
- Título original: Ice Cream Man
- Nacionalidad: Estados Unidos | Año: 2026
- Director: Eli Roth
- Guión: Eli Roth, Noah Belson
- Argumento: Un misterioso heladero llega a un tranquilo pueblo y sus dulces convierten a los niños en pequeños asesinos. Mientras la violencia se desata, tres chavales intentarán detener la masacre.
| DIVERSIÓN: | |
| TERROR: | |
| ORIGINALIDAD: | |
| GORE: |
- 3.5/5
Algunas críticas están masacrando lo nuevo de Eli Roth. Pues qué queréis que os diga, yo me lo he pasado como un cochino en una charca.
Roth siempre ha sido un cineasta peculiar. Nunca especialmente elegante, pocas veces sutil y a menudo empeñado en demostrar que el mal gusto también puede convertirse en una declaración de principios. En Cabin Fever convirtió una escapada juvenil en una infección repugnante; con Hostel ayudó a poner de moda aquella etiqueta del torture porn que tantos dolores de cabeza nos dio durante los dos mil; en El infierno verde decidió que la mejor manera de homenajear a Ruggero Deodato era perder cualquier noción del freno; y en Black Friday demostró que podía manejar el slasher clásico con bastante más gracia de la que algunos estaban dispuestos a reconocer.
Después llegó Borderlands. No vamos a hacer sangre. Bueno, más sangre…
Aquí Roth vuelve a casa. Al barro. A la casquería. Al lugar donde nadie le pregunta por la construcción de mundos. Resulta inevitable pensar en ¿Quién puede matar a un niño?, la obra maestra de Chicho Ibáñez Serrador, aunque cualquier parecido termina prácticamente en el momento en que aparecen los niños asesinos. Donde Chicho construía una pesadilla seca, incómoda y profundamente perturbadora, Roth monta una verbena.

También sobrevuelan El pueblo de los malditos y Los chicos del maíz, pero pasados por la trituradora de un director que jamás ha considerado innecesaria una víscera. Porque Dulce sabor a muerte no quiere inquietarte, quiere que grites “¡pero qué cojones!” mientras te ríes. La gran ocurrencia de esta peli consiste en convertir algo tan inocente como la infancia suburbana norteamericana en un campo de exterminio. Y funciona porque Roth no tiene miedo de llevar la coña demasiado lejos. De hecho, “demasiado lejos” es probablemente su dirección favorita.
Los niños no son aquí aquellas criaturas siniestras de mirada perdida de El pueblo de los malditos ni tampoco existe la solemnidad satánica de Damien. Estos son mini psicópatas desatados, una guardería organizada por Art the Clown. Y la película encuentra su mejor versión cuando deja de fingir que existe una historia importante detrás y se entrega al caos.
No estamos ante Ari Aster diseccionando traumas familiares ni ante Robert Eggers invocando demonios entre velas mientras alguien habla inglés del siglo XVII. Dulce sabor a muerte es una estupidez. Una estupidez monumental, pero una estupidez cojonuda. Porque mientras medio género anda ocupado hablándonos del trauma, la maternidad y la depresión mediante planos de una señora mirando una pared durante siete minutos, Roth aparece con su carrito de los helados preguntando: ¿Lo quieres de vainilla?

Una de las mayores virtudes de la película es que dura lo que tiene que durar. Ochenta y seis minutos. Como Dios manda. En una época en la que cualquier película necesita dos horas y media para contarnos que un señor está triste, Eli llega con un ritmo que apenas permite respirar y cada nueva atrocidad es más gorda que la anterior. Hay momentos en los que la acumulación amenaza con anestesiar, claro. Cuando todo es una barbaridad, ninguna barbaridad termina siéndolo demasiado. Es el viejo problema del gore convertido en montaña rusa.
La serie B no debería pedir perdón. Quizá lo más simpático de Dulce sabor a muerte sea precisamente su absoluta falta de vergüenza. Tiene interpretaciones discutibles. Tiene diálogos que parecen escritos después de tres Monster. Tiene decisiones narrativas que probablemente no sobrevivirían a una conversación seria de cinco minutos. Pero, coño, también necesitamos basura.
El cine de terror siempre ha necesitado películas así, películas que no aspiren a ser “terror elevado”, expresión que algún día deberíamos enterrar en una cuneta.
Cierto es que no todo funciona: El guion es endeble, algunos personajes tienen aproximadamente la profundidad psicológica de un palo de polo y el villano podría haber sido bastante más memorable. Incluso dentro de semejante festival de excesos, se echa de menos que Roth encuentre una imagen realmente icónica que sobreviva a la carnicería.

Y hay momentos en los que la película parece estar a una mala decisión de convertirse directamente en una parodia de sí misma. Pero entonces aparece otra salvajada y vuelves a sonreír. Y ahí está el secreto. En una cartelera cada vez más obsesionada con parecer importante, Roth ha hecho una película que llega con las manos manchadas de sangre, se tira un pedo en mitad del salón y pregunta si queda cerveza en la nevera.
Así que sí. Póngame otra bola de tutti frutti.
Lo mejor: Una fiesta gore con cero sutileza.
Lo peor: Guion con cero profundidad. También.
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