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Irem

Horror Cósmico junto a Beatriz T. Sánchez

Irem

Supongo que a estas alturas casi todos conoceréis a la amable y tranquila gallega Beatriz T. Sánchez, y si alguno no la conoce, no sabe lo que se pierde. Una escritora que pone un especial cuidado a la hora de “tejer” sus historias, como viene a demostrar Irem: un sentido homenaje al genial Lovecraft. Podéis disfrutar del resto de sus obras publicadas en Almas Oscuras (El Averno de Lovecraft, Hacia el País Borroso, Sin Clemencia y La Búsqueda), pero sin género de dudas, el cuento de hoy tiene algo todavía más especial: la mefistofélica sonata de lo prohibido. ¡Qué lo disfrutéis!

Garabateo al borde de la locura solo porque una actividad cuerda y racional aleje por un rato el horror. Pero es imposible adormecer el torrente de delirios que escuché de labios de este moribundo enloquecido que las autoridades trajeron al hospital tras correr por la zona vieja lanzando alaridos. Ya ha muerto, pero lo que acabó con su cerebro roe ahora el mío. Durante esta noche infernal al lado de su catre, he escuchado las revelaciones más innominables, que me hicieron lamentar profundamente mi conocimiento del aborrecible Necronomicón. Aquellas lecturas furtivas del volumen guardado en la universidad Miskatonic donde primero estudié y ahora imparto clase, me llenaban del temor a encontrar atisbos de verdad en el legado del árabe loco, en esa reliquia mohosa donde resuenan las voces de los Señores del Caos que dormidos esperan a que seguidores humanos, o semihumanos, abran los Portales dimensionales que les den de nuevo acceso a un mundo por el que ya vagaron hace incontables eones. Fétidos, inmortales, indescriptibles.

En algún punto desconocido del desierto arábigo se dice que Abdul al-Hazred descubrió entre la arena los restos de la arcaica Irem, la Ciudad de los Pilares, mencionándola entre las blasfemas líneas de su manuscrito como “Allí donde debían bastar los poros de la tierra, seres que solo debían arrastrarse han aprendido a caminar”. Deduzco que este arqueólogo, por el físico y el acento, probablemente inglés, dedicó años de investigación a esta impía y poco conocida mitología prehumana, embarcándose finalmente en la búsqueda de esa ciudad. Para su desgracia, internándose en regiones rehuidas desde siempre por los beduinos como morada de peligrosos djins, creo que la acabó encontrando. Nada me hace dudar de sus palabras balbuceantes, llenas de la insoportable verdad que nunca me atreví a admitir.

Entre carcomidos muros y paredes de extraña geometría, bajó a laberínticos subterráneos que le condujeron hasta criptas donde halló los restos de sus moradores, momificados con sus mejores galas, pero también a los guardianes del lugar, olvidado cuando el primer hombre empezaba andar. Le escuché describir como se deslizaban reptantes aquellos reptiles humanoides, apenas visibles pero similares a los cadáveres de los sarcófagos de vidrio y oscura madera milenaria. Huyó de los pozos estigios, pero cuando salió al aire frío de la noche, el viento aún más helado que le perseguía adoptando insinuaciones de los horribles seres, le zarandeó, arañó y arrastró. Cuando despertó, un nutrido grupo de curiosos le rodeaba en medio del zoco, junto al dueño de una pequeña caravana que contaba como le habían hallado tres días atrás en el desierto, agonizando inconsciente. Estaba en el fondo de un gran hoyo entre las dunas, que parecía excavado por un fuerte remolino.

Así llegó hasta aquí, nefanda casualidad, donde presto mis servicios como médico voluntario de la colonia. Yo también conozco el Necronomicón y ciertos rumores, por lo que pude interpretar sus palabras y descubrir que no eran las alucinaciones de un moribundo enloquecido por la sed. Está lleno de moratones y rasguños. Hace un rato que oigo el deslizarse tras la puerta, roces y mordisqueos, golpes en la ventana. Le han seguido. Esos despojos carnívoros, fortalecidos en la madrugada, reclaman su presa. No soportaré su visión.

Por Beatriz T. Sánchez

Sin Clemencia

Un cuento macabro de Beatriz T. Sánchez

Sin Clemencia PequeñoNuestra querida amiga Beatriz T. Sánchez, autora de El Averno de Lovecraft, Hacia el País Borroso y La Búsqueda entre otras, nos vuelve a deleitar con su magnífica prosa, siendo esta vez más arcaica y retorcida si cabe.

Todo por demostrarse deudora a Poe sin tapujos. Nuestra encantadora gallega se atreve a explorar los entresijos de “Berenice”, la clásica historia del atormentado maestro, para ofrecernos sus propia interpretación del final de tan morboso cuento. Degustad este trabajo palabra por palabra, puesto que una enorme lírica entrevera este relato, otorgándole una cualidad venenosa. Una ponzoña lenta y dolorosa, a la par que dulce y excitante…

Sin más, os dejo en la placida compañía de Beatriz

El Circo de los Horrores

Una pesadilla macabra de Sergio Ajenjo

El Circo de los Horrores

Sergio Ajenjo vuelve entre nosotros con un breve cuento de horror. Aunque el tío Creepy, aquí presente, diría que se trata más bien de un mal sueño desasosegante que, además, deja varias preguntas en el aire gracias a su inteligente ambientación. Sin más, bienvenidos al extraño Circo del Horror nacido de la pluma de Sergio.

“Pasen y vean el espectáculo más horrible, espeluznante, inquietante y asqueroso que sus ojos puedan ver…” Sus gritos cada vez se escuchan más bajos, y aquí estoy yo, entrando en el peor circo de freaks que ha existido jamás. Cómo visitante os podréis preguntar, pues no, como exhibido.

Su voz cada día me resulta más repugnante, me asquea su presencia, noto como mi odio aumenta a cada hora. Desde que la vida como se conocía antes acabase con el fin de la guerra, la gente con algo de dinero se aprovecha de los pobres que lo han perdido todo, yo soy uno de ellos. No hay vegetación, solo llanuras extensas de árida tierra, bastos kilómetros de carretera que solo se ven interrumpidos por ciudades de malnacidos como en la que me encuentro.

Son las 12 de la mañana y hay humedad en el ambiente, ya nunca llueve, al menos no como antes, ahora la lluvia es ácida. Me meten en mi sección, nunca me resisto, no me gustan las palizas y menos en mi cuerpo quemado, los golpes duelen el doble.

Estoy especialmente irritado, algunos días me ocurre, pero después de dormir se me acaba pasando, cada mañana antes de abrir los ojos deseo que solo sea un mal sueño, pero me despierto en el mismo colchón, con la boca y mi interior secos. Veo como hoy entran 4 adolescentes ricos que honran a la mierda como nosotros dejándose ver, son tratados como reyes.

Los escucho acercarse durante el trayecto hasta que llegan a mi altura, se quedan parados enfrente mía mientras se ríen a carcajadas de mi aspecto, sus risas son puñaladas. Se están alejando, un brote de rabia inunda mi cuerpo, ¿por qué coño me dejo hacer esto? Cojo lo primero que tengo a mano: una piedra rugosa, noto el tacto de sus poros en mis dedos y sin darme cuenta ya la he hundido en el cráneo del último de los chicos, cuando su sangre caliente toca mis dedos empiezo a sentirme vivo de nuevo, siento lo mismo que en los entrenamientos cuando practicaba boxeo, me encanta la sensación. Su cuerpo cae sobre la hierba, no hace ruido, los otros 3 chicos ni se dan cuenta de que su amigo ha caído.

Afuera hay un gran revuelo, parece ser que un compañero se acaba de escapar y está aterrorizando a todo el mundo, así que decido ir a por el tercer chico de la cola. Le toco la espalda, se gira, lanzo un puñetazo que acaba golpeando su pómulo y noto como se rompe, cae al suelo, me pongo encima de él, rodeo su garganta con mis dedos y comienzo a apretar, veo su rostro cubierto de profundo terror, emite ruidos guturales pero no me detengo, apretó cada vez con más fuerza hasta que escucho como se quiebra su tráquea.

Veo a lo lejos a los otros dos chicos que comienzan a ponerse nerviosos por no ver a sus dos amigos, mientras todo el interior del circo grita animando al fugado, que cada vez esta llegando más lejos.

Debería detenerme, pero no puedo, mi cuerpo me pide más, mi sangre esta hirviendo, mis músculos están tensos y mi mente relajada. Antes de continuar voy a liberar a mis compañeros que han sido atados, no me resulta muy difícil. Comienzan todos a correr y a salir por la puerta causando un caos mayor aun afuera.

Dentro ya solo quedamos los ricos y yo. Cada vez están más alterados y eso me encanta, voy a jugar con ellos un rato. Por dentro el circo es un laberinto que, si no se conoce, puede liar bastante así que uso esto a mi favor, cojo una barra de hierro que se usa para decorar. Voy haciendo ruido y escucho como uno de ellos corre, el otro parece un muñeco tembloroso que me mira con cara de espanto cuando me ve entrar en la sala. Me acerco a él, su cuerpo parece reaccionar y saca una navaja con la intención de darme miedo pero la verdad es que me hace gracia, me guardo la risa y me limito a mirarle fijamente a la cara, parece que ya no se ríe de mi cuerpo, cojo la barra con mucha fuerza y le golpeo una pierna, cae al suelo gritando, sus gritos quedan ahogados por los de las sirenas de la policía que acaba de llegar y comienza a disparar a los engendros salidos del circo pero esto no me detiene. De nuevo asesto otro golpe, esta vez en la otra pierna, sus lagrimas caen y pide clemencia, mi respuesta es un impacto en su sien, me mancha de sangre y cojo su navaja.

Doy una vuelta con la esperanza de encontrar al otro muchacho y terminar lo que he empezado, tras andar por las salas doy con él, parece que él si ha escuchado el grito de su amigo y se ha agazapado en una esquina llorando, voy hasta él y hundo la navaja en su garganta realizando un corte de lado a lado, me recreo en la acción, tan solo me da pena haberla acabado.

Decido sentarme al lado del cuerpo y comienzo a respirar la humedad del ambiente, fuera ya no se escucha tanto alboroto, solo escucho gritos del dueño del circo hacia los policías, parece que han matado a todos sus monstruitos, así es como le gusta llamarnos.

Saco la navaja de la garganta de mi última victima, comienzo a correr hacia la salida cuando veo al dueño, veo como el policía se asusta y retrocede, sigo corriendo, mis pulmones arden pero no me detengo, llego a la altura del dueño y clavo con fuerza la navaja en su abdomen, intenta gritar pero no le sale la voz, tan solo un gemido que se enmudece rápidamente, noto como la sangre caliente sale al ritmo de sus latidos, latidos que poco a poco se van apagando. Todo va a cámara lenta, me giro y veo como el policía echa mano a su funda de la pistola, me mira asustado, apunta a mi pecho, un sonido estruendoso nubla mis sentido, no se si es el sonido o la bala que acaba de entrar en mi pecho, caigo al suelo, noto como toda la excitación se sustituye por un intenso dolor que a la vez me calma. Sonrío, cierro los ojos, mi vida por fin se acaba.

Por Sergio Ajenjo

Atrapado

Un relato tenebroso de Sergio Ajenjo

Atrapado

De nuevo, hoy tengo el placer de ejercer de Tío Creepy y presentarles a todos mis sobrinitos y sobrinitas, vosotros, el relato de un buen amigo del blog: Sergio Ajenjo. De una forma directa y sin complicaciones nos sumerge en una experiencia onírica donde el tiempo y el espacio pierden su sentido habitual. ¿Os ha pasado? A mi sí, y os aseguro que el cuento ha conseguido transmitirme la angustia de esos momentos de perdida de control. Sin más, sumerjámonos en la mente retorcida de Sergio…

Se despertó sobresaltado de un terrible sueño, decidió no pensar más en él mientras cerraba la ventana de su habitación ya que hacia un frío inusual para la época del año. Bajó las escaleras dispuesto a desayunar como cada mañana.

Cuando entró al salón algo llamó su atención, sus padres seguían en la casa, o por lo menos las llaves de sus coches, entró al salón para ver que pasaba y allí vio a su padre que estaba sentado de espaldas a la puerta, tenía la cabeza gacha y sus hombros se movían nerviosamente, parecía estar llorando así que se acercó para ver que le ocurría, cuando estaba lo suficientemente cerca comprobó que no estaba llorando sino riendo. Su padre estaba cubierto de sangre, dejó de reír y se levantó mientras miraba fijamente a su hijo y comenzó a decir:

- Debería sentir lástima pero en realidad ha sido una gran sensación.

Dicho esto volvió a sentarse con cara de satisfacción, el chico decidió ir a la habitación de sus padres a comprobar de que hablaba, deseó que aquello que sus ojos estaban observando no fuese real, allí yacía su madre sujetando todavía la sábana de la cama de matrimonio, estaba con la ropa rasgada, bañada en sangre por las numerosas heridas y signos evidentes de estrangulamiento. Al ver la truculenta escena vomitó, sus piernas fallaron y cayó al suelo horrorizado sin dejar de mirar fijamente el cuerpo sin vida de su madre.

Estaba de rodillas frente al cadáver de su madre cuando escuchó pasos que provenían de abajo, el cuerpo comenzó a reaccionar y pudo al fin moverse. Fue a la ventana pero no se abría; a su cuarto, la puerta estaba cerrada; lo mismo ocurría con la del baño; su única salida era el desván. Saltó para coger la cuerda que colgaba de su cabeza y le separaba de su vía de escape, mientras, su padre se acercaba riendo con paso lento y decidido. Tan solo los separaban 7 escaleras.

Piensa, 6; va al final del pasillo, 5; comienza a correr, 4; salta y alcanza la cuerda pero se resbala y cae, 3; se levanta rápidamente con el miedo en el rostro, 2; sube, 1; guarda las escaleras, 0.

Su padre comienza a gritar:

- ¡Sí! Tú si que sabes como divertir a tu viejo padre, tu madre no ha dado juego aunque solo es cuestión de tiempo que de contigo.

Mientras, en el desván, decide ir al ventanal que tampoco logra abrir, permanece de píe frente el frío cristal. No puede creer lo que ocurre, no sabe que hacer, dónde ir, dónde esconderse, tan solo gira, pega su espalda al cristal y se deja caer al suelo. En el desván únicamente hay una fuente de luz que ilumina su silueta, agazapada y temblorosa, en ese momento caen las escaleras y comienza a ver una sombra que se va haciendo visible progresivamente, es el padre que, portando un cuchillo, se acerca. Cuando llega a su altura se agacha, acerca la boca a su oído y con un tono calmado comienza a decir:

- Te has atrapado, ahora el tiempo ha acabado para ti.

Dicho esto se incorpora, agarra el cuchillo con fuerza y… Se despertó sobresaltado de un terrible sueño.

Por Sergio Ajenjo

Imagen: Budross Mardini, 2010

Hacia el País Borroso

Un relato melancólico de Beatriz T. Sánchez

Pais borroso pequeñoEs un orgullo presentaros la segunda colaboración – la primera en formato cuento – para Almas Oscuras de la autora Beatriz T. Sánchez, una encantadora gallega que no ha recibido todo el crédito que debería por su opera prima autoeditada: La Búsqueda. ¿Tal vez si hubiese un hueco dentro de las editoriales para lo macabro, lo extraño, la nigromancia, lo auténtico y lo cuidado? Sinceramente, dadle una oportunidad a los artistas independientes, porque tienen por ofreceros una libertad creativa que raremente podréis disfrutar en productos reprocesados.

Tras el hermoso y desasosegante poema El Averno de Lovecraft, nos muestra otra de sus muchas facetas, como gran manipuladora de atmósferas que es, pero esta vez en unos términos más reposados y sumamente melancólicos. Obviamente la calidad del relato está más que asegurada, así como una humanidad que refleja la delicada sensibilidad de esta genial escritora…

Ahora que hablen sus personajes por ella…

Ella chilla

Un microrelato de horror

Me preguntaba mi buen amigo A. B. si creía que en solo veinticinco líneas se podría contar una historia de miedo. Bueno, de esa conversación y de mis proverbiales ganas de tocar las narices nace este “Ella chilla”, del cuál estoy bastante orgulloso. Redactado en tan solo veinticinco minutos y en veinticinco líneas – de mi procesador de texto, eso sí – aquí te llega la respuesta querido amigo.

Ella chillaEl pabellón auditivo semejaba un gris bosque de canas; allí, entre la pulpa carnosa se hincaban unas patitas afiladas en los tímpanos, rasgándolos a pequeñas tiras: una capa de células proteicas, otra capa, más al fondo. Una red dañada de nervios cuyo doloroso mensaje llevaba al paroxismo de la locura a su anciano propietario. El regordete índice explorador solo conseguía provocar daños superficiales, no alcanzaba la fuente de aquel molesto chirrido. Un silbido que surcaba el mar cerebral costa a costa, oreja a oreja; a todas horas, sin que la doctora de cabecera solucionase nada con sus analgésicos o inspeccionando el irritado cartílago. El proverbial mal humor de aquel anciano había dado la vuelta sobre si mismo, transformándose en mero aturdimiento; ya ni siquiera encontraba el mismo placer insultando a su mujer, machacar la voluntad de esa arrugada bruja, que dejó de entender al poco de su matrimonio, ya no le divertía. Durante las noches en vela el pitido clavaba agujas por detrás de sus ojos grisáceos convirtiendo cada segundo en una plegaria por la visita de la muerte cobarde. Frente al espejo del baño, dos finos hilos rojo, rezumando desde las henchidas mejillas, se fueron a besar sobre el pico de su barbilla. Derrotado, salió a enfrentar de nuevo la cara abúlica de su esposa. Allí estaba, haciendo calceta, a lo suyo, ¡maldita! Centraba la atención de su miope vista en las agujas, muy concentrada solo movía las manos rítmicamente. Su marido se fijó detenidamente, pudo observar entonces que ella aleteaba con los labios al compás de las agujas, al ritmo de una ópera macabra que se repetía en silbidos dentro del laberinto auditivo. La humedad goteando de sus lóbulos le provocaba las mismas nauseas que mirar los labios emitiendo susurros. La viñeta estática duró unos segundos o varias vidas, hasta que fue rota por los círculos de cristal ahumado posándose sobre la figura deteriorada del hombre: aquella pálida mirada lucía pura intención. El marido se puso en tensión hipnotizado por la mano que apretaba la aguja, cambiándola de posición, abandonando el algodón y apuntando directamente hacia él.

El Averno de Lovecraft

Una poesía de horror cósmico por Beatriz T. Sánchez

La escritora, y buena amiga de esta humilde página, Beatriz T. Sánchez, autora también de la recomendable novela lovecraftiana La Búsqueda, nos regala una poesía que solo merece halagos por lo intenso de sus versos y la fuerza de sus palabras; cuidada lírica que continua los puntos suspensivos del poemario Hongos de Yuggoth y que además rompe una barrera más en Almas Oscuras: es la primera vez que publicamos un poema. Sin más, disfrutadla

El Averno de Lovecraft

Ecos en los inmemoriales
pozos insondables, pero
¿De qué libros se extrajo
tan gulesco canto?
Magna Mater,
Celestis Pater,
son ahora máscaras macabras
Cibeles y Atis.
Resuenan los címbalos
en la noche romana
y en la cripta profunda
corre la sangre
del sacrificio innombrable.
Buscando ese manantial carmesí
llega por el bosque,
llega por el páramo,
atraído por la flauta,
atraído por el baile,
hediondo, invisible, sediento.
¿Surge de la resonante
tierra cavernosa
o cae del cielo fulminado
por un rayo agorero?
Más bien lo sabe
el hierofante semihumano,
la Puerta entreabierta
no es suficiente;
Pero Él oye,
Él escucha a
los que pleitesía le rinden
en esta madrugada
señalada por el eclipse,
iluminados apenas por
el resplandor mortecino
del antiquísimo ídolo
cuyo pedestal muestra
geometrías imposibles.
Y al fin, al pie
de la gran hoguera
súbitamente encendida,
circundada de sombras y horrores,
entre la algarabía
de pisadas y tambores,
atronan las gargantas enloquecidas:
- Regresa, Yog-Sothot,
Padre de los Abismos,
regresa Yog-Sothot,
de tus dominios infinitos.

Por Beatriz T. Sánchez

Calcetines

Un cuento melancólico

La historia que les voy a contar es una verdadera historia de fantasmas, una historia cierta, al menos así la siento puesto que fui el protagonista. Así que desde la más absoluta subjetividad, desde la falta de fe más absoluta, les contaré un breve cuento fantasmagórico de nostalgia y tristeza – lo siento, no es en estas líneas donde podrán saciar su sed de sangre –, casi una anécdota que quizás ustedes evalúen de una forma radicalmente opuesta a la mía; sin embargo, si desean conocer el mundano origen del fantasma que me visitó, tal vez puedan descubrir que sus propios fantasmas les acompañan continuamente en su vida diaria: entre las voces de la radio de madrugada, bajo la lluvia rodeada de verde mientras el perro se aleja, el atardecer de oficina desierta, el taller a primera hora, en el lavabo cuando descansan su frente agotada sobre el frío cristal…