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Clayface

Cuando DC se pringa de sangre

Clayface

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 3.5/5

Hay que reconocer que el cine de superhéroes lleva una temporada empeñado en poner a prueba nuestra paciencia. Entre multiversos interminables, cameos resucitados y universos que requieren más deberes que una oposición a judicatura, encontrar una película capaz de contar una historia relativamente autónoma empieza a parecer un pequeño milagro. Y si además se atreve a hacerlo desde el terror, con un protagonista moralmente cuestionable y una generosa ración de carne deformada y sangre, el acontecimiento merece celebrarse.

Dirigida por James Watkins, responsable de la magníficamente incómoda Eden Lake (2008), y escrita por Mike Flanagan y Hossein Amini, la película recupera a uno de los antagonistas clásicos del universo de Batman para ofrecer una historia de origen que se mueve entre el thriller criminal, la tragedia y el horror corporal más descarado que bebe de Cronenberg, reivindica el cine de monstruos y demuestra que todavía queda vida inteligente más allá de los multiversos. Y lo cierto es que la combinación funciona francamente bien.

Matt Hagen (Tom Rhys Harries) es un actor cuya prometedora carrera se desmorona después de sufrir una brutal agresión que lo deja desfigurado. Desesperado por recuperar su aspecto, recurre a un tratamiento experimental cuyas consecuencias, como suele suceder cuando la ciencia juega a ser Dios, resultan bastante más desagradables de lo previsto.

Watkins construye así una tragedia sobre la identidad, la belleza y la pérdida de control. Porque Hagen no nace monstruo: es un hombre que, intentando recuperar aquello que le han arrebatado, termina perdiendo lo poco que le queda de humanidad. Una premisa que conecta inevitablemente con el Frankenstein de Mary Shelley y con esa larga tradición del cine fantástico que utiliza la deformidad física como reflejo de nuestros conflictos más íntimos.

Es en el terreno del body horror donde Clayface encuentra su verdadera razón de ser. La película abraza sin complejos la fascinación por la carne mutable, las deformaciones y los cuerpos que dejan de obedecer a sus propietarios. La sombra de David Cronenberg resulta inevitable. Como sucedía con Seth Brundle en The Fly, asistimos a una transformación física que arrastra al protagonista hacia su propia destrucción. También encontramos ecos de La sustancia (2024), de Coralie Fargeat, en esa mirada despiadada hacia la belleza y los horrores que estamos dispuestos a asumir para conservarla.

Watkins no escatima en carne retorcida, sangre y transformaciones de repugnancia considerable. Hay momentos genuinamente desagradables y otros en los que resulta imposible reprimir una sonrisa de satisfacción ante semejante despliegue de mal gusto. Especialmente destacable resulta la integración de los efectos, que combinan recursos prácticos y digitales con una fisicidad convincente. No todo es sutil, desde luego. La película se entrega al efectismo con un entusiasmo casi obsceno, pero sería absurdo reprocharle semejante inclinación a una propuesta que encuentra buena parte de su personalidad precisamente en esa desvergüenza.

Como suele suceder, no todo funciona con la misma precisión. Su estructura narrativa resulta bastante reconocible, algunos personajes secundarios quedan desdibujados y la película no siempre encuentra el equilibrio entre la profundidad psicológica y el espectáculo grotesco. Aunque, en mi opinión, sus virtudes terminan imponiéndose.

Como sucedía con Joker (2019), DC encuentra en uno de sus villanos la oportunidad de explorar territorios alejados del espectáculo superheroico convencional. Solo que donde Todd Phillips recurría al drama psicológico, Watkins prefiere que la tragedia se manifieste a través de la carne, las vísceras y unas transformaciones que harían las delicias de cualquier cirujano con tendencias psicópatas.

Conclusión: el horror le sienta de maravilla a DC. Clayface no reinventa el body horror ni plantea nada que Cronenberg, Raimi o el cine de monstruos clásico no hayan explorado antes, pero sabe perfectamente qué película quiere ser. Y eso se traduce en una propuesta sólida, entretenida y visualmente muy estimulante.

Se agradece especialmente que DC se permita este tipo de incursiones, que deje respirar a sus personajes y permita que el género marque las reglas en lugar de someterlo todo a las necesidades de una franquicia. Porque no todos los villanos necesitan enfrentarse a Batman para justificar su existencia...

Lo mejor: Un festín de body horror con efectos bien integrados y un efectismo muy disfrutable.

Lo peor: Una trama algo previsible que, por momentos, sacrifica profundidad psicológica en favor del espectáculo. OJO, que esto también podría ser también lo mejor.


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