¡Hemos dedicado un programa a la trilogía POLTERGEIST en nuestro nuevo proyecto de pódcast SESIÓN DE MEDIANOCHE! Con Carlos Cubo y Vicente Albaladejo.
Corría el año 1982 y el cine de género estaba a punto de cambiar para siempre. Mientras John Carpenter nos helaba la sangre con la paranoia de The Thing y Ridley Scott dibujaba un futuro de neón y lluvia en Blade Runner, un niño prodigio de Cincinnati llamado Steven Spielberg decidía que era el momento de convertir el salón de cualquier casa de clase media en la antesala del mismísimo infierno.
Poltergeist (Fenómenos Extraños) no fue solo una película de fantasmas; fue el fin de la inocencia para una generación que, hasta entonces, miraba la televisión buscando entretenimiento y acabó encontrando en la estática de la pantalla un vacío voraz dispuesto a engullir a lo más sagrado: la familia.

El eterno debate: ¿Hooper o Spielberg?
Es imposible hablar de Poltergeist sin entrar en el jardín de las especulaciones. ¿Quién dirigió realmente este prodigio? ¿Fue Tobe Hooper, el genio visceral que nos regaló la mugre y el óxido de La Matanza de Texas, o fue el "Rey Midas" quien, desde la silla de productor, movió cada hilo de la puesta en escena?
La respuesta, aunque duela a los puristas, late en cada fotograma. Poltergeist posee el alma de Spielberg —ese sentido de la maravilla, la estructura familiar perfecta, el asombro ante lo desconocido— pero está infectada por el virus de Hooper. Es una película de Disney que, de repente, decide escupirte en la cara y mostrarte un espejo de carne podrida. Esa dualidad es la que la hace eterna: es capaz de acariciarte con una mano mientras con la otra te empuja hacia un armario lleno de dimensiones imposibles.

El terror vive en el jardín de al lado
Lo que hizo que Poltergeist calara tan hondo en el imaginario colectivo fue su capacidad para profanar lo cotidiano. No necesitábamos castillos góticos ni mansiones victorianas en lo alto de una colina. El horror estaba en Cuesta Verde, en una urbanización idéntica a la tuya, con sus piscinas a medio construir y sus cajas de pizza sobre la mesa.
La película disecciona con precisión quirúrgica el confort burgués para revelarnos que los cimientos de nuestro progreso están construidos sobre el olvido. "¡Habéis movido las lápidas, pero habéis dejado los cuerpos!", gritaba un desencajado Craig T. Nelson. Una metáfora demoledora sobre una sociedad que prefiere ignorar sus pecados pasados con tal de tener una antena parabólica en el tejado.

La sombra de la maldición
No podemos obviar el aura de película "maldita" que la rodea. Las trágicas muertes de Dominique Dunne y la inolvidable Heather O’Rourke añadieron una capa de oscuridad extracinematográfica que, lejos de desvanecerse, ha alimentado el mito con el paso de las décadas. Pero más allá de leyendas urbanas, el verdadero legado de Poltergeist es su impecable factura técnica y su guion, que sabe transitar del asombro al pánico más absoluto sin perder el pulso.
Llegarían dos secuelas (y un remake, pero de eso prefiero olvidarme).
Poltergeist II: El otro lado (1986) – El rostro del mal absoluto
Cuatro años después, los Freeling intentaban reconstruir sus vidas lejos de Cuesta Verde, pero el mal no entiende de mudanzas. Aquí la saga dio un giro hacia el folk-horror y el misticismo chamánico, pero si por algo recordamos esta secuela es por Julian Beck.
Su interpretación del Reverendo Kane es, sencillamente, historia del cine de terror. Beck, que estaba terminalmente enfermo durante el rodaje, proyectaba una fragilidad cadavérica que no necesitaba efectos especiales. Su imagen bajo la lluvia, sombrero en mano, cantando "God is in His Holy Temple", es capaz de helarle la sangre al más curtido. Esto, y el diseño de criaturas de H.R. Giger conseguían que Poltergeist II mantiviese el tipo el tipo, aunque un par de escalones por debajo de la primera.

Poltergeist III (1988) – Reflejos de una tragedia
Para la tercera entrega, la acción se trasladó de la América suburbana a la frialdad de un rascacielos de cristal en Chicago. Un cambio de escenario que, sobre el papel, prometía una renovación visual interesante basada en el uso de espejos y efectos ópticos artesanales.
Sin embargo, Poltergeist III es, sin duda, la más floja de las tres. Además, el rodaje estuvo marcado por el empeoramiento de la salud de Heather O’Rourke, quien falleció poco antes de terminar la producción. El Reverendo Kane cambió de rostro (sustituido por Nathan Davis), y aunque la idea del edificio como una trampa de espejos era brillante, la película se sentía huérfana de la familia original. Es un cierre extraño para una trilogía que empezó con el calor de un hogar y terminó perdida en el reflejo de un cristal empañado.

Vuestros comentarios
1. 17 abr, 22:33 | Mountain
Un clásico sin duda, recuerdo verla en el cine con mi hermana, cuatro años mayor que yo, y yo disfrutarla muchísimo y ella pasar un miedo terrible, es de las que hay que ver por lo menos una vez en la vida.
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