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El Roble Seco

O el hombre que NO llegó a ser

roble

Nuestro compañero y amigo Randolph Carter nos presenta su relato de horror El Roble Seco.

Todo comenzó un otoño a finales de los ochenta. Dicen algunos entendidos investigadores que coincidió con unas ráfagas electromagnéticas provenientes de la gravedad del lejano Júpiter. Otros indican que se trató de fuerzas de la Naturaleza ligadas a la contaminación producida por el hombre, y los más modernos teóricos coinciden en que la causa fue producida por algún tipo de radiación o nube radiactiva.

Yo no me inclino por ninguna de estas opiniones y aún hoy sigo buscando una explicación más verosímil. Lo cierto es que tan sólo hubo dos casos —conocidos— en todo el mundo. Bórotom Sòktov —no sé realmente cómo se escribe— vivía como pastor ermitaño en medio de ninguna parte, entre montañas y bosques, con una cabaña construida por él mismo veinte años antes, de madera maciza, bien aislada tanto del frío como del calor, de vigas fuertes y resistente a los vendavales.

Subsistía de su rebaño de ovejas, de carne de lobos y jabalíes que cazaba con trampas en el bosque, algunas hierbas y bayas y un improvisado invernadero. Aislado del resto de la humanidad desde los años cuarenta, creía que el mundo había sido dominado por los nazis y que sus montañas impenetrables y sus frondosos bosques le aseguraban ser el único humano libre en todo el planeta. Seguir leyendo…

En los jardines de Casandra

Un relato grecomacabro de Beatriz T. Sánchez

CasandraLa había comprado durante un viaje a Atenas, muy niña. La liberó y la educó espléndidamente, pues había descubierto en ella un espíritu inteligente y una singular belleza. A medida que las líneas que dibujaban sus rasgos se iban moldeando sin perder hermosura, más encandilados se veían sus sentidos; así pues, no dudó en tomarla por esposa una vez cumplió una edad conveniente. La amaba. Aunque a medida que pasaban los años se hubiese revelado que la cruel Providencia había dotado a la bella Casandra de un vientre estéril.

Pero Casandra ya no estaba. La muerte se la había llevado repentinamente en el esplendor de la vida, dejándole solo y afligido con el recuerdo de sus ojos negros y sus aires lánguidos. Antonino paseaba por los jardines de la domus, en los que ella entretenía sus momentos ociosos con el arte de la jardinería, hasta el pequeño rincón junto a la fuente de los tritones, donde tantas veces se había sentado a contemplar la perfección lograda con su labor. Ahora sus paseos ya solitarios siempre acababan desembocando allí, en la umbría donde el agua entonaba una melodía fresca y cantarina. Pero ni siquiera a su buen amigo Rutilio se había atrevido a confesar el porqué de su atracción hacia este lugar en concreto.

Furia

Un cuento de zombis por Beatriz T. Sánchez y Jorge P. López

Furia PequeñaLo primero que proclama su unión de nuevo al cuerpo maltrecho es el dolor. El vivísimo dolor en cada fibra, en cada nervio, en la sangre espesada. Ha rondado como un polluelo abandonado alrededor del nido en putrefacción, pero, por fin, ha vuelto a caer sobre él. Sí, es su cuerpo, frío y abotargado. Otra vez le pertenece, después de ese vagar incorpóreo en torno a la zanja. Una sola pregunta reina tras la nube rojiza que inunda el cerebro reblandecido. ¿Qué es ese odio que hierve a la altura de sus entrañas, los destellos bermejos que punzan y sollozan tras sus febriles ojos?

Esa gasa roja vira al granate al recordarle a él y los dientes entrechocan, castañeteando, sin poder articular el deseado insulto. Los tendones, tiesos como viejos papiros, se estremecen tratando de tirar de los huesos incongruentemente pesados. Unas imágenes emborronadas se suceden semejando una vieja película en blanco y negro. El bosque, el coche que se para, el ruido de ambas puertas al cerrarse, los pasos alejándose al ritmo de la discusión; la discusión, otra más, él no va a abandonar a su mujer, sí, claro, prefiere la comodidad, la seguridad de lo cotidiano y conocido; los nervios se deshilachan ansiosos ante los terribles recuerdos que llegan sin ser deseados. Las malas palabras, el bofetón, la caída y la piedra… él se abalanza sobre ella sin darle tiempo a incorporarse, con aquel canto que hundió en su cabeza una vez, dos veces, tres veces… un estallido de cólera que todavía cala sus huesos, un arrebato convertido en la única certeza de aquel curioso claro lleno de escombros marmóreos. Él, ella, las ruinas. Una salmodia interior que ahora es su única guía.

Tengo su corazón

Una historia de horror de Beatriz T. Sánchez

Photobucket¿Cuántos hombres habrán intentado romper las sagradas leyes naturales, no ya por pura curiosidad científica, sino en aras de los sentimientos más exaltados?, ¿Cuántos se habrán atrevido a tamaña blasfemia? Muy pocos, por eso no puedo dar crédito a mi audacia.

De todos los estudiantes de la Academia Médica yo soy el que hace más hincapié en temas tales como la frenología, el mesmerismo y el poder del fluido eléctrico. Sé que ese hatajo de oscurantistas se burlan a mis espaldas, pero si viesen lo que he logrado se les cuajaría la sangre en las venas.

Aunque hasta hace una semana mi mayor preocupación no eran las murmuraciones, sino la vida que se extinguía inevitablemente ante mis ojos…

El infierno en la tierra

Un relato corto de Infección Mental

Infierno peHacía tiempo que no subíamos un relato, y, para ello, no podría haber un momento mejor que un viernes 13.

Solo un correo anónimo, un pseudónimo aislado, un breve cuento de terror. Nada sabemos de este autor, probablemente un chico joven por su estilo directo y casi descuidado, que ha tenido a bien mandarnos un breve cuento para su publicación. Si algo tengo que reconocerle es su genial alias, “Infección Mental”, muy apropiado para escribir relatos de terror.

Tras estas líneas el cuento, la sorpresa, el olor a carne quemada…

Primogénito

Un cuento aterrador de Lady Necrophage

Primogénito

Este relato es continuación directa de Hijo Predilecto, se recomienda leer la anterior parte antes de continuar la inmersión.

VIII. DESDE EL SILENCIO

- Hijo mío, me deberé a ti hasta la irrevocable extinción de mis días…

Paulatinamente, las palabras acababan por desvanecerse, fútiles y etéreas, engullidas por la tétrica y estremecedora tenebrosidad que invadía aquella infecta habitación plagada de inmunda pestilencia e inexorable silencio.

- Hijo mío, me deberé a ti hasta la irrevocable extinción de mis días…

Una y otra vez, la constante evocación a aquella efusiva expresión conmocionaba la turbada mente del hombre solitario, mezquino y desesperado que dormitaba a intervalos en aquel desaseado cubículo colmado de aire viciado e infecto.
El cuerpo delgado y depauperado de Leo se convulsionaba, débilmente, bajo las raídas y sucias sábanas de felpa. Un sudor frío y abundante recorría sus desencajadas facciones y el resto de su espasmódica anatomía. Luchaba, de manera incesante, por abandonar aquel aletargado y zozobrante estado que estremecía su interior hasta insondables límites, por desembarazarse de aquellas odiosas fantasías oníricas que le sumían en tan sempiterna aflicción.

Y por fin, con gran alivio, comprendió que lo había logrado. Tan reiterada como empedernida entrega en aquella inflexible contienda interna había sido favorable para él y sus languidecidos párpados se abrieron de par en par liberándole, al menos durante un exiguo instante, de aquella turbadora sensación de miedo y desamparo.

Pero no tardó en advertir que lo que le esperaba tras aquel tranquilizador receso no era mucho más esperanzador. Reflexionó acerca de si abandonar su antaño desesperante estado no habría sido un consumado error en comparación al cúmulo de adversidades que parecían a punto de sobrevenirle encima y que, como ya era habitual a aquellas intempestivas horas, comenzaban a manifestarse de forma prolongada e insistente, arrebatándole la escasa tranquilidad que creyó experimentar durante aquel conciso y amable intervalo.

Escuchó, de una manera sobrecogedoramente nítida, las repercusiones provocadas por aquellos gruñidos broncos e ininteligibles a los cuales seguían unos disonantes chillidos acompañados de estrepitosos golpes que se propagaban de manera estridente a lo largo del interminable corredor principal.

Cerró los ojos y oprimió los dientes con inusitada fuerza, buscando tan solo un atisbo de pensamiento amable bajo el cual evadirse de aquella traicionera realidad. Sólo imploraba no tener que resignarse a sufrir, de nuevo, aquel calvario que tanto le atenazaba, no tener que ponerse en pie una noche más y sentir sobre su demacrada piel el aterido tacto de aquella gélida y densa madrugada tal como venía siendo común durante las interminables tres últimas semanas de su lamentable existencia.

Pero le resultaba completamente imposible ignorar aquel incesante y escandaloso golpeteo que se prolongaba, procaz y recalcitrante, a lo largo de cada una de las lacradas y pestilentes estancias y que no parecía, por ningún lado, ofrecer señales de receso o tregua.

Se desarropó a regañadientes y, con expresión de profunda pesadumbre y abatimiento, permaneció sentado en la cama durante unos minutos planteándose, a ultranza, la posibilidad de culminar con aquella avasalladora situación que mermaba tan poderosamente su apego a la vida.

De nuevo, una sucesión de estentóreos rezongos acompañados del contundente golpe de un pesado objeto percutiendo sobre el malparado entarimado, impregnaron de turbación la atmósfera, augurando un mal presagio que, posiblemente, no tardaría en manifestarse de no actuar con las debidas decisión y presteza.

El atribulado hombre hizo acopio de valor, emitió un leve resuello y saltó de la cama como movido por un invisible resorte que le instaba a cumplir su cometido, al menos en lo que se refería a aquella noche…

Tanteó durante unos leves minutos en la oscuridad, adormecido y tambaleante, hasta encontrar algo que ponerse y, raudo, se vistió con las primeras prendas que acertó a localizar en aquel caótico y tapiado agujero plagado de mugre y hediondez. A continuación, abrió el primer cajón de su mesilla de noche y buscó entre el cochambroso montón de enseres apilados, abandonados y ya, muchos de ellos, enmohecidos y deteriorados a causa del tiempo hasta localizar, por fin, el manojo de oxidadas llaves que introdujo, sin titubeos, en el bolsillo del grasiento pantalón.

Abrió la puerta de la habitación y, con expresión de atormentada resignación en el rostro, contempló la apariencia de aquel desvencijado e interminable pasillo plagado de humedades, salpicaduras a lo largo y ancho de los corroídos travesaños que conformaban la estructura de las paredes y el suelo, donde se apilaban pequeñas cantidades de desperdicios de las cuales emanaba un denso olor a rancio y podrido que tornaba la atmósfera inmunda e irrespirable, descomunales telas de araña atestadas de cadáveres de diminutos insectos e indicios, en forma de pequeños excrementos y restos de comida a medio roer, de la existencia de otro tipo de fauna de mayor tamaño que cohabitaba, libremente, entre sí, alimentándose de los disgregados despojos que se corrompían dentro del destartalado inmueble.

Aceleró el paso cuan largo se tornaba aquel pasadizo de pesadilla, tratando de ignorar, en la medida de lo posible, el asolado lugar que pisaban sus pies desde hacía ya años y que, muy a su pesar, no se determinaba a abandonar, aún conociendo los contratiempos que podría ocasionarle seguir residiendo en aquel insalubre tugurio. Esquivó, en la medida de lo posible, los malolientes residuos que se dispersaban por toda la carcomida tarima, sacó las llaves del bolsillo lo más rápido que pudo y se colocó frente a la desvencijada y decrépita puerta situada al final del sombrío pasaje que, sacudida por una persistente y sobrehumana fuerza que emitía incomprensibles y ásperos sonidos acompañados de golpes, arañazos y ensordecedores lamentos, parecía a punto de desmoronarse de un momento a otro.
Un intenso suspiro, mezcla de resignación y perseverancia, abandonó la oprimida garganta de Leo:

- Ya voy, ya voy… -, farfulló en un tono forzosamente dócil y conformista.

Paulatinamente, los golpes parecieron remitir en consonancia al resto de hostiles manifestaciones ofrecidas por la impetuosa criatura que, con celosía, se guarecía tras los postergados muros que conformaban la estructura de aquella precintada estancia, tratando de enmascarar la singular condición de su auténtica naturaleza.
Introdujo la llave en la cerradura, realizó una doble torsión de muñeca y, en un instante, se presentó en el interior del ominoso aposento, dentro del cual se entremezclaban la más que manifiesta falta de ventilación, la repulsiva esencia, presente en todo el inmueble, a materia en descomposición y los vapores irradiados por la concentración de excrementos resecos, micciones y otras salpicaduras, también de procedencia orgánica, que embadurnaban cada centímetro cúbico de aquel inmundo e inhumano cuchitril.

Se adentró en la desaseada alcoba y, temeroso, se dio la vuelta para cerrar la puerta lo más rápido que le fue posible…

Empaquetado y Encapsulado

Un intenso relato de Manuel Gay

E y E PequeñoLos tres cabrones por fin iban a recibir su merecido.

Marcos, Alberto y Jaime quedaron en una cafetería del centro. Una para turistas, sólo que no había muchos porque hacía buen tiempo y la gente prefería pasear. Marcos, Alberto y Jaime se pidieron, cada uno, un vodka con Red Bull. Se sentaron en una mesa junto a la puerta, para poder fumar mientras bebían. Pero el camarero les amenazó con echarles por encontrarse dentro del local, así que se bebieron la copa de un trago y se largaron.

En el metro, Marcos le dejó su asiento a una anciana; Jaime, a una chica embarazada; Alberto miró, desafiante, a una colombiana de sesenta años que aguardaba a que él siguiera el ejemplo de sus amigos. Los tres la vieron desplazarse lentamente, agarrándose a los barrotes, hasta el otro extremo del vagón.

El metro llegó hasta Pitis. Fueron los tres únicos que se bajaron. En el andén, resonaron sus pisadas. Jaime se volvió un momento: creyó haber oído algo tras ellos.

- Venga, tío – dijo Alberto, y siguieron andando.

Al pie de las escaleras mecánicas les asaltó el guardia de seguridad con un trabajador de la red de metro. Les pidieron sus billetes. No lo sabían, pero los tres pensaron lo mismo en ese momento: o accedían al requerimiento, o los mataban. Y cualquiera de ellos tres podría ser, perfectamente, ese segurata. De su edad, delgado, horas en el gimnasio, acento cerrado, un tatuaje asomando por la manga…
Marcos, Alberto y Jaime abrieron sus carteras y enseñaron sus billetes…

Hasta el Final

Un entretenimiento macabro de Jorge P. López

Hasta el FinalHundo mis manos muy dentro de esta ponzoña oscura. Apenas puedo distinguir los bordes del charco, la tenue iluminación amarillenta, que proyecta la diminuta bombilla del techo, hace casi un milagro distinguir detalles como los colores o las formas. El hedor metálico es insoportable hasta para mi apagado sentido del olfato, así que trago aire a través de la boca. Cortas bocanadas calientes que ponen a prueba la resistencia de mis pulmones, ¡pobre órgano castigado a lo largo de tantos años sirviendo en un club de fumadores! Mis pensamientos divagan intentando esquivar las sensaciones que la piel de mis manos emite en alaridos sinápticos. Suave, resbaladizo, húmedo: el charco no puede menos que provocar nauseas. ¿Qué serán esas motas negruzcas que flotan y se pegan a mi muñeca desnuda como garrapatas? Tal vez sean monstruitos de mi imaginación. Debo concentrarme o acabaré vomitando lo que hace días no como, mirar la cremosa superficie ondulando, a consecuencia de mis indagaciones, será un seguro detonante. Vomitar es un lujo que no puedo permitirme, necesito las escasas calorías que aun almacena mi menguante tejido adiposo y no sé cuanto tiempo más pasaré en la celda. Si encontrase la llave pronto tal vez tuviese alguna oportunidad, pero por mucho que remuevo el blando fondo de aquel diminuto lodazal no doy con la pieza metálica que la mulata había tirado mientras se burlaba de mi.

De haber sabido que terminaría en una situación tan comprometida nunca hubiese seguido aquel culo, pero si todos supiésemos como iba acabar un arrebato sexual probablemente nacerían menos niños. Aquella impresionante mujer de piel color crema, pelo afro y ojos verdes me encandiló con solo su vertiginoso escote trasero. Llevaba un traje dorado que el mismísimo Marqués de Sade consideraría obsceno, el traje era completamente abierto hasta la frustrante unión que impedía disfrutar de la sabrosa carne de sus nalgas. En perfecta soledad, sentada sobre el borde de un butacón desgastado, presumía de una espalda perfecta que retorcía para llamar la atención de los hombres allí reunidos, que eran todos los presentes menos ella. Sin embargo, cuando apuraba las heces del segundo puro me lanzó un guiño cómplice y señaló la salida con una sonrisa.

Tras servirle un par de copas me di cuenta de que me miraba con esa intensidad que solo puede augurar algo muy bueno… o muy malo. Hablé con mi compañero y me dijo que no tenía ningún problema en cubrirme con los jefes, solo serían un par de horas si podía llevármela a la habitación de un discreto motel cercano. Desgraciadamente ella tenía otros planes, entre pocas palabras y muchos toqueteos acabe sumido en la sordidez de sus intenciones. Solo un pinchazo simultáneo a uno de los cientos de besos que me dio y la realidad giró en sentido contrario. En el caleidoscopio que brillaba delante de mis cansados ojos solo pude distinguir la preciosa cara de la mulata riendo y detrás de ella figuras desenfocadas… y más al fondo, girando también, las facciones arrugadas de un hombre infinitamente viejo… entonces me derrumbé.

¿Dónde estás maldita? El repiqueteo de las cadenas y el fluctuar del charco por fin llenan de bilis mi boca. Llevo horas buscando desfallecido, si mi posición fuese mejor. Apenas puedo mover la mano con la muñeca fuertemente apresada y cuando intento doblar el codo, me duele la cicatriz del costado de manera insoportable. Las lágrimas afloran otra vez animadas por el calvario que estoy pasando mientras palpo una especie de barro que se deshace en hebras. Pensaba que una vez manchados mis pantalones superaría cualquier acceso de asco, no podía estar más equivocado. “Piensa en sus insultos”, me digo para aislar las sensaciones de mi tarea de exploración. No obstante, dos días sin apenas luz, sin descanso por temor a las pesadillas, afectan a mi cerebro de forma desmedida. No puedo controlar lo que pienso, deseo hundirme en esta miseria que no puede tener final feliz. ¿Por qué no me han abandonado en un callejón solitario? ¿Qué futuro me espera si ya me han vaciado? Una mueca demente seguro que deforma mi rostro: ahora recuerdo como me apretaba a ella mientras sobaba su culo sin pudor alguno. Pero mi cara no ha mutado a causa de la excitación sexual, no, no, no. Las falsas imágenes de los recuerdos distorsionan entre una neblina gris, mis manos ya no aprietan suavemente sus pequeños pechos, ahora arranco esas burbujitas de champagne y se las hago comer a puñetazos. De repente detengo el movimiento circular de mi mano hundida en la suciedad, creo haber oído algo por encima de las líquidas resonancias metálicas de mi prisión. Presto atención para descubrir aterrado que son sollozos míos y que ni siquiera sabía que estuviese emitiendo.

Vuelvo a hundir mis dedos entre el espeso cieno, la desesperación es mi guía. Una luz brillante que empieza a palpitar en mi cerebro. Probablemente sea la sed y el hambre, no ha bastado con lamer el rastro de la pared. Curiosamente, jamás hubiese sospechado que la orina no supiese tan mal: resulta ácida pero un deleite para mi enfebrecida lengua. Antes preferiría morir que probar aquella sustancia que removía, ¿estarían observándome en secreto para saber cuanto tiempo aguantaba un hombre sin perder la cordura? “Crueles”, las palabras de aquella mulata, de la que nunca sabré el nombre, eran más que eso. Dardos de desprecio que chocaban contra mi confusión y que ahora me acompañaban burlonas. “Por fin me libro de este desecho”, ¿a que venía repetir tantas veces lo mismo? No puedo perder la esperanza, no puedo entender el macabro juego del que solo debo ser una pieza. Si los que habían preparado el engaño me quisieran muerto, ya lo habrían hecho cuando me tuvieron inconsciente y a su merced.

Me repugna lo tópico de mi situación: un cretino engañado por una escultural mujer. Con algún órgano de menos y sometido a la vejación, castigo de su exceso de testosterona. ¿No estarían rodando una de esas películas para depravados? Desde luego, si era así, tendrían los mejores efectos especiales de la historia. Nada podía haberme preparado para la realidad… irónica red de situaciones comunes…

¡Un momento! He rozado algo, por favor, que no sea un engaño de mis entumecidos dedos. Sí, sí, sí… es duro. Puede ser la punta de la llave, creo que mi hombro se va a dislocar si giro un poco más el antebrazo. Lo único cierto es que la herida de mi costado se ha reabierto, lo sé por la línea de calor que se extiende hasta mi cadera. Creo que lo tengo, pesa más de lo que debería pesar una pequeña pieza de latón. ¡Por fin! ¡La tengo! ¿Y ese chasquido? No, no, no. Esta vez grito, no distingo las palabras que suelta mi boca, ni siquiera mi voz. Es como si insultos en otro idioma fuesen lo único que puedo emitir. ¿Un espejo? ¿¡Un espejo?! Sí, un pequeño espejo de mano que yo mismo sujetaba temblando, y de su asa colgando un fino hilo roto, deshilachado como los restos de mi cordura. Un fuerte ruido de engranajes cubre mis alaridos de pánico, de incredulidad. Algún dispositivo mecánico se ha activado porque toda la celda vibra. El cepo se cierra sobre su presa pero no sé quien va a ser la verdadera victima. Limpio con unas manos retorcidas el cristal. “Sonríe al espejo, cretino”, y un rictus sardónico enmarcado en profundas arrugas, un gesto que no es el mío escupe mi ignorancia desde la pulida superficie apenas visible. En un último bramido demente me pregunto si seré yo el que termine sus días entre estas cuatro paredes indistinguibles o aquel viejo que me pareció intuir tras la mulata, justo cuando caía en sus tejemanejes. Ese viejo que me devuelve la mirada incrédulo desde el espejo que sostengo paralizado por mi horrible final…