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Al final del Trayecto

Al final del trayectoEn mi perdida noción del tiempo mi mente vuelve a ser sacudida por un momento de angustia, uno más de tantos otros derivados del viaje. Intento como sea apartar esa molesta sensación y pensar en tiempos felices, pero por más que lo intento, no puedo. La culpa la tiene esa lluvia que machaca mis oídos y mi vista. Las gotas que con furia salpican el cristal parecen trazadas con sangre, y entre sus numerosas formas puedo percibir la muerte en todas y cada una de sus expresiones. Tengo miedo. Quisiera cerrar mis ojos y no tener que abrirlos más, quisiera escuchar el suave sonido de la calma, poder abrazar la quietud. En uno de los asientos más cercanos de la fila de mi derecha, un anciano de rostro enfermizo y aspecto de espantosa fragilidad, me observa con lo que parece una insultante condescendencia. Algo parecido a lo que puedo intuir como una leve sonrisa se forma en el enjuto y desgastado rostro del viejo hombre. La sensación que me provoca esta imagen me sobrecoge y me siento más perdido y oculto en el laberinto de tinieblas en el que me hallo.

Camino a tientas por sus pasillos a través de una masa informe de oscuridad. El sonido de mi respiración y mi ahuecado eco son las únicas señales de vida. Tengo miedo a perderme.

De pronto algo alerta mis sentidos, un susurro justo detrás. Giro la cabeza en mi asiento y veo a una mujer de mediana edad, de aplacada belleza y aire afable. “Hijo, te noto tenso. Piensa en positivo, piensa que igual tienes suerte y no tienes que repetir. El viaje no es algo que guste, lo sé. Yo lo he hecho varias veces y no es algo que me agrade en absoluto. Es por eso por lo que espero que ésta sea la última vez que lo hago”, dice la mujer de forma aplastantemente serena. Tras estas palabras apoya su cabeza en el respaldo de su asiento y fija su mirada en una ventanilla en la cual sólo hay gotas de lluvia y oscuridad.

Cuando ya había perdido toda esperanza de encontrar el rastro de alguien, mis apagados ojos se topan con algo que parece ser una silueta humana. No sé si asustarme o alegrarme por el descubrimiento. La silueta parece cobrar vida entre las capas de informe oscuridad. Avanza lentamente hacia donde yo me encuentro. “¿Tú también te has perdido?”, me pregunta con voz firme y grave. Mi voz titubeante contesta con un débil sí.
“Yo también estoy perdido. Lo último que recuerdo antes de despertar aquí es que estaba en casa viendo la televisión… ¿Por qué crees que nos han metido en este lugar? Por mucho que le doy vueltas a la cabeza no lo consigo entender. No creo tener enemigos ni soy un tipo importante. ¿Por qué?¿Por qué me habrán raptado y metido aquí?”, expresa airadamente la oscura silueta en un tono menos firme y más molesto del que tenía en un principio, silueta que resulta ser un hombre relativamente joven, de complexión gruesa y estatura media. Yo no tengo respuesta a esa pregunta. Me encuentro en la misma situación que él, me pregunto exactamente lo mismo.

Un ataque de incontrolable ansiedad se apodera de mí. Me levanto del asiento y decido ponerme a pasear por el autobús. No sé si ha sido una buena elección, ya que lo que me encuentro son caras de tristeza en los pasajeros, la mayoría de ellos personas de avanzada edad. Me llama poderosamente la atención un niño de unos seis años que se encuentra aislado. Está ubicado en un asiento en una de las esquinas de la parte trasera del bus. Una mezcla de curiosidad y lástima me impulsan a acercarme a él. Me siento a su lado pero el niño no parece advertir mi presencia. Su mirada vacía está perdida en la oscuridad de la ventana. Al final me decido a hablarle: “¿Cómo un chaval tan joven como tú viaja solo?”. El niño, sin apartar su rostro de la ventana, me contesta con una sorprendente, decidida y cortante sequedad, propia de alguien adulto: “Porque mis padres no han querido acompañarme”. Después de su fría respuesta me quedo unos segundos totalmente sorprendido. Es entonces cuando queda claro que el niño no tiene ganas de hablar, así que me levanto de su lado y le dejo contemplando su apática tristeza a través del espejo del cristal. Vuelvo a caminar por el pasillo de un autobús que apenas parece moverse, vuelvo a caminar intentando no fijarme en las caras de las personas y en esa asumida tristeza que parece envolver a muchas de ellas. No sé si de manera inconsciente o no pero me sorprendo mirando a una de esas caras, que resulta ser una anciana de ojos melancólicos. Durante unos momentos nuestras miradas se cruzan y acto seguido la mujer rompe a llorar. Al instante baja la mirada. Es como si algo en mis ojos le hubiera transmitido pena.

Camino por los pasadizos del laberinto junto a mi nuevo compañero de fatigas. En nuestra andadura conjunta nos vamos encontrando algunas otras personas atrapadas allí dentro. Nos hacemos la promesa de encontrar como sea una salida, la promesa de descubrir de qué plan formamos parte.

De vuelta a mi asiento, con los nervios ya más templados, la mujer sentada detrás mía vuelve a susurrarme: “Ya estamos llegando. Espero que esta vez me dejen quedar”. Sus desconcertantes palabras hacen que asome en mí un cierto alivio. No sé a dónde me dirijo ni cuál es el motivo de estar en el autobús, pero sea lo que sea lo que me vaya a ocurrir, ahora tengo la sensación de que al bajarme de él no sentiré algo tan malo.
El grupo y yo escuchamos algo muy parecido al sonido del viento. Es un buen síntoma. Posiblemente sea una señal de que estamos cerca de una salida. Las esperanzas de encontrar una respuesta consiguen que nuestra energía robada vuelva a nosotros con renovado ánimo.

El bus se detiene de forma casi imperceptible y el conductor nos anuncia que hemos llegado. La mujer a mis espaldas lanza un último susurro. Su boca, dibujando una calurosa sonrisa amigable, desprende una corta pero reveladora frase: “Nos vemos”. El bus comienza a vaciarse. Sigo sentado, completamente inmóvil, tan sólo dejando que mis ojos se paseen entre los pasajeros que se despiden del viaje. Termino por quedarme solo, consciente de que no puedo permanecer allí por más tiempo. He llegado a mi destino y sea lo que sea lo que éste me depara, tengo que aceptarlo. De manera perezosa me levanto de mi asiento. Al llegar a la altura del conductor, hombre de aspecto vulgar, ridículo bigote e inexpresivos ojos, no puedo evitar preguntarle si nos volveremos a ver, a lo que él contesta: “Eso depende de ti y de las ganas que tengas de regresar”. Después de esta tajante sentencia me bajo del autobús con una idea inamovible en la cabeza: la de no volver a hacer ese trayecto en mucho tiempo. Definitivamente aún no estoy preparado.

Algunos del grupo se han ido perdiendo por el camino. La oscuridad cada vez se va haciendo más nítida. A lo lejos de un largo pasillo avistamos nuestra salvación. Una luz muy brillante y cegadora nos regala la pista evidente de que hemos llegado a la salida del laberinto.
Abro los ojos con mucho cuidado. Ante mí logro reconocer la imagen de unos padres muy emocionados, los míos. Mi visión es un tanto borrosa pero juraría que mi madre se ha puesto a llorar. Siento ese olor inconfundible a hospital, siento ese olor inconfundible a realidad, siento ese olor inconfundible de quien se siente vivo.

Por Fernando Rivero

Ilustración Zdzisław Beksiński

Vuestros comentarios

1. mar 23, 16:39 | Lady Necrophage-Maria Nieves Guijarro

Genial. Me he mantenido en vilo en espera del destino del autobus hasta el final. Ha sido una experiencia estupenda. Me ha encantado el modo de escribir, las expresiones, la forma de manejar, en general, los epitetos calificativos. Esta claro que hay nivel aquí.
Nekrosalu2¡¡¡

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