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Una Partida de Poker

PokerNo me sentí especialmente orgulloso de gastarme mis últimos ocho euros en un whisky con Red Bull. Pero qué otra cosa podía hacer: estaba en el Charada., los leds del techo me embaucaron y mi alcoholismo incipiente me apuntó con una navaja al cuello. No tuve más remedio.
Tenía más dinero en el bolsillo, pero era el crédito que le había pedido a Eli. No quería defraudarla. De hecho, odiaba haber tenido que recurrir a ella. Eli es inocente y sensata pero, sobre todo, no es tonta: pedirle dinero para saldar mis deudas era el primer paso para acabar de una vez con lo nuestro. Perderlo todo y no devolvérselo estaba ya mucho más allá del límite.
A mi alrededor la gente bailaba. Pensaban en el subidón de la música, en la chica o el chico al que querían follarse esa noche, y, a la mayoría, no les importaba lo más mínimo el dinero. Miraba el club desde fuera: a mí, el dinero era lo único que me importaba. Cuando no lo tienes, comienzas a sentir pena de ti mismo. Es mucho lo que pierdes cuando lo pierdes.
Y Gregorio lo sabía. Por eso, cuando el segurata me identificó y me pidió que lo siguiera, un espejo en la pared resultó ser una puerta, a través del pasillo y me llevó hasta aquel cuarto, los otros tres jugadores ya estaban sentados. Y lo único que Gregorio dijo, aparte de los saludos y presentaciones de rigor, fue:
“Los que vayan perdiendo, tendrán que ir saliendo por la puerta de atrás. No quiero perdedores en mi club.”
Y sonrió, el muy cabrón.
Gregorio sabía que aquello mataba el valor de cualquier jugador. Y suponía que los otros tres, aparte de él, estaban como yo.
A uno lo conocía de vista de las partidas de madrugadas en el Galdós. Y de los otros dos, me llamó la atención uno: muy joven, unos veinte, para estar ya asfixiado por deudas de juego. Pero la vida siempre te pone delante a alguien que está peor que tú justo cuando lo necesitas. Me sentí superior a él, y eso me dio fuerzas.
“¿Boca arriba?”
“Por supuesto”, dijo el veinteañero.
“Sólo una”, dije yo.
Miré a los demás, buscando aprobación. Como no la obtuve, argumenté:
“Necesito ganar… como todos. Y si la suerte está en contra, cuatro boca arriba es una putada.”
Les convencí. Lo que significaba que la situación era la siguiente: Gregorio pretendía forrarse sacándonos los cuartos a cuatro desalmados. Eso me dio más fuerzas; no se lo permitiría. Vería a ese hombre saliendo por la puerta trasera de su puto club caro.

Gané la primera partida. Las dos siguientes, no, pero no aposté más que la salida. Me mantuve con mis dos mil euros intactos en el bolsillo. El tercero, el que no era ni el joven ni el que conocía de vista, perdió las tres veces. La mala suerte del que sabe que tiene mala suerte. Intentaba sobreponerse a ella, pero no podía. Yo me alegraba, tenía alguien a quien atacar. Una vez que estuviera fuera, me centraría en otro. Me jodía sentir que Gregorio descansaba, sabiendo que era yo el que iba a por el más débil… pero todo a su tiempo, me dije. En la quinta partida, tenía un ocho de picas boca arriba, y la suerte hizo que me quedara con una pareja de ases y otro ocho: cambié una carta y obtuve un nuevo ocho. Full. Una buena jugada, aunque no muy elevada. El hombre con mala suerte, y mejillas rosadas y surcadas por venas: también un alcohólico en ciernes, seguro, pidió dos cartas y cambió la que tenía boca arriba. Lo tenía… puso un as a la vista de todos, pero la carta que se había llevado era un ocho. Yo tenía los otros tres en mis manos. Y aunque el suyo era de rombos, mismo palo que su as, era imposible que tuviera escalera de color. Un póker de ases no era una opción; nunca es una opción para el resto de jugadores. Así que me lancé al fango:
“Empiezo. Cien.”
El joven se retiró. El habitual del Galdós fue. El hombre con mala suerte dudó sólo una fracción de segundo, repasando, seguro, mentalmente las posibles jugadas de los demás, y decidió que valía la pena arriesgarse. Y Gregorio, nuestro anfitrión, sonrió mientras ponía billetes sobre la mesa:
“Doscientos.”
Aquello me asustó: ¿era posible que tuviera una buena jugada? Me había centrado demasiado en el de la mala suerte. Pero, qué demonios, podía permitirme arriesgarme.
“Voy.”
Y, cuando metí la mano en el bolsillo para sacar el dinero, noté un cosquilleo.
“Y subo otros doscientos.”, el ansia del jugador, que tanta mierda había traído a mi vida.
El hombre con mala suerte no dudó en esta ocasión e igualó. Temí, de repente, que mi full no fuera lo suficientemente alto. Que, realmente, él pudiera tener un póker de ases… era improbable, pero era lo único que podía tener por encima de mi full.
Gregorio, por supuesto, apostó también.
El chico joven se limpió el sudor de su frente, aliviado por no estar en esa pelea. Yo enseñé mi full de ochos y ases. Y de pronto me relajé: full de ochos y ases. El hombre de la mala suerte no podía tener un póker de ases puesto que en mi poder había dos, y no jugábamos con comodines. Me estaba dejando llevar por el miedo. Estaba pasando muchas cosas por alto, como si fuera un primerizo.
El hombre de la mala suerte suspiró, entristecido, y mostró su jugada: trío de kas.
Miré a Gregorio con una sonrisa indisimulada en mi boca, y el muy hijo de puta me la borró de un plumazo: escalera de color. Baja, del tres al siete de rombos. Retiró el dinero del centro de la mesa con cierta indolencia, como si no le importara, sabiendo que nosotros tres salivábamos como un perro hambriento a la puerta de una carnicería.

El hombre con mala suerte sacó un billete de cincuenta euros del bolsillo.
“Es todo lo que me queda.”
“Cien de salida, ya lo sabes.”
El hombre con mala suerte se levantó de su silla, nos miró a todos cabizbajo y se encaminó al pasillo. Gregorio le detuvo, llamándolo:
“Por la puerta de atrás, por favor.”
El hombre con mala suerte se paró, asintió para sí y se dio la vuelta. Pasó a nuestro lado como un fugitivo, giró el pomo de una vieja puerta de madera, la cruzó y cerró tras de sí. Los bajos de la música hicieron temblar las paredes. Imagino que llevaba todo el tiempo sonando así, pero estaba concentrado en la partida.

El chico joven nos había invitado a cigarrillos. Ahora, era él quien iba perdiendo, y a quien atacábamos los demás. La juventud se paga; él pensó que dándonos tabaco nos suavizaría, pero lo único que hizo fue desatar nuestra ansia. Lo queríamos entero, hasta sus huesos.
Yo gané una partida, Gregorio cuatro, el habitual del Galdós otra.
Sin embargo, las tornas cambiaron: tenía dobles parejas. Con una mierda semejante no podía arriesgarme, así que no aposté. El habitual del Galdós no se dio cuenta de que Gregorio le estaba sacando los cuartos. Había apostado cien de salida, el habitual aumentó y su rival le respondió con una nueva subida. De pronto, quise advertirle de algún modo de lo que estaba pasando, pero me abstuve. Él no lo haría por ti, me dije.
El habitual volvió a subir. Gregorio sólo igualó. Aún así, había mil doscientos euros en la mesa.
Escalera del diez al as versus trío de ases… también me alegré de que Gregorio perdiera ese dineral. Pero los hombres como él, lamentablemente, parecen tener a la suerte a su servicio. Aquello se convirtió en una cuestión personal, yo apenas participaba en la partida mientras el anfitrión se cebaba con su invitado. Sólo necesitó cinco rondas para dejarle con veinte euros en el bolsillo y la imposibilidad de participar en la siguiente mano.
Esta vez, no tuvo que indicar que saliera por la puerta trasera: el habitual lo hizo dócilmente.
Quedábamos tres en la mesa, y un claro ganador. Era el momento de largarse de allí.
El chico joven volvió a poner su tabaco sobre la mesa:
“¿Otro cigarro?”
Gregorio negó. Yo acepté. Mientras me lo tendía y me daba fuego, se me presentó:
“Me llamo Iván.”
Mis nervios en tensión contestaron mi nombre.
“Dejemos de lado cuestiones personales, por favor”, dijo Gregorio.
“¿Por qué?”, le desafió Iván. “Todos sabemos tu nombre.”
En ese momento, la puerta trasera se abrió y volvió a aparecer el habitual. Venía cubierto de sangre, pálido, y le costaba mantenerse en pie.
Y, si le costaba mantenerse en pie, era porque le habían arrancado media pierna derecha de cuajo.
“Mierda”, dijo Gregorio, con la misma molestia de a quien se le acaba de volcar un café en el suelo. Se levantó y, de un empujón, lanzó al habitual al pasillo oscuro.
Cerró la puerta y se limpió las manos con un pañuelo.
El chico joven y yo estábamos sin habla. Ahora, los golpes que hacían retumbar la habitación eran los de mi corazón acelerado, chocando contra mis costillas. Gregorio aprovechó nuestra parálisis para ir a la puerta por la que habíamos entrado, cerrar y, después, colar la llave por debajo de la puerta. Cuando volvió a sentarse, el chico joven reaccionó:
“¿Qué cojones ha sido eso?”
Gregorio le miró fijamente, calculando a velocidad de vértigo las palabras que iba a decir.
“Algo que no tenía que haber pasado. Continuemos con la partida.”
Controlaba sus emociones como si continuara la partida de póker. Otra mano que iba a ganar, como buen jugador.
“¿Qué coño hay ahí? ¿A dónde lleva esa puerta?”
Gregorio sonrió cínico.
“No lo sé. Y, obviamente, nadie ha vuelto para contármelo.”
Sólo pensé: “ojalá me hubiera levantado unos segundos antes, cuando lo había pensado.”
Dije:
“La partida ha terminado.”
“No. Hay que jugarla entera, hasta que sólo quede el ganador.”
“¡Abre esa puta puerta!”
Tiré mi silla al levantarme y le di un puñetazo en la cara. Creo que le partí la nariz porque se escuchó un crujido. Gregorio cayó al suelo. Iván fue a la puerta y comenzó a golpearla, pidiendo ayuda.
Gregorio se arrastró como pudo hasta una esquina y se levantó, aturdido. Con su pañuelo, empapó la sangre.
“No va a oírte nadie”, dijo. “Hasta que cierre el club. Hasta que quiten la música. Y, aún así, tiene que pasar alguien cerca del espejo para que oiga los gritos. Todo está insonorizado.”
Di una patada a mi silla caída, partiéndole una pata. Iván, a pesar de la advertencia de Gregorio, lo intentó un par de veces más.
Nuestro anfitrión, con torpeza, volvió a su sitio.
“He llegado a pasar dos días enteros aquí encerrado hasta que alguien me abre. Mejor, tomárselo con calma.”
“¿Qué coño hay ahí dentro?”
Se encogió de hombros y sonrió, aún más anchamente que antes, cogiendo las cartas a la vez.
“¿Estáis listos para la siguiente mano?”
“¡Una mierda! ¡No pienso seguir jugando!”
“No van a permitirlo, créeme.”
“¿Quiénes?”
“Dejemos de lado cuestiones personales, por favor”, volvió a decir. Y comenzó a barajar.
Iván se puso a llorar. Ojala no estuviera allí, así podría ser yo el que llorase. Pero él no era más que un niño, y yo debía ser fuerte. Me acerqué y le puse la mano en el hombro:
“Tranquilo, todo va a salir bien”
Me miró, con rabia e incredulidad… ¿cómo era posible que le hubiera dicho aquello? Gregorio era el mejor jugador de aquella habitación, y nosotros dos cruzaríamos esa puerta.
“Puestos a pasar el rato, juguemos una nueva partida.”
Si hubiera servido de algo, le habría pateado la cabeza en ese instante hasta matarlo. Pero, según su lógica absurda, lo que quiera que había detrás de aquella puerta sólo dejaría salir con vida a una persona, y si él moría aún quedaríamos dos allí.
“Dime, chaval”, se interesó Gregorio,” ¿necesitas mucho el dinero?”
Iván tardó en responder; estaba descolocado, muy lejos de allí. Tenía que volver del horror a la vida sobre la tierra. Finalmente, asintió.
“Mis padres creen que estoy matriculado en primero de Medicina.”
“La matricula de una facultad no es mucho. Si al final ganas, tendrás de sobra.”
“En una privada.”
“Vaya… ¿y tú?”
Ese era yo.
“Tengo que seguir bebiendo.”
Gregorio me rió la broma. Después, se puso serio.
“Y yo tengo que ganar como sea.”
Y, conforme lo decía, repartió las cartas. Cinco para cada uno. De nuevo, estábamos los tres sentados a la mesa. Pusimos el dinero de salida. Cogimos los naipes. Descubrí una pareja de ases servidas y tres cartas que no me valían para nada. Las tiré, y el azar me recompensó con un nuevo as. Un trío. Podía conseguir hacer algo. Gregorio tenía boca arriba una Jota y cambió sólo una; Iván, se quedó con todo, teniendo boca arriba el as que a mí me faltaba. La juventud volvía a traicionarle: estaba dispuesto a ir de farol por el miedo. Aunque también pensé: ojala la suerte le haya sonreído. Ojala, si tengo que morir, sea frente a él.
Gregorio debió pensar lo mismo que yo, que Iván iba de farol. Los tres fuimos: aposté a una primera ronda, cien euros, pero cuando el joven subió cuatrocientos euros la apuesta, me retiré. Gregorio, seguro de sí, igualó y subió cien más. Iván puso sus últimos billetes sobre la mesa, encantado. No iba de farol, estaba claro.
El rostro de Gregorio se desencajó cuando vio un póker de seis. Iván celebró su victoria con un gesto con su brazo, retirando el dinero y olvidándose momentáneamente de que había algo detrás de la puerta. Pero, como antes había ocurrido, vi cómo Gregorio se transformaba en un auténtico depredador. Se impuso con maestría a su miedo a perder, se volvió cruel, minando la escasa confianza que aquel chico tenía en sus habilidades como jugador.
Mano tras mano, fue recuperando, y con creces, el dinero que le habían ganado antes.
Entonces, lo entendí todo. Gregorio era un gran jugador porque no le quedaba otra opción. Algunos sabemos que si perdemos nuestro dinero perderemos a nuestra novia, nuestros trabajos o nuestras casas. Pero eso no es nada comparado con perder la vida. Con jugar siempre al máximo, escapando de lo que hay detrás de la puerta. Eso te obliga a una concentración límite, a un esfuerzo sobrehumano, a una conjunción extraña e innombrable con la suerte, una comunión permanente con eso que otros llaman estar en racha.
Lo había descubierto, y eso me convertía, a mí también, en el mejor jugador de aquella habitación. Los buenos con los naipes no se preguntan por qué ganan. Ganan, y punto. Iván se había dejado llevar por el miedo a lo que había detrás de la puerta. Yo había estado a punto, pero me había desviado justo a tiempo. Lo importante eran las cartas. Daban igual las afinidades con otros jugadores. Mejor dejar de lado las cuestiones personales.
Iván lloró cuando, con ochenta euros en el bolsillo, no podía participar en la siguiente mano.
Entre los dos le pusimos en pie y le empujamos hasta el umbral. Yo abrí la puerta y Gregorio le obligó a entrar. Sus ruegos, al otro lado, duraron apenas diez segundos.
He de reconocer que bajé la guardia un momento. Le dediqué un pequeño pésame interno a Iván, y malgasté tres segundos en escudriñar la oscuridad del otro lado. No conseguí ver nada. Olía a podrido, y creí escuchar una respiración pausada.

Las tres manos siguientes fueron muy bajas. Con sólo dos, es más difícil que haya buenas jugadas. Se acumuló un buen bote. Mi dinero empezaba a escasear, así que me arriesgué con una doble pareja de cuatros y dieces, y me llevé el bote. Gregorio apenas sí acusó el golpe.
“Deberíamos haberle quitado el tabaco.”
Fue lo único que dijo. Quizás intentó hacer una broma, pero no me reí. Y, pensándolo fríamente, me di cuenta de que no había fumado las dos veces anteriores. Gregorio estaba nervioso. Eso era bueno.
La siguiente mano volví a ganarla con un bajo trío de tres. Parece que en “la racha” sólo puede cabalgar uno. En esa partida me di cuenta de que mi adversario comenzaba a poner la mano libre sobre la mesa, y a tamborilear de vez en cuando. Estaba perdiendo el control. Y él tenía más motivos para estar asustado: en esa habitación, había visto morir a más gente.

Descubrí un color y el cabrón de Gregorio un full de seis y sietes. La apuesta era alta, mi capital se redujo en un segundo a una tercera parte.
Fingí aceptar como un caballero mi derrota, preocupado como estaba de no desvelar emociones.
Mientras Gregorio barajaba, me permití una gran exhalación de aire, lentamente, para que el sonido no revelara mi verdadero estado. Ansioso, metí la mano en el bolsillo y conté los billetes. Seis de cincuenta, sin tener en cuenta la participación de salida. Tenía que hacerlo bien, o era el fin.
Las cartas es lo importante, no lo que hay detrás de la puerta.
Cuatro naipes boca abajo; a la vista, un diez de picas. Era la tercera vez que me salía esa noche, creo.
Las cogí: dos Jotas, un tres y un ocho. Podía arriesgarme a por una escalera: tenía ocho, diez y Jota. Observé la jugada de mi adversario: la jota de picas boca arriba. Tiró dos de las que tenía cogidas. Volví a mis cartas; me quedé con la pareja de jotas, a pesar de que nunca podría conseguir el póker porque Gregorio tenía una, y tiré las otras dos de mi mano y la que tenía boca arriba. Antes de ver las que me había repartido en el cambio, me centré en mi adversario. Miraba sus dos nuevas cartas sin expresión ninguna, como era de esperar.
Luego, recorrió con la vista las cuatro, y cambió dos de sitio.
Después, puso la mano en la mesa y tamborileó con suavidad, de manera que yo no lo hubiera notado si no hubiera estado mirando.
Eso me dio ánimos. Miré mis cartas: junto a las dos jotas, había ahora dos Kas y una Q. Figuras. Una de esas jugadas que se queda a mitad de camino: ni alta ni baja.
Para no fardar, puse boca arriba la jota de rombos: sabía que él se daría cuenta de que, estando la otra en su poder, como mucho yo podría tener un trío. Y surtió efecto… Gregorio abrió la apuesta con doscientos euros. Ahora me tocaba a mí decidir si ir o pararme. Si hacía lo segundo, en la siguiente mano sólo podría apostar doscientos euros. Suponiendo que la ganara, serían seiscientos, el doble de lo que tenía en el bolsillo.
Poco dinero para un tío que tiene que asegurarse no perder la vida.
Pero si apostaba doscientos, me quedaba con cien en el bolsillo. Sólo me daba para participar en la siguiente mano. Así que lo puse todo sobre la mesa. Trescientos.
Gregorio me miró, serio. Yo le sostuve la mirada, aunque sin perderme su mano tamborileando, nerviosa, en una esquina de mi campo visual.
“Hijo de puta”, me dijo, y se metió en el bolsillo la mano para poner cien más.
Durante otro segundo, me permití bajar la vista y hundirme para mis adentros. La suerte estaba echada, y yo iba con unas figuras. No era precisamente una garantía de éxito.
“Quiero que sepas”, dijo, “que, si esta es tu última mano, has sido un rival de altura.”
Un adicto al juego como yo agradece esas palabras.
“Gracias.”
Pero agradece más el dinero de una victoria.
Puse mis figuras boca arriba.
Gregorio dio la vuelta a sus cartas. Escalera. Todo negro. Escalera de color. Por encima de mis figuras.
Un temblor me sacudió el cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Se me erizó el vello de los brazos.
Lo segundo que me llamó la atención fue que su escalera de color era de picas, y la carta que la terminaba era el diez. La carta que me había salido a mí boca arriba. Una de las que yo había desechado.
De repente, a mi cabeza volvieron un par de imágenes fugaces de la partida, aquellas en las que Gregorio tamborileaba con los dedos en la mesa.
¿Tamborileaba? ¿Seguro?
Fingía tamborilear para que no me diera cuenta de que acercaba las manos a los naipes descartados.
“Acabo de ganar la partida. ¡Todas las partidas, tramposo de los cojones!”
Me lancé a por él, furioso, sintiendo que había estado a punto de morir por culpa de un vulgar trilero. Le agarré del cuello, y casi le asfixio. Lo estampé contra el suelo y le solté, dejando que recuperara el resuello: no quería que se desmayara y no fuera consciente de su muerte.
Gregorio tosió y me pidió una tregua con un gesto:
“Quédate con la mitad… con la mitad de todo… hay suficiente para los dos.”
Luego, miró la puerta cerrada, que le esperaba.
“Podemos intentar combatirlos. Entre los dos, a lo mejor…”
“¡Y una mierda! “
Descargué mi puño contra su cabeza, pero él me enredó con sus piernas y caí al suelo. Al golpearme la espalda, me quedé sin aliento.
Todo se detuvo. Me mareé, temí perder la conciencia. Como pude, me incorporé lo suficiente para verle: estaba escaso de fuerzas. Mi golpe le había aturdido.
Poco a poco, el aire fue volviendo a mis pulmones, pero no me dejé recuperar al completo. En cuanto tuve algo de fuerzas, me arrastré hasta la puerta.
“No… por favor…”
Arañando la madera para alzarme un poco, llegué al picaporte y lo giré. La puerta se abrió sólo unos centímetros, y sentí cómo el olor putrefacto se acercaba. El tufo era atroz.
“Hacer trampas sólo invalida esa mano.”
“Eso”, dije, “depende de las reglas de la partida.”
Una oscuridad plástica, corpórea, comenzó a colarse en la habitación. Como una bruma, fue devorando la luz. Dentro de ella había… cosas flotando en la pestilencia y sobrevolándome o, más bien, nadando por encima de mí. Una piel, un tacto leve, me rozó. Diría que era similar al plástico, pero con algo latiendo en el interior: corrientes de fluido, borbotones de sustancias negras. Algo me arañó la cara y el globo ocular.
Me asusté… A lo mejor, Gregorio tenía razón. Quizás, llevaba tantos años echando partidas a vida o muerte en aquella habitación que sabía las normas que regía a… esa voracidad negra. Quizás, tenía que morir ahí. Un jugador siempre tiene que respetar las reglas.

Desperté.
No sé cuántas horas habían pasado. Tal vez días, quizás sólo minutos.
Volvía a haber luz en la habitación. Sólo una mancha de sangre en el suelo, y la puerta de atrás cerrada. Por si acaso, la apuntalé con una silla.
Todo el dinero de la partida estaba en la mesa. Mucho más del que hubiera imaginado nunca.

Pasaron las horas, no sé cuántas. No más de un día, porque no volví a escuchar el alboroto de la música.
Grité, aporreé la puerta con furia. Cuando se abrió, era un segurata del club. Lo primero que hizo fue preguntar por su jefe; lo segundo, comenzar a darme una paliza. Pero las ganas de vivir pueden con todo, y me defendí a ciegas y con rabia, hasta que me zafé de él, corriendo por el pasillo angosto, rompiendo en mil pedazos la puerta de espejo al atravesarla, perdiendo algunos billetes en mi huida. Daba igual. Estaba vivo. Caía la tarde cuando llegué a casa de Eli.
Ella estaba enfadada: había tardado en volver mucho más de lo que le había dicho. Pero traía su dinero de vuelta, y mi aspecto delataba que algo había pasado. Se lo conté todo, temblando, llorando, absolutamente acongojado.
Luego, me di una ducha.
Eli es inocente y sensata y, sobre todo, es lista. Ya lo he dicho al principio. Puede que no se creyera los detalles puntuales, pero supo que no le estaba mintiendo.

Nunca más he vuelto a jugar a las cartas.

Vuestros comentarios

1. mar 10, 23:04 | Bob Rock

Hola Almas Oscuras.

Bueno, vaya pedazo de relato. Más que digno de ser leído con el “Ace of Spades” de Motörhead de fondo y un Cardhu doce años jugando entre cuatro hielos… ¡¡Qué tensión!!

Ahora solo te falta decir eso de: inspired by true events!! XD

Un abrazo!!

2. mar 11, 14:19 | Manu

Por si acaso, en la siguiente partida, mira detrás de todas las puertas cerradas.

Saludos, y gracias por todo!

3. mar 12, 03:19 | lady necrophage- maria nieves guijarro

plas, plas,plas (aplausos) pero bueno, que tension, que dominio del lenguaje, que maestria, en definitiva.
Me quito el sombrero ante usted…..
Un saludo a todas las almas oscuras.

4. mar 12, 12:23 | MIssterror

Manu,he devorado este relato esparando que no terminara nunca.
Por momentos podía visualizar a una horda de cenobitas detrás de la puerta,o algo peor…

“Una parttida de Poker” es un trabajazo,enhorabuena!!!

saludos compañero!!!

5. mar 12, 20:27 | Manu

Lady Necrophage: gracias mil por tu comentario!!!

Miss Terror: Gracias a ti también. Te sigo leyendo, claro!!!

6. abr 12, 07:29 | Miqui

No soy muy dado a los juegos de cartas, he leido el relato de la cabeza a los pies, oséa, empezando por los comentarios, ir sobre seguro le llamo yo así sabes si la descarga contiene virus….pero me ha gustado y mucho, a partir de esta lectura yo si que voy a seguir jugando a los naipes. Tengo muchas ganas de llevarme un buen fajo de billetes y de partirle la cara al matón de la disco. ¡Bravo!

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