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Un efecto óptico

Nueva York ya no es lo que era

efecto optico

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  • Título original: Un efecto óptico
  • Nacionalidad: España | Año: 2020
  • Director: Juan Cavestany
  • Guión: Juan Cavestany
  • Intérpretes: Carmen Machi, Pepón Nieto, Luis Bermejo, Lucía Juárez
  • Argumento: Una pareja viaja a Nueva York y lo encuentra raro, raro, raro.

DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 3/5

efecto optico

Quizás una de las cintas más extrañas de las proyectadas en el pasado Festival de San Sebastián, que también tendrá presencia en la próxima edición de Sitges, sea el último trabajo del director Juan Cavestany. Creador de series tan divertidas como “Vota Juan” o “Vergüenza” y las poliédricas historias cruzadas de “Dispongo de barcos” o “Gente en sitios” (ambas exhibidas en Sitges). Cavestany parece gozar moviéndose por géneros sin pudor, más interesado en captar a un público curioso que a una mayoría devoradora de títulos convencionales. Desde luego su nuevo film se ajusta más que nunca a esta norma; de hecho aún no sabría decir si lo que vimos era una comedia oscura o una cinta de terror... bien pensado, esa falta de definición fue la que finalmente me sedujo.

La película presenta a un matrimonio, Teresa y Alberto (Pepón Nieto y Carmen Machi), que después de años de esfuerzos deciden realizar su ansiado viaje a Nueva York. Desde su llegada les inquieta lo familiar que les resulta todo y lo poco sorprendente que es la gran manzana con respecto a la imagen que tenían en mente. Pronto comenzarán a cuestionarse esa realidad: ¿Están realmente en Estados Unidos o en Burgos? ¿Son ellos los que salen en sus selfies? ¿Están “Las Meninas” en el Metropolitan o es que han visitado el Museo del Prado? ¿Es su mundo real o están dentro de una película mal rodada? ¿Alguien corre peligro?…

Si la lectura de esta sinopsis os parece extraña, tengo que decir que no es nada comparado con la experiencia misma de su visionado. “Un efecto óptico” es todo un viaje surrealista, que a ratos recuerda a las cintas de Charlie Kaufman y en otros momentos a los sueños más febriles del cine de David Lynch. Para enfatizar la extrañeza, Cavestany también juega la baza de los bucles temporales que definitivamente catalogan el resultado en los campos del cine fantástico.

Las redes sociales y las fotos que colgamos en ellas parecen dividir la realidad. Nuestro mundo en Instagram se ha convertido en una sucesión de platos apetitosos, sonrisas con puestas de sol de fondo, lugares exóticos… publicamos cada película que vemos y hacemos ostentación de desde nuestro coche a nuestra última camiseta. Por debajo seguimos sufriendo las mismas miserias: después de una gran excursión nos siguen doliendo los pies, tras las cenas románticas volvemos a discutir por las mismas estupideces, y muchos de esos platos tan suculentos que publicamos en Facebook nos causan acidez y sus azucares se transforman en grasas, que borramos de nuestros culos y barrigas con el Photoshop, para seguir fingiendo una vida idílica. La pareja de esta película vive en una pesadilla fundamentada en esta doble realidad del nuevo siglo. Los turistas para Cavestany son actores en una mala película, y su guion es la guía de viajes. Como en toda película las tomas se repiten en busca de esa perfección que las haga atractivas al público.

Un argumento tan astracanado precisa de unos grandes actores para defenderlo. Tras su visionado no se me ocurre mejor pareja que la formada por Pepón y Machi. Primero porque la química entre ellos es sensacional. Segundo porque su solvencia cómica te predispone a una risa que contrasta con las situaciones en pantalla. Son un trampantojo interpretativo, como comer algo que pensabas salado y que resulta un dulce. Como cuando te das cuenta que han puesto alcohol a tu Coca Cola. Su presencia te hace creer que estás en una comedia. Los ves viendo la tele en su habitación del hotel y cuando cansados van a apagarla, fugazmente, en la película en blanco y negro que están mirando, aparece un amenazante payaso. La tele se apaga y ellos ponen cara de extrañeza, una cara que te hace plantearte: ¿quiere la actriz que me ría de algo tan inquietante?

Otro acierto es su banda sonora: Plagada de cargantes escalas de arpas como en los cuentos de hadas, nos transmite también la sensación de cuento mágico, nuevamente contradictorio con lo que vemos. Poco a poco esos instrumentos de sonidos brillantes se van tapando por cuerdas y ecos mucho más farragosos, que se terminan convirtiendo en algo cercano a las composiciones más inquietantes de Bernard herrmann.

Tal vez el mayor escollo de “Un efecto óptico” esté, como en el cine de Lynch, en lo abierto de su narración. El guion sólo tira en el tapete los bloques de su argumento y es el espectador el que, si quiere, ha de construir con ellos una historia a la que siempre le sobrará alguna pieza. Si como a mí, esas explicaciones te interesan menos que el viaje, posiblemente disfrutes de esta propuesta.

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