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Breve visita a la lavandería

Otro relato macabro de Jorge P. López

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Muchas eran las áreas que estaban vetadas a los novatos bajo amenaza de más sesiones de lectura en la sala de castigo, una asfixiante habitación dominada por el olor a hongos y humedad, un sudado conglomerado de ladrillos capaz de provocar pesadillas sólo con la mención de su existencia. La institución se nutria de un severo orden donde los estratos de poder eran reservados a nuestras educadoras, mujeres tan toscas que costaba distinguirlas unas de otras, poseedoras de unas risas parecidas a cloqueos antes que a sonidos de origen humano. Hirsutas, bigotudas, achaparradas, simiescas, jorobadas… las matronas eran las encargadas de guiar disciplina, con la punta de sus romas reglas, a través de nuestras gargantas siempre resecas a causa del terror.

Muchas eran las áreas, pocos los elegidos para pisarlas. A medida que sobre los nuevos iban recayendo tareas, algunas ignominiosas incluso para un establecimiento de aquel tipo, estos podían descubrir, mientras realizaban los encargos, partes desconocidas del infinito edificio donde habíamos sido condenados. En mi caso tenía que agradecer a un orfanato inoperante la reclusión forzada, poseedor de una edad que resultaba difícil justificar frente a las constantes burlas de nuestras responsables. Los distintos gobiernos de la región se habían caracterizado en todo momento por preocuparse especialmente del detritus de sus votantes, tanto como si fuésemos un ascua ardiendo, incómoda en la palma de la mano aunque sólo durante unos breves momentos.

A esas alturas del año, viendo el alba escarchando los cristales de la única ventana del caserón, había tenido ya la dudosa suerte de conocer la cocina y su legendario hogar crepitante, cuya leyenda pertenecía al ámbito de unos cuchicheos silenciados por las almohadas. Uno de mis compañeros me dijo, no recuerdo con claridad quién, que las matronas cultivaban globos oculares debajo de los somieres. Quizás por eso redujésemos la construcción de chismes y rumores al mínimo aceptable para un centro obsesionado con la sumisión; tanto hasta transformarla, rara pero simpática anécdota, en lúbrica humillación.

La cocina, y sólo la cocina, magro sustento para un febril joven atormentado bajo la tiranía de sus deseos nocturnos. Las cacerolas y sartenes, colocadas dibujando una simbología extraterrestre, fallaron en satisfacer mi constante huroneo. Agudizado mi talante soñador por las miradas acuosas de nuestras cuidadoras, me imaginaba penetrando el último bastión de los misterios femeninos atesorados en aquella casona de cadenas y libros polvorientos. ¿Cuál, cuál? Las zonas prohibidas, dédalo de incógnitas, se distribuían desde la primera a la última planta, un número enorme. Este, oeste; norte, sur; cada baldosa carcomida exigía un precio, un quehacer de dudoso sentido. Sin embargo, existía una zona donde ninguno había hincado sus rodillas y, por lo tanto, se rodeaba de un misterio más grande que las palabras, apenas intuidas entre los sifones de viento. Soplando durante las perennes tormentas que se adueñaban de todas y cada una de nuestras noches, allí presos sin motivo aparente.

Muchas eran las áreas, ninguna que me atrajese tanto como aquel cálido útero de piedra al que todavía no había dado nombre. ¿Qué lugar de maravillas era ese cuyo delicioso olor martirizaba mi sentido del olfato? Intentaba imbuirme de ese aroma a suavidad hundiendo el rostro en el uniforme que me era entregado rigurosamente cada amanecer, afrontaba el resto del día con angustia mientras sentía desvanecerse de la tela el último y tenue vestigio de frescor. Cuando aterricé de bruces por primera vez en el recibidor empapelado con flores de otros tiempos, ya supe que un secreto se transformaría en perdición definitiva; pensé durante aquella tenebrosa presentación, difusa ahora en mi memoria, que los lavatorios de las forzosas tutoras serían causa de mis desvelos, el calor tirano de mi bajo vientre. Nada más lejos de esas pueriles fantasías. Al poco, uno de los chicos mayores se burló de mi zozobra detallando con impías palabras el aspecto de las duchas y de las mujeres allí congregadas tras una neblina artificial. Aunque eran pocos los elegidos, varios veteranos tenían que ayudar a las matronas en sus abluciones. Curiosamente, todos se veían deslumbrados con los azulejos cuarteados y la plomería resonante, ninguno con los atributos de unas mujeres que quizás existiesen únicamente en nuestra imaginación. Asexuados maniquíes.

Muchas eran las áreas perturbadas por una aureola de muerte, pero no, no eran los baños, tampoco los dormitorios femeninos. Llenos de mugre y telarañas, así los imaginaba, a juego con sus ocupantes. Un área jamás vista por ningún alumno, preso o esclavo; no podía ser otro mi objetivo: la lumbre de una obsesión creciente con el cambio de las lunas. Y estaba allí, aguardando, ubicada a varios metros por debajo del nivel del suelo: la lavandería se erigía como el reino último de lo arcano, jamás nombrada ni entre nosotros, pobres almas en pena encantando la institución del miedo. Supe de su existencia, a lo mejor o a lo peor, en el transcurso de un sueño muy vívido.

Tras el segundo conciliábulo de la jornada, intenté ocultar la miseria que sentía en los rincones de los pasillos que llevaban a nuestras cámaras. Conseguí alcanzar la salida del refectorio antes de la última homilía, no fue tranquilidad lo que me esperaba junto a las tenues luminarias. Una encrucijada refrescaba mis sollozos, gracias a sus amorfas sombras, cuando un carrito lleno de ropa pasó como una exhalación frente a mí, en silencio, sin nadie que lo manejase durante su apagado traquetear. Fue cuando comencé con las dudas: ¿cuál era el flujo exacto de los atuendos y los hábitos que los habitantes de aquella heredad portábamos, unas con cinismo y otros con pesadumbre? Los depositábamos revueltos dentro de cántaros metálicos y el óxido que los manchaba desaparecía mágicamente al día siguiente, en que regresaban los uniformes limpios, planchados y doblados. Se trataba de un ecosistema de tejido al que nos abandonábamos temerosos de averiguar más detalles. Hasta que contemplé ese plaustro en miniatura, despertándose el furor del jabón y los secadores, pulsando en la base de mi cuello. Constató aquel mágico evento la cualidad caprichosa de unas prendas que vistas por el rabillo del ojo parecían fluctuar, moverse con voluntad propia sobre la carne de nuestros cuerpos. Estábamos siempre asustados por ese callado deslizar tensionando nuestras pieles y zonas erógenas, aunque ninguno hubiésemos podido verbalizar la circunstancia hasta la fecha. Quizás mi condición, el no deber nada a nadie, ni a los funcionarias que me habían ido moviendo toda la vida como una ficha de ajedrez, me hacía el único candidato a comprender lo incognoscible, ¡la lavandería!

Las pesadillas dieron paso a sueños más vergonzosos, una serie de fotogramas repetidos en bucle y caracterizados por la presencia de interminables extensiones de algodón blanco, llamándome y mostrándose con la impudicia de una ramera. Fueron la señal de salida de una desesperada carrera, me abandoné a mis deseos, frotándome con las sábanas como si la electricidad estática fuese la llave de algún tipo de revelación. Así mantuve la personalidad de un gato, cauto pero curioso, hasta la noche en que la tormenta había decidido no visitarnos. Levitando, imaginando que lo hacía para no provocar ni un ruido, dejé a mis compañeros dormidos y extenuados por el peso de sus vestimentas: camisones traviesos que se pegaban con malicia a nuestras articulaciones, obligando a una incómoda posición fetal. Desafiando la suave pero insistente presión de la camisola, recorrí galerías interminables apoyado en la penumbra como si de un bastón se tratase. La ausencia de una fuente de luz concreta ayudaba a ocultar los detalles inquietantes de la arquitectura, decorada pomposamente con cuadros mostrando escenas de falsa inocencia. Donde una clase de alumnos atendía las enseñanzas de un barroco profesor, yo sabía que se ocultaba la tiranía de un examen físico más cercano a la violación. Donde unas campesinas acumulaban haces de trigo bajo el hinchado sol de finales de verano, yo veía un sistema de nervios atenazados y servidos en honor a alguna deidad “mecanomorfa”. Donde helados mares tocaban el cielo formando una línea irregular de azul, una pestaña estridente pugnaba por abrirse y revelar un vacío, la institución, al que nadie sobreviviría.

Muchas eran las áreas saludando y a la vez reclamando mi paso. Atravesé terreno conocido, el tinelo donde se decía que unas sirvientas ajadas, primas de las matronas, comían y cenaban las sobras de las nuestras. Jamás vimos a nadie allí. Bajo la iluminación fantasmal que todo lo cubría juraría que detecté unas siluetas difusas royendo huesos. Otras alcobas nunca las hubiese imaginado como se desplegaron: Existía un pequeño gimnasio donde unos látigos macerándose en vinagre aportaban una idea bastante exacta de las actividades que allí se desarrollaban. Encontré gárgolas dormidas en alcobas de planta triangular, pero ni rastro de nuestras cuidadoras, ni siquiera un susurro. Alejándome de un claustro cerrado lleno de plantas medicinales a medio agostar, por fin detecté golpes y roces, probablemente la prueba de que las matronas eran reales.

Muchas eran las áreas cuyas entradas sugerían la boca de un lobo, pero ninguna como la enorme sala que se abría tras descender una larga escalera trazando a veces una espiral, otras una forma más complicada y de evocaciones peligrosas. Quizás la materialización de la abulia imperante en el edificio, ni bueno, ni malo, únicamente hambriento. Devorar escalones con una visibilidad reducida era como volver a dormir, más que nunca todo parecía un sueño, estático el aire que me rodeaba. Las fauces de una bestia hubiesen sido preferibles antes que el buche de esa monstruosidad de piedra, viva como yo la notaba, pisando su lengua rocosa.

Finalmente llegué a una mazmorra diáfana donde el aceite de las luminarias se deslizaba como si fuese el vientre vivo de un insecto, colgando de la puñetera nada. La gelatinosa luz ámbar no delimitaba ningún fin, como si el suelo de bloques de granito cubriese toda la extensión de la isla: muchos de los chicos creían que nuestro hogar estaba rodeado por el eterno océano. Al fondo, perfiladas por unas columnas de sombra sólida, las matronas canturreaban durante su particular ritual de limpieza. Pilas y más pilas de ropa, hirientemente blanca entre el crepúsculo, eran manipuladas en una cadena de trabajo perfecta, dotada de un ritmo que avivó la presión de la base de mi escroto. Desde la distancia que me separaba no pude distinguir con claridad las minucias de aquella labor de lavado, secado y planchado. Mi propia respiración se acompasó con la cadencia de ropa mojada siendo golpeada contra tablas de madera. Fue el olor el que me mantuvo alerta; sí, era la cremosa esencia de flores y jabones paradisiacos, pero también detectaba otro matiz bajo ese delicado aroma. Una línea de rojo que de manera incongruente asocié inmediatamente con el crujir de muelles que los somieres emitían en plena madrugada; noche sí, noche también.

Protegido por los pilares de oscuridad, espié a nuestras captoras. Poco dadas a hablar fuera de esa lavandería extraterrena, durante sus tareas nocturnas parecían mostrarse más dicharacheras. Sólo que su conversación no era tal, nada más que un galimatías de frases inconexas:

— Maté al bebé en la caja de cerillas.
— Giraremos los tornos hasta que el zumo se congele.
— Erase una vez, una niña a la que incubaron los Otros Huéspedes.
— Llaman a recogerse en la estación de la calle sufridora, dilatando.
— Los Otros Huéspedes están incubando a los chicos.
— Me siento enferma entre tanta luz, tengo almidón debajo de las uñas.
— También soy una niña, me gusta el almidón.
— La incubación de los Otros Huéspedes dará una cosecha de almidón envidiable este año.

Cada vez con la respiración más agitada, aquella sucesión de incoherencias adquiría unas connotaciones aterradoras a medida que ciertas palabras eran repetidas como si formasen una especie de acertijo. Un criptograma donde “los Otros Huéspedes” eran nombrados de forma repetida con una reverencia rayana en lo sexual. “Incubación” y “graduación” eran palabras que empezaban a parecerse de forma macabra al filo de las rasposas lenguas de aquellas mujeres simiescas. Las sonrisas cómplices de los veteranos, los cuales ayudaban a vestirnos cada mañana con un cuidado y atención desquiciantes, conformaban un segundo dialogo paralelo al que estaba escuchando. Cada año éramos más en la mansión de miles de puertas, pero ninguno se graduaba para volver con sus familias, simplemente se volvían expertos en el juego que allí se practicaba.

Muchas eran las áreas y, sin embargo, esas revelaciones no eran suficientes. Necesitaba algo más, hundir mis curiosos dedos en el conocimiento definitivo: necesitaba ver esos calzoncillos ásperos por dentro, comprobar con mis propios ojos que los uniformes eran meros objetos inanimados. Para mi decepción, cuando asomé la cabeza de mi magro refugio, me recibieron piezas de tela kilométricas, sábanas enormes cubriendo vastos espacios entre las manos arrugadas y peludas de las matronas. Las agitaban al compás de la descabellada conversación mantenida a base de graznidos, y con cada sacudida una miríada de cabellos ascendía al techo, una bóveda de acero incandescente, donde se desintegraban entre chisporroteos. Curiosamente, la temperatura se mantenía baja en aquella sala sin paredes, podía ver mi aliento ser absorbido por los vientres relucientes de las luminarias, segundo a segundo candelas más retorcidas. Intenté entender la cadencia de la danza de los paños gigantescos, quizás hubiese una codificación entre los pliegues y giros creados con destreza. Siempre se repetían en número impares, pero antes de que pudiese saber el significado de ese código, unas manchas sobre las níveas cubiertas capturaron toda mi atención. Los revoloteos enseñaban de manera avariciosa unos trazos oscuros que sólo adquirieron forma definida cuando, de manera inconsciente, me acerqué a la representación. De pie frente a las matronas pude realizar que los trazos eran rostros, algunos conocidos, el resto un mero suspiro.

Muchas eran las áreas, pero en ninguna jamás me habían mirado fijamente las matronas, hasta erguirme delante de ellas en la lavandería. Nada más verme, petrificado como un perro de caza, señalando las sábanas y presa de balbuceos histéricos, lanzaron esas carcajadas similares a cloqueos y levantaron, completamente extendidas, las piezas de tela para mostrarlas en su grandeza. La superficie harinosa ya no exhibía rostros. Filas de dos mujeres clónicas se extendían hasta lo que mi vista alcanzaba, y cada albo lienzo tenía las mismas manchas vergonzosas, marrones o rojas, no sabría decirlo. Todas cuarteadas, pertenecientes a mis noches de incombustible curiosidad. Una por una, dispuestas en hilera, donde mis pecados refrendaban la obligatoriedad de un castigo, ¡maldito encierro!

— El bebé ha mojado la cama.
— Higiene y pulcritud son el lema de nuestra institución.
— No seas egoísta, joven alumno, y limpia tu propia mierda.

Asustado, más que en toda la noche, cadavérico muestrario de verdades difíciles de justificar, reculé casi sin darme cuenta. Arrastré los desnudos pies por el granito, abriéndome pequeñas heridas en las blandas plantas. El ácido dolor que marcó la vil huida no era nada comparado con la vergüenza de haber sido descubierto en la única área prohibida a los… ¿invitados de aquella ordalía eterna?

Cuando pasé junto a la columna de negras tinieblas, que antes habían constituido un cómodo refugio para el espionaje, algo me agarró de la muñeca; algo antiguo y sabio. Una voz ronca, perteneciente a un hombre, uno de los Otros Habitantes, me atrapó tan fuerte como la garra, quemando y rugiendo sobre mi sensible piel. Eso tiró de mí hasta tenerme cerca de sus labios invisibles, abiertos como el vientre de un pollo:

— Vas a aprender una lección sobre la limpieza que nunca olvidarás.

Efectivamente, jamás pude borrar esa lección de mi memoria.

Vuestros comentarios

1. nov 1, 13:51 | El amigo de Yuri Gargarin

Simplemente genial. En momentos me ha recordado (en el estilo) al relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, del otro Jorge, pero más siniestro.

2. nov 1, 17:05 | Bob Rock

El Amigo De Yuri Gargarin.- ¡Muchas gracias! Que me compares con el gran Borges es todo un honor, inmerecido, por supuesto. Tlön es un planeta bastante mas complejo al que mis relatillos no podrán jamás compararse. Aunque siempre es importante el debate palabra/pensamiento, una batalla/simbiosis/paradoja que sí le debemos todos los que contamos historias al genial escritor argentino. Un abrazote!!

3. nov 2, 15:52 | Mario Cobretti

Vaya relato!

Claustrofóbico, inquietante, perturbador… Muy bueno Bob Rock! He echado un vistazo a otros relatos tuyos y, en general, me gustan mucho, así que me he decidido por tu Cuervologia (o Cuervologia 13, no sé si es el mismo). Si son relatos del mismo estilo seguro que voy a disfrutar como un enano.

Saludos.

4. nov 2, 21:01 | Bob Rock

Mario Cobretti.- Aun diría más: amazónico, chorreante, masturbador…Muchas gracias, espero no ser nunca la enfermedad. Pues resulta que Cuervología 13 es otra antología completamente distinta a Cuervología. ¿Por qué? ¿Por qué en tiempos donde es tan difícil vender una sola copia de un libro un autor se decide por un giro que sólo servirá para confundir a su público potencial? Muy simple: me gusta tocar los huevos, propios o ajenos. Podrás encontrar un cartel de “se busca” en cada gallinero de la ciudad. La cuestión es que me alegro porque hayas contribuido con tu granito de arena a la construcción del panteón familiar. Los Rock son una familia numerosa y sus restos tienen que descansar en un lugar adecuado, lejos de los codiciosos ladrones de tumbas que querrán yacer con nuestros cuerpos incorruptos y las innumerables riquezas con las que seremos enterrados.

Un abracete!

5. dic 15, 03:13 | DEVILMAN

Pues e terminado leyendo este relato tambien y es una lastima como no lo lei el dia 31. Me encanta este tipo de historias y como lo “comun” y “normal” se transforma en algo monstruoso e inquietante bajo unas sombras bien colocadas.

Casi como perderse en un oscuro bosque y solo palpar algunos detalles que dejan mas preguntas que respuestas, admiro mucho esta forma de escribir tuya.

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