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Cantos de Locura y Horror

Antología lovecraftiana

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Beatriz T. Sánchez ha brindado siempre que ha podido su buen hacer literario en Almas Oscuras, ahí quedan algunos de sus estupendas obras breves en la sección de “relatos”, hasta ir dando pequeños pasos de gigante dentro de su carrera como autora. Como por ejemplo coordinar la antología “Cantos de Locura y Horror”, editada por la jovencísima y fuerte editorial “Wave Books”, muy activa en esta bienaventurada infancia. Esta selección de cuentos se supone un homenaje a los universos y creaciones surgidos de la fértil y prodigiosa mente de H. P. Lovecraft, famoso escritor norteamericano que a estas alturas no requiere demasiadas presentaciones. Será Guinés J. Vera quien realice la correspondiente introducción para los despistados que todavía no saben el tipo de colección que sostienen entre sus manos. De manera breve y concisa nos ubica dentro de este tributo sin mucha justificación detrás, más allá de la respetable y obvia devoción para con los Mitos de Cthulhu. Seguir leyendo…

Bingo

Han cantado línea, seguimos para muerte

Bingo Ext

En un futuro hipotético pero probable, Japón ha vuelto a instaurar la pena de muerte. Aunque esta vez de una forma curiosa: la forma de morir es determinada por una partida de bingo jugada por los familiares de las víctimas. El pobre Masaya es uno de los prisioneros que hoy será ejecutado, Mayumi, su chica, se sienta delante de los monitores operando el juego, sufriendo el doble que su amado.

Aquí en España ya destaparon Andrés Pajares y Fernando Esteso los peligros del bingo para la salud, tanto mentales como físicos, y de paso perseguían faldas en lo que sería la, probablemente, mejor comedia española de todos los tiempos: Los Bingueros.

Hasta el Final

Un entretenimiento macabro de Jorge P. López

Hasta el FinalHundo mis manos muy dentro de esta ponzoña oscura. Apenas puedo distinguir los bordes del charco, la tenue iluminación amarillenta, que proyecta la diminuta bombilla del techo, hace casi un milagro distinguir detalles como los colores o las formas. El hedor metálico es insoportable hasta para mi apagado sentido del olfato, así que trago aire a través de la boca. Cortas bocanadas calientes que ponen a prueba la resistencia de mis pulmones, ¡pobre órgano castigado a lo largo de tantos años sirviendo en un club de fumadores! Mis pensamientos divagan intentando esquivar las sensaciones que la piel de mis manos emite en alaridos sinápticos. Suave, resbaladizo, húmedo: el charco no puede menos que provocar nauseas. ¿Qué serán esas motas negruzcas que flotan y se pegan a mi muñeca desnuda como garrapatas? Tal vez sean monstruitos de mi imaginación. Debo concentrarme o acabaré vomitando lo que hace días no como, mirar la cremosa superficie ondulando, a consecuencia de mis indagaciones, será un seguro detonante. Vomitar es un lujo que no puedo permitirme, necesito las escasas calorías que aun almacena mi menguante tejido adiposo y no sé cuanto tiempo más pasaré en la celda. Si encontrase la llave pronto tal vez tuviese alguna oportunidad, pero por mucho que remuevo el blando fondo de aquel diminuto lodazal no doy con la pieza metálica que la mulata había tirado mientras se burlaba de mi.

De haber sabido que terminaría en una situación tan comprometida nunca hubiese seguido aquel culo, pero si todos supiésemos como iba acabar un arrebato sexual probablemente nacerían menos niños. Aquella impresionante mujer de piel color crema, pelo afro y ojos verdes me encandiló con solo su vertiginoso escote trasero. Llevaba un traje dorado que el mismísimo Marqués de Sade consideraría obsceno, el traje era completamente abierto hasta la frustrante unión que impedía disfrutar de la sabrosa carne de sus nalgas. En perfecta soledad, sentada sobre el borde de un butacón desgastado, presumía de una espalda perfecta que retorcía para llamar la atención de los hombres allí reunidos, que eran todos los presentes menos ella. Sin embargo, cuando apuraba las heces del segundo puro me lanzó un guiño cómplice y señaló la salida con una sonrisa.

Tras servirle un par de copas me di cuenta de que me miraba con esa intensidad que solo puede augurar algo muy bueno… o muy malo. Hablé con mi compañero y me dijo que no tenía ningún problema en cubrirme con los jefes, solo serían un par de horas si podía llevármela a la habitación de un discreto motel cercano. Desgraciadamente ella tenía otros planes, entre pocas palabras y muchos toqueteos acabe sumido en la sordidez de sus intenciones. Solo un pinchazo simultáneo a uno de los cientos de besos que me dio y la realidad giró en sentido contrario. En el caleidoscopio que brillaba delante de mis cansados ojos solo pude distinguir la preciosa cara de la mulata riendo y detrás de ella figuras desenfocadas… y más al fondo, girando también, las facciones arrugadas de un hombre infinitamente viejo… entonces me derrumbé.

¿Dónde estás maldita? El repiqueteo de las cadenas y el fluctuar del charco por fin llenan de bilis mi boca. Llevo horas buscando desfallecido, si mi posición fuese mejor. Apenas puedo mover la mano con la muñeca fuertemente apresada y cuando intento doblar el codo, me duele la cicatriz del costado de manera insoportable. Las lágrimas afloran otra vez animadas por el calvario que estoy pasando mientras palpo una especie de barro que se deshace en hebras. Pensaba que una vez manchados mis pantalones superaría cualquier acceso de asco, no podía estar más equivocado. “Piensa en sus insultos”, me digo para aislar las sensaciones de mi tarea de exploración. No obstante, dos días sin apenas luz, sin descanso por temor a las pesadillas, afectan a mi cerebro de forma desmedida. No puedo controlar lo que pienso, deseo hundirme en esta miseria que no puede tener final feliz. ¿Por qué no me han abandonado en un callejón solitario? ¿Qué futuro me espera si ya me han vaciado? Una mueca demente seguro que deforma mi rostro: ahora recuerdo como me apretaba a ella mientras sobaba su culo sin pudor alguno. Pero mi cara no ha mutado a causa de la excitación sexual, no, no, no. Las falsas imágenes de los recuerdos distorsionan entre una neblina gris, mis manos ya no aprietan suavemente sus pequeños pechos, ahora arranco esas burbujitas de champagne y se las hago comer a puñetazos. De repente detengo el movimiento circular de mi mano hundida en la suciedad, creo haber oído algo por encima de las líquidas resonancias metálicas de mi prisión. Presto atención para descubrir aterrado que son sollozos míos y que ni siquiera sabía que estuviese emitiendo.

Vuelvo a hundir mis dedos entre el espeso cieno, la desesperación es mi guía. Una luz brillante que empieza a palpitar en mi cerebro. Probablemente sea la sed y el hambre, no ha bastado con lamer el rastro de la pared. Curiosamente, jamás hubiese sospechado que la orina no supiese tan mal: resulta ácida pero un deleite para mi enfebrecida lengua. Antes preferiría morir que probar aquella sustancia que removía, ¿estarían observándome en secreto para saber cuanto tiempo aguantaba un hombre sin perder la cordura? “Crueles”, las palabras de aquella mulata, de la que nunca sabré el nombre, eran más que eso. Dardos de desprecio que chocaban contra mi confusión y que ahora me acompañaban burlonas. “Por fin me libro de este desecho”, ¿a que venía repetir tantas veces lo mismo? No puedo perder la esperanza, no puedo entender el macabro juego del que solo debo ser una pieza. Si los que habían preparado el engaño me quisieran muerto, ya lo habrían hecho cuando me tuvieron inconsciente y a su merced.

Me repugna lo tópico de mi situación: un cretino engañado por una escultural mujer. Con algún órgano de menos y sometido a la vejación, castigo de su exceso de testosterona. ¿No estarían rodando una de esas películas para depravados? Desde luego, si era así, tendrían los mejores efectos especiales de la historia. Nada podía haberme preparado para la realidad… irónica red de situaciones comunes…

¡Un momento! He rozado algo, por favor, que no sea un engaño de mis entumecidos dedos. Sí, sí, sí… es duro. Puede ser la punta de la llave, creo que mi hombro se va a dislocar si giro un poco más el antebrazo. Lo único cierto es que la herida de mi costado se ha reabierto, lo sé por la línea de calor que se extiende hasta mi cadera. Creo que lo tengo, pesa más de lo que debería pesar una pequeña pieza de latón. ¡Por fin! ¡La tengo! ¿Y ese chasquido? No, no, no. Esta vez grito, no distingo las palabras que suelta mi boca, ni siquiera mi voz. Es como si insultos en otro idioma fuesen lo único que puedo emitir. ¿Un espejo? ¿¡Un espejo?! Sí, un pequeño espejo de mano que yo mismo sujetaba temblando, y de su asa colgando un fino hilo roto, deshilachado como los restos de mi cordura. Un fuerte ruido de engranajes cubre mis alaridos de pánico, de incredulidad. Algún dispositivo mecánico se ha activado porque toda la celda vibra. El cepo se cierra sobre su presa pero no sé quien va a ser la verdadera victima. Limpio con unas manos retorcidas el cristal. “Sonríe al espejo, cretino”, y un rictus sardónico enmarcado en profundas arrugas, un gesto que no es el mío escupe mi ignorancia desde la pulida superficie apenas visible. En un último bramido demente me pregunto si seré yo el que termine sus días entre estas cuatro paredes indistinguibles o aquel viejo que me pareció intuir tras la mulata, justo cuando caía en sus tejemanejes. Ese viejo que me devuelve la mirada incrédulo desde el espejo que sostengo paralizado por mi horrible final…

Zothique

El último continente

ZothiqueC.A. Smith fue junto a Lovecraft y Howard (creador de Conan y de otra docena de personajes no menos memorables) uno de los buques insignia de la famosa revista Weird Tales. Los “tres mosqueteros” los llegaron a llamar bienintencionadamente. Sin embargo,Smith es de los tres el más desconocido para el lector hispano, situación que las dos últimas décadas han venido a paliar un poco. Y eso que podríamos decir sin temor a equivocarnos que el californiano Smith gozaba de la pluma más acerada y de mayor dominio del lenguaje entre sus compañeros. Autodidacta – rechazo acudir a la escuela secundaria formándose el mismo de manera loable -, aprendió varios idiomas y cultivo con mimo no solo la literatura si no también la poesía y la escultura. Siendo siempre capaz de trasmitir a sus obras un aire de decadencia cósmica que ni siquiera el maestro de Providence pudo alcanzar. Tal vez el desconocimiento de su obra, cada vez menor afortunadamente, se debe a que dentro de su obra nunca pergeñó una comosgonía propia o desarrolló personajes que le diesen pie a una saga identificativa. Él se centró en recoger pasajes y cuentos de continentes y regiones (Hyperborea, Xiccarph, Averoigne…) imaginarios como si de un historiador, o mejor un bardo, se tratase. Así sus cuentos disfrutan de la patina del narrador experto que nos lleva, sin mucho esfuerzo por representar el marco de la ficción, por terrenos imposibles usando una vaga forma de añoranza que permite al oyente imaginar con más fuerza que si de obras explicitas se tratase. No hay concierto temporal claro en sus historias, solo una fuerza sobrenatural para describir lo decadente y lo exótico, superior incluso a la de Poe.

Permitidme reproducir el poema que abre esta antología y que sintetiza lo que encontraréis en los mejores relatos de uno de los mejores fantasistas “pulp” que alumbró la Norteamérica de principios del siglo XX, solo comparable en importancia a Lovecraft y Howard, y superior en cuanto a manufactura técnica:

ZOTHIQUE

Aquel que haya hollado las sombras de Zothique
y contemplado el oblicuo sol del color de la brasa,
no volverá de aquí a un país anterior,
sino que rondará una última cosa
donde las ciudades se deshacen en la negra arena
y muertos dioses beben el salitre.

Aquel que haya conocido los jardines de Zothique
donde sangran los frutos desgarrados por el pico del simorgh
no saboreará la fruta de hemisferios más verdes;
bajo las postreras enramadas,
en la sucesión de ocasos de los años sombríos,
sorberá un vino de aramanta.

Aquel que haya amado a las salvajes muchachas de Zothique
no volverá a buscar un amor más tierno,
ni distinguirá el beso de una amante del vampiro;
el espíritu escarlata de Lilith
se levanta para él, amoroso y maligno,
de la última necrópolis en el tiempo.

Aquel que haya navegado en las galeras de Zothique
y haya visto el espejismo de altas torres y cumbres,
tendrá que enfrentarse de nuevo al tifón
enviado por un brujo
y ocupar el puesto del timonel
sobre océanos alborotados por la cambiante luna
o por la señal remodelada.

Como habréis podido sentir, nos encontramos ante un recetario de emociones fuertes, decadencia netamente “pulp” y una combinación de horror y fantasía única. En opinión de un servidor, estamos ante uno de los libros más importante del siglo pasado, dieciséis relatos (más el poema que he trascrito) que aúnan la prosa más lírica con el temario más sugerente y necrótico escrito hasta la fecha: La sensualidad comercial de Anne Rice empalidece ante los deseos inhumanos de las decadentes lamías que pueblan los cementerios de Zothique, la perversidad de Hannibal Lecter es solo un juego de niños frente al hambre feroz de muerte que caracteriza a los nigromantes de Naat y los horrores modernos de Stephen King se esconden prestos cuando los moradores de las criptas, llenas de milenarias momias de emperadores, surgen de las grietas abismales para tejer sus redes sobre los incautos.

El horror se da cita en los cuentos de Clark Ashton Smith con la fantasía épica e incluso unas gotas de ciencia-ficción, merced al protagonismo absoluto del último continente de un mundo, deseando creer que es la tierra, sometido al inminente fin que dicta un sol moribundo y decadente, cuyos sanguíneos rayos de luz infectan la vida de los hombres. Disfrazado con una pesada chilaba anaranjada, que nos retrotrae a las pesadillas que cada una de las mil y una noches esperaban al rey Shahriar tras los cuentos de la siempre inalcanzable Sherezade, el terror se despliega inmisericorde ante el lector, con una normalidad que resulta peligrosa y se pega a las capas de nuestro cerebro con pecaminosa insistencia. Como si de un seductor Crowley se tratase, C.A. Smith nos dibuja unas viñetas desgastadas por los siglos, probablemente dictadas por un memoria racial futura antes que pasada. Y es que estos brillantes destellos del fin de la historia conocida, son tan realistas – dentro de la desbordante imaginación que muestra su autor – que resulta difícil no dejarse engañar momentáneamente por alguno de sus extraordinarios cuentos, narrados a través de una boca llena de fragantes humos y delicados licores.

El libro que edita Valdemar, recoge lo que podría ser el mejor ciclo de su autor. Y es que en Zothique la imagen de un continente moribundo al borde de la degeneración de sus habitantes y la vuelta a la magia negra como método de poder, ejerce una atracción especial no solo por sus islas repletas de nigromantes o palacios hundidos en eternas orgías, sino también por una prosa tan recargada y precisa como un bisturí de diamantes. Previamente editado por EDAF en 1977 (conociendo sucesivas reediciones), por fin contamos con una edición moderna a la altura que un clásico como Smith merecía. Tapa dura, espectacular ilustración de portada exclusiva para la ocasión, y una calidad de papel solo superada por el de la letra sobre él impresa; solo podríamos achacarle el pecadillo de prescindir de una introducción, o breve ensayo, que siempre ayuda al lector a ponerse en situación frente a cuentos de casi un siglo de antigüedad. Ni siquiera se recoge el epilogo que redactó Lin Carter (otro fantasista que se dedicó a organizar sistemáticamente la obra de Howard y Smith así como a terminar algunos trabajos inconclusos de los mismos) explicando el porque del orden de edición de los relatos, que no refleja el original. Pues Smith no concebía sus narraciones como un ciclo si no como, precisamente indicado anteriormente, una continuación de las perezosas narraciones de una cortesana de apabullantes curvas, tal y como le pudiesen venir a la cabeza: desordenadamente. Es decir, esta edición ordena los relatos según la ordenación cronológica inherente a la coherencia argumental de los mismos, no sigue el orden en que en realidad fueron publicados o escritos; y sin embargo no se nos explica el porque de dicha ordenación.

Pero lo importante son los cuentos, y en este caso ninguno de los dieciséis es malo, incluso podríamos decir que dos o tres son memorables, todos ellos atemporales. Destaca la fuerte presencia de la nigromancia, de una forma tan natural y abierta que casi podríamos hablar de necrofilia encubierta, y de los horrores apenas controlados por los hechiceros que practican blasfemos rituales en honor a sus perversos reyes y reinas. Si tuviese que destacar alguno por encima de otros seguramente me quedaría con Nigromancia en Naat, la historia más triste y siniestra que jamás haya leído sobre muertos vivientes. Todo no pueden ser Walking Deads o Mila Jovovich llenando de plomo a no-muertos. Existe otra visión más poética, más intensa, más satisfactoria que podréis conocer de la mano de un genio, imprescindible para cualquier que se vanaglorie de llamarse “aficionado a la fantasía”. Aunque elegir un solo cuento me parece casi un desprecio para con la colección. Desde el jardín de miembros amputados de Adompha, hasta el ajado monasterio del vicioso abad negro de Puthuum, pasando por las luchas entre hechiceros de “el amo de los cangrejos”; casi cualquier pasaje de este libro único hiede a fruta podrida y posee el blando tacto de la pálida carne de una emperatriz momificada hace siglos.

Resulta patente mi amor por esta obra, un cariño que nunca negaré y que reconozco, como ya lo hizo Ray Bradbury en sus inicios, me empujó a ponerme delante de una hoja de papel en blanco con la intención de mancharla de tinta, decadencia y exceso. De todo corazón recomendaría este libro a cualquier amante de la buena literatura; de tratarse de un aficionado a la literatura “pulp”, le diría que duerme en pecado cada noche que no posee una copia de esta joya. Claro que también soy consciente de que la prosa tan personal y retorcida de un autor no es apta para todos los paladares, pero hasta el gusto más deteriorado es capaz de entrenarse, tomando sorbos de esta especial absenta preparada por Smith. No obstante, para que no penséis que se trata de una obsesión meramente personal y subjetiva, os dejo en palabras del propio editor de Valdemar, el cual resume muy acertadamente la magia que oculta la pluma de C.A. Smith:

”Se trata de una de las obras más emblemáticas del terror sobrenatural en su vertiente más bizarra y demente, escrita para cerebros desahuciados y exquisitamente mórbidos. Se trata de Zothique, de Clark Ashton Smith. Me complace también poder afirmar que hemos conseguido, gracias a la labor de Marta Lila Murillo, una traducción a la altura de Clark Ashton Smith, un autor sumamente retorcido, complicado, decadente y exuberante“