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Conan el Barbaro (2011)

Sobredosis de acero

Conan Poster

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  • Título original: Conan the Barbarian
  • Nacionalidad: Estados Unidos | Año: 2011
  • Director: Marcus Nispel
  • Guión: Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer, Sean Hood
  • Intérpretes: Jason Momoa, Ron Perlman, Rose McGowan
  • Argumento: Conan, el cimmerio, parte de su aldea arrasada en busca de venganza contra el asesino de su padre

51 |100

Estrellas: 3

Conan Grande

Me gustaría dedicarle esta reseña a Roger Tapia, increíble persona y mejor amigo. Él compartió conmigo las andanzas del cimmerio.

Esta reseña parte de un placer culpable, dicho placer son las historias nacidas, hace poco menos de un siglo, de la mente de Robert E. Howard. Más en concreto las que refieren a cierto bárbaro que llegó a ser rey y cuyos sombríos ojos, enmarcados por una negra melena, contemplaron y protagonizaron el devenir de la Era Hiboria: Conan, él de Cimmeria. El género de Espada y Brujería (termino acuñado por uno de sus exponentes más perfeccionistas, Fritz Leiber) vendría a narrarnos historias fantásticas en un hipotético medievo o era pretérita, plagada de peligros en forma de monstruos primigenios, malvados hechiceros contrahechos y bellas mujeres más peligrosas aun… todo ello desprovisto de la épica de otras narraciones fantásticas al estilo de El Señor de los Anillos. Si algo diferencia a la Sword and Sorcery, también llamada por un servidor Dark Fantasy, de otros géneros hermanos, es lo despiadado de su entorno, lo crepuscular de sus héroes (en su mayoría ladrones y aventureros que venderían a su madre por un pieza de oro) y lo exótico de sus entornos que muestran un mundo hostil donde solo la magia y el acero permiten la existencia de ciudades y reinos.

Y refiriéndonos tan solo a los relatos de Conan: nos encontramos con los seres más peligrosos y despiadados, las damas más bellas y seductoras, los magos más poderosos y taimados y los héroes más brutales y honestos. No es de extrañar que el musculado norteño genere afición por donde pase e inspire desde comics hasta grupos de metal, pasando por, lo más importante dentro del contexto que nos ocupa, películas.

El citado placer culpable se prolonga en el tiempo hasta el año de nuestro señor 1982. Entonces se estrena la primera adaptación cinematográfica de nuestro guerrero favorito. Arnold Schwarzenegger interpretaba al bárbaro de pocas palabras en una cinta dirigida por John Milius, que se convertiría en obra de culto merced no al respeto hacia el mundo creado por Howard (del que solo se atisban retazos), si no al respeto hacia el espíritu de su obra. Así tenemos una banda sonora sensual y épica que ambienta un relato violento, simple y plagado de momentos que permanecen grabados en la retina del aficionado (¡quien podría olvidar esa decadente orgía en el palacio de Thulsa Doom!). Se continuarían, dos años después, las aventuras cinematográficas de Conan pero el resultado sería esta vez bastante inferior. Han de pasar la friolera de veintisiete años antes de que el cimmerio vuelva a cobrar vida dentro del celuloide.

Sirva este breve repaso para justificar de nuevo una reseña que se sale ligeramente de los cánones de Almas Oscuras, y para ubicarnos dentro del marco cultural donde nace la cinta que hoy nos ocupa. Conan, el Barbaro, de nombre homónimo a la citada película de Milius no es un remake al uso. Como está tan de moda, Marcus Nispel nos trae una reinterpretación “sui generis” de un producto simplemente comercial. A este paso, el director alemán va a ser recordado como el artífice de “remakes” más prolífico de la historia reciente del cine (dudoso honor que compartiría junto a Alexandre Aja aunque con muy distintos resultados). Cuatros son sus largometrajes y tres son “revisiones”: la infame Viernes 13 (2009), la aceptable La Matanza de Texas (2003) y, la que nos ocupa, Conan, el Bárbaro. Tanto la tosca huella de su director, también responsable de la aburrida Pathfinder (2007), como los problemas arrastrados desde la concepción inicial del guión son los que marcan las pautas para entender un nuevo producto comercial que se antoja insuficiente, amén de agotador, para la diversión del espectador generalista y justito para el aficionado irredento al personaje en cualquiera de sus versiones (comic, literatura, cine). Un servidor se adscribe al segundo grupo y os asegura que aprueba la película más por amor hacia una creación literaria única que al valor del propio largometraje, cuya extensión (casi dos horas) me resultó agónica en su último tercio.

Antes del comienzo de la Era Hiboria, la tierra de los hombres estaba dominada por los nigromantes de Acheron y el poder que les otorgaba la máscara construida con los huesos de los Dioses. Destruida y perdida durante las últimas batallas de los Señores de la Muerte contra las últimas tribus libres, ahora, el atormentado Khalar Zym planea recuperar los pedazos de la máscara y sojuzgar el mundo bajo su mano y la de su hija hechicera. Tras los rastros de destrucción que deja a su paso, entre las ruinas humeantes del último poblado cimmerio, se alza el pequeño Conan. Amantado por la sangre vertida desde el acero de la espada jura venganza contra Khalar Zym y parte hacia los reinos hiborios labrándose una reputación de salvaje y mujeriego ladrón.

Así en frío el argumento del que parte este Conan, el Bárbaro deja entrever una buena dosis de la mitología original creada por Howard. Batallas y mucha “pelusilla” entre reinos, un joven desposeído de todo lo que amaba, un guerrero cuya sed es solo de sangre. En definitiva, una primera aproximación a esta cinta, llena de ilusión a los amantes de la acción y las aventuras; incluso los primeros compases se abren potentes: Con una “voz en off” recitándonos, cual poesía en prosa, el nacimiento de la Era Hiboria, el salvaje “parto” del que será rey por derecho propio y cimentará su leyenda con los cadáveres de sus enemigos, la bárbara infancia del cimmerio de mirada azul y fría como el acero. El ritmo, la violencia gráfica – tremenda la escena donde un jovencísimo Conan acaba con cuatro enormes pictos – y la presencia de un siempre eficaz Ron Perlman como padre del bárbaro y jefe de la tribu, entretienen y no resultan ni acelerados ni forzados. Pero lo que muestra el arranque del metraje expone al espectador avispado los graves problemas sufridos en la dirección del guión: una vez Conan llega a su vida adulta, todo el metraje restante (casi hora y media) se convierte en una sucesión de luchas intercaladas por breves escenas (o panorámicas) que justifiquen el siguiente combate, así hasta su abrupto y desangelado final.

¿Y a qué se debe este molesto e increíble desequilibrio entre acción e historia? Muy sencillo, el primer esbozo del libreto fue redactado y aprobado para arrancar la producción. Ya sabéis que estos primeros borradores luego son completados con mayor detalle y cuidado. Pues bien, dicha tarea se la repartieron entre las dos lumbreras Thomas Dean Donnelly y Joshua Oppenheimer, cuyo currículo está plagado de obras comerciales, intrascendentes y con un gusto por lo evidente demasiado simplón (aunque no niego cierta efectividad como en su más reciente libreto: Dylan Dog). Tal debió ser el desaguisado, cometido por estos dos señores, que muchas de las escenas y partes “totalmente inrodables” fueron re-escritas (o escritas del todo) en el mismo set de rodaje por Sean Hood, cuyos mayores logros son Cube 2 y El cuervo 4 (otro figura, ¡vamos!). El resultado final se traduce en ese alocado ritmo donde el 70% del metraje muestra peleas más o menos afortunadas. Conan no necesita de muchos diálogos que supongan una excusa para matar o follar, pero la tremenda diferencia entre la plasmación de su infancia con respecto a su vida adulta es, cuando menos, curiosa. Además, la forma de resolver el final de la historia, amen de las sucesivas incoherencias y “desapariciones” de escena de algún personaje (¿dónde diablos se queda varado el buen pirata Ukafa?), se convierte en un calvario para el espectador… sinceramente, la última media hora pensé que estaba ante un mal capítulo de la serie Hercules más que ante una película completamente terminada. Lanzo un aviso para aquellos que esperéis un final espectacular: no, la cinta va de más a menos a pasos agigantados.

Pero entonces, ¿merece la pena darse un paseo por esta Era Hiboria? Bueno, se puede disfrutar sin muchas pretensiones y olvidándose del título de la cinta. Al menos encontraréis retazos del mundo que imaginó Howard enfundados en una banda sonora que no le llega ni a la suela de los zapatos a las composiciones de 1982 (Basil Poledouris); de hecho, me hizo mucha ilusión que mostrasen pictos, aunque no se nombre a su pueblo. El presupuesto, más limitado del que hacen gala otras producciones, está bien aprovechado en unos vestuarios, decorados y efectos especiales potables y (¡albricias!) los actores no lo hacen mal. Aquí es donde más sangre podría hacer el aficionado tradicional, pero realmente Jason Momoa (Juego de Tronos – TV) se divierte interpretando al bárbaro y esto se refleja en pantalla, pese a lo escasas y pobres que resultan las escenas de interpretación pura. Lo mismo podríamos extrapolar al resto de actores, destacando positivamente al tandem antagonista, que en la parte masculina encabeza un eficaz Stephen Lang (Avatar) y una sexy (de una forma algo bizarra) Rose McGowan (Grindhouse,Embrujadas).

Sin lugar a dudas, el problema de Conan, el Bárbaro no reside en su elenco ni en su planteamiento técnico – eso que la dirección es la más básica que podría ofrecer un cineasta, buena muestra de ello es la lucha con el morador de la mazmorra: mal planteada, pésimamente coreografiada y aun peor rodada –, el problema reside en que aun buscando en esta película acción y leches a raudales, llegan a carretillas, sin estilo, “cutres” en ocasiones y tan carentes de imaginación que uno llega a cansarse y mirar el reloj. Y eso, amigo Marcus Nispel, solo tiene un nombre: mediocridad.

Mención especial para la versión en 3D. Metido con calzador durante la post-producción, podemos decir que es una estafa en toda regla: apenas perceptible, incluso llega a molestar, distraer y emborronar las escenas de acción, resultando su presencia prescindible e incluso molesta. Por favor, evitad gastaros ese extra en una tecnología que aquí, solo aumentará vuestra decepción.

Conan, el bárbaro no es el proyecto que los aficionados estaban esperando, aun así al pertenecer a una franquicia es imposible no ver algo positivo en la resurrección del cimmerio. Sin embargo, dudo que otros espectadores sepan disfrutar este exceso de sangre y acero (sí, el nivel de violencia, sangre y hasta pechitos está garantizado) con cero gramos de historia detrás…

… y ahí dejo esto en el aire: ¿pero los puentes siempre se rompen en el momento oportuno?

Lo mejor: El acto donde Conan es un niño, el vestuario y algunos decorados

Lo peor: El guión casi inexistente, el exceso de luchas y un 3D llamado estafa