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Vanishing on 7th Street

La vieja oscuridad

Vanishing on 7th Street

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Una apacible noche cualquiera en Detroit; sus habitantes se dejan llevar por el deseo de ocio: el calor de las salas de cine, el amargo whiskey ambientado por la gramola de un bar, el perfumado humo de las velas aromáticas flotando en una habitación acondicionada para horas y horas de sexo salvaje…
Hasta que de pronto, un repentino apagón generalizado sume la ciudad en tinieblas. La oscuridad mantenida a raya mediante la magia blanca, o luces eléctricas si preferís, se hace reina de las calles y así comienza el fin de la humanidad
Nuestros protagonistas, una quiropráctica, un reportero infiel, un encargado del proyector de una sala de cine y un niño, se despiertan rodeados de negrura para descubrir aterrorizados como todo aquel que se vea desprovisto de luz desaparece, literalmente, no dejando más que sus ropas detrás. Las sombras son amenazantes, la civilización parece haber sido desmantelada en tan solo unas horas, la tecnología casi inservible; incluso el sol, agotado, ve su ciclo alterado ofreciendo escasas horas de luz al día.
¿Por qué está pasando todo esto? ¿Por qué la oscuridad ha decidido no llevárselos a ellos todavía? Las preguntas bullen en las cabezas de los escasos supervivientes, mientras desconcertados buscan un rincón iluminado que los mantenga a salvo de esos susurros emanando de las tenebrosas calles. Sin aparente posibilidad de salvación, reflexionan en pequeños grupos, al abrigo de alguna pobre luz, sobre el lugar que ocupan en el mundo y si la aparente oportunidad de sobrevivir en esta nueva era lóbrega es una bendición o una maldición…

Vanisihing on 7th Street, de mejor o peor forma, es una película existencialista. Y para acercarse a esta afirmación lo primero es conocer la recomendable obra cinematográfica de Brand Anderson, su director.

Psicológico, ésta es la primera palabra que se me ocurre a la hora de diseccionar el trabajo de este director empeñado en alejarse de los convencionalismos del cine de terror físico. Se hace patente dicho adjetivo cuando recordamos la opera prima del director norteamericano, os hablo de Session 9 (2001); un debut que recibió muy buenas críticas y merecidas, además. Se trata de un trabajo muy personal, como toda su filmografía, el cuál explora la psique de varios lampistas inmersos en la remodelación de un sanatorio mental abandonado. Un título destacable gracias a los actores involucrados y al buen hacer en cuanto a la transformación/degradación de la psique de todos los personajes, a través de las metafóricas sesiones grabadas de una paciente gravemente enferma.
Pero no abandonamos el adjetivo que encabezaba estos párrafos. La siguiente cinta de Anderson es probablemente la mejor de su carrera: El maquinista (2004), otra inmersión en el trastorno de personalidad desarrollada milimétricamente, con gratísimos guiños hacia el espectador, obra y gracia de su protagonista, Christian Bale, un hombre corriente que se hunde en una espiral de fantasía que solo intenta enmarañar la verdad de que todos albergamos un monstruo demente en nuestro interior.
Con Transsiberian (2008) seguimos en la misma vena psicológica pero desde una perspectiva menos médica y más convencional, aunque no menos interesante. Se trata de un thriller de misterios y crímenes sito en el famoso tren Transiberiano, una buena muestra de cómo mantener la tensión en la vena del mejor Hitchcock.

Todas estas cintas se sustentan sobre unos guiones basados íntegramente en los personajes, el desarrollo de los mismos; la exploración de sus necesidades y anhelos es lo que genera el impulso narrativo y desarrolla el argumento. Esta voluntad de realizar un cine que conmueva y remueva las entrañas, elementos omnipresentes en la obra de Anderson, se complementa a la perfección con el plantel de actores que ha participiado en sus obras: David Caruso, Eduardo Noriega, Ben Kingsley, Woody Harrelson, Jennifer Jason Leigh, Aitana Sánchez-Gijón, Christian Bale… Abrumador, ¿verdad?

Si, hasta el momento, la carrera de Anderson está fuertemente anclada en el suspense psicológico, ¿qué papel juega el existencialismo de Vanishing on 7th Street dentro de la idiosincrasia del director? La respuesta es clara y simple: casa perfectamente puesto que la corriente filosófica del existencialismo esta enraizada en el desarrollo infantil de la personalidad y la lucha contra la homogenización que la misma naturaleza nos impone. Psicología básica, vamos.
Dentro de estos parámetros, un título que muestra a la desgarradora oscuridad como un vacío donde los seres humanos dejan de existir, parece más que revelador al respecto. De hecho, una forma de enfrentarse nuestros protagonistas a la sombra conquistadora es repetir para si mismos su nombre como constatación de su propia esencia. También ciertas alusiones religiosas, que hay que tomarse con precaución, reflejan por donde apunta el guión de Anthony Jaswinski; siendo la primera vez que este director y guionista trabajan juntos.

Sin embargo, ¿qué hay debajo de todas estas reflexiones intelectuales a las que nos invita Vanishing? Pues poquito más, lo que se convierte en el mayor fallo de la película.
Se nos propone un interesante escenario, un fin para la civilización acorde con los tiempos de ego desatado que vivimos; incluso contamos con una amenaza, la falta de luz, original en cierta medida. El desarrollo técnico es excelente, los efectos visuales están integrados comedidamente con la propia trama (no asistimos a una fiesta de fuegos artificiales pero las sombras son omnipresentes y verdaderamente siniestras) y el entorno generado mediante el adecuado sonido ambiental y el control de luces de una fotografía que navega entre los sueños románticos y la pesadilla sobrenatural; magnifica la secuencia donde el niño recuerda como era el bar cuando todo era “normal”.
Por su parte, los actores están comprometidos con su papel, excelente ese John Leguizamoque creía perdido desde Wong Foo salvo por excepciones como La Tierra de los Muertos Vivientes; hasta Hayden Christensen lo hace bastante bien dentro de los límites que ofrecen sus líneas. Porque, y fijaros bien que lastima, son precisamente esos límites los que convierten a Vanishing en una burbuja vacía a nivel puramente argumental y en la peor película de su director.

Los diálogos imposibilitan la credibilidad y carisma de los personajes; incluso se hace patente una falta clamorosa de los mismos, como si ante la imposibilidad de desarrollar la historia de los personajes, el guionista hubiese decidido evitarse problemas enmudeciendo voluntariamente los pensamientos de sus creaciones. Desgraciadamente, sobre todo habida cuenta de que estamos ante un film con tan solo cuatro actores en dos terceras partes del metraje, no asistimos a ninguna evolución ni llegamos a entender que les pasa por la cabeza a nuestros cuatro amigos; pero lo realmente triste es que ni siquiera se invite al espectador a imaginar porque está ocurriendo lo que ocurre, o, en caso de que la aparición de unas sombras abducentes no obedezca a razón alguna (algo que en lo particular prefiero), que al menos las personas sometidas a la amenaza reflexionen más profundamente sobre lo humano y lo divino; puesto que sus cavilaciones obedecen más a la necesidad de decir algo para no tener una película de cuarenta y cinco minutos que a un trasfondo emocional.
No hay tensión, no hay garra; todo es bidimensional y aunque partamos de una premisa muy buena y unos quince minutos iniciales potentes, se va desinflando la cinta al no presentar más que un batiburrillo de ideas existencialistas de poco peso, eso sí, dentro un marco apocalíptico nada desdeñable y una ambientación, ¿por qué no decirlo?, nostálgica.

Sin lugar a dudas, esta colaboración entre Brad Anderson y, el poco experimentado, Anthony Jaswinski se queda en un chasco dado lo poco resolutivo del guión, a pesar de la maquillada nota debida principalmente a las buenas ideas sueltas que andan desperdigadas por el film. Tal vez Anderson debería volver a redactar sus películas, algo que tan buen resultado le dio en Session 9.

Anecdóticamente comentaré que, respecto a la originalidad de la idea base de una oscuridad que absorbe la personalidad humana, probablemente el libreto se preparó con un cuento de terror en mente: “La vieja oscuridad” de Pamela Sargent, 1983, publicado en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Es castellano lo podréis encontrar en el libro “Horror 5”, editado en 1989 por Martinez Roca; y si le echáis un vistazo podréis comprobar como ciertas ideas coinciden en un porcentaje sospechoso; aunque sinceramente Vanishing on 7th Street termina por otros derroteros menos satisfactorios.

En definitiva, una película menor que agradará a aquellos a los que no les importé pensar, dejarse llevar por ambientes o sensaciones, y disfrutar de la reflexión antes que de la acción (de la cuál también hay pero sin aportar valor añadido alguno). Si esperas respuestas claras y profundas, una cinta de terror desarrollada a base de sustos o escenas impactantes… pues os aburriréis bastante, incluso sintiéndome, como público objetivo, más cerca del primero grupo que del segundo, solté más de un bostezo en una parte central lenta en demasía.
Solo os invito a que la veías y opinéis por vosotros mismos, aunque procurad no ser muy severos porque las películas que intentan ser distintas, con corazón y humildad, bien merecen nuestro respeto aunque esta vez haya estado demasiado bajo la influencia de un cine apocalíptico más comercial…

¿Dónde conseguirla?
Gore Nation: “Vanishing on 7th Street” en VOSE.

Lo mejor: La interesante idea original, la atmósfera siniestra de un mundo envuelto en sombras vivas y el esfuerzo de los actores

Lo peor: El escaso carisma de los personajes: se tenía que haber profundizado más en su personalidad, la historia podría dar más de sí


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