Especial Orgullo 2026
El armario también sangra
Hay una ironía deliciosa en que uno de los géneros más conservadores durante décadas llegue a convertirse en uno de los espacios más libres para hablar de identidad. El terror lleva más de un siglo fabricando monstruos, pero también lleva más de un siglo preguntándose quién decide qué es un monstruo. Y esa diferencia, aparentemente sutil, lo cambia todo.
Durante mucho tiempo Hollywood respondió a esa pregunta con la delicadeza habitual de un psicópata empuñando una motosierra. Si un personaje era homosexual, afeminado, travestido o simplemente escapaba de la heterosexualidad normativa, había muchas posibilidades de que acabara muerto, loco o convertido en el giro final de la película. No era casualidad. Era la consecuencia lógica de décadas de censura, del Código Hays y de una industria que sólo aceptaba personajes queer si podían esconderse bajo la metáfora o pagar un peaje moral antes de los créditos.
Lo curioso es que el terror siempre estuvo lleno de personajes queer, pero nadie podía decirlo en voz alta.



