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Restos

Y todos sentían en sus cabezas una pregunta formulada sin voz, un pensamiento renqueante y antiguo. “¿Dónde está?”

La niña intentaba contener la respiración dentro del armario ropero de su habitación. Había abandonado su cama, sus peluches y sus estanterías llenas de juguetes por la fría oscuridad del armario blanco. Los gritos de sus padres rompían el silencio nocturno con violencia. Notaba el dolor en los alaridos de la habitación contigua y eso le hacía saltar las lágrimas. Gotas que le parecían saladas y dulces cuando se desparramaban sobre sus labios. Sin embargo, la ausencia de ruidos de la habitación de su hermano, casi la asustaba más.

Entre abrigos, botas de lluvia y antiguas manualidades de guardería; la pobre hija temblaba. Ese temblor se extendía por sus extremidades de forma antinatural. Incluso sentía palpitar la cabeza. Sollozó a la par que un destello de luz blanca detonaba dentro de sus ojos cerrados. Un susurro agudo e irreal le perforó los oídos provocándole un latigazo de sufrimiento que a punto estuvo de sumirla en la inconsciencia.

“¿Dónde está?”

Si ella hubiese tenido que ponerle cara a las palabras que brotaban dentro de su cerebro, sería un rostro viejo, mezquino y seco. Sequedad. Apenas podía respirar, como si unas manos invisibles atenazasen la suave piel de su cuello. Notaba una humedad perezosa deslizándose desde sus orejas. Así que los dolorosos latidos en su cabeza no eran solo angustia.

Ella odió la casa en el mismo instante en que se mudaron. Le daba mucho miedo. En los rincones oscuros de la casa a medio amueblar intuía maldad. Su madre se preocupaba mucho por ella los primeros días. La hija no era pequeña pero no tonta, y se esforzaba por no alterarle los nervios a su madre; pero las pesadillas, donde voces sin cuerpo la acosaban a preguntas, se hacían más intensas noche tras noche. Si por lo menos su hermano la hubiera creído. Ella deseaba en secreto que su hermano fuese una chica, así la diferencia de edad no sería un abismo insalvable entre los dos.

“Papa, papa…¿Por qué vinimos aquí?”

Los ojos le pinchaban en sus cuencas mientras los aullidos de sufrimiento formaban espirales en los recovecos de su cabeza. Los tonos, aunque distorsionados, familiares de sus padres, se entremezclaban en su mente con las preguntas no formuladas de la misteriosa entidad que la acosaba. Algo la apretaba desde dentro causándole el suficiente pavor como para sacarla de su escondrijo.
Tambaleante atravesó la habitación, quería el refugió del regazo materno. Los payasos del papel de las paredes la escrutaban implacablemente. Con su mueca congelada bajo la tenue luz lunar que penetraba por la ventana, se reían de ella. Se burlaban crueles de la sangre que manchaba el pijama a la altura de sus hombros y de su vientre. Sí, las punzadas surgían de sus propias entrañas. Sujetándose la tripa con los brazos cruzados, alcanzó la puerta. Sus pies descalzos pisaron algo duro, ella se relamió el labio superior. Una fuerza intangible estaba empujando sus dientes de leche fuera de sus encías. Extrañamente le dolía la boca bastante menos que la cabeza.

“¿Dónde está?”

La línea telefónica de la casa había dejado de funcionar esa misma mañana. Solo se escuchaba estática, pero si te acercabas mucho el auricular casi se distinguían voces. Voces realizando inquietantes preguntas. Los móviles también perdieron la señal por la mañana, lo cual terminó por desesperar a su padre. Había estado muy nervioso desde que habían terminado el traslado a su nuevo hogar. Siempre había algo roto en casa y, por si fuera poco, su hermano demostraba un repunte en su rebeldía adolescente capaz de amargar a cualquier padre.
Un domingo se enfrentaron los dos en la habitación del hijo por una simple tontería y acabaron incluso empujándose, desafiándose como si fueran enemigos en lugar de padre e hijo.
La pobre madre no sabía que hacer, una intensa melancolía se había apoderado de ella. A veces, incluso se sorprendía en el cuarto de costura susurrando preguntas de forma inconsciente.

“¿Dónde está mi monopatín?” Así comenzó la discusión el domingo. El día antes de que la casa revelase la verdad de una forma tan ladina, miserable e hipócrita. Sin respuestas, sin honestidad; solo con preguntas y con desgarros. La que antes era una familia feliz y unida, se transformó rápidamente en un manojo de nervios y reproches. Y la transformación acaeció tan sibilinamente, que solo la notaron cuando sus entrañas regaron las paredes.

El hijo estaba aplastado por el peso desproporcionado del edredón y las mantas. El frío se apoderaba de la vieja casa de madera por las noches. Así que el muchacho gustaba de cubrirse incluso el rostro y desarrollar sueños adolescentes bajo su fuerte de tela. Sueños donde se follaba a la guapa de la clase, la que apenas le prestaba atención; ó donde ponía en su sitio a su padre: “Me voy de tu nueva casa de mierda”
Sus parpados se abrieron repentinamente cuando los chillidos entraron en tromba por el resquicio de la puerta entreabierta. Se intentó reincorporar en su cama sacudiéndose la confusión del sueño profundo como pudo. No obstante su cuerpo estaba paralizado y sus pensamientos poseídos por una voluntad externa. Cuando abrió la boca para unir su grito a los que deambulaban por la casa, las sabanas llenaron el espacio de su garganta. La cubierta de la cama estaba pegajosa, pero no sabía si era por el sudor. Le costaba concentrarse en su escapada puesto que la cabeza se le llenaba de basura psíquica. Gemía y se debatía con la fuerza de la juventud, pero algo más antiguo guiaba la serpiente de tela hasta su estomago. Esta fuerza despiadada separó los hilos que conformaban la tela y, minuciosamente, los insertó en cada vena, en cada vaso capilar del cuerpo del joven. Se había creado así, un nuevo sistema circulatorio que trasportaba preguntas y no plasma. Las extremidades del hijo se contorsionaban en una danza oculta que auguraban su temprana muerte. En los últimos estertores toda la cama se balanceó como un barco bajo la tempestad y el parquet del suelo de pronto se convirtió en un lago de roja tranquilidad donde retales del edredón flotaban junto a pedacitos rosados de intestino.

“¿Dónde está?”

La mano derecha de la niña giró el pomo de la puerta de la sacrosanta habitación de sus padres. Su mano izquierda colgaba lastimeramente de su brazo inerte, los huesos carpianos de su muñeca izquierda se esforzaban por atravesar la pálida piel infantil. Incluso alguno ya estaba descansando apaciblemente sobre el suelo, envuelto en una sustancia gelatinosa que se insinuaba amarillenta bajo la rosada presencia de la sangre.

Con uno de sus grandes ojos azules vio el cuerpo de su madre suspendido en el aire. Una presencia invisible estampaba una y otra vez la espalda materna contra una pared, destrozando su columna vertebral y esparciendo trozos de tejidos y huesos por todo el cuarto. La hija movió su maltrecho y amoratado cuello hacía el otro extremo de la habitación. Salpicado de hemoglobina y con una expresión de horror e incredulidad, estaba su padre de rodillas, con todo su cuerpo aprisionado por metros y metros de cable telefónico muy tenso. El ojo izquierdo de la niña se desprendió con un desagradable ruidillo desapercibido al imperar una cacofonía siniestra compuesta por alaridos de mujer y golpes que quebraban el enyesado de los tabiques. El globo ocular cayó con vida propia, arrastrando en su estela turquesa un nervio óptico que se deshacía en el aire, como si unas manos inquietas quisieran encontrar respuestas entre sus fibras…

“¿Dónde está?”

Las mismas manos que tiraban del castaño cabello de la madre, arrancando mechones y desgarrando la piel en una violencia, que empalidecía frente a la que empujó su cuerpo contra una ventana, partiendo por la mitad su cuerpo en el choque contra los afilados cristales…

Las mismas manos que apretaban el cable del teléfono sobre la blanda barriga del padre aplastando sus entrañas y sacándoselas a borbotones por la boca, la nariz e incluso el ano. Una explosión de vísceras que asemejaban macabros fuegos artificiales…

Las mismas manos que arrancaron la cara de la niña de cuajo, llevándose piel, músculos e incluso algo de hueso; dejando al descubierto una maraña incompleta de nervios y carne dándole a la escena, una suerte de creatividad artística. Creatividad que terminó con el pequeño cuerpo retorcido sobre el parquet esperando la tiza de la policia…

Una manos inexistentes que temblaron al palpar la carnicería, que mostraban frustración al palpar las, ya inmóviles, carcasas humanas embadurnadas de sangre. Un ambiente melancólico y triste flotó desesperado junto a la roja neblina que inundaba la habitación. El furor y las preguntas se replegaron sobre si mismas al no encontrar otro cerebro humano donde formular la pregunta que obsesionaba al ente inmaterial.
Silenciosa y lentamente, la fuerza que había dominado a los objetos y a las personas, se deslizó con la cadencia del pensamiento hacía las esquinas de sombra que poblaban la vieja casa. Como zarcillos de hiedra, se filtró entre las tablas de madera y goteó indolentemente en dirección al sótano. Una lluvia de voluntad anciana, perversa y ciega cayó sobre las cajas conteniendo los trastos de la familia, salpicadas de malicia estas cajas de cartón se agitaron suavemente. La voluntad siguió cayendo atravesando los cimientos de la casa, persiguiendo el descanso en su inquieto vagar. La tierra húmeda donde enterraron el cuerpo al que una vez perteneció.
Anhelaba el reposo de unos restos olvidados que eran poco más que mero polvo de huesos. Sin ser ya hombre, sin ser ya mujer. Condenado a preguntarse eternamente como salir de allí, habiendo olvidado como expresarse; como era respirar. Igual que su nombre había desaparecido con el tiempo, su capacidad de razonar había volado hacía el cielo. Ó quizá se hundía en los abismos del infierno…

Fuera como fuese, el ente se sumergió en un sueño inquieto de frustraciones y de deseo de escapar. Al fin y al cabo, ya no había a nadie a quien preguntar donde estaba la salida…

Vuestros comentarios

1. mar 15, 03:36 | Elizabeth

Sabes que me encanta como escribis, siempre me sorprendo, hay lineas que son mor ta les!!
Lo lei dos veces, buenisimo…

2. mar 15, 15:34 | Bob Rock

Elizabeth.- Gracias Elizabeth, tus elogios siempre me animan a escribir más. A veces me dejo llevar por mi lado poético XD

Un saludo

3. mar 15, 20:13 | Missterror

Sublime Bob.Cuando creo que no podré leer ya nada mejor,vas y publicas relatos como éste…Me ha encantado,tremendo,grande!

saludos

4. mar 15, 21:23 | Bob Rock

Missterror.- Gracias de corazón. Lo escribí con ilusión porque gustase en almas y veo que contigo he acertado. Sé que siempre meto mucho elemento sobrenatural y que no es lo tuyo, pero intento cierta aproximación realista en el estilo para que encaje con otros tipos de gustos.

Por cierto, ¿habrá segunda parte de “¿Y por qué no?”? XD

Abrazos!!

5. mar 15, 22:38 | Missterror

Bob,quizá escriba un “Porque sí” y escoja a Jorge como personaje recurrente…;)

6. mar 17, 08:06 | Ed

Como siempre Bob sublime con mucha clase amigo! gracias por regalarnos estos moentos de lectura y aterrarnos de la mas clsicas de sus facetas!

Un abrazo amigo!

7. mar 17, 10:24 | Almas Oscuras

Joer Bob… impresionante… es lo más acojonante que te he leído. Me ha encantado.

saludos

8. mar 17, 16:09 | Giles

Muy buen relato, de verdad.

Algunas descripciones son sencillamente brutales y las metáforas que has usado son muy acertadas.

9. mar 17, 19:37 | carde

No diga Bob Rock, diga Bob Lorca. XD

10. mar 17, 20:38 | Bob Rock

Misterror.- No me parece mala idea; y recuerda que el dolor más infame es el dolor de los corazones rotos ;P

Carde, Joan, Giles, Ed.- No puedo menos que daros las gracias, creo que el truco estuvo en mascar durante varios días el relato en mi cabeza. Una vez que lo tuve “escrito” mentalmente, todo fue bastante bien. Gracias por vuestro apoyo, porque esas frases de animo son siempre lo que me lleva a otra historia y a poder expresarme. Ahora…¿!¿¿¡¿¡¿¿¡¡¡¡¿Lorca???!?!!!?! Ya me gustaría (solo en los artístico) XD

Un saludo

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