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Especial Orgullo 2026

El armario también sangra

Hay una ironía deliciosa en que uno de los géneros más conservadores durante décadas llegue a convertirse en uno de los espacios más libres para hablar de identidad. El terror lleva más de un siglo fabricando monstruos, pero también lleva más de un siglo preguntándose quién decide qué es un monstruo. Y esa diferencia, aparentemente sutil, lo cambia todo.

Durante mucho tiempo Hollywood respondió a esa pregunta con la delicadeza habitual de un psicópata empuñando una motosierra. Si un personaje era homosexual, afeminado, travestido o simplemente escapaba de la heterosexualidad normativa, había muchas posibilidades de que acabara muerto, loco o convertido en el giro final de la película. No era casualidad. Era la consecuencia lógica de décadas de censura, del Código Hays y de una industria que sólo aceptaba personajes queer si podían esconderse bajo la metáfora o pagar un peaje moral antes de los créditos.

Lo curioso es que el terror siempre estuvo lleno de personajes queer, pero nadie podía decirlo en voz alta.

Los monstruos siempre fueron diferentes.

Mucho antes de que existiera el término "cine queer", el género ya estaba hablando de sexualidades e identidades disidentes. Ahí está Drácula (1931), cuyo erotismo ambiguo escandalizaba tanto como fascinaba; o La novia de Frankenstein (1935), dirigida por James Whale, uno de los pocos cineastas abiertamente homosexuales del Hollywood clásico, cuya sensibilidad atraviesa toda la película.

El monstruo nunca fue simplemente un monstruo. Era el extranjero, el enfermo, el diferente. No hace falta esforzarse demasiado para encontrar lecturas queer en el vampirismo, la licantropía o el body horror de David Cronenberg. La diferencia siempre dio miedo. O mejor dicho: la sociedad siempre necesitó tenerle miedo a la diferencia.

Del subtexto al cuchillo.

Así que durante décadas el terror jugó al escondite. El subtexto era obligatorio.

Películas como Pesadilla en Elm Street 2 (1985), convertida hoy en un clásico queer gracias al documental Scream, Queen! My Nightmare on Elm Street (2019), hablaban de homosexualidad sin poder nombrarla. El protagonista vivía atrapado entre una identidad reprimida y un monstruo que literalmente quería salir de su cuerpo. No era precisamente una metáfora sutil.

Sin embargo, todavía faltaban años para que el género dejase de pedir perdón por incluir personajes homosexuales. Ese momento llegó lentamente, y uno de sus primeros golpes de cuchillo fue Hellbent (2004).

Hellbent: el slasher donde ser gay no era el argumento.

La premisa resulta casi insultantemente sencilla: un asesino enmascarado comienza a matar durante la celebración de Halloween en West Hollywood. Fin.

No hay salidas del armario. No hay padres homófobos. Simplemente todos los protagonistas son gays y eso, en 2004, era casi revolucionario. Mientras otros slashers seguían utilizando al personaje homosexual como alivio cómico o víctima anecdótica, Hellbent hacía exactamente lo mismo que Viernes 13 o Scream, sólo que cambiando quién ocupaba el centro del plano.

Cuando Chucky entendió antes que muchos estudios qué era la identidad de género.

Resulta casi cómico que una de las representaciones más interesantes de la identidad no binaria apareciera en una película protagonizada por un muñeco asesino.

En La semilla de Chucky (2004), Don Mancini presentó a Glenn/Glenda, un personaje incapaz de identificarse con un único género y que oscila constantemente entre ambas identidades. Vista hoy, la película sigue siendo un festival de humor negro y autoparodia, pero detrás de toda esa locura había una idea sorprendentemente adelantada a su tiempo.

Dos décadas después, el personaje sigue resultando más moderno que buena parte del cine comercial actual.

Sleepaway Camp: la película de la discordia.

Pocas películas generan tantas discusiones como Sleepaway Camp (1983). Durante años fue acusada de transfobia debido a su legendario giro final.

Vista superficialmente, parece establecer una asociación entre identidad de género y monstruosidad, pero también es cierto que una lectura contemporánea permite otra interpretación mucho más compleja: Ángela no es el monstruo por ser quien es, es el resultado de una infancia construida sobre el abuso psicológico, la imposición identitaria y el trauma.

Eso no convierte automáticamente a la película en un manifiesto queer, pero sí explica por qué buena parte de la crítica LGTBIQ+ ha decidido reapropiarse de ella en lugar de condenarla sin matices.Porque el terror, como casi todo el arte, suele ser más interesante cuando admite contradicciones.

Julia Ducournau y el cuerpo como campo de batalla.

Con Titane (2021), Julia Ducournau llevó el body horror hasta un territorio donde Cronenberg probablemente sonreiría con orgullo. Aquí el cuerpo deja de ser una cárcel biológica para convertirse en una materia moldeable.

La película habla de género, sí, pero también habla de identidad, maternidad, deseo, trauma y familia elegida. Y todo ello sin ofrecer respuestas fáciles, porque el buen terror nunca da respuestas.

El verdadero monstruo nunca llevaba máscara.

Si They/Them (2022) demuestra algo es que ya no hace falta inventar un monstruo sobrenatural cuando la realidad lleva décadas haciendo el trabajo sucio. Su escenario, un campamento de terapias de conversión, resulta infinitamente más terrorífico que cualquier asesino enmascarado. Porque esas terapias existieron y, lo peor, siguen existiendo.

El slasher funciona aquí casi como un caballo de Troya: el espectador cree estar viendo una película de asesinatos cuando en realidad está contemplando una denuncia sobre la violencia institucional contra las personas LGTBIQ+. 

El terror español también ha salido del armario.

Películas recientes como Tú no eres yo demuestran que las cosas están cambiando.Aquí el verdadero miedo no nace del monstruo, nace del rechazo familiar. Y probablemente haya pocas experiencias más universales dentro del colectivo que preguntarse si el hogar seguirá siendo hogar después de decir la verdad.

 

Quizá la mayor evolución del cine de terror contemporáneo sea ésta, que las mejores películas ya no necesitan justificar que sus protagonistas sean homosexuales, lesbianas, bisexuales, trans o no binarios, porque simplemente son personas.

La verdadera inclusión no consiste en convertir cada personaje en un manifiesto político, consiste en permitirle sobrevivir a la película o morir atravesado por un machete, pero por las mismas razones que cualquier otro protagonista.

Resulta divertido recordar que hubo una época en la que algunos espectadores consideraban que incluir personajes LGTBIQ+ "politizaba" el terror. Como si La matanza de Texas hablara únicamente de barbacoas familiares; como si George A. Romero nunca hubiese utilizado los zombis para hablar de racismo, consumismo o desigualdad. Como si el terror no hubiera sido siempre político. El género simplemente ha cambiado de monstruos. Ahora el monstruo suele ser quien intenta obligarte a dejar de serlo.

Y, francamente, hacía bastante tiempo que el cuchillo apuntaba en la dirección equivocada.

Feliz Orgullo 2026, oscuros!!


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