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Especial Día de la Madre

¡Va por vosotras, mamás!

Estamos a las puertas del Día de la Madre: la excusa perfecta para compensar todo lo que no hemos dicho (ni hecho) durante el año. Desde Almas Oscuras, queremos rendir homenaje a las madres que, desde el otro lado de la pantalla, han hecho todo lo posible (o lo imposible) por cuidarnos, aunque no siempre hayan sabido hacerlo bien.

Hay dos frases que el cine de terror ha convertido en amenazas universales: “Voy a volver” y “Hazle caso a tu madre”.

Porque si algo nos ha enseñado el horror durante décadas es que las madres jamás descansan. Ni muertas. Ni poseídas. Ni decapitadas. Ni aunque un grupo de guionistas italianos les haya arrancado literalmente la cabeza para convertirla en un cesto de gusanos infernales. El cine de terror ama a las madres al igual que las odia profundamente. Las convierte en mártires, monstruos, incubadoras demoníacas, guardianas psicóticas, entidades vengativas o trituradoras emocionales capaces de generar más trauma que cualquier asesino con máscara de látex. Porque mientras Freddy Krueger sólo aparece en sueños, mamá puede joderte la vida en la vida real y en horario ininterrumpido. Y eso sí que da miedito.

La madre como monstruo: te quiere, pero te destruirá igual.

El terror entendió muy pronto que no había criatura más inquietante que una madre incapaz de soltar a su hijo. Ahí tenemos a la santa patrona de la neurosis homicida: Mrs. Bates en Psycho. Invisible durante media película y omnipresente para siempre. Hitchcock no necesitó mostrarla demasiado, bastó aquella voz cortante, venenosa, castradora, para instaurar una de las figuras maternas más enfermizas de la historia del cine. Norman Bates no mata solo, mata con mamá agarrada a la nuca como una tenia.

Y luego llegó el morboso exploitation a recordarnos que las madres sobreprotectoras pueden ser todavía peores si tienen poderes telequinéticos o acceso a cuchillos de cocina industriales.

La Margaret White de Carrie sigue siendo probablemente el retrato más aterrador del fanatismo religioso maternal jamás filmado. Piper Laurie, completamente desatada, parecía una mezcla imposible entre monja inquisitorial, espectro puritano y señora del visillo poseída por el Antiguo Testamento. Aquello no era educación estricta: era terrorismo doméstico con olor a alcanfor y sangre menstrual.

El terror sabe algo fundamental: pocas cosas son más destructivas que una madre convencida de actuar “por tu bien”.

El cuerpo de la madre como campo de batalla.

Luego está el otro gran tema: el cuerpo materno como epicentro del horror, el embarazo convertido en territorio hostil. La maternidad como mutación biológica, pérdida de identidad o directamente posesión demoníaca con fluidos de regalo.

Imposible no hablar en este apartado de una de mis películas de terror favoritas de todos los tiempos: Rosemary’s Baby, que convierte el embarazo en una conspiración satánica de vecinos entrometidos y maridos vendidos al diablo. Lo brillante de Polanski era entender que el verdadero horror no era el bebé: era no tener control sobre tu propio cuerpo. Que todos decidieran por ti mientras te sonríen con educación burguesa. 

Décadas después, Inside (À l’intérieur) agarró ese mismo miedo y lo reventó contra una pared francesa llena de tijeras, sangre arterial y brutalidad infinita. Una de las películas más salvajes jamás rodadas sobre el instinto maternal. Aquí no había metáforas elegantes, sólo una mujer intentando abrir el vientre de otra como quien desembala un regalo navideño. Francia, siempre tan fina.

Y luego llegó The Babadook para hacer algo que muy pocas películas (de terror o no) se habían atrevido a contar: admitir que la maternidad puede ser psicológicamente devastadora mostrarla sin filtros. Sin anuncios de cereales. Sin música de piano. Sólo agotamiento mental, culpa y resentimiento desde lo cotidiano. Jennifer Kent entendió algo fundamental: el verdadero horror no era el monstruo del sombrero y la voz rasposa del cuento, el verdadero horror era Amelia. O mejor dicho: lo que Amelia está reprimiendo. Pura supervivencia de madre.

Madres coraje. O casi.

Pero el terror también ha parido madres heroicas. Mujeres que atraviesan el infierno por sus hijos aunque tengan que reventar demonios, fantasmas japoneses o cultos rurales escandinavos por el camino.

Ellen Ripley en Aliens redefinió el concepto de madre guerrera sin necesidad de parir absolutamente nada. Su enfrentamiento contra la Reina Alien era literalmente una batalla entre maternidades: una defendiendo a Newt, la otra intentando preservar su nido biomecánico lleno de babas. “Get away from her, you bitch.” Una frase que todavía debería estudiarse en colegios.

También está Sarah Connor derivando lentamente hacia el survivalismo paranoico en Terminator 2 (ciencia ficción pero con alma de slasher apocalíptico), o incluso la desesperada Annie Graham, madre de Hereditary, probablemente una de las madres más devastadas, crueles y humanas que ha dado el terror moderno. Ari Aster dinamita aquí la idea de la familia como núcleo seguro y la convierte en una maquinaria de trauma cuidadosamente engrasada para destruir a cada uno de sus miembros. Mención especial a la maravilla de interpretación de Toni Collette, que está absolutamente impresionante en su papel de una madre incapaz de sostener a su familia.

Madres, brujas, y otras formas de amor tóxico.

El folk horror lleva décadas insinuando que muchas madres conocen secretos antiquísimos que sería mejor no preguntar. Cocinan demasiado bien. Sonríen demasiado. Y tienen un sótano lleno de símbolos paganos hechos con huesos de animales.

Desde Suspiria hasta The Witch, pasando por Hellbender o Evil Dead Rise, la maternidad aparece ligada a lo oculto, a lo ancestral, a la transmisión de algo podrido entre generaciones. Aquí el terror entiende la familia como una enfermedad hereditaria, algo que pasa de madres a hijas igual que una maldición genética.

Y qué decir de Barbarian, donde la figura materna se convierte directamente en una aberración subterránea desequilibrada buscando “bebés” a los que amamantar a hostias. Una mezcla entre trauma generacional, mutación degenerativa y sketch enfermizo que demostraba que el terror contemporáneo sigue obsesionado con la maternidad deformada.

Porque el cine de horror jamás ha sabido representar a las madres de manera tranquila. Necesita convertirlas en símbolos  extremos: ángeles o monstruos, protectoras o depredadoras. Nunca hay término medio.

Los hijos tampoco ayudan.

Claro, que tampoco vamos a cargar toda la culpa sobre las madres. El cine de terror está lleno de hijos absolutamente infernales. Damien en The Omen, Samara en Ringu, o Kevin, el de We Need to Talk About Kevin, que básicamente convierte la maternidad en una penitencia psicológica de máxima seguridad.

Ser madre en el terror equivale a aceptar estadísticamente que tu hijo: será el Anticristo, desarrollará poderes telequinéticos, abrirá un portal infernal, acabará dentro de una secta, o te decapitará en el tercer acto.

Mamá siempre vuelve.

Lo fascinante es que el terror nunca ha dejado de volver a la figura materna porque ahí reside uno de los miedos fundamentales del ser humano: el vínculo primario. El amor absoluto. La dependencia. La culpa. El miedo a decepcionar. El miedo a parecerse demasiado a ella.

Por eso las madres en el cine de terror funcionan tan bien, porque incluso cuando aparecen convertidas en monstruos, seguimos entendiendo el origen emocional del horror. Hay amor dentro de la monstruosidad. Un amor retorcido, enfermizo, asfixiante… pero amor al fin y al cabo. 

Y quizá ahí está la gran perversión: el slasher puede matarte, el demonio puede poseerte, la criatura puede devorarte.

Pero mamá…
mamá sabe exactamente dónde hacer daño.

Feliz Día de la Madre, oscuros. Y llamadla de vez en cuando. Por si acaso.


Vuestros comentarios

1. 02 may, 22:33 | Mountain

Pues sí, las madres tan importantes en la vida real y en la ficción, grandes ellas!

2. 04 may, 17:37 | Mario Parra

Estupendo artículo. Mamá puede estar orgullosa. Este año no te ataca. Enhorabuena!

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