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Especial Orgullo 2026

El armario también sangra

Hay una ironía deliciosa en que uno de los géneros más conservadores durante décadas llegue a convertirse en uno de los espacios más libres para hablar de identidad. El terror lleva más de un siglo fabricando monstruos, pero también lleva más de un siglo preguntándose quién decide qué es un monstruo. Y esa diferencia, aparentemente sutil, lo cambia todo.

Durante mucho tiempo Hollywood respondió a esa pregunta con la delicadeza habitual de un psicópata empuñando una motosierra. Si un personaje era homosexual, afeminado, travestido o simplemente escapaba de la heterosexualidad normativa, había muchas posibilidades de que acabara muerto, loco o convertido en el giro final de la película. No era casualidad. Era la consecuencia lógica de décadas de censura, del Código Hays y de una industria que sólo aceptaba personajes queer si podían esconderse bajo la metáfora o pagar un peaje moral antes de los créditos.

Lo curioso es que el terror siempre estuvo lleno de personajes queer, pero nadie podía decirlo en voz alta.

El terror de acampar

Asesinos y fogatas

El terror de acampar

Desde garrapatas gigantes hasta la icónica máscara de hockey. Si algo nos ha enseñado el cine de terror es a tener miedo de los campamentos de verano. Nunca sabes cuándo aparecerá un asesino con un hacha o un cantante de heavy metal desquiciado. Sí, estamos hablando de ti, Stage Fright.

Porque no todo es Viernes 13 o Campamento sangriento. Más allá del legendario "Crystal Lake", también existen el “Campamento Placid Pines” y “Camp Paradise”, de Bloody Murder, del año 2000, y Sueños tortuosos, de 1987, respectivamente.

Especial Día de la Madre

¡Va por vosotras, mamás!

Especial Día de la Madre

Estamos a las puertas del Día de la Madre: la excusa perfecta para compensar todo lo que no hemos dicho (ni hecho) durante el año. Desde Almas Oscuras, queremos rendir homenaje a las madres que, desde el otro lado de la pantalla, han hecho todo lo posible (o lo imposible) por cuidarnos, aunque no siempre hayan sabido hacerlo bien.

Hay dos frases que el cine de terror ha convertido en amenazas universales: “Voy a volver” y “Hazle caso a tu madre”.

Porque si algo nos ha enseñado el horror durante décadas es que las madres jamás descansan. Ni muertas. Ni poseídas. Ni decapitadas. Ni aunque un grupo de guionistas italianos les haya arrancado literalmente la cabeza para convertirla en un cesto de gusanos infernales. El cine de terror ama a las madres al igual que las odia profundamente. Las convierte en mártires, monstruos, incubadoras demoníacas, guardianas psicóticas, entidades vengativas o trituradoras emocionales capaces de generar más trauma que cualquier asesino con máscara de látex. Porque mientras Freddy Krueger sólo aparece en sueños, mamá puede joderte la vida en la vida real y en horario ininterrumpido. Y eso sí que da miedito.

Poltergeist: Fenómenos extraños

Venid todos hacia la luz.

¡Hemos dedicado un programa a la trilogía POLTERGEIST en nuestro nuevo proyecto de pódcast SESIÓN DE MEDIANOCHE! Con Carlos Cubo y Vicente Albaladejo.

Corría el año 1982 y el cine de género estaba a punto de cambiar para siempre. Mientras John Carpenter nos helaba la sangre con la paranoia de The Thing y Ridley Scott dibujaba un futuro de neón y lluvia en Blade Runner, un niño prodigio de Cincinnati llamado Steven Spielberg decidía que era el momento de convertir el salón de cualquier casa de clase media en la antesala del mismísimo infierno.

Poltergeist (Fenómenos Extraños) no fue solo una película de fantasmas; fue el fin de la inocencia para una generación que, hasta entonces, miraba la televisión buscando entretenimiento y acabó encontrando en la estática de la pantalla un vacío voraz dispuesto a engullir a lo más sagrado: la familia.