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Un suceso insolito

La verja metálica del mausoleo estaba destrozada. El candado que la cerraba estaba retorcido sobre el musgo que cubría el suelo del cementerio. Curiosamente este estaba sujeto a una chapa de acero reforzado que parecía que alguien hubiera reventado desde el interior del panteón familiar de los Ramírez. El grosor del metal era el suficiente para desanimar a cualquier ladrón ó gamberro, sin embargo por los trozos de brillantes en suelo parecía que hubiesen abierto la verja con extremada fuerza y violencia. Pero volveré un poco atrás en el tiempo para relatar como llegué hasta allí…

Yo me encontraba por los alrededores del cementerio por casualidad. Regresaba de cenar en casa de los padres de mi prometida. Tras las típicas y banales conversaciones mantenidas me encontraba un poco aburrido; así que decidí volver a casa antes de que el aromático coñac del señor S. me impidiese conducir. Elena se quedó a dormir en casa de sus padres. En parte agradecí ese hecho puesto que la abierta noche de agosto que me esperaba, invitaba a conducir a través del olor a pino. Así pues partí por el oscuro camino de la finca con el dulce sabor de los labios de Elena todavía en mis labios. Era uno de esos momentos que resultan estremecedores por su perfección. Por fortuna ó por desgracia la sensación solo duró un suspiro.

Mi coche rodeaba el muro de ladrillo negro del camposanto cuando escuché un fuerte grito. Debida a la distancia y el rugido del motor de mi Seat 1400, el grito me llegó muy distorsionado aunque a la vez perfectamente audible. Frené a un lado de la vieja carretera y pensé durante unos segundos. La especie de aullido que había escuchado podía ser de alguien en peligro pero, como ya he comentado, el sonido fue extraño. ¿Era un hombre? ¿Una mujer? Yo llevaba más de dos años viviendo en Araico y me había labrado una buena reputación. Consideré que mi deber era socorrer a la persona que hubiese emitido semejante chillido. Si fuese una broma de los jóvenes locales se llevarían un buen golpe de mis puños curtidos en las trincheras rusas. La noche estaba clara y el cielo despejado, la luna llena iluminaba las lapidas de gente desconocida para mi con una fosforescencia siniestra. Era un cementerio tan viejo como el pueblo, tal vez más de cien años; no es de extrañar que oliera ligeramente a flores podridas en esa noche de verano. Mientras iba recorriendo hilera tras hilera de tumbas no escuche nada más. Solo los típicos crujidos y chirridos causados por el roce de los cipreses bajo la ligera brisa nocturna. Empecé a elucubrar sobre mi vida en el pueblo. Lo duro que había sido establecerse partiendo de cero, solo con mi experiencia como militar. Cuando la guerra acaba la mayoría de los soldados que no tenían un oficio previo, como era mi caso, acaban convertidos en escoria humana. Por el alcohol, por el hambre ó simplemente por los horrendos recuerdos de fuego y sangre del campo de batalla. Las lapidas que iba sobrepasando me trajeron imágenes de compañeros agonizando tras el estallido de una granada. Escalofríos aun con el calor, no era lo mejor recordar tan macabros momentos en el camposanto.
Intente centrarme en mis pasos para encontrar el origen del chillido pero el ulular de un búho me recordó el momento más horrible que viví en la guerra. Es curioso el poco control que tenemos sobre nuestro propio cerebro. Sacudí la cabeza molesto e intenté olvidar aquel árbol a orillas del Volchov donde esos cuervos, tan grandes y agresivos que parecían irreales, picoteaban a los moribundos rematándolos mientras emitían graznidos parecidos a palabras: muerte, carne, hambre…

Con estos pensamientos abisales fue como finalmente llegué al panteón Ramírez. Una de las familias más ricas que había vivido en Araico, aunque hacía varios lustros que el último de los miembros de la familia había muerto. La verdad que la gente del pueblo hablaba con respeto de ellos pero sin entrar en muchos detalles como si alguna especie de envidia los corroyese al citar el apellido. De hecho, lo más escabroso que yo había oído, fueron unas veladas alusiones de la mujer del boticario sobre cierto escándalo sexual relacionado con una mujer italiana y el patriarca Ramírez. Una dama de alta alcurnia por lo visto. Comentarios que considere envidiosos y propios de un pueblo pequeño donde todo lo que no sea trabajar y alabar al señor esta mal visto.

Junto al candado había una piedra lo suficientemente grande como para usarla en defensa propia si lo necesitase. Aunque, sinceramente, había derribado tantos hombres con mis nudillos que usar la piedra era lo último que deseaba. Decidí cuando menos asomar la cabeza por la oscura obertura a ver si me encontraba a los dos avergonzados jóvenes que seguramente estaban haciendo el amor. No era capaz de imaginar otra cosa en esta tranquila noche de verano en la que la tibieza de la vegetación preparaba el ambiente perfecto para la sexualidad adolescente. Lo cual me recordó que Elena no dormiría conmigo esta noche y solté una maldición en voz baja. ¡Sus caderas me volvían loco! Empuje la verja con las manos mientras esbozaba una sonrisa.

Lo poco que me permitieron ver los rayos de la luna llena, que llegaban al interior, me quitó el buen humor de golpe. Una masa de carne machacada, desgarrada y amorfa se convulsionaba silenciosamente junto a pedazos de mármol roto. No era un ser humano, tampoco un cadáver. Era solo un conjunto de tendones, músculos y grasa girando caóticamente sobre si misma. Su tamaño sería el de un niño pequeño y sin embargo no tenía ningún rasgo que me permitiese compararlo con algo que conociese. Respiré una vez, dos; paralizado por la sorpresa pronto pase a la parálisis por el horror cuando dicha masa comenzó a dar saltitos hacia mi exudando un olor fuerte y acre a excremento, metal y algo animal. Dicho movimiento de la masa amorfa disparó el resorte de supervivencia en mí interior y salí corriendo con todas mis ganas hacia la puerta del cementerio y mi coche. Contemplé decenas de cadáveres en Vitebsk, pero nunca algo tan inhumano y enajenador. En mi loca carrera tropecé un par de veces debido a la escasa iluminación que guiaba mis pasos.

La primera caí de golpe sobre las flores acumuladas en una gran tumba que presidia un ángel de piedra carcomido por el tiempo. Alcé mi cara manchada de tierra y hojas muertas hacia el rostro de la estatua. Durante un latido de mi frenético corazón vi una excrecencia de color indefinido agitarse a la altura de los ojos del ángel de piedra. Era como si los tentáculos cefálicos de un caracol se dirigiesen hacia mi. A la par que algo goteo de esa especie de filamentos sobre el mármol de la losa oí de nuevo el grito que me empujó a entrar en el cementerio. Sonó detrás a mi espalda, a una distancia que me pareció muy poca. Tenía que orientarme y buscar la salida. El grito, que ahora me di cuenta, era demasiado agudo para ser de este mundo no tapo el gotear húmedo que impactaba una y otra vez sobre la tumba que me presidia mientras yo a cuatro patas había perdido la noción del tiempo. Saqué fuerzas de flaqueza y reincorporándome salí disparado hacía donde pude. De reojo vi un nombre en la lapida: Sofía Giovanni. Mi carrera no fue menos loca que la anterior. Aunque esta vez abominables cábalas se empezaban a agolpar en mi mente.

La segunda caí de plano sobre un agujero en la tierra. Al parecer los sepultureros habían pospuesto el entierro del ataúd a la mañana siguiente. Maldije mi suerte desde el fondo de un hoyo de unos tres metros de profundidad. La tierra húmeda y las raíces habían amortiguado mi caída. Respiré lo más serenamente que pude intentando controlar mis pensamientos y los temblores de miedo que me sacudían. Ciertamente la sensación de la camisa mojada pegándose a mi espalda era muy desagradable. Se intuía el rumor del agua discurriendo por debajo de la fosa, quizá solo una fina corriente de un líquido negro. Un líquido formado de las emanaciones de los cuerpos putrefactos que descansaban en sus tumbas. Desde luego no estaba muy calmado.

Sabía que con un poco de esfuerzo podría salir y llegar al coche. La comisaria quedaba a cinco minutos de camino. Entonces un sonido sibilino me alertó y me reincorporé lo más silenciosamente que pude. Un rostro perruno salido de mi más profunda pesadilla asomó su hocico por el hueco de la futura tumba. La luz de luna dibujó fantasmagóricamente el abominable rostro. Uno de sus ojos estaba cerrado por una costra de pus seco ó algo peor. De sus fauces colgaban babas negruzcas que cayeron sobre mi ropa. Pero mi terror se disparó cuando me fije que se sujetaba al borde de la sepultura fuertemente con unas garras que casi parecían manos humanas. Unas retorcidas pezuñas humanas de largas uñas afiladas y sucias. Cuando el único ojillo brillante de aquel ser se clavó en los míos con una inteligencia nada animal perdí la consciencia. Antes de abandonarme a la liberación del sueño llegaron hasta mis oídos risitas huecas. Como si una manada de hienas se aproximase al hoyo donde yacía mi cuerpo. Bendita oscuridad. Al día siguiente, el guardián del cementerio me encontró tal y como me había desmayado. Me ayudó a salir del hoyo y me miraba con incredulidad cuando le conté toda la historia. La botella vacía de whiskey que había en el fondo de la tumba junto a la depresión en la tierra donde había estado tumbado, me restaba credibilidad. Yo le dije que estaba sereno, que sería de algún borracho que dormía en el cementerio pero pronto desistí. El hombre no me conocía y se contentaba con mirarme sardónicamente con su único ojo bueno. A la luz del sol de agosto resultaba más fácil pensar que todo fue un mal sueño. Nunca he sido dado a dejarme llevar por mi imaginación. Incluso mis amistades me han tenido siempre como un hombre “demasiado” pragmático. ¿Algo de la cena que me sentó mal? ¿Engaños de una vista cansada en un cementerio de noche? Tampoco parecía tan descabellado. Me sacudí la tierra del pantalón y comprobé que nada “extraño” manchaba la pechera de la camisa. Despidiéndome raudo y algo ásperamente del guardián observé el anillo que lucia el dedo corazón de su mano izquierda. Una gran G de oro que no me tranquilizó lo más mínimo. Hice caso de mis instintos más primarios y avancé hacía mi Seat sabiendo que algo había cambiado para siempre…

Así pues nadie entendió porque abandoné tanto el pueblo como la vida y la reputación tan buena que me había ganado. Sobre todo partiendo de una forma tan rápida y misteriosa. No dejé ninguna nota, ninguna despedida. Han pasado bastantes años y continúo sin saber de Elena. No pude soportar el nuevo aspecto que las calles de Araico habían tomado para mí. Todo me parecía retorcido; incluso sentía los recuerdos de la guerra, que tanto me costaron superar, más siniestros y cercanos que nunca. Cualquier explicación que diese solo hubiera provocado la petición de más explicaciones. Con mi magro equipaje me alejaba del pueblo sin conocer mi futuro, pero jurándome que nunca volvería a meter las narices donde no me llamasen. Ojala los hombres fuesen lo suficientemente inteligentes para hacer caso de las promesas que se hacen a uno mismo. .. Pero no fue el único incidente que tuve de este tipo. En el siguiente pueblo al que me mudé tuve un encontronazo bastante desagradable con el encargado de la funeraria local. Si contase lo que aconteció una noche de otoño entre el, su bella hija rubia y yo mismo, no lo creería nadie. La verdad que aquello si que provocó un suceso realmente extraño...

Por Bob Rock

AUTOR: Joan Lafulla  |  PUBLICADO: 22/10/09  |  CATEGORIAS:

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Comentarios:

1. | oct 22, 15:04 | Bob Rock | #

Hola Almas Oscuras.

Vaya Joan, me voy sonrojar!! Ja ja ja!! Ya te tocará a ti y te prepararé un buen refrán mañico!!

Apunte cultural: La imagen se trata de una escultura del caricaturista Honoré Daumier. Un artista francés del siglo XIX, sobre todo famoso por sus litografías satíricas; aunque se defendía tanto en la pintura como en la escultura.

Saludos y gracias a todo el que se pase por aquí a echar un vistazo.

2. | oct 23, 18:40 | MaRiAnA | #

Estupendo relato¡¡ tengo problemas para elegir mi favorito..
Que puedo decir que no he dicho ya Bob¡¡
si ya sabes que soy tu fan..
Un placer leerte..como siempre..
=)

3. | oct 24, 00:20 | Elizabeth | #

Tus relatos siempre me resultan atrapantes y sorprendentes.
excelente narrativa, como siempre.
no te detengas!

saludos

4. | oct 25, 08:17 | Missterror | #

se ajusta perfectamente a la mejor tradición clásica de literatura de terror.
He tardado en leerlo porque quería tener el tiempo suficente para disfrutarlo.
Gran Bob Rock,te felicito!

saludos

5. | oct 26, 09:56 | Bob Rock | #

Gracias chicas!!

Sois un encanto!!

Un saludo!!

6. | oct 28, 02:34 | rafael | #

me encantan todos tu relatos y los cosas de esta pagina en general, me gustaría saber la continuación me dejo como enterado de curiosidad

7. | nov 11, 10:11 | Bob Rock | #

Hola Almas Oscuras.

Rafael.- El final del relato es intencionado y su continuación no la veo factible. Cuando lo escribí queria dejarlo abierto para que quien quisiera se hiciese su propia “película”. Yo me imagino una continuación tipo Phantasma
De hecho si no has visto ninguna de Phantasma te recomiendo su visionado y podría ser la continuación a este relato XD

Un saludo

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