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Devil's Gate

Despropósito de más allá de las estrellas

Devil's Gate

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DIVERSIÓN:
TERROR:
ORIGINALIDAD:
GORE:
  • 1.5/5

Atención, la siguiente sinopsis puede contener spoilers.

Maria y Jonah Pritchard, madre e hijo, han desparecido y su hermana se pone en contacto con el FBI para que inicien la búsqueda en la pequeña localidad de Devil’s Gate. Acercándose a la granja donde residía la familia, la agente Francis y el policía local Colt pronto detectan algo extraño: el patriarca Pritchard ha poblado de trampas y alambre de espino la asolada hacienda. Las sorpresas no quedarán ahí, pues tras un hostil recibimiento, los agentes de la ley descubren que el sótano no oculta a los desaparecidos si no a un extraño ser que podría ser un alienígena. Jackson Pritchard, roto por la locura, asegura que los demonios se han llevado a su familia, pero tras sus delirios mesiánicos se adivina un terror hacia sí mismo que los agentes sólo entenderán cuando una lluvia de rayos traiga de vuelta a la esposa del aterrado granjero, la cual revelará que sobre ellos vuelan algo más que ángeles.

“Devil’s Gate” inaugura la temporada 2018 de reseñas, y lo hace de manera continuista con el horripilante año que nos dejaba hace poco, cine de ese que te quita las ganas de realizar su maldita reseña. Otra serie B realizada con frialdad, falta de talento y poniendo de manifiesto una inutilidad de ridículas proporciones en cuanto a la composición de su historia. El largometraje debut de Clay Staub, el cual salva los muebles por los pelos si hablamos de su tarea detrás de la cámara, fue inicialmente concebido con el título de “Abduction”, mucho más genérico pero también más honesto a la hora de vender su contenido. De esta manera, intentando convertir la presencia de extraterrestres en un secreto a voces, la película desgrana una historia de abducciones tan confusa como las motivaciones tras el cambio de nomenclatura. Envuelta en cientos de largos e innecesarios diálogos, “Devil’s Gate” es incapaz de unir correctamente las escasas piezas narrativas que componen su mosaico argumental, conformando un aborto de retales que se entiende por la simplicidad de lo que cuenta, pero que molestará a los seres con un mínimo de comprensión lectora.

La cinta comienza con una secuencia que nada tiene que ver con la dirección a adoptar pocos minutos después: tirado por su coche, un hombre se acerca a una finca ruinosa para terminar siendo empalado por una cruel trampa. Sin embargo esta escena de obertura contiene los mejores minutos de todo el metraje, por otro lado una siesta a la que resulta difícil negarse. Observamos una lúgubre granja desvencijada perdida en el medio de la nada, el escenario ideal para cualquier película de terror de medio pelo, en este caso bastante logrado. Y serán estos decorados lo mejor que tiene por ofrecernos “Devil’s Gate”, quizás compitiendo en el pequeño platillo de lo positivo contras los efectos especiales. Caracterizados por su origen informático, no lucen del todo mal escudados tras una fotografía bastarda, la cual molesta a la vista debido a su pálida artificialidad, incluso conviven con algún efecto práctico de maquillaje que podría haberse aprovechado mejor en cualquier otra producción de estilo más artístico.

Volviendo a la trama, una agente del FBI entra en escena para dar salida a la verdadera excusa argumental de la película: la desaparición de una madre y su hijo en la granja que ya conocemos gracias al simpático prólogo. Aquí empieza la sucesión de diálogos que convertirá a la película en un tostón de padre y muy señor mío, principalmente enarbolados por la mentada agente, interpretada por Amanda Schull, cero a la izquierda como actriz, y un policía local, los cuales se pasan media película dándole a la húmeda mientras explican desde múltiples ángulos lo que ocurre en pantalla a su alrededor. Semejante exceso de palabrería va progresando hasta llegar a un cenit, poco antes de que la película termine con el típico epílogo para retrasados mentales, cuando los extraterrestres realizan su acto de presencia en masa, confirmando la absurdez de un plan de invasión que no firmaría ni Mariano Rajoy. Como síntesis, ¿os imagináis a un productor iraní violando “La Invasión de los Ultracuerpos” y tirando el resultado de este malvado acto a un charco de barro?

Otro de los grandes pecados de “Devil’s Gate” lo encarna Milo Ventimiglia (“The Divide”, “Gamer”) durante su actuación como padre trastornado hasta el paroxismo, el patriarca de la granja venida a menos, dividido entre el fanatismo religioso y la clásica agresividad de un paleto sureño. Perfecto recital de la sobreactuación y el nerviosismo llevado al límite, tomado con la seriedad de un torero de faena, tanto que se transmite fielmente por pantalla hasta hacer desear al espectador un final rápido y digno: “mátenme antes que soportar por un minuto más los ojos salidos de sus orbitas enarbolados por Ventimiglia como método interpretativo”.

La mediocridad y nula reflexión de la que hace gala el actor no es más que un mero reflejo de toda la nulidad, puesta al servicio del cine de género, que caracteriza al terror de bajo presupuesto que domina la cartelera en VOD, aquí representada a la perfección con “Devil’s Gate”, producción que no le recomendaría ni a mi peor enemigo. Primero por esa fotografía tan poco fotogénica, valga la redundancia; segundo por unas actuaciones que, evidentemente, no saben afrontar la levedad de sus diálogos, simple cháchara de fondo; y tercero por una historia que intenta ser sorprendente a cada giro de la misma, cuando se puede ir adelantando el misterio de forma espontanea varios fotogramas antes, y además este no tiene ningún tipo de base lógica dentro de su propio universo. ¿Por qué cojones iban los extraterrestres a montar un plan tan retorcido y cutre si nos llevan siglos de evolución? Podemos entender la típica tontería de “adaptarse a la atmósfera terrícola”, pero utilizar una granja de mierda y a sus propietarios como base y criados durante generaciones parece un poquito cogido por los pelos.

Lo mejor: El aspecto de la granja donde tiene lugar la trama.

Lo peor: Una fotografía odiosa y gratuitamente irreal.


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