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El misterio de la casa abandonada

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MAGNUS NORDIN

 photo casa_izquierda_zpsmf497h9l.jpgMagnus Nordin (Täby, Suecia, 1963) escribe libros de terror, suspense, sorpresas, y leyendas pues siempre se ha sentido atraído por lo mitológico y lo sobrenatural. Para Nordin nada supera una buena historia de terror, pero también apunta que las mejores y más logradas son las que transcurren en ambientes normales y corrientes, que pueden reconocerse con facilidad. Mediante tramas de intrigas y sorpresas constantes, Magnus Nordin se convierte en un autor que fascina a jóvenes y adultos. En la actualidad vive con su familia en las afueras de Estocolmo y trabaja como profesor teniendo la valentía de editarse sus propias obras.

MEMORIAS DE CASTLE ROCK

En un lugar solitario, no muy lejos del pueblo, se esconde una vieja casa abandonada. No se sabe exactamente cuándo fue construida, pero seguro que tiene más de cien años. Los hechos terribles que en ella ocurrieron la han convertido en una casa maldita y poseída.

Si te acercas a la casa, se percibe un olor penetrante, nauseabundo, y un frío húmedo te va calando hasta los huesos. La casa entera parece advertir: «Será mejor que no sigas…» La historia de Pierre no se parece a ninguna otra historia de terror que haya contado jamás a sus amigos. Hay algo que la hace más real y auténtica, más espeluznante y terrorífica, pues los trágicos acontecimientos ocurrieron en un lugar muy cercano…

A pesar de lo que se cuenta, los cuatro amigos, Joel, Dagge, Pierre y Larsa, deciden entrar en la casa y pronto descubren que lo que parecía una simple travesura termina siendo una verdadera pesadilla, que recordarán el resto de sus vidas.

 photo casa_izquierda2_zpsymkhnozq.jpgSería demasiado ufano por mi parte afirmar que siempre fui un niño taciturno y solitario cuya extraña afición por lo escabroso me condujo al lado oscuro de la Fuerza. Resultaría tan bucólico como pretencioso, pero me temo que mi feliz infancia y traumática adolescencia (pues esta época de la vida siempre lo es) adolecen de ese carismático malditismo. Lamento confesar que mis años mozos fueron de lo más prosaico, salvo por un hecho que marcó para siempre mi personalidad; mi torpeza física innata para manejar cualquier objeto esférico que no fuera una canica o una pelota de ping – pong. Esto sí que me condicionó a cierto ostracismo que lejos de amargarme la existencia fomentó mí ya de por sí precoz afición a la lectura. Y pronto descubrí que en la misma existían infinitos mundos de posibilidades que aún hoy estoy explorando. En lo que a nuestro género compete comencé por su rama más accesible, eso que hoy llamamos “literatura juvenil”, cómo si la misma tuviera una edad concreta y un servidor no pudiera leerse todos los años “El Principito” como epítome de la narrativa lisérgica más desenfrenada. Pero como a todo hay que ponerle odiosas etiquetas para navegar según que rumbos, pues me decanté por novelas de misterio como la que nos ocupa.

Eran otros tiempos, claro está, donde la candidez constituía el pan de cada día con “sagas literarias” como “Los Hollister” de Ediciones Toray, “Elige Tu Propia Aventura” de SM y por supuesto las increíbles “Aventuras Sin Fin” de Timun Mas ambientadas en alternativos mundos roleros. Las opciones eran mucho más limitadas y había que buscarse la vida en bibliotecas ignotas y kioscos de saldo pero la semilla ya estaba plantada y terminó germinando en lecturas mucho más adultas y fructíferas como las que actualmente disfruto.

Y es curioso como mis primeros dubitativos pasos en el género se produjeron gracias a “novelas de iniciación” como la que actualmente nos ocupa. Entendiendo por tales, aquéllas en las que los personajes evolucionan de la niñez hasta la edad adulta narrando los pormenores de tan farragoso viaje cronológico. Aquí el narrador es Joel, un muchacho como cualquiera de nosotros, con sus anhelos, sus traumas y su cálido verano vacacional de por medio con el que dar rienda suelta a los mismos y lograr traspasar la frontera que separa la juventud de la madurez. El obstáculo que media entre las mismas lo representa la una vieja casa abandonada con fama de mansión encantada cuya visita nocturna es considerada por nuestros protagonistas como la necesaria prueba de fuego al respecto.

Pero será la presencia de un nuevo chico en el vecindario lo que desencadenará unos hechos truculentos que nuestra aguerrida pandilla deberá investigar si desea salir bien parada del fantasmagórico jardín que se han atrevido a profanar.

De este modo Magnus Nordin nos presenta una novela coral que recuerda por momentos a la magnífica “El Cuerpo” de Stephen King en todos sus elementos, tanto por sus protagonistas como por el escenario rural de la trama y ciertos elementos icónicos del genio de Maine, incluyendo esas imprescindibles bicicletas que dotan del necesario aire “goonie” al conjunto o los cuentos insertos como ejercicio metalingüístico. Nos encontramos ante una novela breve de “misterio e imaginación” mucho más edulcorada que las historias del autor de “IT” pero sin perder por ello un ápice de tensión narrativa hasta su resolución final. Y es que a diferencia de lo que suele ocurrir con los jóvenes personajes que pueblan los recovecos de Castle Rock, caracterizados por ser niños que paradójicamente se expresan como adultos, Nordin otorga a sus protagonistas un lenguaje acorde con su juventud. Ello resta riqueza narrativa a la trama, que pasa a ser más sencilla, que no simple, con unas descripciones mucho menos farragosas pero igual de didácticas. Es precisamente esa mayor accesibilidad la que convierte a esta pequeña obra en el vehículo perfecto con el que animar a los más peques de la casa a mirar al otro lado del espejo y comenzar a aficionarlos en ese hobby esencial que es la lectura. Pero lo cortés no quita lo valiente y esto no significa que los más creciditos del lugar no podamos disfrutar de unas buenas horas de suspense para “descansar” entre tanta obra barroca de gótica desencadenada y gore infecto. Porque en la buena literatura ocurre como en el cine, y a veces, menos es más.

Felices Pesadillas, Almas Oscuras.

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