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Possession

Sólo divorciarse era un poco aburrido

Possession

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 4/5

Si tu peor ruptura sentimental consistió en devolver una sudadera, discutir por la custodia del gato y echarle hate en redes sociales, enhorabuena: has tenido una vida bastante tranquila. Andrzej Żuławski, en cambio, decidió imaginar un divorcio llenito de histeria, litros de fluidos corporales, tentáculos de dudosa procedencia y una Isabelle Adjani que decide dejarse el alma, y probablemente también la salud mental, delante de la cámara. 

Porque sí, Possession va de un matrimonio que se rompe. Pero decir eso es como decir que Tiburón trata sobre un pez grande con problemas de autoestima.

Todo arranca con Mark (un estupendo Sam Neill), un espía que regresa a un Berlín todavía dividido para descubrir que su esposa Anna (la descomunal Isabelle Adjani) quiere separarse. Hasta aquí, cualquier drama matrimonial de sobremesa. Lo que ocurre es que Żuławski coge esa crisis sentimental, la mete en una batidora con paranoia, histeria, sexo enfermizo, dobles, tentáculos y litros de sangre, pulsa el botón de triturar y luego tira el manual de instrucciones por la ventana. 

Dicen que el director volcó en la película el dolor de su divorcio, y la verdad es que cuesta imaginar una terapia de pareja más agresiva. Mientras otros escriben canciones tristes o se compran una moto, Żuławski decidió filmar una de las experiencias cinematográficas más salvajes de los años ochenta. Sin medias tintas.

Pero detrás de esa aparente locura existe un control formal impresionante. La cámara de Bruno Nuytten se desliza por apartamentos vacíos y calles desangeladas con un nerviosismo casi sobrenatural, convirtiendo el Berlín del Muro en una cárcel emocional donde nadie parece pertenecer al mundo de los vivos. La ciudad deja de ser un escenario para convertirse en una extensión de las mentes podridas de sus protagonistas. Fría, hostil, gris... como un lunes perpetuo.

Y luego está Adjani. Qué decir... Hay actores que se entregan al personaje y luego está ella, que directamente parece sacrificar su cordura delante de la cámara. La legendaria secuencia del metro continúa siendo uno de los momentos más brutales jamás filmados: una mezcla imposible entre posesión demoníaca, ataque epiléptico y performance de arte moderno que deja al espectador preguntándose si debería aplaudir o huir despavorido. No es casualidad que aquella interpretación le valiera el premio a la Mejor Actriz en el Festival de Cannes. Viéndola, cualquier otro premio se queda corto.

Sam Neill tampoco se queda atrás. Mucho antes de correr delante de dinosaurios, aquí demuestra que podía romperse por dentro con una elegancia escalofriante. Su descenso a la obsesión y la paranoia es el contrapunto perfecto al volcán emocional de Adjani. 

Y luego llega Carlo Rambaldi. Sí, el mismo genio responsable de Alien y E.T.. Cuando uno cree que la película ya ha agotado todas las sustancias psicotrópicas disponibles en Europa, aparece cierta criatura cuya sola existencia justifica décadas de pesadillas. El monstruo sigue siendo profundamente incómodo porque no busca impresionar mediante la espectacularidad, sino provocar rechazo. Es viscoso, obsceno, enfermizo, un primo lejano de los engendros de Lovecraft. 

Y ahí está una de las grandes virtudes de Possession. Nunca explica demasiado. Sugiere. Insinúa. Obliga al espectador a trabajar. Żuławski jamás tuvo la cortesía de dejarnos un manual de uso, y menos mal, porque algunas películas pierden encanto cuando entiendes todos sus secretos. 

Su ADN puede rastrearse en obras posteriores de David Lynch, Lars von Trier, Gaspar Noé o incluso en propuestas recientes como The Lighthouse, Mother! o Men, todas ellas empeñadas en demostrar que la salud mental es una sobrevalorada convención social.

Lo maravilloso es que, cuarenta años después, sigue siendo igual de incómoda o más. En una época donde demasiadas películas de terror parecen diseñadas por un comité de marketing obsesionado con no molestar a nadie, Possession continúa siendo una patada en la boca y una de las cumbres absolutas del horror moderno. Una obra que demuestra que el verdadero monstruo nunca fue esa masa tentacular escondida en un apartamento berlinés. Era el amor.

Lo mejor: Isabelle Adjani.

Lo peor: Que todavía haya quien la despache con un "es que no se entiende".


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