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El Bosque

Un nuevo relato de Beatriz Troitiño

el bosque

Otra vez. Los golpes en las ventanas. Otra vez. A intervalos irregulares. Son piedrecitas, pequeñas y ruidosas, pero no tan grandes ni lanzadas con la fuerza suficiente como para romper el vidrio. Tlac, tlac… tlac… tlac, tlac, tlac……… tlac.

¿Por qué no sucede de día, ni tampoco a primeras horas de la noche? Siempre de madrugada. Al principio se asomó a ver pero no vislumbró a nadie, ni rastro del supuesto bromista pesado. Si se esconde en el bosque, no entiende como pueden llegar las piedrecitas hasta la casa, pues tendrían que romper los cristales con la fuerza necesaria para lanzarlas hasta aquí. Pero no es así, los impactos no dejan la menor huella en las ventanas, pero por la mañana los pequeños proyectiles continúan abandonados al pie de la pared.

Tlac, tlac… tlac… tlac, tlac, tlac…… tlac.

La verdad es que ya está harto, el ruido le desvela y no puede pegar ojo en lo que resta de noche, deseando ser sordo para no oír el inmisericorde sonido repetitivo. Es un acto tan absurdo como incomprensible ¿Quién puede estar dispuesto a pasarse la noche fuera medio congelado simplemente por molestar a un vecino tirándole piedrecitas contra las ventanas?

Tlac.

Además, él no tiene enemigos, se lleva bien con todo el mundo, los conoce y ellos a él. Nadie en varios kilómetros a la redonda sería capaz de algo así, ni remotamente. Aprieta más la almohada sobre la cabeza. A lo mejor es uno de los jóvenes, quien sabe por qué, los chicos de ahora están como cabras…

Tlac, tlac, tlac, tlac, tlac, tlac, tlac, tlac, tlac

Dios, esa rapidez, esas repentinas lluvias de golpecillos, son lo peor… no parecen lanzadas por nadie, excepto por la propia naturaleza decidida a sustituir la caída de agua por un apedreo masivo y extrañamente calculado, teniendo como único objetivo las ventanas del piso inferior de su casa, nada más y nada menos. ¿Quién estará detrás de todo esto? ¿Por qué quieren arruinar sus vacaciones de una manera tan molesta? Por mucho que se estruja el cerebro, no encuentra explicación para este ataque nocturno a su tranquilidad. Lleva casi veinte años pasando aquí sus temporadas de descanso y nunca había pasado nada.

Tlac…… tlac… tlac, tlac, tlac

No puede más. Siempre igual, noche tras noche, desde hace cuatro días y ya solo quedan dos para su regreso a la ciudad. Sobre la mesilla, Los números fluorescentes del despertador marcan las 04:05. Se incorpora muy enfadado y enciende la lámpara.

Tlac, tlac

Se lanza hacia la ventana, aparta la cortina e intenta taladrar la oscuridad con los ojos, pero nada se mueve en el patio y el jardín, nada insinúa estar fuera de lugar. Recoge el edredón del suelo y lo deja en su lugar sobre la cama, en la que se sienta, intranquilo. Va siendo hora de una indagación más exhaustiva. Se viste y baja a la planta inferior. El ruido ha cesado por el momento, como si lo quisieran incordiar únicamente cuando se encontrase en posición horizontal.

Abre la puerta y sale al exterior helado. Unas láminas argénteas apenas ocultan el cielo estrellado, con la luna menguante rozando las copas de la negra masa que son ahora los pinares en torno a la casa. Cierra la cremallera de la cazadora casi hasta el mentón, mete las manos en los bolsillos y baja los escalones de entrada sintiéndose un poco ridículo por haber imaginado que algo raro pudiera desarrollarse en un ambiente tan normal, cotidiano y real. Porque lo extraño siempre es difuso, lejano, irreal.

—Auuuuh, ¡Joder!

Inclina un poco el torso llevándose una mano al lado izquierdo de la cabeza, donde acaba de sentir un golpe, justo detrás de la oreja. En los dedos hay sangre. No se lo puede creer. Han decidido darle a él. Le pega un puntapié a la piedrecilla, que ha caído ante sus deportivas tras chocar con su cráneo, y entra de nuevo en el recibidor. Coge una de las llaves que cuelgan en el llavero decorativo de la pared, sale, camina hasta el garaje y abre el portón. Va a por la linterna, decidido a resolver el misterio de una vez.

Permanece un rato delante de la entrada, inmerso en la fuerte luz artificial que se derrama desde el interior, escrutando la oscuridad que campa por encima del muro bajo que rodea la parcela, pero parece que no quieren volver a hacer diana en su persona. Apaga la luz y baja el portón.

Frío y silencio. El apedreo ha terminado antes de lo que esperaba. No oye risitas ni cuchicheos, tampoco pisadas alejándose, aunque ya no lanzan piedrecitas contra la casa. Se acerca hasta la cancela de acceso a la vivienda. Observa la carretera, desierta a estas horas, que hay algo más abajo del camino que lleva a su parcela, y la casa del otro lado. Su oído no será muy fino pero el del perro de los vecinos sí lo es y allá abajo el animal no da la menor señal de alerta, tampoco ha ladrado las noches anteriores. Se vuelve hacia su propia casa de campo. Está seguro que de haber notado el merodeo de algún intruso, se habría desgañitado.

Enciende la linterna y sale dispuesto a echar un vistazo alrededor. Al abrir y cerrar la cancela, saltan los broncos ladridos del pastor alemán a lo lejos. Lo sabía. Entonces ¿Por qué no le ha ladrado a los pedazo de borricos que han decidido, por razones desconocidas, fastidiarle el descanso?

Rodea el muro por un lado hasta la parte trasera, iluminando aquí y allá con el haz de la linterna, pero no hay huellas en la tierra. Mira hacia la primera línea de árboles y al espacio despejado que la separa del valladar. Calcula, observando la posición de la ventana del dormitorio. Desde ella los vería correr hacia el bosque, aunque se parapetasen tras el vallado. El sólido muro de piedra es alto hasta sus hombros. Coge una piedra pequeña y dando un bote hacia arriba, la lanza por encima. Cae en medio del patio, lejos de las ventanas. Es imposible tirar piedras y dar en los vidrios desde allí ¿Entonces?

Vuelve a mirar en derredor, buscando alguna explicación lógica. Tiene que dar con ella porque presiente que si regresa a la casa sin más, mañana volverá a pasar lo mismo, igual de puntual e igual de enervante.

Cubiertos ambos por una fina capa de escarcha blanquecina, alumbra los oscuros troncos craquelados y la pinaza que alfombra el terreno en declive. Haciendo crujir a cada paso las agujas vegetales y la cencella, inicia el ascenso dispuesto a revisar también los primeros metros de pinar.

Solo se oye ese ruido y el de su respiración, el perro ha dejado de ladrar. El vaho que sale de su nariz y de su boca le empaña las gafas, dificultando su avance pues lo obliga a parar cada pocos pasos, sacar el pañuelo y limpiarlas. En la tercera ocasión, las golpea con el mango de la linterna y salen disparadas. “Mierda” Sin ellas, el mundo se reduce para él a un enorme borrón con partículas más o menos indefinidas en movimiento. De rodillas, con una mano sostiene la linterna y con la otra palpa el suelo helado cada vez más frenéticamente y más lejos. El relente le pica en las fosas nasales y las puntas de los dedos ya están insensibilizadas. Debería haberse puesto los guantes. Al final desiste, no ha conseguido toparse con las condenadas gafas. Se incorpora sacudiéndose la escarcha adherida y sujetando con firmeza la linterna. No quiere perderla también. Solo faltaría eso, tener que volver a trompicones y con la dificultad añadida de desplazarse en la negrura total.

Intentando ubicarse entre la maraña de troncos, gira sobre sus talones en círculo. Por más que entrecierra los ojos y trata de aguzar la vista, no ve la salida y la casa. Se ha adentrado en el bosque más de lo que suponía. También debería haber traído el móvil. Sería bochornoso llamar al servicio de emergencias por haberse perdido al lado de casa, pero peores cosas habrán visto, seguro.

Con cuidado, va pisando sobre el trozo iluminado que la linterna abre a su paso, siempre en descenso, alargando a veces el brazo para asegurarse por el tacto que no chocará con algún tronco. De repente, un golpazo en la espalda lo arroja de bruces cuesta abajo. Sorprendido, se apoya en el pino más cercano para levantarse. Apunta con la linterna hacia la cima de la pendiente, a un lado, al otro, pero allí no hay nadie. No entiende que ha pasado. Escucha e intenta mirar con atención. Nada, solo su respiración y el roce de la ropa con los más mínimos movimientos.

Espera que el corazón se desacelere. No tiene ni idea de lo que ha podido colisionar con él. El dolor en la herida de la cabeza se agudiza. Siente que vuelve a manar sangre de ella y eso que no parece ni grande ni profunda. Al intentar tocarla, el pinchazo le cruza hasta la nuca. Aparta los dedos convencido de que deberá vencer la curiosidad y no intentar palparla. Ya la valorará el médico cuando vaya al ambulatorio. La espalda también se queja, es como si le hubiesen roto una rígida tabla sobre ella. Al menos no ha soltado la linterna. Pega un brinco y dirige la luz hacia el suelo. Algo le ha pasado por encima de los pies, ha sentido su peso y deslizamiento. Pero allí no hay nada, por supuesto.

Ya no tiene ninguna duda tras tales experiencias, ahora sí que está inmerso en lo difuso, lejano e irreal. ¡Maldita sea! El pasado sopla huracanado trastornando su presente ¿Será eso? ¿La venganza de sus víctimas? Es lo único que cobra sentido en este momento y situación. El viejo secreto, la venganza desde el Otro Lado. El producto de sus experimentos en el sótano, cuando era un estudiante de Medicina tan ambicioso y obsesivo que no había dudado en secuestrar cobayas humanas. Fuerza todo lo que puede sus ojos miopes ¿Podrá llegar a atisbarles? Tienen que estar aquí… o si no lo que ha huido del escenario es su cordura.

Barre el aire con los brazos estirados, de modo brusco y alternándolos, más no toca nada. Aprieta contra el pecho el puño que aferra la linterna y lanza un grito. Le han mordido. Examina la mano lastimada, comprobando con horror que de la carne arrancada no brota sangre sino un líquido más espeso y amarillento. Pus. Con la otra mano toca el cuello y la cazadora humedecidos, la sangre que aun corre de la herida tras la oreja está mezclada con hilillos de esa misma serosidad.

Más golpes y mordiscos, por todas partes, imposibles de esquivar ¿Qué está pasando? Están muertos, lo cual es tan esperanzador como preocupante ¿Son ellos o es otra cosa? ¿Pueden haberse decidido a actuar o es el mismo bosque quien le ataca? ¿Influyen ellos en el pinar? ¿Es todo una alucinación, se ha vuelto loco?

El dolor le envuelve, un golpe al puño desde abajo empuja el brazo hacia arriba y la linterna se le escapa. Un empujón en el pecho cuando va a intentar recogerla lo tira de espaldas. Patea y sacude los brazos tratando de zafarse de las presencias invisibles que le atacan cada vez con más saña. Manos que abofetean, nudillos que machacan, dedos que sujetan y pegan tirones, dientes que hacen presa… Ahora usan zarpas igual de incorpóreas para abrir dolorosos tajos de los que sigue saliendo pus, como si fuera la corroboración de que está podrido por dentro. Quieren acabar con él. La presión en los ojos, que cierra angustiado, está haciendo palanca para arrancarlos. El frío, la noche, el dolor y la impotencia son todo uno.

Levanta los párpados, aunque todavía siente cierto aplastamiento, los globos oculares continúan en las cuencas. También nota cierta sensibilidad tras la oreja, toca la zona pero no hay ninguna herida, ni sangre o pus. Sobre la mesilla, los números fluorescentes del despertador marcan las 04:05. Se incorpora y enciende la lámpara dándose cuenta de que se ha quedado un instante traspuesto, siendo aprovechado por la pesadilla para cebarse sobre su mente. Aunque todavía percibe en el cuerpo los imaginarios bocados, desgarramientos, los golpes y el miedo.

Tlac, tlac

Se lanza hacia la ventana, aparta la cortina e intenta taladrar la oscuridad con los ojos, pero nada se mueve en el patio y el jardín, nada insinúa estar fuera de lugar. Recoge el edredón del suelo y lo deja en su lugar sobre la cama, en la que se sienta preocupado pues piensa que va siendo hora de una indagación más exhaustiva. Se viste y baja a la planta inferior, invadido por un indefinido regusto a predestinación. Advierte que el ruido ha cesado por el momento. Recuerda que debe ponerle el cordón a las gafas y coger los guantes y el móvil. Mientras abre la puerta para salir al exterior helado, espera que ese axioma de que el orden de los factores no altera el producto, por una vez, se equivoque.

Por Beatriz Troitiño

Vuestros comentarios

1. may 23, 13:48 | Lady Necrophage

Muchas gracias, Beatriz, por permitir a todas las almas oscuras disfrutar de este incesante, gélido y estremecedor relato que hará las delicias de cualquier buen amante de la mejor literatura de terror.

Un beso y esperamos la próxima!!!

2. may 25, 04:13 | JATCaSh

Me ha gustado mucho, desde las primeras pedraditas en la ventana estuve imaginandome criaturas voraces pero el giro argumental (en mi cabeza) me ha gustado todavia mas.

Muchas gracias.

3. may 29, 00:40 | Bob Rock

¡Por fin! Después de una ajetreada semana ya puedo sentarme a leerme tu relato con tranquilidad. Como se merece, porque tu prosa siempre es digna de parar el ajetreo y leerla detenidamente. ¿Sabes? cuando leí La Búsqueda pensé: “Beatriz es especial, su escritura está sintonizada con parte de mí”… te leí durante un viaje muy especial, y ahora leerte es otro viaje en sí mismo… me ha gustado mucho este cuento, un trago rápido para el camino… un abrazo!!!

4. may 29, 18:22 | Beatriz

Gracias, es magnífico leer vuestras palabras, chic@s, me animan a continuar trabajando, me insuflan la seguridad de que voy por buen camino :)
¿Sabes, Bob? Yo también tengo esa sensación de que tu escritura sintoniza con ciertas fibras mías y por eso aprecio tanto tu obra. Abrazos, camarada!

5. jun 24, 17:58 | effe

Genial!!. =)

6. feb 28, 00:42 | harold lima

saludos muy bueno espero nos permitas usarlo en nuestra revista tanabara donde tenemos un especial dedicado al gore si deseas publicitar nos envias tus anuncios y los publicaremos tanbien .

7. feb 28, 13:58 | Beatriz

Claro que tienes mi permiso Harold, muchas gracias :)

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