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Maternidad
Ramira usaba el cuchillo para deshuesar, con la habilidad del cocinero que lleva toda su vida entre fogones. Pero ella no había estudiado en ninguna academia importante, ningún chef le había enseñado sus secretos; sencillamente sus últimos cuarenta años habían transcurrido en casa, en el hogar familiar, sirviendo y cuidando de su familia. La vieja señora poseía la experiencia y la destreza de la verdadera ama de casa; solo ella ordenaba con precisión quirúrgica a sus arrugadas manos, llenas de manchitas en el dorso, el corte preciso que separaba la jugosa carne del hueso.
Un gruñido de hambre, que llegó a través de los viejos pasillos empapelados, la empujó a mover más rápido su muñeca. Cortaba, rasgaba y troceaba los enormes pedazos de carne para la comida de su pobre hijo. Mientras el tuétano se quebraba bajo los secos golpes del hachuelo, Ramira frunció el ceño en un gesto de concentración y tristeza. Preparar los platos para su hijo siempre le traía los mismos recuerdos. La imagen espectral de su marido y de su hijo, en su memoria, despidiéndose de ella con la mano, antes de subir al coche para ir de excursión. Ese día todo cambió. Ella quería creer que no necesariamente a peor; al fin y al cabo, desde el accidente, su hijo estuvo siempre con ella. Cambiado y desvalido, atrapado eternamente en su cuarto. Aunque siempre es mejor que aplastarse el cráneo contra el cristal del parabrisas, dejando la mitad del cerebro esparcida por el salpicadero, tal y como Ernesto, su marido, hizo delante de los horrorizados ojos de su hijito Jaime. Ojala su marido no hubiera tenido que dejarlos, prefería que hubiese quedado tullido como Jaime pero que siguiese con ella. Tan vieja como se sentía, era frustrante no tener cerca la compañía del que fue el amor de su vida. Entrecerró los ojos con algo de rabia contenida. Se mordió el labio inferior con sus dientes postizos y proyectó con más fuerza su brazo, hacía la tabla de madera junto al fregadero.
“¡Tchak!” Otro pequeño trozo de hígado en un enorme plato hondo. “¡Tchak!” La pieza grande del lomo cortada de golpe para con un cuchillo más fino, pero igual de afilado, preparar las finas lonchas que Jaime comería con la desesperación del enfermo.
Caminaba despacio, la edad había castigado sus nervios y cuando llegaba el invierno la cadera le daba pinchadas recordándole el paso de los años. El largo y vetusto pasillo que daba a la habitación de su hijo, estaba algo sucio. El polvo se hacinaba en la cómoda y en aquella copa con rosas marchitas. Las arrancó del parque municipal en un impulso más propio de su juventud. Todavía no había comprendido el impulso que le llevó a coger rápidamente las rosas silvestres. Durante la vuelta a casa se estuvo llamando tonta continuamente; para pasar por el parque tenía que dar un rodeo y vivía en un mundo donde eso podía resultar muy peligroso para una anciana indefensa.
En el pasillo, envuelta en los gemidos de su hijo enfermo, que flotaban perezosos en el ambiente estático de la anticuada casa, se paró para contemplar el marco en la pared. Un marco que contenía una foto de ellos tres en el parque de donde recientemente arrancó unas flores. Parada como una estatua, sujetando con las dos manos la bandeja de la comida de su hijo, observaba nostálgica la imagen en la pared. Una foto de color sepia descolorida por su edad. Los gruñidos y el tintineo del metal la despertaron de su ensoñación. No en vano, tenía una obligación. Una buena madre nunca abandona a sus hijos. Desde que Ernesto se fue, ella ha sido la única que Jaime ha tenido para cuidarlo. ¡Y cuantos cuidados necesitaba! De hecho, su atrevido paseo por el parque de hace unos días, fue precedido por la visita semanal a su amiga Conchita. Esa contrahecha gitana, que de alguna forma misteriosa, conseguía carne y alimentos con bastante facilidad. Por suerte para Ramira, Conchita no le pedía mucho por las provisiones. Todavía se mantenía con el dinero que le pagó el seguro por la muerte de su marido y, gracias a ello, no había tenido que volver a la fábrica de conservas. Pero si tuviera que hacerlo por Jaime, por su pequeño, lo haría. Igual que cada semana iba a visitar a Conchita, jugándose la vida; si tuviera que entregarle al santo Padre su vida por la de su hijo, lo haría encantada. Cuando el nació supo que tenía un objetivo en la vida, nunca podría devolverle a Jaime todo el bien que su mera existencia hizo en ella.
“Como había cambiado todo desde el accidente”, suspiró mientras giraba la llave en el enorme candado que aseguraba el picaporte del cuarto de Jaime. Abrió la puerta con suavidad, para no sobresaltar a su querido muchacho. Tan enfermo como estaba, se ponía violento con los sobresaltos, tenía que ser cuidadosa; sobre todo llevándole la comida.
Lo primero que recibió a Ramira fue el hedor y el frío. Ella misma había apagado los radiadores del cuarto de Jaime, puesto que el calor no era nada bueno para el cuerpo podrido de su hijo. Una correa de cuero unida por una fuerte cadena de acero a un gancho en la pared, apresaba el cuello del cadáver viviente que agitó su cabeza en gestos espasmódicos de ansia y descontrol. Escamas de piel caduca cubrían al azar el colchón manchado de una sustancia pardusca, allí donde se agitaba Jaime con un hambre muy parecida al amor. Ramira pensó, arrugando la nariz, que esas escamas y los últimos vestigios del bonito cabello rubio de su pequeño, esparcido todo alrededor de la masa putrefacta que enseñaba hoscamente sus encías desprovistas de dientes, todos esos desechos se asemejaban demasiado a los pétalos de las rosas marchitas que intentaban adornar sin éxito el pasillo mal iluminado. Al menos el frío invernal alejó a las molestas moscas que confundidas intentaban depositar sus huevos en Jaime. Ellas también querían ser madres, pero la carne de Jaime no proporcionaba ningún calor a los huevos y Ramira acababa limpiando con desagrado las postulas purulentas llenas de blancuzcas capas de huevos de insecto. Los nublados ojos azul pálido del muerto, a estas alturas de su descomposición muy poco parecidos a los de su madre, se clavaron en la bandeja llena de carne humana. La cadena se tensó y Ramira sonrió, ojala Ernesto estuviese con ella para mirar orgullosos como su hijo rechazó la muerte y por pura fuerza de voluntad se negó a dejar sola a su pobre madre. El corazón de la anciana se llenaba de ternura y fuego cuando veía a su hijo deglutir los pequeños pedacitos de hígado con glotonería. Los sonidos de succión, líquidos y goteantes se convertían en los oídos de la orgullosa madre, en las palabras de amor que los labios agrietados y rezumantes de pus de Jaime no podían pronunciar. Una lagrima lenta y seca, muy seca, se unió en las baldosas de la habitación con los restos coagulados de anteriores comida, Jaime podía ser muy descuidado cuando tenía hambre. Sin embargo, y a pesar de esas lagrimas, Ramira alzó su rostro hacía la lámpara que pendía sobre la cabecera de la hedionda cama, junto a un crucifijo de madera. Orgullosa, enarbolaba una sonrisa que destilaba en cada pequeña arruga el amor de una madre. El amor que se mezclaba con los gañidos guturales de un perro devorando su comida…
AUTOR: Bob Rock | PUBLICADO: 02/05/10 | CATEGORIAS: Relatos de terror
Comentarios:
1. | may 4, 18:50 | Natalia | #
creo que hacía bastante que nada me revolvía el estómago de la manera en que este relato lo hizo! qué descripciones! Excelente! Me encantó!
2. | may 5, 00:32 | Elizabeth | #
Concuerdo con Natalia, y creo habertelo dicho alguna vez que tus descripciones son impecables.
Como madre no puedo dejar de comprender a la pobre vieja.
Genial como siempre.
3. | may 5, 04:34 | MaRiaNa | #
Conmovedora y desquiciante historia Bob!!! Como siempre me metí en la escena!!!!Eres grande Bob!!! =)
4. | may 5, 18:51 | Bob Rock | #
Gracias presentes y futuras mamas. El amor entre una madre y un hijo es lo más intenso que he podido observar en esta bola de barro.
Espero que el cuente lo refleje desde un prisma terrorífico.
Abrazos!!!
5. | may 6, 18:32 | lady necrophage | #
hay bob, supongo que algún día seré mama, aunque no por ahora, tengo demasiada poca paciencia y los bebés me parecen impertinentes en demasía…sin ir más lejoa hace unas pocas semanas (sé que es cruel) tuve que aguantar los gritos y llantos de un niño y maldije el hecho de no tener una grapadora a mano…Bueno, que la historia me ha parecido genial y las descripciones impolutas. Mis felicitaciones….
6. | may 7, 16:14 | Bob Rock | #
Lady Necrophage.- Gracias futura mamá ;)
Aunque los niños pueden ser odiosos a veces, son la única razón real de nuestra existencia en la tierra. (Ya sabes, alimentación, relación, reproducción)
Además, todos hemos sido niños ¿no?
Un saludo
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