silla de respaldo azul cielo. Resulta inquietante ese amasijo de tela y algo que parece carne, sobre el asiento de la silla. Si solo pudiésemos verlo más de cerca.
El gotear de grifos mal cerrados resuena por los corredores que llevan hasta las habitaciones de los guardas. En una garita, la pantalla de un viejo televisor solo emite estática. La gorra de un guardia, aparentemente mordisqueada por unos dientes misteriosos, cuelga de una percha junto al camastro de algún interno. Sus sabanas están revueltas y manchadas de ¿barro? Una música inquietante llega hasta la zona de los guardias. Desde el salón de recreo, las notas melódicas de un charleston caminan perezosas por el suelo cubierto de cristales de un amplio pasillo que culmina en amplias puertas de madera cuyos ventanucos están reventados. La aguja del gramófono parece atascada en el surco de un vinilo anticuado. Alegres imitaciones de cuadros famosos intentan hacernos olvidar el vacío de la enorme sala. Las nativas de un falso Gauguin muestran un rostro serio, odiando la deprimente atmósfera que las rodea. Las piezas de fruta de un bodegón de Zurbarán resultan algo corruptas bajo el sol de los fluorescentes. Una brisa proveniente de ningún sitio balancea una pequeña pelota amarilla sobre una sustancia de color verduzco, ahora licuada como una papilla viscosa, justo en el centro de la habitación. La melodía repetitiva nos expulsa cansados hacía mas corredores retorcidos, desprovistos de ventanas y sin ninguna iluminación. Sonidos de pequeños roces atestiguan que algo corretea muy cerca de las paredes que imaginamos cubiertas de un limo gris y pegajoso, el ectoplasma ebrio del súbito abandono del frenopático.
Dejando atrás salas terribles, donde electrodos aguardan de nuevo la corriente para lacerar sienes de chiflados; nos encontramos dentro del despacho del director. Un pequeño huracán ha removido la elegante y sobria decoración. La mesa está libre de papeles, pues estos han volado por los huecos de la ventana enrejada, una lámpara de escritorio que tiñe de taciturno el rostro barbudo de una foto torcida en la pared, una botella de fino cristal labrado que contiene un liquido color borgoña en el que flotan unas formas redondeadas muy parecidas a nueces y multitud, multitud de pequeños detalles que nos hacen sospechar que algo muy malo ha pasado.
Aun queda la llamada de los subterráneos, las plantas por debajo de la superficie que escondían a los pacientes violentos, la escoria que no desea ver el exterior, los habitantes del infierno. Aquí todo es más oscuro, más siniestro; solo el vuelo de las polillas nos recuerda que existe otra realidad. Las pesadas puertas de hierro con pequeñas mirillas nos reciben incongruentemente abiertas. Estas estrechas celdas solo se abrían para extraer los cuerpos moribundos ó ya muertos. Sin embargo, no luce ningún cadáver, en el interior de la celda maloliente, la mueca desquiciada del lunático que se tragó la lengua. Nuestra mente imaginaria, se retira entre asqueada y fascinada, buscando el aire calido del exterior. El psiquiátrico agobia, dicta, palpita, atrapa como una madre posesiva y ciega.
Corremos a la mayor velocidad que nuestra falta de piernas nos permite, dejando atrás habitaciones descoloridas, muñecas rotas, piezas de metal envueltas en tejidos epiteliales y otras piezas de la memoria; nos fijamos inevitablemente en un último detalle: Un inocente caballete en el centro de una celda cuyas pálidas paredes desean absorber nuestra mirada. La celda, por lo demás, esta vacía. Sobre el trípode, un lienzo recién pintado, más nítido que todas las imágenes que lo rodean, muestra una celda. La misma en la que el caballete reina despiadado sobre nuestra curiosidad, con la puerta escandalosamente abierta. Una pintura realista, detallada y perfecta en su ejecución; una obra de arte solo alcanzable para esos artistas que rozan la locura en su genialidad. Trazada en blanco y negro, la celda nos mira desde el cuadro, dentro de la cámara pintada se encuentra otro caballete con una figura plantada delante de el. Una sombra sin rasgos que parece afanarse sobre el cuadro con oculta intención. La inquietud y la tensión de la escena van llenando gramo a gramo la celda mientras unos pinceles tintinean en el suelo. Una presión incontenible detona y todo se vuelve negro ante nuestra visión, revelando así el misterio que escondía el psiquiátrico…
AUTOR: Bob Rock | PUBLICADO: 12/05/10 | CATEGORIAS: Relatos de terror
TAGS: casas encantadas, relatos
Comentarios:
1. | may 12, 21:50 | Missterror | #
Bob,el relato es increiblemente gráfico,un corto se quedaría muy pobre frente a la escena imaginaria que cabas de plantear.
Eres un genio.
saludos
2. | may 13, 19:43 | Natalia | #
Cualquier comentario que pueda hacer me resulta mezquino para con este relato.
Felicitaciones ;)
3. | may 14, 16:17 | Bob rock | #
Natalia, Missterror.- Gracias chicas. Yo no veo mi trabajo merecedor de tantas alabanzas. Solo espero induciros alguna pesadilla.
Un abrazo!!
4. | may 14, 23:51 | Natalia | #
jajaja, con lo gráficos que resultan todos tus relatos, la pesadilla no es difícil de lograr…
5. | may 15, 19:37 | lady necrophage | #
Un relato excelente. Que recuerdos me ha traido de cuando estuve en el hospital donde trabajaba destinada a la planta de los locos. No es que hubiese tanta desolación como en tu relato, pero si se veían algunas cosas que levantaban el estómago…mis felicitaciones. Saludos.
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