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The Birthday

Jerry Lewis meets Cthulhu

The Birthday

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 3/5

En una entrevista, Eugenio Mira, el director de The Birthday, ostenta sin reparos ni disimulos su condición de “autor” en el sentido más romántico del término, esto es, aquel artesano comprometido con su arte, hosco para con el gran público, cuyos intereses no transcienden más allá de sus propias filias y fobias. Sus palabras destilan una cierta autocomplacencia cuando nos presenta su primer largo como un claro caso de película maldita, con la satisfacción morbosa de quien, en una reunión familiar, exhibe con velado orgullo una herida profunda o una cicatriz bordada de costuras, a sabiendas de la repulsa que provocará en la gran mayoría y del interés morboso que suscitará entre los desviados.

Ejercicio de evocación – y de invocación – nostálgica, aglutinación de referencias, The Birthday procura no dejar hilo sin puntal. Es una obra que se vale de las “múltiples lecturas” como aval de un cine intelectualizado, perfeccionista y un tanto hermético. A menudo estas propuestas suelen acabar en gran fiasco (verbigracia: Intruders), en una machada del listillo de la clase. The Birthday no fracasa por un estrecho margen en este sentido. Obtiene el indulto gracias un cierto carisma ochentero, una brillante realización técnica y un punto de partida ciertamente original. No obstante, convienen no olvidar que un buen relato no se construye a base de guiños, de filigranas técnicas made in Hitchcock (¿La soga?), de homenajes y del esparcimiento de pistas a lo whodunnit. Una película memorable empieza con una cosa mucho más sencilla: una historia de los pies a la cabeza, sin puntos flacos ni puntas romas; el resto no son más que añadidos que por sí solos no dan para alcanzar la excelencia; y es precisamente ahí donde The Birthday cojea.

Hay que reconocerle a la cinta el mérito de apartarse deliberadamente del Spanish Horror, esa denominación de origen impuesta fuera y aceptada sin pudor de puertas para adentro. Afortunadamente, The Birthday se revela como un producto cien por cien outsider, alejado de los fantasmas del viejo caserón, de los orfanatos, faunos, bosques animados, fábulas, guerracivilismos y la omnipresente Belén Rueda. De haber gozado la propuesta de un mayor presupuesto y de un elenco de renombre, probablemente no habría visto la luz, o lo habría hecho bajo otra apariencia más comercial, pero también irreconocible y lamentable. En lugar de eso, el debut de Eugenio Mira es una obra valiente, personalísima, fresca – con un cierto tufillo a rancio – ; un micro relato fantástico, moderno, primorosamente elaborado, en tiempos donde vemos triunfar (sic) en pantalla grande los tochos decimonónicos, los epics de andar por casa y los autoimpuestos metrajes-de-más-de-ciento-veinte-minutos.

Tal vez el gran problema con The Birthday sea que no se termina de saber a ciencia cierta qué empezamos a ver ni tampoco qué se nos ha contado al final. El desenlace, por ponerle un nombre, contribuye a alimentar esa primera impresión de confusión, de historia que no conduce a ningún sitio. El relato sufre el desgaste de todas las expectativas que se le vienen encima, como caídas del cielo, inherentes a las etiquetas de género (otro tanto, por motivos opuestos, ocurre con El hombre de las sombras). El problema es que los autores parecen ser demasiado conscientes de ello y juegan al despiste desde el inicio: esto es una comedia de situación… Con un puñado de personajes estrafalarios… Situaciones inverosímiles… Personajes de comedia-surrealista-sofisticada-cool… Tenemos a Corey Feldman impostado de un improbable Jerry Lewis – cuya relación con el personaje de Erica Prior es del todo inverosímil, incluso en el contexto de una comedia – … Un hotel enmoquetado á lo Stanley Kubrick… Con diálogos interminables y absurdos… El resultado: coitus interruptus total.

Lastra a The Birthday una voluntad de estilo manifiesta desde el primerísimo plano; tan evidente resulta, que a la larga irrita y agota. No es muy complicado acabar odiando, poco o mucho, a ese director que hace esfuerzos titánicos por agradar(se), valiéndose de una pericia exhibicionista y calculada al detalle. Los encuadres, la estudiada elección y composición de los planos, los fluidos movimientos de una cámara que conoce la serenidad pero nunca el reposo… Todo en busca de una precisión que termina ahogándose en su propia pedantería. El ejercicio resta garra y frescura, y esa contención en la dirección, en el guión, y en el planteamiento de las situaciones, puede frustrar al más pintado. A menudo asistimos a escenas que se apoyan en el diálogo a pelo, enmarcadas en espacios reducidos, todo al aire y como desnudo. El problema es que el conjunto de los diálogos, las interpretaciones y las situaciones no resulta suficientemente seductor ni decisivo como para soportar el peso de la narración; como puente tendido hacia el desenlace, se hace largo.

Loable es la intención de construir sin prisas, de cocer a fuego lento toda la trama a la caza de ese golpe de efecto final. El desarrollo se apoya en tres momentos que marcan algo parecido a sendos puntos de inflexión. El primero lo tenemos allá por el primer tercio, cuando se produce el apagón. El segundo un poco más tarde, en la escena que transcurre en las calderas, en la que se desvela, al fin, la trama oculta; por último el tramo final, en especial los quince minutos que cierran la historia. En todo momento se aprecia el cuidado en los detalles, en las pistas, que se dejan caer como migajas de sentido para dotar de coherencia y una falsa honestidad a la conclusión; pero sucede que a menudo el tono, que no termina (puede que tampoco lo pretenda) de sacudirse esa pátina de comedia descafeinada, nos trae el aroma de los sketches de El Tricicle; algo no termina de cuajar en The birthday.

Mención aparte merece el final, que en opinión de este mono con olivetti justifica de por sí el visionado de la cinta, aunque se necesiten agallas para cruzar tan escarpada meta. He de aclarar, para aquellos que no hayan visto el largo de Mira, que buena parte de las incógnitas quedan in albis, y que se trata de un final corta rollos en toda regla. Por un lado, parece confirmar esa trama apocalíptica/lovecraftiana que hasta el momento parecía inverosímil; por otro, genera nuevas preguntas huérfanas de respuestas. Realmente importa poco; al llegar al clímax queda claro que, desde el principio, se trataba de alcanzar ese momento, el Momento, y que todos los adornos que se han ido colgando, sumando, enganchando hasta entonces estaban de más, porque todo lo superfluo se desprende de golpe cuando las luces se apagan. Si bien The birthday tiene un punto de película extraña, marciana, bizarra, no alcanza ese grado de mezcolanza lo suficientemente conseguido como para merecer un hueco en el recuerdo. Es la escena final, sin embargo, la que se gana la ovación a pulso. Me parece de gran virtuosismo lo que Eugenio Mira consigue en términos de tensión dramática y de recreación visual con apenas cuatro elementos, esto es: luces que parpadean, una batería de ruidos sordos y estridentes, un sinnúmero de acciones atropelladas en un salón atestado de gente presa del pánico, y luego… Esa extraña representación final, recreación totémica de la monstruosidad – y si antes mencionábamos a Tricicle, ahora le toca a La Fura – , del mal, erigida sobre una pila de cuerpos perfectamente coreografiados (coreografía y puesta en escena son las claves en The birthday), acentuada por la iluminación (o su ausencia) y el sonido (o el silencio). Difícilmente se encuentra parangón en el cine de terror moderno con esa escena, tan fascinante como hipnótica; será la recompensa que anide en el recuerdo de quienes la vean.

Al final, podemos caer en la tentación de buscar una explicación a lo que hemos visto, pero es probable que no merezca la pena y que, desde el principio, no fuera intención de los autores construir un relato compacto, de esquinas limadas, libre de imperfecciones y perfectamente cerrado, sino más bien conducirnos de la mano, entre bromas y sombras, a un holocausto de proporciones apocalípticas y, una vez allí, detener el tiempo, prolongar en la eternidad el Momento, del mismo modo que en el aire queda suspendida ese hacha que ya no veremos caer.

Lo mejor: Sin duda, el final.

Lo peor: Que no te guste Corey Feldman.


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