
- Título original: El vestido
- Nacionalidad: España | Año: 2026
- Director: Jacob Santana
- Guión: Frank Ariza, Diego Ayala, Marco Lagarde
- Intérpretes: Belén Rueda, Vera Centenera, Elena Irureta, Belén Écija
- Argumento: Recién separada una pintora y su hija se mudan a un viejo caserón. En su desván, algo habita...
| DIVERSIÓN: | |
| TERROR: | |
| ORIGINALIDAD: | |
| GORE: |
- 2/5
Nuestra reina del grito más icónica, Belén Rueda, regresa al terror con El vestido, una cinta de casa encantada en la que repite colaboración con Jacob Santana, con quien hace pocos meses estrenó el thriller Reversión: una película irregular, pero con un giro curioso, que pasó completamente desapercibida en las carteleras. Ahora ambos, junto con el codirector Frank Ariza (no sabemos hasta qué punto colabora, porque en algunas notas de prensa su nombre desaparece) , construyen un filme de sustos encadenados y factura muy solvente… al que, sin embargo, se le notan demasiadas costuras.
Alicia (Belén Rueda) es una madre en trámites de divorcio que se muda con su hija de 10 años (Vera Centenera) a un viejo caserón. Para cuando ambas descubran que la casa está “gafada”, la fuerza que habita entre sus paredes las tendrá bajo su poder.
Rodada con la vista puesta en las ventas internacionales, El vestido es una película de planos, color y sonido que remite —o se mimetiza— con el estilo del terror comercial made in USA. Para enfatizar este aspecto, recurre a todo tipo de recursos:
Narrativamente, al minuto de instalarse, aparece la típica vecina (Elena Irureta) con un pastel de bienvenida y la promesa de explicarnos en el último tercio qué sucede en la casa. En la puesta en escena, la niña lleva una camiseta con un texto en inglés (“Fuck you all”). También será en inglés la única canción que escuchemos en la película. Y los planos de ciudad son demasiado cortos o desenfocados para que nos sea imposible deducir dónde transcurre la trama; los pocos planos amplios, tomados con dron, nos muestran las instalaciones del colegio a vista de pájaro.
Todos estos elementos conforman un producto que se vería igual doblado a cualquier idioma, pues evita elementos locales para habitar en un mundo “universal”, construido mediante la concatenación de lugares comunes de cientos de filmes mediocres. Hay fantasmas, pero la cinta carece de alma.
El vestido que da título al filme será encontrado en el desván por la niña coprotagonista, y su papel en el motor interno de la historia se quedará en algo anecdótico. Como también resulta anecdótica la trama de abusos en el matrimonio que nunca termina de concretarse y que corre en paralelo a la sobrenatural, algo que, mejor llevado, podría haber emparentado esta película con el clásico del terror asiático Dark Water.
Pero quizá el mayor defecto, a nuestro parecer, está en el ritmo. La historia parece estancarse hacia el minuto 20; a partir de ese momento avanza a paso de tortuga, en favor de encadenar secuencias de sobresaltos no siempre efectivas. A cinco minutos de abandonar la sala, los directores vuelven a pisar el acelerador para explicar todo lo que sucede, incluir un giro muy tontorrón que a esas alturas interesa muy poco, y dejar una conclusión facilona que deja al espectador lleno de preguntas que, para no hacer spoilers, prefiero no plantear. En cualquier caso, un cuentecito de terror que se embenbe en la narración en esos minutos finales logra recuperar algunas décimas de atención.
Otra oportunidad perdida para nuestro cine. Este segundo film de Jacob Santana, con pocos meses de distancia con el anterior, demuestra que es un realizador con ojo para rodar a la manera comercial, pero que, hasta que se demuestre lo contrario, carece de una voz propia. Eso sí: al menos Belén Rueda revalida su solvencia en este tipo de productos y es ya casi un subgénero patrio, y Elena Irureta, en el tramo final, añade también algo de sal a este trabajo insípido.



Lo mejor: Está rodada con el suficiente dinero para ser visualmente solvente.
Lo peor: El argumento recurre tanto a lugares comunes como a planteamientos visuales tan manidos que nada termina sorprendiendo.
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