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Operarios Ocultos
Un paseo onírico

No recuerdo bien como llegó el paquete hasta mis manos. La cara del cartero se hace confusa. Ni siquiera puedo visualizarme a mi mismo atendiéndolo junto a la puerta del apartamento.
Sería bonito pensar que era otoño y una fuerte tormenta descargaba su fuerza en el exterior, pero probablemente seria auto engañarse. Solo me viene a la cabeza lo que estaba haciendo justo antes de atender el timbre de la puerta.
Leía cómodamente el periódico mientras fumaba un cigarro. Incluso puedo recitar de memoria el titular que me tenía absorto: “Asesinado escultor de fama local en su propia mansión”. Al parecer, alguien se coló en su hogar y lo estranguló. Lo más extraño del asunto era la disposición del cadáver: Le habían extraído el hígado y lo habían dejado dentro de un cuenco de plata junto a un pedazo de pan. ¿Quien podía desearle tal espantoso final a un artista querido por toda la comunidad? El caso es que el asesinato junto a las múltiples desapariciones que asolaban a la ciudad, tenían muy ocupado al cuerpo de policía.
Y aunque en mi cerebro volaba desatada la imaginación por tan extraño crimen, mi curiosidad ante lo que había recibido me absorbió rápidamente. El envoltorio marrón llevaba mi dirección impresa y una gran cantidad de sellos matasellados desde Kunht. No existía remite. El nombre de la localidad me era extrañamente familiar, como el rostro de un compañero de juegos infantiles que tras la madurez se convierte únicamente en un reconfortante refugio apagado.
¿De donde venían esos vagos recuerdos? Debido a mi espíritu introspectivo apenas había viajado en mi vida adulta. Las retorcidas calles de esta gris y gigantesca urbe habían sido desde hace muchos años mi escondite, una reafirmación de mi propia intrascendencia. Recuerdo girarme pensativo hacia una ventana, pero lo que vi se convierte en un paisaje confuso. ¿Grandes edificios que reflejaban la luz desde sus ojos acristalados e impasibles? ¿Ó un ancho prado cuajado de pequeñas casas de adobe cocido bajo el sol de verano? Me resultaba demasiado sencillo huir de la realidad.
Abrí el paquete para encontrar una caja de ébano sin ningún tipo de marca ni inscripción. Un diminuto cierre metálico se levantó y contemplé sorprendido el interior. Un pequeño recipiente de cristal y un papel apergaminado me devolvieron impasibles la mirada. Tomé el frasco cuidadosamente, estaba labrado con sobria elegancia y contenía una escasa cantidad de polvo marrón, con cierta similitud al hachís, que era de origen desconocido para mí. Dejé el frasquito a un lado, e incapaz de determinar que contenía, leí la escueta nota.
“Espero que disfrutes con este polvo del sueño. Es un regalo en honor a nuestra vieja amistad” Las palabras estaban escritas con mucho detalle por una mano firme y acostumbrada a escribir con pluma. La imaginación intentó apoderarse de la razón; y por un segundo visualicé los ojos de un niño. ¿De donde surgía esa curiosa visión melancólica?
Pasé un buen rato evaluando los hechos. Como siempre, no llegué a ninguna conclusión útil. Desde luego, resultaba de una importancia relativa. “Polvo del sueño”. Un nombre demasiado prosaico para un billete deseado por muchos. No puedo negar mi afición a ciertas sustancias, tampoco mi adicción a soñar despierto. La cara de un niño sonriendo, Kunht, el polvo… Todo parecía estar ya en mi cabeza antes de rasgar el papel marrón del paquete. No obstante El desconcierto era una sensación placentera. Como si recién despertado te vinieran imágenes intangibles de un sueño agradable pero apenas recordado, todo envuelto en ese halo misterioso de lo prohibido y personal.
Manché mis dedos con el polvo, que resultó ser un poco aceitoso, un aroma a sándalo y vino añejo inundó mis sentidos. Sin verlo claramente, pero guiado por una punzante intuición me tumbé sobre mi cama y tomé el pasaje que llevaba años aguardando desde ese pasado imaginario que en las noches de tormenta me acosaba.
La intensa luz del sol me despertó con el pelo empapado de rocío. Me incorporé lánguidamente en la base de una colina florida. Las margaritas y las violetas llegaban hasta mis rodillas. Un olor intenso a primavera me atacó con optimismo. Ya conocía el aroma. Este camino lo había pisado antaño. Limpié de polen mi chaleco de cuero. No me sorprendieron los anillos de oro de mis dedos. Aquí los verdaderos metales preciosos eran las frutas de los árboles, almacenando el calor y la energía que dulcemente acarician el paladar. Me relamí extasiado ante un árbol de ramas bien formadas, casi como brazos anquilosados. Estaba cubierto de una fruta rosada que parecía una vulva. Probé una, otra y luego más. Era difícil hartarse de ese sabor salado y picante. Un pájaro de plumas atigradas graznó palabras en sánscrito desde lo alto de la colina, estaría buscando mariposas que llevarse al pico.
Un caminante me saludó desde el sendero que bordeaba la colina mientras yo me deleitaba con la pulpa suavemente amarga pero deliciosa. Le devolví el saludo mientras unos insectos del tamaño de gorriones danzaban a mí alrededor. Turquesas, ocres y bermellones. Me rozaban las mejillas lictando los restos del jugo de fruta. Miré en dirección contraría a los rayos del sol. Probablemente hacía el sur. Allí todo estaba hacía el sur. Un inmenso conglomerado de edificios ruinosos se divisaba en lontananza. Si mis sueños recordaban mis sueños, probablemente se trataría de Khunt. Alguien se había acordado de mí a través de los años y quería agradecérselo. Los amigos imaginarios siempre están cuando los necesitas. Lo cual demuestra la levedad de la carne y las personas que la soportan sobre sus huesos. Además, volver a visitar la misteriosa ciudad me producía un cosquilleo de placer en la base del estomago. Me encaminé con paso tranquilo mientras tarareaba una de las canciones más populares de la región: Una picara copla sobre jóvenes bajo la luna de la cosecha.
Puesto que el camino era largo, tuve que guarecerme junto al heno en algún granero. Los ordeñadores de insectos resultaron ser muy amables, e incluso alguno me cedió un lugar en su bella choza de adobe. La mayoría de los campesinos y gente que me encontré me recomendaron no ir hacía Kunht. Actualmente la ciudad solo era visitada por comerciantes y según ellos, los viajeros ociosos no eran bien recibidos. Aquellas gentes humildes y temerosas de los antiguos dioses fueron demasiado vagas en sus argumentos para disuadirme. A través de mi viaje, comprobé que la sencillez de estas personas las hacía de miras muy estrechas. Cándidos en cierto modo. Necesitaba ver con mis propios ojos las calles cubiertas de parras y el canto del pájaro motor. Fue hace muchos sueños la última vez y nadie me lo impediría.
En la orilla de un lago, que creo llamaban el Tres, me encontré con una hermosa mujer pelirroja. Estaba preparando una tetera. Le pregunté si le importaba que compartiese reposo con ella. La mujer encantada, compartió conmigo el té de flores silvestres que sorbimos en silencio. El sabor a ajenjo siempre me había resultado demasiado fuerte, pero aquél té estuvo espléndido. Con el estomago caliente, nos interrogamos mutuamente, animadamente pero con mucha cortesía, sobre nuestros respectivos viajes. Yo apenas sabía que contar. De hecho el té me hacía verla borrosa, como una ninfa traviesa que ahoga a sus amantes en el fondo del lago. Mis recuerdos sobre las tierras que pisaba eran lejanos, así que ella llevó el peso de la conversación. Efectivamente era una ninfa, pero hacía muchas lunas que dejó su hogar. Un tranquilo estanque donde se entretenía con sus hermanas, seduciendo a viajeros para poder perpetuarse con su esperma. Obviamente luego los mataban. ¿Con que iban a alimentar a las pequeñas ninfas si no?
No pudieron resultarme más divertidas sus historias. Al parecer cuando ella dormía, se encontraba a si misma en un pequeño habitáculo donde contaba monedas de acuñación desconocida. Ligeramente embriagado por la bebida se me ocurrió preguntar irreflexivamente:
- ¿Ya no seduces a inocentes viajeros como yo?
No pretendía ofenderla, pero así debí hacerlo. Porque muy airada me contestó secamente que no y se levanto para partir. Si una ninfa puede soñar que tiene una vida insulsa, es que todo es posible en estas hermosas tierras. Admiré los bucles sedosos de su cabello rizado y mientras partía hacia el anochecer, me tumbé. El sonido de las aguas me arrullaba y las truchas barbadas cantaban nanas de apareamiento.
La mañana me recibió misteriosamente cerca de la ciudad. ¿Y el lago de nenúfares azulados? Se evaporó en el árido camino que me llevaba hasta las enormes puertas de metal negro. Unos guardias de libreas desgastadas me interpelaron al intentar pasar junto a ellos.
- ¿A donde encaminas tus pasos?
No fue la bienvenida que esperaba. En Kunht las puertas siempre estuvieron abiertas para los turistas ociosos.
- Quiero ver la ciudad – Contesté un tanto seco. Me sentía libre y eterno, como un rey que regresa a sus dominios perdidos.
El guardia de la derecha, que portaba una extraña alabarda emitiendo cierto fulgor apagado, me dijo muy seriamente.
- Aquí solo entran los que vienen a comerciar con los Amos.
En mi desconocimiento pregunté:
- ¿No fue esta una ciudad siempre libre donde los juegos de sus habitantes harían enrojecer a la propia Babilonia?
Los guardias se miraron con un repentino cinismo brillando en sus ojos.
- Bonitas palabra. – Dijo el de la izquierda que portaba un guantelete de diamante – Eso era cuando tu ni existías, aún no has muerto por lo que parece. El océano vino hasta la ciudad y con el los mercaderes. Ahora es un puerto y nadie puede perder el tiempo con juegos. Los Amos deben prosperar.
- Cuéntame algo que no sepa ya, cretino – Musité travieso, pero mi mente estaba perturbada por las palabras del guarda. ¿Un puerto? ¿Desde cuando? Eso alteraba mis frágiles recuerdos y podía ser un problema para mis asuntos. Me animé pensando que el talante aventurero de los marineros haría la ciudad aún más interesante.
- ¡¿Como has dicho eunuco deslenguado?! – Gritaron los dos simultáneamente.
- Nada, nada, gentiles guardas. Traigo mi ignorancia, bastante demostrada aquí junto a ustedes, para ofrecerla humildemente a los Amos.
Los dos repelente personajes se volvieron a mirar entre ellos con sorna. Me estaba empezando a molestar la perdida de tiempo en que se estaba convirtiendo la conversación. No decían nada y me miraban detenidamente. Yo los miraba de forma alterna. “Si tuviera un arma”, pensé.
- Si tuvieras un arma no serviría de nada. Ni las espadas de la antigua Cartago. Tu negocio es bienvenido, dejarlo pasar.
Contemplé anonadado cono la retumbante voz que adivinó mis pensamientos era emitida por el rostro de un loro oscuro como el azabache. El rostro se había formado sobre el metal de los grandes portones. Al parecer las puertas son más indulgentes que lo guardias humanos. Con paso decidido y en una florida reverencia hacía los guardias, entré.
La ciudad continuaba bailando sobre el delicado equilibrio entre la ruina y lo exótico que yo recordaba. Sin embargo muchas cosas habían cambiado. El aroma a especias orientales que antes siempre flotaba junto a los cantos ronroneantes de los pájaros motor, ya no salió a recibirme. Las arengas de los comerciantes de frutas alucinógenas no se deslizaban por las baldosas de mármol. ¿Donde estaban los niños apostando sus monedas en las carreras de babosas? La entrada de la ciudad no era en absoluto bulliciosa. Un sacerdote de túnica roja y cabeza rapada me bendijo entre susurros:
- La paz de los sietes dioses muertos te acompañe al morir, hijo.
Hice un asentimiento y seguí el único ruido que serpenteaba entre las estatuas de los héroes que nunca existieron. Las calles sucias estaban llenas de estas obras de dudoso gusto. Subí por el puente del ahorcado y el fantasma ni siquiera salió de su agujero para saludarme. Dejé atrás la zona de las orfebrerías y en lugar de darme de bruces con el reluciente castillo de oro del rey Humaran me encontré un puerto donde se arrecimaban todas las criaturas vivientes de la, antaño, mágica ciudad.
Barcos de bandera Siciliana se mezclaban con galeras de esclavos de la perdida Budarón. Pequeñas goletas veían subir y bajar porteadores entre las rampas de madera de abeto rojo. Los puestos y tenderetes estaban bajo una actividad frenética. Pero aún más que la desaparición del palacio emblema de la ciudad y las extrañas geometrías que acosaban a la ciudad, me sorprendí sobremanera al ver que todos los mercaderes eran rátidos. Horribles seres humanoides con cabezas y cuerpo de rata. Lo único humano de estas repudiables criaturas era su postura erguida. Las que antaño fueran las parias de la ciudad, alimentándose de su grano perdido, se habían hecho con el control total.
Me acerqué al puesto que parecía menos atestado. Aparté a un par de humanos a empujones, que me ignoraron, para encararme con el tendero. Me miró con sus ojillos rojizos a la par que se mesaba los blancos bigotes con una zarpa de uñas afiladas.
- ¿Donde esta el rey?
Un suspiro de pena, de dolor ó de tristeza surgió de todas las buenas personas que aún quedaban en el puerto. La rata, por supuesto, solo emitió un chillido de placer antes de responder:
- Esta muerto y bien muerto.
- Los Amos lo devoraron por elegir mal a sus amistades. – Apostillo un mendigo que no tenía piernas.
Lo miré escandalizado. Rebusqué en los bolsillos de mi chaleco y sin saber siquiera que la nota estaba realmente en mi apartamento, blandí el pergamino pidiéndole a la rata-mercader que me ayudase a encontrar a quien la escribió.
La rata leyó el papel arrugado y emitió más de esos desagradables chirridos. Contesto algo que no entendí del todo.
- Los Amos nos crearon para llevar su negocio. El hombre no tiene tiempo que perder adorando a dioses débiles y a reyes de cartón
- ¿Quien escribió la nota? – Gemí aterrorizado.
- Tu amigo el rey – Contestaron todas las ratas utilizando la voz de la manada.
Yo me desvanecí horrorizado. El olor a arenque podrido era insoportable. Me habían engañado, no encontré lo que quería. Caí en la trampa que los tenebrosos Amos tendieron con muy poco esfuerzo. No fue un despreocupado paseo, ni siquiera mis sueños me pertenecían. Todo se oscureció y el hocico de los mercaderes se movió ansioso, prestos a servirse porciones de mi hígado…
Respiré aliviado en mi cama. Mi pijama de seda negra me tranquilizó. De donde venia, las mariposas se convierten en gusanos. Así que tenia que estar a salvo en mi apartamento. Traté de levantarme y no pude. Alce la cabeza tanto como fue posible y vi una jofaina de plata con mi hígado junto a un trozo de pan. El suelo de mi habitación estaba totalmente cubierto de sangre y unas pisadas de botas bailaban una loca danza en el suelo empapado. Lo raro es que estando muerto como estaba me volví a desmayar, en el mismo instante que me cuestionaba dolorido cual era la verdadera realidad y la verdadera imaginación…
No me atrevo a abrir los párpados ahora que unos chasquidos y zumbidos metálicos han vuelto a traerme del limbo. Al final lo hago e intento una y otra vez volver a cerrarlos, desvanecerme, despertar, soñar. Pero estoy atrapado en la realidad sin paliativos, en la sala de espera de los cerebros inservibles. Un hospital de paredes verdes como la bilis y unas maquinas extraterrestres conectadas a cada uno de mis poros. Una telaraña de finos cables microscópicos alimenta a las enormes construcciones metálicas con resortes e indicadores que nadie puede leer. ¿Por qué se acabó el polvo? Una pantalla de triste color sepia muestra imágenes de un viaje agradable por el campo. Yo entre los pinos, bebiendo del himen de las driadas de los bosques.
¿Quien gobierna a la máquina? ¿Los Amos? ¿Ó la máquina los usa a ellos como a mí? Botones de dimensiones inhumanas esperan ser pulsados para extraer todo mi zumo, mi esencia barata. El sueño bucólico de la ignorancia se termina. Con ello comercié, y a cambio el conocimiento definitivo. Los evos me llaman y detrás de la traqueteante maquinaria, las cortinas entre las camas del hospital, detrás; ellos vienen. Los operarios que tienen que darle cuerda a la máquina una vez más. Usar las palancas con formas alienígenas de la forma conveniente. Usarme como la pieza que soy. Ya tendré toda la eternidad para soñar y alimentar así a los horrores innominados de mis propias pesadillas…
AUTOR: Bob Rock | PUBLICADO: 23/03/10 | CATEGORIAS: Relatos de terror
TAGS: hp lovecraft, relato
Comentarios:
1. | mar 26, 18:09 | MaRiaNa | #
Me encantó..me ntró una especie de desesperación al leerlo..y eso es una muestra de lo bueno q es.. =)
2. | mar 26, 22:23 | Bob Rock | #
Mariana.- La verdad que no quería deprimir a nadie ;)
Es sencillamente que me gusta escribir de forma melancolica.
Me esforzaré por escribir un futuro relato más movidito y con humor. ¡Vaya reto!
Gracias por leerme Mariana!!
3. | mar 28, 08:11 | Missterror | #
Bob,decirte que me ha gustado es quedarme corta.
En serio,eres un absoluto maestro y fragmentos así,con este estilo narrativo,esta sucesión de acontecimientos y ese fin desesperado,deberían llegar a mucha más gente,de hecho creo,que debarían ser obligatorios en nuestra literatura.
Qué te voy a decir!Tienes un talento inmenso!Qué envidia Bob Rock!Qué envidia!
4. | mar 28, 15:28 | Bob Rock | #
Missterror.- Me vuelves a sacar los colores como siempre. Sinceramente, yo me veo como un “pastichero” (uso el estilo de otros escritores para contar mis paranoias); en este caso ya existe un exponente maravilloso del estilo onírico: Lord Dunsany. El no escribía con tanta tristeza y agresividad pero los pasajes más soñadores de “Operarios Ocultos” son un rendido homenaje al lirismo de Dunsany.
Gracias por leerme. Por cierto, no te creas que he olvidado el experimento de la cadena-narrativa ;)
5. | mar 28, 17:30 | Elizabeth | #
Yo me sigo preguntando como haces para escribir tanto y sin perder la calidad.
Estoy con Missterror, es hora de sacar el libro.
Mira cuando dentro de unos años, un pibe sea felicitado por otros debido a su narrativa, y el tipo conteste “He sido influenciado por el gran Bob Rock” =)
6. | mar 28, 19:07 | Bob Rock | #
Elizabeth.- Ja ja ja!! Me ha gustado mucho eso de “influenciado por el gran Bob Rock”. Estaría bien, pero preferiría que sucediese sin tener que pasar por editar un libro. Al final se acabaría convirtiendo en un trabajo y dejaría de escribir.
Soy más feliz publicando aquí, recibiendo unos elogios tan bonitos como inmerecidos.
Un saludo
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