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Solve et coagula

Un relato de Ladynecrophage

Más de seis decenios revelaban su iniquidad sobre aquella frente protuberante y surcada de pliegues apergaminados, síntomas de la traicionera senectud que había comenzado a encorvar su otrora imponente figura. Cuajado de flacidez, el amplio rostro abrigaba la luz de una mirada inquieta y desafiante, inextinguible reflejo que testimoniaba la realidad de su perseverante y aguerrido carácter. Contraídos en una mezquina mueca, sus labios se fruncían hasta casi desaparecer entre la cenicienta foresta que se extendía a lo largo de aquel mentón prominente. Descaradas, las adversidades de la vida cebaban el peso de los años en la persona de Alphonse, hombre de intenso temperamento que prefería aceptar con dignidad los estragos propios de la inevitable vejez.

Anclado desde su niñez en el impulso vocacional de sus inquietudes religiosas, el incombustible Alphonse había luchado en pos de encontrar un sustento en su completa entrega a la fe, vocación que había logrado satisfacer aún a pesar de la dificultad devenida de la humildad de sus orígenes. Aceptaba la religión como una parte incorruptible e ineludible de su ser, pues apreciaba en ésta la iluminación que había tornado sus creencias en una nueva y confrontada visión de las debilidades competentes a la raza humana. Su mente rememoraba, con emoción, los primeros años de estudio en Saint-Nicholas-Du-Chardonnet, cuando tan sólo era una imberbe criatura de quince años sin un ápice de picardía, un muchacho fácilmente impresionable por la austeridad de aquellos muros lineales y sagrados situados en pleno centro de París, ciudad agitada por los excesos de la fiebre liberal que sacudía una Europa heredera de los principios de Rousseau. Corría el año mil ochocientos veinticinco por aquel entonces, fecha imprimida en su alma como el inicio de una prometedora carrera. Bien era cierto que Saint Nicholas había sido sólo el primero de los seminarios en los cuales había completado su formación, pues los nada desdeñables años en Issi y Saint sulpice habían acabado de brindarle la fortaleza y experiencia necesarias para alimentar aún más su necesidad espiritual, sin embargo sentía especial predilección por la figura de aquel lugar consagrado donde se había iniciado su despertar. Con setenta y tres años a sus espaldas, Alphonse podía preciarse de una vida tan erudita como asombrosa. Su corazón había experimentado sentimientos como el amor terrenal y divino, el desengaño, la rendición y, en definitiva, toda una suerte de intensas emociones que habían curtido su frágil espíritu.

La victoria estaba escrita en su sangre, o al menos eso decía siempre su querida madre cuando tan sólo era un niño inquieto y secretamente destinado a la gloria, una mente prodigiosa cómo pocas que, surgida del alimento de sus convicciones, había logrado un puesto privilegiado entre los principales sectores de la sociedad parisiense del momento. Su compañía era solicitada, sobre todo, en el marco de las más altas esferas culturales, círculos en los cuales se le consideraba un osado profeta capaz de remover el mundo al grito de sus nuevas y revolucionarias doctrinas consideradas propias de un hereje. Curiosa definición para aludir a un hombre amante de la integridad que, aferrado a unos principios rayanos al socialismo utópico, pretendía rescatar los dogmas de la cristiandad de su tumba institucional. Alphonse sólo vivía para defender aquella fe bajo cuyo escudo se le había mostrado una realidad tergiversada por el sectarismo de epígonas doctrinas.

Absorto en el empeño pragmático que comenzaba a ocupar el primer plano de sus dedicaciones, Alphonse no tardó en verse seducido por la extraña petición de aquel aclamado y extravagante círculo que, conocedor y admirador de sus censuradas obras, rabiaba de morbo ante la necesidad del conocimiento de nuevas y desconocidas emociones.

Esclavo de la debilidad humana, así era como el bueno de Alphonse podría haberse definido en aquellos momentos, tanto como para entrar en la espiral de aquel juego macabro que sólo alimentaba su resurgida vanidad; por momentos, una temible inseguridad parecía brotar en sus pensamientos a la velocidad del elegante trotar de los caballos sobre el empedrado de las calles de aquel foco de suntuosidad y miseria. Con emoción, recordaba la impresión que la caótica Lvtetia le había causado en su primera visita, el espanto que sus ojos experimentaron ante la contemplación de aquella mundanidad desaforada. Su ilusión se desvanecía ante la máscara de sofisticación que disfrazaba la miseria que se adueñaba de una parte importante de la urbe: pestilentes y estrechos suburbios colmados de insalubridad donde proliferaba la pobreza a la par que el rancio olor a excrementos. Contemplando este cuadro de decadencia se había llegado a preguntar, en más de una ocasión, si su Dios era realmente tan misericordioso como quería creer. Es por ello que sentía un inmenso alivio ante el positivo cambio orquestado por las ansias modernistas de Napoleón III, lo único que consideraba valorable de la política del emperador al cual se había atrevido a comparar abiertamente con Calígula, atrevimiento que pagó enclaustrado durante meses entre los muros de una infecta prisión. Sin embargo, Alphonse jamás se amedrentaba ante las malas experiencias que, lejos de derrumbarle, parecían insuflarle un valor desaforado.

Aquella noche, el anciano había sido presa de agitadas y nerviosas ensoñaciones, delirios que inconscientemente interpretaba como un posible augurio ante las dudas que le ofrecía su participación en tan singular experimento. Sea como fuere, lo cierto es que estas elucubraciones no habían supuesto impedimento alguno para que Alphonse cayese rendido a mitad del viaje, siendo, horas después, arrancado de su letargo por las insistentes sacudidas del joven cochero que, haciendo gala de un irritante francés mancillado por su agudo tono de voz, le indicaba el final de su destino. Asombrado, contempló la magnífica villa rodeada de una amplia extensión sembrada de exótica flora e hileras de árboles frutales. La clara influencia de los preceptos neoclásicos revestía la fachada principal con su excesiva sobriedad. En contraste con aquel ampuloso conjunto lineal precedido por un amplio soportal de columnas corintias, destacaba la verticalidad de dos torreones laterales rematados en pináculo que aportaban un toque siniestro al ya de por sí asombroso conjunto. Aunque, sin duda, lo que más sorprendió a Alphonse era la destacada tonalidad rojiza que engalanaba aquellos muros bordeados de hiedra trepadora. Nunca había estado en aquel lugar, pero no dudaba de la autoría de tan extravagante desfalco.

Con paso lento y distraído, dirigió sus desgarbados andares hacia el portón principal que, lentamente, comenzó a abrirse para dar paso a la elegante anfitriona. La altiva Judith salió al encuentro de su avejentado huésped, ofreciéndole amablemente el brazo en señal de apoyo a su visiblemente deteriorado estado físico.

—La pugna del clasicismo en su afán por desgarrar los nuevos valores de estos tiempos tan estrambóticos, ¿qué opina, Monsieur?

Reservado, el hombre se limitó a sonreír ligeramente al tiempo que aplicaba inofensivos y amistosos golpecitos sobre la delicada mano que sostenía su brazo tembloroso. La disparidad de las ideas de Judith siempre le había parecido inusualmente descabellada.

Extasiado ante tal cúmulo de lujosas liviandades, Alphonse quedó enmudecido frente al magnífico trabajo orfebre que testimoniaba la regia entrada de roble tallada con motivos silvestres. Al poco de irrumpir en el interior, un fastuoso recibidor labrado en oro anunciaba la grandeza resguardada bajo aquellos amplios artesonados. Con elegancia y lentitud, la dama asió el dorado candelabro de cuatro brazos que reposaba sobre la marmórea superficie y, al amparo de aquel tenue fulgor anaranjado, pidió al sorprendido transeunte que la siguiese entre la inmensidad lineal de aquel vestíbulo a cuyos lados se abrían un sinfín de lujosas estancias.

—Tal vez estemos a punto de reescribir nuestro destino, ¿no está decididamente nervioso?— La pregunta fue liberada con un tono de voz entre divertido y grandilocuente, teatralidad muy propia de aquella mujer tan inquieta como soberbia.

Judith estaba acostumbrada al hermetismo de su invitado, pues por empirismo reconocía que los hombres inteligentes como Alphonse solían manifestar cierta parquedad oratoria.

—Prepárese para cruzar el umbral de lo prohibido —sentenció con suprema gravedad al tiempo que sus manos trémulas giraban la bronceada manija con forma de laurel que daba paso a una de las habitaciones alineadas a la derecha, concretamente situada antes de llegar al enorme salón en el cual desembocaba aquel amplio pasillo.

Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios al contemplar la irreal escena que se abría ante sus ojos: la estancia había sido desprovista de mobiliario, mostrando una vacuidad siniestra e hilvanada de sombras. Sobre las diminutas y coloristas teselas que componían la superficie se apreciaban unos trazos negruzcos que formaban la perfecta figura de un tetragrammaton que ocupaba el centro de la sala. Alphonse sintió cómo una profunda emoción recorría sus venas al observar cada perfecto detalle de la ilustración; su vértice superior delimitado por los ojos de Júpiter, el símbolo de marte colocado en cada una de sus terminaciones laterales, el tótem dorsal situado en el centro junto a los signos de Venus y Mercurio y, a sus pies, la marca de Saturno. La lineal conjunción había sido rodeada por un círculo de sal traslúcida que, al contacto con la tenue luz de una docena de cirios dispuestos en derredor del círculo, liberaba cristalinos destellos.

—Como puede comprobar, todos y cada uno de los detalles revisten el mayor de los cuidados —inquirió a modo de recibimiento el mayor de los dos hombres que, pacientemente, aguardaban su llegada en el interior del habitáculo. Acto seguido, extrajo del bolsillo interior de su chaqué lo que parecía una pequeña y sencilla caja de madera— .La orientación en base a los cuatro puntos cardinales ha sido exhaustiva —recalcó con seriedad al tiempo que mostraba la brújula resguardada, con celosía, en el interior del secreto compartimento.

Alphonse y Víctor, pues así se llamaba el segundo interlocutor, habían tenido el placer de conocerse durante una de las interminables recepciones de Judith. Digna descendiente de Theophile, uno de sus más fervientes amigos, la muchacha ensombrecía con sus aptitudes y brillantez a las más altas cúspides de la sociedad intelectual del momento. Sus arranques de inteligencia eran consecuentes y estudiados, tanto que al conocer las inquietudes de ambos hombres había predispuesto la situación con vistas a que se forjase una amistad entre ambos, y no una amistad cualquiera, sino un sentimiento de inquebrantable y mutua lealtad. Pues aún hoy día, resulta irrebatible el hecho de que las causas unen los caracteres más contrarios.

El tercer miembro que componía la misteriosa comitiva no era sino Catulle, el compañero sentimental de la aclamada anfitriona. Al igual que ésta, compartía su musical pasión por Wagner a la par que la creciente aversión por el malogrado Luis Napoleón.

—Si les parece bien, creo que deberíamos de dar comienzo a lo que hemos venido a hacer aquí ―inquirió Alphonse con la solemnidad que solía caracterizarle—. Les explicaré de qué forma deben colocarse para completar el rito.

Acto seguido, indicó a la mujer que presidiese el vértice superior, orientado hacia el Norte, y ordeno a ambos hombres que se situasen uno en cada saliente lateral, cuyos puntos cardenales correspondían con Este y Oeste. Alphonse tomó lugar en la zona sur, custodiando los extremos inferiores. Una vez la disposición se hubo completado, ordenó absoluto silencio, entornó los párpados y, sumido en una absoluta concentración, entreabrió sus labios anhelantes:

—Spiritus Dei ferebatur super aqua, et inspiravit in faciem hominis spiraculum vitae…

Sus palabras efervescían entre el pálpito de aquella quietud solemne, estremeciendo el silencio con su fluidez impía.

—In isto sale sit sapientia el ab omni corruptione servet mentes nostros et corpora nostra, per Hotchmael et in virute Ruach Hochmael, recedant ab isto…

El fulgor anaranjado de las titilantes llamas oscilaba ante el eco sibilino de las susurradas exhortaciones.

—Caput mortuum imperet tibi Dominus per vivum et devotum sepentem…

La incertidumbre se grababa a fuego en los corazones de los presentes, poseídos por una mezcla de expectación y pánico urdidos por la extrema teatralidad que Alphonse mostraba en sus gestuales arranques. Unas veces parecía que se estuviese apuñalando el pecho, otras que un atisbo de locura se reflejaba en sus desencajadas facciones. Su discurso se tornaba en un retruécano indescifrable y creciente.

—¡Chaiot ha Qadosh gritad, hablad, mugid, Qadosh, Qadosh, Qadosh, Shadai, Adonai, Iod Chavah, Eheieh Asher Eheieh… te ordeno que tomes la forma que te corresponde y obedezcas las ordenes de quienes te invocan!

Tras la exhortación, Alphonse se sumió en el más estricto de los silencios, convirtiéndose en el epicentro de aquel coro de abrumadoras miradas.

—Ahora es momento de esperar, ¿no? —preguntó Judith resaltando la obviedad de su galopante escepticismo.

Sin embargo, Alphonse permanecía absorto en su hermetismo emocional, ajeno a la irrespirable tensión de aquella habitación devorada por una titilante negrura.

— Se acabó. Esta valiente necedad ha llegado hasta aquí. Está visto que esto es un vulgar disparate…

Repentinamente, los párpados de Alphonse se abrieron, revelando el horror concentrado en aquellas pupilas inflamadas de rosácea maldad. Un grito incontenido escapó a los labios de Judith que, ofuscada ante la estremecedora visión, abandonó el círculo en un despavorido alarde de locura.

—¡No, Judith, no! —vociferaron Hugo y Catulle al unísono, polarizando su atención sobre la temblorosa y agitada figura.

Un tempestuoso bramido brotó entonces de la nada y, segundos después, el cuerpo de la mujer fue embestido con una brutalidad estremecedora. En un alarde de valentía, Catulle sucumbió ante la afrenta recibida por su esposa, abandonando también su correspondiente lugar para correr a su lado. Sus oídos permanecían sordos ante los inconexos balbuceos de Víctor que pugnaban por convertirse en baladíes advertencias, pues ni siquiera había logrado acercarse al cuerpo exánime de la mujer cuando otro descarnado ataque se cebó sobre su alargada figura. El rostro de Víctor palideció al contemplar los bultos de respiración débil en que se habían transformado sus otrora vivaces compañeros. Enmudecido por el pánico, no acertaba a responder ante las insolentes declamaciones de la cavernosa presencia que ahora usurpaba la identidad de su admirado Alphonse.

—¿Inquietud, venganza, dominio, cuáles pueden ser las motivaciones de un hombre para transgredir las leyes de lo ignoto? Ignoro la realidad de vuestros objetivos, deploro vuestra obsesión por la manipulación de voluntades, débiles y sujetas a esa simplicidad corrosiva. Vida, poder, ambición, deseáis exorcizar como sea esa angustia que siembra de hostilidad vuestros corazones. Y pensáis en vuestra ignorancia que el camino a recorrer es asombrosamente fácil, tanto como unas simples palabras pronunciadas por la boca de un débil anciano

El avejentado rostro se tensó en una mueca de intrínseca malignidad, y Víctor sintió cómo cientos de insidiosas punzadas se apoderaban de su desprotegida y temblorosa liviandad.

—Os mostráis orgullosos ante la criba de esa máscara que os condena al más absoluto de los oscurantismos, consentís regodearos en la miserable lacra que os empequeñece. Pero vuestro ego se acrecienta, aún a pesar de que jamás lograreis aprehender una cuarta parte de aquello que presumís acaparar. Podéis continuar vanagloriándoos de vuestro papel de marionetas torturadas por la mano de la más vil ignorancia, bestias regocijadas al amparo del carnal abismo. Las puertas están abiertas, burlando la ceguera perpetua que os oprime. Os convertís en el enemigo propio, ardiendo de turbiedad y de rabia. Tomad la fe encerrada en que disolución y esencia se dan la mano. ¡Oh, mártir de la concordia, abraza la comunión de lo terreno y lo prohibido, pues causa y efecto caminan de la misma mano!

Embelesado ante la incitante verbosidad que brotaba de aquellos enardecidos labios, el hombre se abandonó al magnetismo que le provocaba la sutil invitación. Obediente, se aferró con fuerza a la temblorosa mano de su amigo, la misma que se mantenía extendida con las palmas hacia arriba, buscando completar la sinapsis cognitiva que su desaforada ambición imploraba.

—Acepta esta sutil permuta y rebélate contra la insignificancia. La disolución significa el germen de una esencia restaurada…

Sus manos agarrotadas se contrajeron al sentir el violento tirón que le arrebataba el abrazo de su moribunda lucidez. Entreabiertas, las heridas de su cordura rezumaban el peso de enmascaradas realidades. Rogó porque su inconsciencia dejase de entretejer aquel horror adverso, convirtiéndole víctima de lo puramente inenarrable. Anegadas de lágrimas, sus ausentes retinas testimoniaban la crueldad de aquella corrupción devastadora.

—Queríais luz, iniciación, privilegios, escuchar el eco reverberante de lo prohibido. Disfruta de las conclusiones que con tanta valentía habéis osado abordar.

Su alma bogaba entre los retazos de una vaguedad insondable; embargado entre la nebulosa calígine, trataba de liberarse de aquella opresión anegada de dolor, delirio incólume que le precipitaba hacia lo más profundo del inexpugnable abismo.

—Dado os es lo que lo que ya teníais y no habéis sabido ver, mas os será arrebatado lo que atesoráis con tanto empeño. —Una estridente sonoridad se derramó entre aquellas avejentadas fauces que cortaban el aire con sus acompasadas y temibles carcajadas.

Embebida por la ira, la bestia humana lanzó un furioso embate contra la trémula efigie, librándole al fin de su recién adquirida capacidad visionaria. La embestida sacudió su figura contra la puerta entrampada, que resistió la crudeza del golpe. Calambrazos de dolor sacudieron su esencia lívida, cuya desazón se materializaba en un vacío absoluto, entroncado más allá del mero padecimiento físico. Emborronada, su mirada pugnaba por enfocar la desdibujada faz que, peligrosamente, reptaba en dirección a su imposibilitada estampa.

—Alphonse —acertó a esbozar entre balbuceantes siseos—. Alphonse, amigo, nunca te faltó voluntad, tú has sido siempre para mí el mayor símbolo de perseverancia, antes y después de conocerte…

Con ternura, observó el brillo renovado que luchaba por aflorar a la ausente mirada de su amigo. La negrura de aquella oscuridad vítrea parecía querer esfumarse entre los sucintos atisbos de su derrotada humanidad. Inarticulados sonidos guturales testimoniaban el brío de aquella avivada lucha interna.

‹‹Toda causa tiene su efecto y todo efecto parte de una causa››, pensó para sus adentros obviando la clarividencia en la afirmación.

Entonces, comprendió que el tiempo se había detenido en aras de componer una eternidad reflejada en aquellos iris acerados.

Imágenes de la película

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